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El hombre roto por los demonios de la economia

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La economía capitalista

Si las estructuras tienen tanta importancia para el funcionamiento de la actividad económica como hemos visto en el capítulo anterior, debemos empezar analizando el sistema capitalista. Para ello penetraremos en lo que, según dijeron irónicamente Heilbroner y Milberg, es el secreto mejor guardado por los economistas (la naturaleza capitalista de la economía actual):

«Existe el hecho extraordinario de que sólo en raras ocasiones encontramos en la American Economic Review, o en cualquier otra de las revistas prestigiosas de la profesión, referencias a la naturaleza capitalista específica del “sistema” cuyas propiedades están bajo examen. Esta omisión se notaría al instante en el caso de las revistas que analizaran la vida medieval sin incluir la palabra “feudalismo”»[181].

Espero que la obligada simplificación que supone tratar este tema en un breve capítulo no irrite demasiado a quienes saben economía y permita a los demás comprender cuáles son las alternativas éticas que están en juego y deberemos considerar en los capítulos siguientes.

1. Los sistemas económicos

La palabra «sistema» procede etimológicamente del griego sýstema («conjunto»), que a su vez deriva del verbo synístemi («reunir»). Aunque el término es antiguo, el estudio científico de dicho concepto comenzó hace solamente unas décadas con la llamada Teoría general de los sistemas, impulsada principalmente por Ludwig von Bertalanffy[182]. Bertalanffy entiende por sistema un conjunto de elementos interactuantes con unos objetivos definidos.

Cuando hablamos de sistemas económicos, nos referimos a un conjunto de elementos interrelacionados diseñados para alcanzar del modo más eficiente posible los objetivos encomendados a la actividad económica, teniendo en cuenta que, como ya sabemos, trabajamos siempre con recursos escasos susceptibles de usos alternativos.

Pensemos que son millones las personas dedicadas a producir bienes de consumo (desde los alimentos y la ropa hasta los periódicos, los automóviles y las viviendas) y servicios (pensemos en la limpieza de las calles, la seguridad ciudadana, las reparaciones domésticas, etc.); pensemos en los materiales y máquinas empleados para fabricar esos artículos y prestar esos servicios; en el acero de que estaban formadas esas máquinas… y así hasta el infinito. ¿Cómo organizar ese gran esfuerzo colectivo, cuyos diferentes elementos son interdependientes hasta unos niveles muchas veces insospechados de complejidad, para que funcione eficazmente? Pues bien, los diferentes modos de organizar todo eso es lo que llamamos «sistemas económicos».

Antes de la caída del Muro de Berlín en 1989 se disputaban la hegemonía mundial dos sistemas económicos antagónicos: el capitalismo y el colectivismo marxista. Dado que este último prácticamente ha desaparecido, sólo analizaremos el capitalismo, que hoy domina el mundo.

2. El capitalismo

«Capital» y «capitalista» son palabras muy antiguas; se usaban ya en el siglo XIII. Durante muchos siglos, la palabra «capital» designó las sumas de dinero prestado (deriva del latín caput, es decir, «suma capital», suma principal, distinguiéndola de los intereses que ella genera). En consecuencia, el «capitalista» fue, durante todo ese tiempo, el «proveedor de fondos»; es decir, no el empresario, como hoy, sino el rentista.

A diferencia de «capital» y «capitalista», «capitalismo» es una palabra reciente. Todavía no aparece en el famoso diccionario francés de Littré (1873)[183], que ha sido durante mucho tiempo una autoridad en el uso de los términos. Es probable que el primero en usar la palabra «capitalismo» fuera Louis Blanc, en su libro Organisation du travail (1840)[184], contraponiéndolo al «socialismo» (palabra que existía ya con anterioridad).

El capitalismo, como cualquier otro sistema económico, se compone de tres elementos:

La «técnica», o conjunto de procedimientos empleados para producir los bienes económicos.

El «espíritu», o conjunto de motivaciones predominantes en los agentes económicos[185].

La «estructura socio-jurídica» que encuadra y organiza la actividad económica.

Pirenne considera que el rasgo distintivo del capitalismo es únicamente el deseo de lucro —se fija, por tanto, sólo en lo que hemos llamado «espíritu»— y, en consecuencia, sostiene que el capitalismo apareció en el siglo XII, con la apertura del Mediterráneo a los comerciantes gracias a las cruzadas: «La idea de ganancia —escribe—, y aun la misma posibilidad de realizar una utilidad, son incompatibles con la situación del terrateniente medieval. Como no tenía medio alguno, por falta de mercados extranjeros, de producir en vista a la venta, no tenía que esforzarse en obtener de su gente y de su tierra un excedente que sólo constituiría para él un estorbo. (...) Nuestras fuentes, por deficientes que sean, no nos permiten dudar de que el capitalismo se afirmó desde el siglo XII»[186].

En mi opinión, para poder hablar de capitalismo —al menos en el sentido actual— no basta el «espíritu»; deben darse también los otros dos elementos:

En cuanto a la «técnica» del capitalismo, Marx situó el comienzo de la revolución industrial en 1735, cuando John Wyatt presentó la primera máquina de hilar. Otros autores prefieren el año 1733 (cuando John Kay patentó la lanzadera automática) o 1784 (cuando James Watt puso a punto la máquina de vapor de doble efecto)… Nosotros no tenemos preferencia por ninguna de esas fechas. Nos basta saber que entre 1780 y 1850 fueron patentados más de 250 inventos que, en diverso grado, configuraron una nueva forma de producir.

En cuanto a la «estructura socio-jurídica» capitalista, empezó a establecerse poco después porque la propia revolución industrial exigió modificar las regulaciones establecidas por los gremios medievales. Al frente de cada taller, por ejemplo, había un maestro, que no podía tener más de cinco asalariados, entre aprendices y oficiales; es obvio que esa norma hacía imposible emplear la maquinaria moderna.

Por todo ello, consideramos que el capitalismo comenzó con la revolución industrial.

