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Definamos la definitividad actos y actas en materia fiscal indemnizaciones por responsabilidad del sat

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TEMAS PARA DEFENSA FISCAL 2004

DANIEL DIEP DIEP




CONTENIDO:


PREMISAS DE TODA REFORMA FISCAL VERDADERAMENTE VIABLE EN MEXICO

DEFINAMOS LA DEFINITIVIDAD

ACTOS Y ACTAS EN MATERIA FISCAL

INDEMNIZACIONES POR RESPONSABILIDAD DEL SAT

NATURALEZA, OBJETO Y FINES DEL IMPUESTO

CONSENTIR, TOLERAR Y PERMITIR EN MATERIA FISCAL

INTERES SOCIAL Y ORDEN PUBLICO EN MATERIA FISCAL

FISCALISMO A LA MEXICANA

DICTAMINEMOS SOBRE EL DICTAMEN FISCAL

EL LUCRATIVO NEGOCIO DE LOS “GASTOS DE EJECUCION

LOS OTROS FINES DEL TRIBUTO


APENDICE:

COMO ACABAR CON EL NARCOTRAFICO (NADA MAS EN MEXICO)

DE MARIA DEL CARMEN DIEP HERRAN



PREMISAS DE TODA REFORMA FISCAL

VERDADERAMENTE VIABLE EN MEXICO



Daniel Diep Diep



Si se atendiera a la mitología fiscal que padecemos -ver “Los Mitos Fiscales”, artículo publicado en el número correspondiente a diciembre de 2003 de esta misma Revista- forzosamente concluiríamos que las supuestas causas para que en México se evada todo cuanto se pueda, para que haya una economía informal mayor a la formal, para que la recaudación siempre sea “insuficiente”, para que no exista ni pueda existir jamás la supuesta “pedagogía fiscal” con la que sueñan tantos ingenuos, etc., claramente advertiríamos que, finalmente, no se trata de causas, sino de efectos, los cuales resultan, principalmente, de no saber atender a la lógica más elemental, pues sólo se piensa, dentro de las altas esferas de poder, con un simplismo o una soberbia verdaderamente inauditos, en lo puramente recaudatorio, sin ver más allá de ello.

Así, hablar de premisas de toda reforma fiscal posible en un país como el nuestro, no es una pretensión soñadora o una elucubración de escritorio, sino una simple invitación a pensar conforme a cuatro factores esenciales:

a) la lógica inocultable de la realidad;

b) la naturaleza propia de la tributación;

c) la aplicación administrativa de lo recaudado; y

d) la clase de contribuciones posibles.

Si nuestros gobiernos atendieran a estos cuatro elementos esenciales, comenzarían a entender la perspectiva real del problema. Veamos uno a uno tales elementos.

A.- LA LOGICA INOCULTABLE DE LA REALIDAD.

Si la propia estadística oficial revela que seis de cada diez mexicanos residentes en el país viven en condiciones de pobreza -menos de dos dólares por día- y de miseria -menos de un dólar por día-, y que uno de cada seis mexicanos emigra al extranjero, arriesgando su vida, para sobrevivir y sostener a su familia, nada difícil será entender que esos cuatro de cada diez, -supuestamente con alguna capacidad contributiva real-, son en su inmensa mayoría obreros, campesinos o profesionistas de muy escasa rentabilidad y, consecuentemente, de bajísima capacidad contributiva, por lo que sólo los servidores públicos de niveles medios y altos, los líderes sindicales, los dirigentes de partidos políticos subsidiados y los poquísimos grandes empresarios, sobre todo de entidades transnacionales, pueden contribuir realmente y en cantidades razonables al gasto público, máxime que, desde los orígenes de los tiempos, perfectamente se sabe que: “para que haya caldo de pollo se requiere que haya pollo”.

Obviamente, la situación económica del país para nadie es un misterio, por lo que gravar la miseria imperante jamás podrá producir otra cosa que miseria. Ya desde los tiempos de Aristóteles se sabe que la multiplicación de uno por cero sólo da cero.

