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La maximización del lucro como motor de la economía

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La maximización del lucro como motor de la economía

En este capítulo vamos a reflexionar sobre el «espíritu» del capitalismo —lo que en este sistema mueve a los agentes económicos—, que según vimos en el capítulo 3 es el afán de lucro.

Esto supuso un cambio cultural de primera magnitud. Durante la Edad media el ansia de ganar dinero provocaba la repulsa social por estar en contra de los principios evangélicos. Jesús había dicho: «¡Qué difícil es que un rico entre en el reino de los cielos! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios» (Mt 19,22 y par).

Aquellos predicadores calvinistas tardíos tan magistralmente estudiados por Max Weber[334] hicieron mucho por los amantes del lucro al desvincular la riqueza de la condenación. Pero el cambio verdaderamente decisivo llegó gracias a la «mano invisible» de Adam Smith: De repente, «aquellos “egoístas amantes del lucro” se habían convertido en benefactores sociales»[335]. Y de este modo, como decía Marx, la burguesía proclamó el «derecho al egoísmo»[336].

El afán de lucro es, en opinión de Keynes, el gran problema ético de nuestros días; y me parece muy significativo que esto no lo afirme un moralista, sino uno de los economistas más famosos de la historia:

«A mí me parece mucho más claro cada día —escribió el economista de Cambridge— que el problema moral de nuestra época tiene que ver con el amor al dinero, con la apelación habitual al motivo monetario en el 90 por 100 de las actividades de la vida, con el afán universal por conseguir la seguridad económica individual como principal objetivo del esfuerzo, con la aprobación social del dinero como medida del éxito constructivo y con la apelación social al instinto de acumulación como fundamento de la necesaria provisión para la familia y para el futuro»[337].

Es un tema que requiere un cuidadoso análisis porque, según dijimos en la Introducción, nadie puede negar que la búsqueda del lucro ha estimulado notablemente el progreso material. Pero cualquiera que no sea un neoliberal impenitente sabe que el ansia de ganar dinero ha provocado también numerosas injusticias de carácter económico, deterioro ecológico, costos personales y hasta religiosos.

1. El hombre, ¿un animal que hace dinero?

El liberalismo económico repite una y otra vez que el móvil de maximizar las ganancias es tan viejo como el hombre, lo cual es otra manera de decir que forma parte de la naturaleza humana. Junto a las tradicionales definiciones del hombre como «animal racional», «animal social», etc., Herman Melville, en una famosa novela, propuso otra: «El hombre es un animal que hace dinero»[338].

Pero no es así. El móvil de maximizar las ganancias, tal como nosotros lo conocemos, es sólo tan viejo como el «hombre capitalista». Únicamente «a partir de Adam Smith el interés personal vino a considerarse como un impulso genético»[339].

«La idea de la ganancia por amor a la ganancia en sí —dice Heilbroner—, no sólo es ajena a una gran parte de la población de nuestro mundo contemporáneo, sino que se ha hecho notar por su ausencia en el transcurso de la mayor parte de la historia de que tenemos constancia»[340].

En mi opinión, el liberalismo económico confunde las exigencias de la naturaleza humana con lo que únicamente son rasgos de la propia cultura, incurriendo así en eso que los filósofos llaman «falacia naturalista». Fue el empirista inglés David Hume quien denunció claramente la falacia naturalista en su Tratado de la naturaleza humana al observar la facilidad con que los diversos autores saltaban del «ser» al «deber ser»[341].

En efecto, todos solemos considerar «natural» aquello a lo que estamos acostumbrados. Pero si intentáramos profundizar críticamente en la costumbre y descubrir su inicio descubriríamos que esa supuesta «época inmemorial», ese «siempre se hizo así», es mucho más reciente de lo que pensábamos. A menudo bastan dos generaciones para que algo empiece a parecer «natural».

Desde luego, la definición de Melville sobre el hombre como un animal que hace dinero, no cuadraría al hombre medieval. Según Hirschman, lo característico del hombre medieval era la búsqueda del honor y la gloria[342]. La literatura de nuestro Siglo de Oro nos ha dejado obras maestras en las que el honor —y nunca el dinero— juega un papel importante.