El capitalismo es un sistema socioeconómico que se distingue por las siguientes características:

Casi todos los medios de producción («capital») son de propiedad privada, bien sea directamente o a través de sociedades (en el colectivismo, como es obvio, también existe «capital», pero es de propiedad pública).

La mayor parte de la actividad económica se dirige a la producción de bienes y servicios para su venta en un mercado libre, entendiendo por «mercado libre» aquel cuyos precios están determinados por las leyes de la oferta y la demanda, con poca o ninguna interferencia de los poderes públicos.

El trabajo es una mercancía; es decir, existen pocos trabajadores por cuenta propia, la mayoría venden su trabajo a quienes disponen de maquinaria, materias primas e instalaciones en donde trabajar.

La principal motivación de los agentes económicos —empresarios y trabajadores— es el lucro.

Desde que comenzó el capitalismo en el siglo XVIII se han sucedido tres modelos diferentes, aunque sus fronteras no son netas y se superponen unos con otros. Por eso, al describirlos a continuación recurriremos a lo que Max Weber llamaba tipos ideales[187]. Los tipos ideales se obtienen aislando mentalmente las tendencias características de un fenómeno como si ellas solas dominaran en toda su pureza, sin verse contrarrestadas por fuerzas opuestas. En este sentido, los tipos ideales son una construcción mental; pero no son una invención arbitraria, puesto que se fundamentan en algo que se da en la realidad.

También conviene aclarar que lo de tipo «ideal» se refiere únicamente a su condición de abstracción mental, y no implica en absoluto la noción de ideal ético; lo cual no excluye, como veremos, que unos modelos sean preferibles a otros desde el punto de vista ético.

3. Capitalismo liberal

Aunque, según acabamos de decir, las fronteras entre las tres modalidades no son netas, podemos considerar que el tiempo propio del capitalismo primitivo, o «liberal», va desde la revolución industrial —a mediados del siglo XVIII— hasta la II Guerra mundial.

Su principal teorizador fue el economista escocés Adam Smith, a pesar de que en realidad vivió inmediatamente antes de la revolución industrial. Presentémosle brevemente: Nació en Kirkcaldy (Escocia) en 1723. En 1740 comenzó sus estudios en Oxford gracias a una beca. Aquella Universidad no tenía entonces el prestigio actual. Como recordará nuestro hombre bastante tiempo después en su obra maestra, «en la Universidad de Oxford hace muchos años que la mayor parte de sus profesores oficiales abandonaron las obligaciones de la enseñanza»[188], de modo que pasó su estancia allí sin clases y sin maestros, entregado a las lecturas que mejor le parecían.

En 1751, cuando tenía 25 años, le ofrecieron la cátedra de Lógica, y un año después la de Filosofía Moral, en la Universidad de Glasgow. En el año 1759, regentando esa cátedra, publicó un libro titulado Teoría de los sentimientos morales, que catapultó inmediatamente su nombre a la primera fila de los filósofos ingleses.

Uno de los muchos admiradores que le proporcionó ese libro fue Charles Townshend que, habiendo contraído matrimonio con la viuda del duque de Buccleuch, buscaba un preceptor para el hijo de ésta. Pensó Townshend que el doctor Adam Smith sería un acompañante ideal para el joven duque, y le ofreció trescientas libras anuales de sueldo, más los gastos y una pensión vitalicia de trescientas libras anuales. El ofrecimiento era demasiado tentador para ser rechazado (los ingresos de Adam Smith como profesor universitario —que en aquel tiempo se cobraban directamente a los estudiantes— llegaban como máximo a ciento setenta libras). En 1764 Adam Smith y el joven duque emprendieron un viaje por Francia que terminó súbitamente en 1766 cuando el hermano menor del duque, que se había reunido con ellos, fue asesinado en las calles de París.

En Francia Adam Smith pudo mantener largas conversaciones con Quesnay, la principal figura de los fisiócratas. Estando allí, empezó a trabajar en un tratado de economía política. Necesitó 12 años para terminarlo y, cuando lo publicó, en 1776, le proporcionó fama mundial. Se llamó Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones y es considerado «la Biblia del capitalismo». En 1778 fue nombrado director de aduanas en Edimburgo, cargo que desempeñó hasta su muerte el 17 de julio de 1790. Apenas exigía trabajo y le proporcionaba 600 libras anuales, lo que le permitió vivir en paz y tranquilidad su vida de solterón. Fue sepultado en el cementerio de Canongate, bajo una sencilla losa funeraria con la inscripción: «Aquí yace Adam Smith, autor de La riqueza de las naciones». Como dice Heilbroner, «difícil habría resultado imaginar un monumento más duradero»[189].

Ya dijimos que en el capitalismo los medios de producción son mayoritariamente de propiedad privada. Por lo que a este primer modelo de capitalismo se refiere, debemos añadir que se trataba de un derecho absoluto, prácticamente sin límites. El art. 17 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, promulgada por la Asamblea Nacional Francesa el 26 de agosto de 1789, calificaba la propiedad privada de «derecho inviolable y sagrado».

Adam Smith estableció con claridad el «espíritu» del capitalismo sosteniendo que la búsqueda del propio beneficio es el motor de la actividad económica y de la prosperidad general. Actuar por esas motivaciones no debe considerarse inmoral o antisocial porque no hace falta pensar en el interés general: Se obtendrá por añadidura cuando todos busquen sus intereses particulares; de ello se encargará una «mano invisible». Recordemos sus palabras mil veces citadas:

«El hombre reclama en la mayor parte de las circunstancias la ayuda de sus semejantes y en vano puede esperarla sólo de su benevolencia. La conseguirá con mayor seguridad interesando en su favor el egoísmo de los otros y haciéndoles ver que es ventajoso para ellos hacer lo que les pide. (...) No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas. Nadie se propone, por lo general, promover el interés público (...) pero es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones»[190].