Por otra parte, si la recaudación tributaria mundial proviene en un 85% -leyó usted bien: ochenta y cinco por ciento- de los trabajadores y profesionistas de todo el planeta, mientras que las grandes empresas -las treinta y siete mil transnacionales que acaparan casi toda la riqueza y que son las que verdaderamente gobiernan al mundo, incluyendo el que sus propietarios poseen los grandes capitales que juegan en bolsas de valores de los siete centros financieros mundiales que también monopolizan el asunto- sólo aportan el 15% -quince por ciento- de la recaudación total, tampoco será muy difícil entender, aun para sujetos de escaso coeficiente intelectual, -como ocurre, según se informó recientemente, con los educandos de nuestro quintomundista país y más presumiblemente con muchos de nuestros gobernantes-, que casi toda la carga tributaria pesa sobre los pobres, no sobre los ricos, de modo que sigue desatendiéndose el principio constitucional de capacidad contributiva, pues, como también sigue ocurriendo desde los orígenes de los tiempos: “la hebra siempre se rompe por lo más delgado”.

Así, mientras algunas autoridades se solazan en el ejercicio de sus cargos mediante meras masturbaciones mentales que les hacen suponernos ejércitos de Alicias en el País de las Maravillas, el problema mental y recaudatorio será de ellas, no nuestro, pues también se sabe, desde los más remotos orígenes de los tiempos, que: “es imposible sacarle agua a las piedras”.

B.- LA NATURALEZA PROPIA DE LA TRIBUTACION.

El tributo siempre ha sido -también desde los orígenes de la humanidad- medio de opresión y sumisión de los gobernados, así como de sostenimiento de los gobernantes. Lo que nunca se ha querido entender, pues, es que se trata mucho más de un asunto político que económico y, por ende, que si no se atiende al móvil político, se corre el riesgo de no entenderlo jamás.

Las patrañas ya clásicas de que sirve para redistribuir la riqueza, para realizar obra pública, para igualar al pobre con el rico, para alcanzar el bien común, etc., ya no se las cree ni el más ingenuo de los mortales. Y la prueba de ello es que casi toda la recaudación, al menos en nuestro país, sólo ha servido -y sigue sirviendo- para mantener castas políticas sin otro medio ni más fin que el de seguir exprimiendo las miserias de las mayorías. Basta ver el Presupuesto Anual de Egresos para saber de los netos que perciben mensualmente las grandes burocracias y sus crecientes ejércitos, o sólo la prensa diaria para saber de sus privilegios e impunidades: las percepciones más altas del planeta, bonos de todo y por todo, dispendios a diestra y siniestra, saqueos y despilfarros por doquier; etc., para terminar de entender a quiénes beneficia realmente lo recaudado y qué se persigue finalmente con nuestras cíclicas “reformas fiscales”. Ya Don Mariano Otero, desde el siglo antepasado, se preocupaba por tales excesos y dispendios proponiendo legislar restricciones, pero, a siglo y medio de distancia, seguimos sin hacerle caso.

Para nadie es un misterio, conforme a los datos que publica Naciones Unidas, que 225 ricos poseen lo que 2,500 millones de pobres; que tres de ellos perciben lo mismo que el Producto Interno Bruto de los 48 países más atrasados, o que más del 50% de la riqueza mundial está en manos del 6% de sus habitantes. Obviamente, México no escapa a tales indicadores.