En la Teoría de los sentimientos morales, Adam Smith —que era presbiteriano— sostuvo que esa «mano invisible» es la providencia divina[191]; debió pensar que «Dios escribe derecho con renglones torcidos». En La riqueza de las naciones, afortunadamente, deja en paz a Dios y la «mano invisible» es sólo un recurso literario para decir que los individuos, al perseguir su interés personal, promueven, sin quererlo y sin darse cuenta, el interés general: A los productores les interesa fabricar mercancías buenas y asequibles con el fin de aumentar sus beneficios, y para ello buscan los métodos más eficaces y los lugares donde es más barato producirlas; los comerciantes, procurando ganar más dinero, compran las mercancías donde están más baratas y las llevan a donde se pagan más caras, es decir, las trasladan de donde son relativamente abundantes a donde hacen más falta; los consumidores, por su parte, al comprar a quienes ofrecen la mejor relación calidad-precio, estimulan el ingenio de fabricantes y comerciantes, etc.

Así, pues, cada uno, buscando su propio beneficio, hará su trabajo lo mejor posible. Pero, ¿quién pondrá de acuerdo a todos ellos —cientos de miles, e incluso millones, en cada país— para fabricar las cosas que la gente desea, en las cantidades necesarias y a los precios que están dispuestos a pagar? Adam Smith considera que el mercado regula tanto los precios como las cantidades de las mercancías, de acuerdo con un árbitro inapelable, que es la demanda del público. Como nos explicó hace un momento, el carnicero, el cervecero y el panadero desempeñan esos oficios para ganar dinero. Cuando hay pocos panaderos, su escasez obliga a elevar el salario que ganan, y más personas deciden entrar en ese oficio. Si llegara a haber demasiados panaderos, sus salarios volverían a bajar, y así hasta quedar nivelados. Cuando los consumidores no compran todas las bicicletas que salen de las fábricas, el exceso de oferta obliga a bajar su precio, lo cual por una parte aumentará las ventas y por otra parte desincentiva la producción, desapareciendo así automáticamente los excedentes. Todo lo que hace falta, en definitiva, es que productores y consumidores respondan a las señales de los precios que emite continuamente el mercado. Y lo harán espontáneamente porque les conviene hacerlo.

Evidentemente, la teoría de Smith lleva a una política de laissez faire igual a la reivindicada por los fisiócratas que conoció durante su estancia en París. Para el economista escocés, cuanto menos intervenga el gobierno tanto mejor, porque los gobiernos casi siempre son ineficaces, irresponsables y, en definitiva, derrochadores. «Entre las artes de gobierno —dice— ninguna se aprende tan presto como la de sacar el dinero del bolsillo de los contribuyentes»[192].

Pero, en contra de lo que muchos neoliberales de nuestros días quieren hacernos creer, no se opuso por principio a cualquier acción del gobierno para promover el bienestar general. Llamó la atención, por ejemplo, contra los efectos embrutecedores de la producción en cadena: «Un hombre que gasta la mayor parte de su vida en la ejecución de unas pocas operaciones muy sencillas, casi uniformes en sus efectos, no tiene ocasión de ejercitar su entendimiento (...) y se hace todo lo estúpido e ignorante que puede ser una criatura humana»[193], y predijo la decadencia de las tradicionales virtudes de los trabajadores «a no ser que el Gobierno se tome la molestia de evitarlo»[194].

A lo que se oponía Adam Smith es a las interferencias del gobierno en las leyes de la oferta y la demanda. Era contrario a las restricciones a la importación y a las primas a la exportación, a las leyes proteccionistas para favorecer a la industria contra la competencia extranjera y a que el gobierno realice gastos improductivos. Puede extrañar que, siendo un defensor a ultranza del librecambio, aceptara en 1778 el nombramiento de director de aduanas en Edimburgo. Pensaría quizás que las 600 libras anuales de remuneración resultaban coherentes con su principio de no buscar el interés general, sino el particular.

Un tema que no abordó nunca es si el gobierno fortalecería o debilitaría el mecanismo del mercado promulgando leyes de bienestar social; seguramente porque en su tiempo no existía ese tipo de legislación, exceptuando el socorro a los pobres. Desde luego, el economista escocés consideraba que «la riqueza de las naciones» debía ser la riqueza de todos sus miembros: «Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables. Es, por añadidura, equitativo que quienes alimentan, vistan y albergan al pueblo entero participen de tal modo en el producto de su propia labor que ellos también se encuentren razonablemente alimentados, vestidos y alojados»[195]. Pero seguramente estaba convencido de que ese bienestar general lo conseguiría la «mano invisible».

La fe en ella desarrolló en muchos economistas a lo largo del siglo XVIII un optimismo que hoy llama poderosamente la atención. Mercier de la Rivière escribía entusiasmado en 1767: «Yo no sé si en este estado será posible descubrir hombres infelices; pero en el caso de que se dieran, será sólo un número escasísimo de hombres; y el de los felices será tan grande, que no tendremos nunca que inquietarnos por las ayudas que aquéllos vayan a necesitar». Y todo ello —añade— «sin más ley que la de la propiedad, sin más conocimiento que el de la razón esencial y primitiva de todas las leyes, sin más filosofía que la que la naturaleza enseña a todos los hombres»[196].

La realidad, como todo el mundo sabe, fue muy distinta y lo que llegó fue una de las épocas más negras de miseria de la humanidad. La obra de Engels La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845)[197] será siempre una terrible acusación contra este primer período del capitalismo. Los obreros, después de una jornada agotadora de trabajo, no lograban ni siquiera cubrir gastos (por poner un ejemplo concreto, el salario de los obreros del condado de Leicester en 1840 oscilaba entre 4 y 8 chelines semanales, siendo sus gastos semanales de 14[198]). En consecuencia, se hizo necesario que trabajaran también los niños, cuya jornada laboral en Francia —según el famoso Informe Villermé (1840)— era de 14 horas diarias. Una multitud de niños, algunos de los cuales tenían apenas siete años, escuálidos, macilentos, cubiertos con harapos, todas las mañanas se dirigían descalzos hacia las fábricas, entre la lluvia y el barro, pálidos, nerviosos, mostrando con toda evidencia la miseria, el sufrimiento y el abatimiento[199].

El Estado, respetando el principio de no intervención (laissez-faire), se abstenía de intervenir en la vida económica y social. Adam Smith no llegó a ver todo eso; él murió cuando apenas estaba comenzando la revolución industrial.

4. Economía social de mercado

En las últimas décadas del siglo XIX y las tres primeras del XX la situación de los trabajadores había mejorado algo, pero entonces se produjo la terrible Gran Depresión dando al traste con las esperanzas que muchos habían empezado a alimentar.

«Los norteamericanos —explica Galbraith— desplegaron un asombroso afán de hacerse ricos rápidamente y con un mínimo de esfuerzo»[200], debido a lo cual se extendió por Estados Unidos una fiebre especuladora que fue hinchando más y más el globo hasta que estalló. El jueves 24 de octubre de 1929 fue el primer día de pánico. A las once en punto de la mañana el mercado había degenerado en un desenfrenado y disparatado tumulto de vendedores. Media hora más tarde se había extendido un ciego e inexorable terror. Los títulos se vendían ya por nada. En los primeros seis meses de 1929 quebraron 346 bancos de distintas localidades del país. A partir de entonces, con pocas excepciones, el mercado fue decayendo semana tras semana, mes tras mes y año tras año hasta 1932.

Tras el crac financiero vino la Gran Depresión, que duró —con intensidad variable— diez años. En 1933 el PIB había descendido aproximadamente una tercera parte respecto al de 1929 y no recuperó el valor de aquel año hasta 1941. El banquero arruinado y el obrero sin empleo eran dos figuras igualmente familiares entonces: La crisis arrollaba a todos por igual.

En 1933 había en Estados Unidos 12,8 millones de parados (el 25 % de la población activa), que estaban sentados en las esquinas de las calles, en los asilos o deambulaban por el país. Las uvas de la ira —la magnífica novela de Steinbeck citada en el capítulo anterior— y la película homónima de John Ford (1940), describen magníficamente aquellos años. Había personas hambrientas; otras se torturaban con el simple pensamiento de llegar a pasar hambre. Se había generalizado en todas las capas de la población una desesperanza total.

En el resto del mundo (excepto en la URSS) las cosas no iban mucho mejor y, como es lógico, la fe de la gente en el laissez-faire se había debilitado considerablemente. Más aún: muchos pensaron que aquélla era la «crisis final» del sistema capitalista predicha por Marx. Pero el gran economista inglés John Maynard Keynes encontró la forma de poner fin a la crisis. Como nos va a acompañar en este apartado, presentémosle, igual que hicimos en el apartado anterior con Adam Smith:

Nació en Cambridge el 5 de junio de 1883, es decir, el mismo año en que murió Karl Marx. Su padre, John Neville Keynes, profesor de Economía en aquella Universidad, fue un hombre de escasa iniciativa; en cambio su madre (Florence) fue una mujer enérgica —llegó a ser alcaldesa de la ciudad, cuando en aquel tiempo era rarísimo ver a una mujer desempeñando cargos públicos de importancia— y esperó de sus hijos lo que no encontró en su marido. Esa combinación de cariño y expectativas ansiosas debió ser una pesada carga para todos ellos; de hecho, los tres fueron bisexuales.

En la Universidad de Cambridge, su ciudad natal, estudió Matemáticas, Filosofía, Historia y Economía. A los pocos meses de llegar al prestigioso King’s College fue admitido en una sociedad secreta de discusión llamada Cambridge Conversazione Society, más conocida como Los Apóstoles. En dicha Sociedad se consideraba a principios del siglo XX que las relaciones homosexuales —la Sodomía Superior, como la denominaban— era expresión de una ética elevada y un camino privilegiado de realización personal. A lo largo de su vida, Keynes fue afortunado en amores, sin preocuparle demasiado el sexo de su pareja. Destacan sus relaciones con el pintor Duncan Grant, con quien mantuvo un apasionado romance en el verano de 1908 cuya ruptura le costó una depresión, y la bailarina rusa Lydia Lopokova, con quien acabó casándose en 1925. El matrimonio fue feliz.

Con sus especulaciones e inversiones consiguió una considerable fortuna personal y siempre fue consciente de pertenecer a lo que llamaba «la burguesía educada». Vivió entre cuadros de Cézanne, Derain, Braque, Picasso y Matisse y coleccionó manuscritos de Newton. Su pasión por el teatro y el ballet le llevó a financiar, construir y donar el Arts Theater a Cambridge.

Se sintió atraído por el Partido Liberal e incluso colaboró con él, pero sólo por razones negativas; es decir, porque las otras dos opciones le gustaban menos. El Partido Conservador le parecía reaccionario y el Laborismo —explicó— «es un partido de clase, y la clase no es la mía. Si he de perseguir intereses sectoriales, perseguiré el mío propio; (...) puedo estar influido por lo que me parece ser justicia y buen sentido, pero la guerra de clases me encontrará del lado de la bourgeoisie educada»[201].

Tras la I Guerra mundial fue miembro de la Delegación inglesa que discutía el Tratado de Versalles, abandonándola al ver las condiciones draconianas que los vencedores pretendían imponer a Alemania. Inmediatamente empezó a escribir un libro dictado por la indignación moral que apareció en diciembre de 1919 con el título Las consecuencias económicas de la paz. Refiriéndose a las abrumadoras reparaciones de guerra que exigían los aliados, dice que intentaban resolver este asunto «como un problema de teología, de política, de táctica electoral, desde todos los puntos de vista, excepto el del porvenir económico de los Estados cuyos destinos tenían en sus manos»[202]. Y, a continuación, hacía esta advertencia profética: «Los hombres no siempre morirán sin protestar. Porque el hambre, que lleva a algunos al letargo y a la desesperación inerte, lleva a otros temperamentos a la inquietud nerviosa del histerismo y a la desesperación loca. Y éstos, en su miseria, pueden acabar de trastornar los restos de organización y hundir la civilización toda en sus intentos desesperados para satisfacer las necesidades apremiantes del individuo»[203]. El libro alcanzó un éxito extraordinario y no sólo contribuyó a reducir algo los pagos por reparaciones de guerra, sino que proporcionó a Keynes una celebridad mundial inmediata que sus posteriores obras de carácter económico se encargaron de mantener viva.