Ningún gobernante del planeta, -salvo los que hasta de leer periódicos recomiendan abstenerse-, puede ignorar que, de sus seis mil millones de habitantes, una quinta parte vive en los países de mayores ingresos y posee el 86% de la producción local bruta; el 82% de los mercados mundiales de exportación; el 68% de las inversiones extranjeras directas y el 74% de las líneas de teléfono mundiales. Menos aún se justificaría que ignore los trillones de dólares que a diario se mueven en los mercados monetarios internacionales y que ni la Tasa Tobin del 1% aceptaron para paliar las hambrunas del mundo. Tampoco podrá ignorar que de los 4,400 millones de habitantes considerados dentro del mundo en desarrollo -pues los otros 1,600 ya se consideran irremisiblemente segregados de él- un 60% carece de saneamiento básico, un 33% no toma agua limpia, un 25% no tiene vivienda adecuada, un 20% carece de servicios modernos de salud y un 20% de sus niños no asiste a la escuela más que hasta el quinto grado por carencia de energía y proteínas suficientes en su dieta. Tampoco se justificaría que ignorara al 50% de los niños del mundo que sufre desnutrición y a los14 millones de ellos que mueren diariamente antes de cumplir los 5 años. Menos aún deberá ignorar -salvo que se trate de un verdadero irresponsable- que uno de cada tres habitantes del planeta está anémico; que el 20% de los habitantes de los países con mayor ingreso realizan el 86% del consumo, pero de sus propios productos; que la quinta parte más rica de la población mundial consume el 45% de toda la carne y el pescado obtenibles, el 56% del total de la energía, el 84% de todo el papel y posee el 87% de toda la flota mundial de vehículos.

En suma: 6 de cada 100 habitantes del planeta son de Estados Unidos y 94 de otros países. 6 tienen la mitad del dinero del mundo, 94 la otra mitad. 6 tienen quince veces más posesiones que los 94 restantes. 6 tienen el 72% de la media de alimentos diarios necesarios, mientras dos tercios de los 94 restantes están en la miseria. Y 6 tienen esperanza de vida de 70 años, mientras los 94 restantes sólo podrán llegar a los 39. Obviamente, no faltan los que se apoyan en ello para ponderar el neoliberalismo o soñar con que también podrían alcanzar tal situación de privilegio. La realidad es otra muy distinta: los demás países se descapitalizan en forma acelerada y ningún acaparador de riquezas está dispuesto a cedérselas a nadie, salvo que se le subordine incondicionalmente.

Obviamente, pues, se trata de un mundo neoesclavista o de inmensas disparidades y que, para colmo, son crecientes, de modo que ello prueba hasta la saciedad que jamás, a lo largo de los milenios, el tributo ha servido en forma alguna para alcanzar igualdades o justicias de ninguna naturaleza. Antes al contrario: en el mundo hay más de 1,000 millones de trabajadores parados o que “laboran” mediante los llamados contratos-basura -simple subempleo- y dicha tendencia sigue creciendo. Y si uno de cada seis habitantes del planeta está así y la familia promedio es de alrededor de 5 miembros, hasta el más ingenuo aprendiz de aritmética entenderá por qué la casi totalidad de los habitantes del mundo está en condiciones tendientes a la miseria y por qué sólo 1,225 familias estén incrementando exponencialmente, día a día, sus inmensas fortunas a todo lo largo y ancho de él. Según la Organización Internacional del Trabajo, de 3,000 millones de personas, o sea de la mitad de los habitantes del mundo, un 30% está en situación de subempleo y más de 140 millones están totalmente desempleadas. Obviamente, ha sido el tributo el factor que más ha empobrecido a los miserables y enriquecido a los poderosos, de tal forma que ocurre justamente lo contrario de lo que se predica hasta en la cátedra, pues jamás ha servido para redistribuir la riqueza, sino para despojar de ella, y jamás ha permitido alcanzar el bien común, sino sólo la sumisión plena al poder económico-político más extralimitado.

A nuestros politiquitos de opereta que, si se abstienen de leer periódicos con mayor razón se abstendrán de leer libros, les bastaría conocer los datos de Vivian Forrester en su obra “El Horror Económico” para que entendieran de una vez por todas a dónde nos llevan las políticas neoliberales, ya no únicamente en cuanto al desempleo creciente y la enajenación de energéticos y demás bienes nacionales, sino también en cuanto a los escasos patrimonios de los ciudadanos, pues nada más entre 1979 y 1993 los ingresos de la población más pobre del mundo se redujeron en un 20%, mientras que los de la población más rica aumentaron en un 61%. Y quizá hasta lo hagan intencionalmente, pues como lo prueban Jon Bennett y Susan George en su obra “La Maquinaria del Hambre”, la famosa ayuda humanitaria con la que se adornan algunas potencias sólo es otro negocio más: “toda ayuda oficial no es más que una prolongación de la política exterior, un medio de atrincherar la dependencia económica”, y la describen señalando cómo corrompen a los gobernantes de los demás países mediante recompensas: por ejemplo, se les ofrece una ayuda de cien millones de dólares, pero diez son para ellos en lo personal y noventa se condicionan a comprarles sus chatarras y desperdicios al precio que les fijen y para que las hagan pasar como “inversiones nacionales” o “financiamientos para el desarrollo”.