Recibió las máximas distinciones: elevado a Par del Reino Unido, se convirtió en Lord Keynes, barón de Tilton; fue nombrado doctor honoris causa por las universidades más prestigiosas… En 1937 padeció su primer ataque cardíaco. La muerte le sorprendió en su casa de Tilton, Sussex, el 21 de abril de 1946, sin haber podido recibir el Premio Nobel de Economía, que se creó en 1969.

Sus libros de Economía habían ido apareciendo a partir de 1923. En ellos se manifestó como un hombre básicamente dedicado a la Economía aplicada. La teoría le interesaba como fundamento de los diagnósticos y guía para la acción. A principios de 1935, en una carta a George Bernard Shaw, decía: «Creo que estoy escribiendo un libro sobre teoría económica que revolucionará en gran manera —no, supongo yo, inmediatamente, sino en el curso de los próximos diez años— la visión que el mundo tiene de los problemas económicos»[204]. Llevaba razón. Su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (1936) puso los fundamentos de la segunda etapa del capitalismo.

Esta segunda etapa —que se extiende desde la II Guerra mundial hasta la crisis económica de 1973-1974— ha recibido diversos nombres: neocapitalismo, capitalismo mixto, capitalismo avanzado, capitalismo tardío, capitalismo keynesiano, etc. Nosotros la llamaremos «Economía social de mercado». Fue Alfred Müller-Armack quien propuso ese nombre (sozialen Marktwirtschaft), en su escrito Economía dirigida y economía de mercado (1947)[205], como tercera vía entre la economía dirigida de los países comunistas, que consideraba ineficaz, y la economía de libre mercado propia del siglo XIX, que consideraba obsoleta.

En esencia, el problema de la Gran Depresión, que Keynes planteó y resolvió correctamente, consistía en que resultaba fácil producir bienes, pero después no había forma de venderlos, por lo cual las fábricas permanecían cerradas; dándose así la paradoja de millones de hombres desempleados y hambrientos al lado de una enorme capacidad industrial no utilizada.

En un programa radiofónico de 1931, Keynes propuso a través de la BBC un remedio sencillísimo: «Salid mañana temprano a las calles, patrióticas amas de casa, y acudid a esas maravillosas rebajas que se anuncian por todas partes. Os haréis un bien a vosotras mismas, porque nunca estuvieron las cosas tan baratas, más baratas de lo que nunca habéis soñado. Comprad todas las sábanas y mantas que necesitéis. Y disfrutad además sabiendo que estáis favoreciendo el empleo y acrecentando la riqueza del país, porque estaréis dedicándoos a una actividad buena y útil y dando una oportunidad y una esperanza a Lancashire, Yorkshire y Belfast»[206]. Pero, como era de esperar, la gente no siguió su consejo. Gastar y endeudarse cuando los tiempos son malos parecía contrario al sentido común.

Keynes resumió entonces la situación con una expresión muy gráfica: «Tenemos problemas con la batería»[207]. Es decir, el motor está en perfecto estado, pero no arrancará de nuevo por su propio impulso; necesita un empujón desde fuera y comprendió que ese empujón sólo podía darlo el gobierno. Esto, naturalmente, implicaba el fin del laissez faire.

Con el fin de estimular la demanda, Keynes recomendó a los gobiernos lo que antes había recomendado sin éxito a los ciudadanos: Que gastaran dinero; a ser posible en obras de utilidad pública, pero si no… en lo que fuera. Amigo como era de las paradojas, escribió: «Si la Tesorería se pusiera a llenar botellas viejas con billetes de banco, las enterrara a profundidad conveniente en minas de carbón abandonadas, que luego se cubrieran con escombros de la ciudad, y dejara a la iniciativa privada, de conformidad con los bien experimentados principios del laissez-faire, el cuidado de desenterrar nuevamente los billetes», empezaríamos a salir de la crisis porque los trabajadores contratados para enterrar las botellas comprarían cosas con sus salarios, quienes encontraran las botellas comprarían también con los billetes de banco que había en su interior; las fábricas tendrían que reponer las existencias y darían trabajo a los desempleados, que a su vez comprarían más cosas con los salarios ganados, etc. Claro está —seguía diciendo— que, en vez de enterrar las botellas, «sería más sensato construir casas o algo semejante; pero si existen dificultades políticas y prácticas para realizarlo, el procedimiento anterior sería mejor que no hacer nada»[208].

La objeción que plantearía cualquiera es: ¿De dónde sacará el gobierno el dinero necesario para esa gigantesca política de inversiones públicas? Keynes respondió que, si el gobierno necesitaba durante algún tiempo gastar más de lo que ingresaba, debía pedir dinero prestado, como cualquier familia que tuviera el mismo problema; es decir, debía financiar las inversiones con déficit en el presupuesto emitiendo deuda pública. Una vez recuperada la economía, aumentarían los ingresos fiscales y, como además el gobierno ya no necesitaría gastar tanto, podría amortizar la deuda.

Aunque Hitler no parecía muy amigo de los libros y casi con seguridad no habría leído la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, llevó a cabo en Alemania un ambicioso programa de obras públicas. Del mismo modo, en Estados Unidos Franklin Roosevelt ganó las elecciones presidenciales con un programa abiertamente intervencionista. Sin embargo lo que al final puso fin a la Gran Depresión fue —como dice Krugman— otro «gran programa de obras públicas financiado con déficit, que se conoce como II Guerra mundial»[209]. Keynes había contemplado también esa posibilidad: «Los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar la riqueza, si la educación de nuestros estadistas en los principios de la economía clásica impide que se haga algo mejor»[210].

Como vemos, Keynes era perfectamente consciente de que sus propuestas no serían aceptadas sin resistencia siendo, como eran, contrarias a los principios del laissez-faire. Aunque el ensanchamiento de las funciones de gobierno —escribió— «parecería a un publicista del siglo XIX o a un financiero norteamericano contemporáneo una limitación espantosa al individualismo, yo las defiendo, tanto porque son el único medio practicable de evitar la destrucción total de las formas económicas existentes, como por ser condición del funcionamiento afortunado de la iniciativa individual»[211].