Obviamente, tales “inversiones”, incluyendo las de verdad, sólo sirven para descapitalizarlos, pues a título de dividendos, regalías, comisiones, honorarios, etc., se llevan anualmente mucho más de lo invertido, terminando por dejar sólo desechos, chatarras y desempleados. Hace unos meses, por ejemplo se anunció que la Secretaría de la Defensa Nacional gastaría 360 millones en la “compra de helicópteros para el transporte de tropas”. Y cualquiera se pregunta: ¿Estaremos en guerra?, ¿De cuándo acá nuestras tropas dejarán de ser transportadas en camiones de redilas? ¿No sería más barato para el país enviarlas en autobuses o aviones de línea cuando se necesitara? ¿A quién beneficiará realmente tal compra? Y viene a la mente, sin poder evitarlo, que pudo haberse manejado un pretexto mejor: como el de emplearlos para labores de rescate o el transporte de damnificados, sin que ni siquiera tal molestia explicativa se tomaran.

Obviamente, pues, sólo los ingenuos pueden seguir creyendo que el futuro nacional dependa de aprobar cualquier clase de reformas fiscales que se propongan o que, gravando al consumidor final, se redima a los pobres, o que, reduciendo la tasa del impuesto sobre la renta, también se alcance tal fin, pues la empresa que consume y produce sigue sin ser afectada por el IVA -dado que sólo lo paga el consumidor final y tanto ricos como pobres consumimos igual, toda vez que el estómago tiene iguales dimensiones y el comer en exceso o hacerlo con caviar a diario termina por enfermar, aburrir o indigestar, amén de que sería ridículo empalmarse dos o más camisas y asfixiante el usar pieles en verano- de modo que, a fin de cuentas, y por lo que toca al impuesto sobre la renta, para las empresas también sus utilidades siempre serán suficientemente manipulables como para evitarlo o abatirlo, máxime cuando el verdadero negocio termina por ser su manejo en Bolsa totalmente exento, más que la mera rentabilidad ordinaria de su giro mercantil. Los que tampoco podrán escabullirse jamás de este último impuesto son los cínicamente llamados “contribuyentes cautivos”, es decir, los perceptores de ingresos apenas por encima de la miseria, que trabajan personalmente bajo dirección y dependencia o en forma independiente, pues seguirán llevando el peso de la carga tributaria, tal como ocurre en todo el resto del mundo y como seguirá ocurriendo por los siglos de los siglos mientras por gobernar se entienda recaudar y despilfarrar.

Así las cosas, si la naturaleza ancestral del tributo sólo ha sido la de servir a los intereses del poder, ya debiéramos dejarnos de ilusiones idiotas en el sentido de que nuestros empresarios estén en la opulencia, o de que ganen mucho, o de que sean tan poderosos como las transnacionales, pues, ante la competitividad inalcanzable de éstas, cada día se extinguen más. Y es que la realidad incontrovertible de nuestro país es el empobrecimiento creciente de todos, el acaparamiento de mercados y servicios por toda clase de entidades extranjeras, la subordinación irreversible a dictados neoimperiales y la influencia excesiva de sus medios e instituciones evaluadoras, financieras, calificadoras e interventivas tan claramente inmiscuidas sobre nuestra ya vergonzante “soberanía” y orientadas, en definitiva, a controlarnos o desquiciarnos.

Para no ir más lejos, entendamos de una vez por todas que el mero reformismo de las leyes jamás podrá ser garantía de cambiar la realidad. Jamás ha bastado con modificarlas, sino sólo haciendo que se cumplan, y debe comenzarse por exigir su observancia a partir de los propios servidores públicos a todos los niveles. Y en materia tributaria, esto es todavía más grave e importante que en cualquier otro ámbito de la legislación, pues ni la obsesión del incremento recaudatorio con su consecuente toma de medidas en términos de simple “terrorismo fiscal” necesariamente significa una adecuada administración tributaria o índice alguno de progreso, ni cabe entender el progreso mismo dentro de la cortedad de miras de nuestros politiquitos, -tan astronómicamente alejados de la menor noción sobre lo que implicaría el ser verdaderos estadistas-, y menos cuando dicen justificar incrementos en términos de inversiones crecientes en salud, educación, etc., pues bien sabemos, desde siempre, que a fin de cuentas todo eso termina por ser una mentira más de las que, para colmo, ya ni ellos mismos se la creen.

Roger Garaudy denunciaba, en 1976, que las nociones de “crecimiento” y de “progreso” no son más que banderas para incrementar el consumo, y lo ejemplificaba con el congestionamiento de las calles de París en razón del crecimiento demográfico y la producción excesiva de vehículos, citando a Bourgine, quien sostenía que: “en 1967 las pérdidas por embotellamientos en la región parisina representaban 10,000 millones de francos brutos, y 40,000 millones para el conjunto del país (ocho por ciento del producto bruto nacional)”, y a ello añadía Garaudy que: “si en 1952 los autobuses circulaban a una velocidad promedio de 14 kilómetros por hora, en 1970 sólo lograban hacerlo a 10 kilómetros por hora. La misma velocidad de los ómnibus a caballo del siglo pasado”.

Moraleja: la verdadera política fiscal tiene que comenzar por asumir algún proyecto permanente de país con visión global de Estado y la clase de crecimiento o progreso que racional, meditada, democrática y consensadamente acordemos todos, pues bien puede ocurrirnos -o estarnos ocurriendo- lo que en 1970 señalaba Nixon respecto a su país, dentro del “Mensaje sobre el estado de la Unión”, como sigue: “Jamás en la historia nación alguna ha parecido tener más abundancia de todo y sacar de ello menos satisfacción...; el 70% de nuestro pueblo vive en los centros urbanos, paralizado por la circulación de coches, sofocado por la porquería industrial, envenenado por el agua, ensordecido por los ruidos y aterrorizado por la criminalidad”. (Es claro, pues, que cualquier parecido con lo que nos pasa no sea mera coincidencia).

Y es que ni el consumo ni los gravámenes sobre el consumo son soluciones de nada. El propio Garaudy señalaba que “un americano consume 500 veces más energía y recursos naturales y, en consecuencia, es 500 veces más contaminante que un hindú. Un crecimiento demográfico de 10 millones de americanos es más peligroso para el futuro del planeta que el de 4,000 millones de hindúes...”, pues “los Estados Unidos, con el 6 por 100 de la población del globo, consumen el 35 por ciento de sus recursos naturales”. Y eso explica, añadamos por nuestra cuenta, el porqué los Estados Unidos se han negado a suscribir la última veintena de tratados internacionales en materia ecológica que han sido propuestos, pues si ya detentan las dos terceras partes de la riqueza mundial lo que menos puede convenirles es que se les prive de agotar los recursos planetarios.

Ahora bien, siendo ellos los principales consumidores y depredadores del mundo ¿se les grava con tasas de IVA como las nuestras? No. Definitivamente no. ¿Y nos habremos preguntado por qué será? ¿Seguiremos siendo tan ciegos per sécula seculorum como para no entenderlo de una vez por todas? ¿Acaso no reducen impuestos, tal como lo hace otra veintena de países? ¿Lo entenderemos alguna vez?

En suma, dado que ya tenemos empresarios-fiscalistas, economistas-fiscalistas, contadores-fiscalistas, obispos-fiscalistas, cardenales-fiscalistas y hasta presidente-fiscalista que a diario satanizan a los diputados por no satisfacer caprichitos recaudatorios, lo mínimo a recomendarles es que, antes de hablar sin sentido o sólo para lucir sus partidarismos y politiquerías, se cuiden de atender mejor lo que conocen o se dispongan a entender y observar, como mínimo, lo siguiente:

1.- No se trata nada más de reformar las leyes fiscales por reformarlas, sino de cambiarlas en algún sentido concreto, con una finalidad razonable -sin que la de incrementar la recaudación nada más “porque sí” necesariamente lo sea- y atendiendo a una política de Estado debidamente delineada, cosa que aún no tenemos, por mucha afición que se tenga a la propaganda oficial.