Keynes pidió también que los gobiernos llevaran a cabo una política redistributiva de la renta, y no sólo por exigencias de justicia, sino porque también eso estimula la demanda. Los pobres necesitan gastar casi todo lo que ganan, mientras que los ricos gastan una parte y ahorran el resto. Solían decir los keynesianos que si yo reparto un millón de libras esterlinas entre un millón de personas, dando una libra a cada persona, quizás consiga que cada una de ellas compre un par de zapatos (debían estar muy baratos entonces), pero si doy el millón de libras a una sola persona nunca conseguiré que se compre un millón de pares de zapatos.

Después de la II Guerra mundial, la invitación keynesiana a llevar adelante políticas redistributivas y medidas de carácter social encontró un terreno abonado porque los países capitalistas necesitaban conjurar el atractivo ejercido por el comunismo sobre los trabajadores occidentales, dado que el régimen surgido de la revolución bolchevique se había convertido en un referente valiosísimo para los movimientos obreros, a quienes prestó desde el principio un gran apoyo moral y posteriormente también material y político. El llamado Informe Beveridge (1942) fue todo un hito. El Lord inglés cuyo apellido dio nombre al Informe, en su calidad de presidente del Comité Interministerial de Seguros Sociales, defendió la necesidad de garantizar a todos los ciudadanos del Reino Unido un nivel mínimo de bienestar en el campo de la educación, de la sanidad y de la seguridad social que les protegiera «desde la cuna hasta la tumba» (from the cradle to the grave)[212]. El Estado de bienestar se propuso sustituir el antiguo «si no se trabaja, no se come» por un nuevo y más solidario «si no se puede trabajar, el Estado debe proveer los medios necesarios para la subsistencia».

Cuando el Partido Laborista inglés ganó las elecciones en 1945, puso en práctica el programa de Lord Beveridge estableciendo, entre otras cosas, el Servicio Nacional de la Salud. Al acabar la II Guerra mundial, la mayoría de los países europeos optaron decididamente por este modelo, que empezó a conocerse como «Estado de Bienestar» (State Welfare). Al estar apoyado por todos los partidos, no se notaban grandes diferencias en políticas de protección social entre los gobiernos socialdemócratas y los demócrata-cristianos (fue el llamado consenso social-liberal).

De este modo, la intervención del Estado en la economía fue creciendo ininterrumpidamente hasta el extremo de que ya en 1976 los gastos totales de las Administraciones públicas representaban en los países de la OCDE una media del 40,6% de PIB; es decir, de cada 100 euros generados por la actividad económica, el Estado necesitaba apropiarse de algo más de 40 para sus programas de inversiones y de bienestar social.

Esto provocó críticas durísimas de los que más tarde se llamará «neoliberales», porque —decían— se está construyendo un híbrido de capitalismo y colectivismo incapaz de funcionar correctamente, ya que con esa elevadísima presión fiscal elimina el incentivo para crear riqueza, que no es otro que la búsqueda del lucro. Algunos países, como los escandinavos, elevaron tanto la presión fiscal sobre los ciudadanos más privilegiados que llegaron a imponerles tipos del 70-80% sobre sus ganancias, lo que provocó algunos casos famosos de rebeldía fiscal, como el de Ingmar Bergman.

Sin embargo, podríamos decir que durante el período aquí estudiado —el que va desde la II Guerra mundial hasta la crisis económica de 1973-1974— fue casi unánime la aceptación de las ideas keynesianas (al menos en los países desarrollados) porque la economía social de mercado produjo en seguida buenísimos resultados, tanto económicos como sociales. Económicos, porque los años cincuenta y sesenta del pasado siglo fueron los de mayor crecimiento económico de toda la historia de la humanidad. Y sociales, porque el «Estado de Bienestar» ha sido la «edad de oro» para la clase trabajadora.

5. Capitalismo neoliberal

Cuando comenzó la crisis económica de 1973-1974 muchos gobiernos, sin analizar bien lo que estaba pasando, introdujeron numerosos programas expansivos financiados con déficit del presupuesto, tal como había recomendado Keynes en los años de la Gran Depresión; pero, lejos de vencer la recesión, agravaron todavía más la situación. Esto se debió a que la crisis de los años setenta, en vez de ir unida a una deflación como pasaba en los años treinta, venía acompañada de inflación (materias primas por las nubes, salarios disparados y beneficios empresariales insaciables). Era la stagflation (estancamiento con inflación)[213]; una enfermedad desconocida hasta entonces. Las políticas keynesianas siempre elevan la inflación, lo cual no era peligroso —más bien todo lo contrario— durante la Gran Depresión porque se partía de una situación de deflación, pero resultó mortal partiendo ya de una situación inflacionaria. Además, en una economía mucho más globalizada que entonces —de esto hablaremos en el capítulo 7—, aumentar la capacidad adquisitiva en un país del Norte creará, efectivamente, puestos de trabajo… pero quizás en Corea del Sur o en China.

Como adelantamos al final del apartado anterior, desde los años cuarenta del siglo pasado un grupo de economistas conocidos como «Escuela de Viena» —Ludwig von Mises (1881-1973), Friedrich August von Hayek (1899-1992), etc.—, y desde los años sesenta la «Escuela de Chicago» (con Milton Friedman a la cabeza), venían criticando la economía social de mercado con mucha acritud pero escasa audiencia. El fracaso de las medidas keynesianas para curar la nueva enfermedad —algo, por otra parte, previsible: Keynes nunca habría aplicado la misma medicina a una enfermedad diferente— sirvió para que les prestaran atención y se abriera camino la tercera modalidad del sistema capitalista: El neoliberalismo. Así, pues, fue una crisis económica quien dio la hegemonía al pensamiento keynesiano y otra quien se la quitó.