2.- Ninguna reforma legal permite por sí misma cambiar la realidad, pues las leyes no son varitas mágicas que suplanten la gubernabilidad, la visión de Estado, la justicia, el sentido de buen gobierno y la responsabilidad oficiales, salvo cuando demagógica o publicitariamente todo se quiera ver maravilloso e ingenuamente se nos quiera convencer de ello en medio de tanta hambre, ignorancia y miseria circundantes.

3.- Toda reforma fiscal, para que de verdad sea tal, forzosamente debe comenzar por atender al pleno respeto a la justicia -desde su instrumentación legal hasta el control de los actos de fiscalización y ejecución que tan arbitrariamente se ejercen-; al Estado de Derecho; a la reducción radical del gasto público destinado a las percepciones de las altas y medianas burocracias mediante la implementación de leyes -como en tantos otros países y como lo exigía Otero- que fijen límites serios a tales percepciones y proscriban toda clase de privilegios, impunidades y canongías, -incluyendo, por supuesto, las toallas de miles de pesos, los vestidos de miles de dólares y las millonadas destinadas a la exaltación ególatra y la manipulación electorera-; etc., pues ningún incremento recaudatorio puede convencer a nadie cuando el dispendio y los abusos siguen a la orden del día.

4.- Ninguna reforma fiscal se justificará cuando la fuerza pública se emplea para agredir a los contribuyentes mexicanos y servir a las transnacionales, confiscándoles todo bajo el pretexto de proteger la autoría, pues bien sabemos que el 97% de las patentes del mundo son propiedad de los países industrializados y que sus costos en países de miseria no son más que puñaladas al escaso patrimonio de sus gobernados, de modo que tal persecusión sólo termina por cancelarles hasta la menor esperanza de sobrevivencia, máxime cuando tales fuerzas públicas debieran destinarse a la persecución de los verdaderos delincuentes y no de quienes sólo se sirven a cuentagotas del conocimiento de otros que ni siquiera son connacionales y les sobra la riqueza.

5.- Toda reforma fiscal, en suma, debe justificarse con mucho más que la simple necesidad recaudatoria, pues el pago de impuestos jamás será producto de pedagogías, propagandas, amenazas o caprichos. Y no sólo porque estúpidamente se diga que es impopular o que haya que combatir la evasión -y hasta la elusión, sin que quien así lo diga sepa siquiera de lo que habla-, pues no es asunto de popularidades ni de inhibiciones, sino de falta de imaginación y de voluntad para suplirlo por algo mejor, tal como más adelante se ejemplificará.

C.- LA APLICACION ADMINISTRATIVA DE LO RECAUDADO.

Aunque ya se ha referido esta problemática en líneas anteriores, entendamos que no es tan típica ni propia de nuestro país. En los tiempos de la famosa “guerra fría”, hasta las mujeres y niños alemanes protestaban en las calles por el inaceptable destino de sus impuestos para sostener las bases militares norteamericanas de la OTAN en su territorio. Y en la propia Norteamérica también han sido muchas las manifestaciones, marchas y protestas públicas porque se destinan los fondos públicos a programas armamentarios, invadir otros países, intervenir gobiernos y políticas, o a espionajes e intrigas de sus agencias de “inteligencia” y costosísimos programas espaciales.

Dicho en otras palabras, ninguna reforma fiscal recaudatoria se justificará jamás -y así, y nada más que así, lo entienden y entenderán siempre las masas populares- mientras lo recaudado se destine, como ocurre en México, a pagar burocracias crecientes y sobreprivilegiadas. En este país, -y eso lo saben hasta los niños- el mejor negocio de todos los existentes es precisamente el de alcanzar cargos públicos, o ya únicamente el de dedicarse a la política, sea al interior de

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