Quince años después, el descalabro de las economías comunistas del Este de Europa en 1989 provocó una auténtica orgía neoliberal. Fukuyama llegó a publicar un libro titulado El final de la historia[214]. En su opinión, con el triunfo del liberalismo (tanto político como económico) sobre el comunismo ha llegado el final de la historia; no en el sentido de que vaya a acabarse el mundo, sino en el sentido de que la historia ha alcanzado por fin la plenitud que había estado persiguiendo a lo largo de los siglos. En cambio Juan Pablo II, menos entusiasta que Fukuyama, denunció «el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista»[215].

A diferencia de la economía social de mercado, cuyas bases fueron sentadas por un solo autor (Keynes), las del neoliberalismo son obra de varios, pero entre todos ellos destaca Milton Friedman. Al haber sido el asesor económico del presidente Nixon y sobre todo del presidente Reagan, así como de la Primera Ministra británica Margaret Thatcher y el jefe de Estado chileno Pinochet, se convirtió en el economista políticamente más influyente del último cuarto del siglo XX. Presentémosle, como hicimos anteriormente con Smith y Keynes:

Hijo de inmigrantes judíos en difícil situación económica, Milton Friedman nació el 31 de julio de 1912, en Brooklyn, la zona industrial y portuaria de Nueva York. Gracias a una beca pudo estudiar Ciencias Económicas, primero en la Universidad de Rutgers —donde necesitó trabajar en restaurantes y tiendas para completar los ingresos insuficientes de la beca— y más tarde en la de Chicago. En las aulas de esta última conoció en 1932 a la que sería su esposa, Rose Director, porque el profesor Jacob Viner tenía la costumbre de sentar a sus alumnos por orden alfabético. Tras un romance de seis años, se casaron en 1938 y desde entonces compartieron una intensa y fecunda vida de trabajo intelectual, publicando incluso libros de forma conjunta. Según Friedman, gran parte de su tendencia liberal se debe a ella.

Al principio Friedman trabajó en Washington para varias agencias federales, pero en 1946 se incorporó al departamento de Ciencias Económicas de la Universidad de Chicago y comenzó a difundir las nuevas ideas. En 1976 recibió el Premio Nobel de Economía por sus «adelantos en el campo del análisis del consumo, de la historia y teoría monetaria, y por su demostración de la complejidad de las políticas estabilizadoras» y en 1988 recibió la Medalla de la Libertad, la más alta condecoración civil de Estados Unidos, de manos de Ronald Reagan.

Seguramente, en la extraordinaria difusión del neoliberalismo influyeron dos factores ajenos al mayor o menor valor del nuevo modelo: el apoyo interesado del capital internacional y el magnetismo personal de su líder. Como dijo de forma muy expresiva Kaldor, la doctrina neoliberal ha sido «asiduamente propagada a través del Atlántico por una banda creciente de entusiastas, combinando el fervor de los primeros cristianos con la suavidad y el poder de venta de los ejecutivos de Madison Avenue. Y ésta es en gran parte el producto de un economista con excepcionales poderes de persuasión y difusión: El profesor Milton Friedman de Chicago»[216]. Cuando falleció de un ataque al corazón el 16 de noviembre de 2006 en un hospital de San Francisco, a pesar de tener 94 años de edad, seguía ejerciendo un liderazgo indiscutible. Existen incluso admiradores agrupados en los «Milton Friedman Fan’s Clubs».

En realidad, el neoliberalismo no es un cuerpo de doctrinas homogéneo, con tesis bien articuladas y defendidas por cuantos se consideran neoliberales[217], a excepción de la afirmación general y como de principio de que el mercado libre resuelve no sólo los problemas económicos, sino también los problemas sociales vinculados a ellos, mejor que las administraciones públicas. No niegan que el mercado libre pueda tener fallos, pero consideran que son siempre menos graves que los fallos de los gobiernos. Ronald Reagan dijo, en una de sus primeras y más frecuentemente citadas declaraciones al llegar a la presidencia, que en Estados Unidos «el gobierno no es la solución de los problemas, sino el problema»; ha llegado a ser «demasiado grande y pesado» y «debe ponerse a dieta».

Hay tres medidas neoliberales en las que coinciden todos: restringir el «Estado impositivo» (disminuyendo las tasas elevadas de impuestos); adelgazar el «Estado de Bienestar» (reduciendo los gastos sociales) y acabar con el «Estado regulador» (eliminando los controles y la legislación laboral):

• Reducción de los tipos impositivos

Según una conocida anécdota, cenando el profesor Laffer con varios asesores de la Casa Blanca en el restaurante Two Continents, de Washington, dibujó sobre una servilleta de papel un gráfico para explicarles que, al principio, incrementando los tipos impositivos aumenta muy rápidamente la recaudación fiscal; pero si sigue incrementándose la presión tributaria empieza a crecer más lentamente la recaudación porque los contribuyentes tienen cada vez menos incentivos para ganar dinero; e incluso llega un momento en que la recaudación comienza a descender, de modo que cuanto más aumenta la voracidad de Hacienda, peores resultados obtiene. En el límite, si los tipos impositivos llegaran a ser del 100%, los ingresos fiscales serían nulos, igual que si el tipo impositivo fuera del 0%. Añadió que en Estados Unidos la presión fiscal estaba ya en el tramo descendente de la curva y reduciéndola aumentaría la recaudación.

Los argumentos de Laffer consiguieron que Reagan redujera en 1981 el tipo marginal de los muy ricos desde una tasa del 70 al 50%; más tarde, con la reforma fiscal de 1986, bajó nuevamente el tipo hasta el 28%. Por desgracia, no se cumplieron las previsiones del famoso economista y la reducción de la recaudación tributaria fue tan grande que la Administración norteamericana, a pesar de haber reducido también el gasto público (sobre todo en materia social), tiene el mayor déficit de todo el mundo; lo cual ha provocado profundos desequilibrios en la economía internacional.

• Adelgazar el Estado de Bienestar

Es innegable que los políticos, para complacer a los votantes, tienden a gastar más de lo que logran recaudar y las cuentas públicas han entrado en una peligrosa espiral de endeudamiento. Es también innegable que la enorme maquinaria administrativa generada por el Estado de bienestar resulta cada vez menos eficaz y más difícil de controlar, originando graves despilfarros (y no toda la culpa es de los administradores; buena parte del despilfarro se debe a los abusos de los propios asegurados). Pero, como dicen los juristas, abusus non tollit usum (el abuso no elimina el uso).

Sin embargo, Milton Friedman es rotundo: «La mayoría de los actuales programas de bienestar nunca se deberían haber aprobado. Si así hubiera ocurrido, muchos de los individuos que ahora dependen de ellos se habrían vuelto ciudadanos que confían en sí mismos en vez de menores tutelados por el estado»[218]. Piensa que el desmantelamiento del Estado de Bienestar deberá hacerse poco a poco: «Dado que los planes de bienestar existen, no pueden cancelarse de la noche a la mañana. Necesitamos un camino para facilitar la transición desde donde estamos al lugar en que quisiéramos encontrarnos»[219].

La mayoría de los liberales admiten que algunas personas, debido a sus limitaciones, necesitan ser ayudadas; pero esa ayuda debería prestarse, siempre que sea posible, a través de la familia y de la beneficencia privada. Si éstas no fueran suficientes podría admitirse también una intervención de los poderes públicos, pero limitándose a atender los casos de necesidad extrema y sin interferir con los incentivos del mercado. Cuando las ayudas son demasiado generosas, muchas personas prefieren instalarse en una situación de dependencia en vez de trabajar.

• Eliminación de los controles y de la legislación laboral

Esto podríamos resumirlo en volver al laissez faire y recuperar la confianza en la «mano invisible» de Adam Smith. Pero en realidad, no se trata de una mera vuelta a Adam Smith y los grandes maestros de antaño, sino de una verdadera radicalización de sus presupuestos, por lo que, en vez de «neoliberales», sería más preciso llamarles «ultraliberales»[220]. Por lo pronto, defender el laissez faire sin haber conocido ese «museo de horrores sociales» (Alphonse Daudet) que fue el capitalismo primitivo, como le pasó a Adam Smith, no tiene el mismo significado que defenderlo hoy. Pero, en opinión de Milton Friedman, «uno de los objetivos principales del liberal es el dejar los problemas éticos al individuo para que él se las entienda con ellos»[221].

De hecho, a diferencia del liberalismo clásico, la mayoría de los neoliberales no piensan que el capitalismo del laissez faire será capaz de acabar con la pobreza. Friedrich A. Hayek —que, como dijimos, no pertenece a la Escuela de Chicago, sino a la de Viena, aunque fue profesor de la Universidad de Chicago entre 1950 y 1962—, escribió un libro con el expresivo título de El espejismo de la justicia social[222]. En su opinión la expresión «justicia social» carece de sentido en el sistema capitalista. Quienes aceptan el sistema capitalista saben que son las leyes de la libre concurrencia quienes determinarán todo, desde los precios hasta los beneficios empresariales y los salarios. Por tanto, lo que resulta no es ni justo ni injusto; simplemente, es el resultado del juego porque, nos guste o no, el mundo y la naturaleza humana son como son. Un arma que suelen utilizar los neoliberales contra quienes quieren acabar con la pobreza, o al menos reducirla lo más posible, es calificarles de «utópicos», calificación que —como decía Concepción Arenal en otro contexto—, «al parecer, ofende poco, pero desacredita mucho y no obliga a probar nada»[223].

Basta leer los periódicos para ver hasta qué punto el modelo neoliberal ha ido poco a poco sustituyendo al modelo keynesiano en las tres últimas décadas: se ha implantado una libertad absoluta de mercados, sin controles ni regulaciones de los poderes públicos (liberalización de las formas de contratación, contención de salarios, abaratamiento del despido…); han bajado los impuestos directos (muy especialmente los que gravan los beneficios del capital) y ha disminuido el gasto público (en particular los gastos sociales).

Sigue habiendo, desde luego, discrepantes que defienden la economía social de mercado, pero han sido orillados. Sus investigaciones no obtienen financiación, para ellos no hay consultorías, ni conferencias, ni apoyo mediático cuando publican un libro… (Sé lo que estás pensando, lector; yo también lo pensé cuando empecé a escribir).

Ciertamente, la grave crisis financiera que estalló en Estados Unidos durante el verano de 2007 y se extendió después al resto del mundo, provocando una crisis económica que todavía no ha sido superada, no se habría producido sin la fiebre desreguladora y la alergia a los controles de las últimas administraciones públicas. Por eso se planteó la necesidad de «refundar el capitalismo» y los líderes del G-20 dijeron públicamente antes de las reuniones de Washington (15-11-2008) y Davos (1-2-2009) que ése era su objetivo, pero al final todo se ha reducido a una tibia declaración de intenciones sobre la cooperación frente a las adversidades económicas y la necesidad de una mayor regulación de los sistemas financieros, sin lograr consensuar medidas concretas. En estos momentos, el neoliberalismo sigue siendo el modelo dominante. Basta asomarse a las revistas económicas más influyentes, como las británicas The Economist y The Financial Times y la estadounidense The Wall Street Journal.

6. Alternativas en discusión

Sólo nos falta, antes de cerrar este capítulo, recapitular las principales alternativas que se han ido manifestando en él y deberán ser objeto de enjuiciamiento ético en los tres próximos capítulos:

La propiedad de los medios de producción, ¿debe ser privada (capitalismo) o pública (colectivismo marxista)? Y, si es privada, ¿debe ser un derecho absoluto (capitalismo liberal y neoliberal) o tener una función social (economía social de mercado)?

La motivación de los agentes económicos, ¿debe ser la búsqueda del lucro (capitalismo liberal y neoliberal), la promoción del bien común (colectivismo marxista, aunque ya vimos en el segundo capítulo cómo entendían ellos el bien común) o una combinación de ambas (economía social de mercado)?

El mercado, ¿debe ser dirigido (colectivismo marxista), auto-regulado (capitalismo liberal y neoliberal) o deben intervenir en él los poderes públicos (economía social de mercado)?


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