Evidentemente, también en las sociedades medievales hubo personas cuya pasión dominante era ganar dinero. Suele citarse como prototipo de comerciante movido por el ansia de ganancias un hombre de finales del siglo XI llamado Goderico de Finchale, pero, como muy bien hace notar José Mª Mardones[343], Goderico de Finchale vivió en el fondo atormentado por la amenaza de condenación eterna que pesa sobre aquellos que se dejan arrastrar por la avaricia. Su conversión, su entrada en un monasterio y su posterior santidad, así lo confirman.

Es muy expresivo lo ocurrido a los Fugger (los Fúcar), una familia de grandes banqueros del siglo XVI. Según explica Heilbroner, «en el pináculo de su fortuna, los Fugger eran propietarios de minas de oro y de plata, poseían concesiones comerciales y tuvieron incluso derecho a acuñar su propia moneda; su crédito era muy superior al de la riqueza de los reyes y emperadores, cuyas guerras (y cuyos gastos palaciegos) financiaban ellos. Pero cuando [en 1560] falleció el viejo Anton Fugger, su sobrino mayor, Hans Jacob, rehusó hacerse cargo de aquel imperio bancario, alegando que los negocios de la ciudad y sus propios asuntos le daban ya demasiados quebraderos de cabeza; Jorge, hermano de Hans Jacob, dijo que prefería vivir en paz; un tercer sobrino, Christopher, se desentendió también. Por lo visto, ninguno de los herederos en potencia de aquel imperio de riqueza juzgó que éste merecía que ellos se tomaran alguna molestia»[344].

Consideraciones parecidas podríamos hacer de otras culturas no occidentales que ratificarían nuestra afirmación de que el deseo de maximizar las ganancias no es una característica de la naturaleza humana, sino un rasgo de la cultura occidental moderna y, por lo tanto, tenemos derecho a valorarlo éticamente.

2. Presupuestos antropológicos

Desde luego, el hombre occidental moderno persigue frecuentemente el dinero con ahínco, porque nuestra cultura nos lleva en esa dirección; pero no somos egoístas puros, también somos capaces de conductas desinteresadas, como era habitual en siglos anteriores y hoy muestran no pocas personas.

Es muy nocivo que el liberalismo económico esté repitiendo continuamente que el móvil de maximizar las ganancias es tan natural y tan viejo como el hombre, porque de ese modo nuestra herida se hace incurable. Recordemos a Goethe: «Cuando tomamos a las personas simplemente como son las volvemos peores; en cambio, cuando las tratamos como lo que debieran ser las llevamos allá donde pueden ser llevadas»[345].

Uno de los formularios de las renuncias bautismales pregunta: «¿Renunciáis a los criterios y comportamientos materialistas que consideran el dinero como la aspiración suprema de la vida; el negocio como valor absoluto; el propio bien por encima del bien común?». Y me parece profundamente humanizador que la Iglesia nos lo pregunte porque equivale a decirnos que podemos hacerlo.

Pero tampoco somos altruistas puros. No sería en absoluto realista pretender que todos deberíamos olvidarnos de nuestro propio interés para preocuparnos únicamente del bien común, como sostenía el marxismo. En mi opinión, antes de fallar la economía en los países colectivistas —y provocando su fallo— hubo un fallo antropológico. En todos esos países intentaron sustituir los incentivos económicos, característicos del capitalismo, por incentivos morales: el tablón de anuncios con fotos de los trabajadores cuyo rendimiento era ejemplar, los mítines públicos en los cuales los mejores trabajadores se colocaban en el escenario, la concesión de honores tales como el de «héroe del trabajo socialista», etc. Muy conocido es el caso de Stajanov, un minero de la cuenca del Donetz que el 31 de agosto de 1935 multiplicó por 14 las normas habituales de extracción de hulla y se convirtió para siempre en el modelo que las autoridades de la URSS proponían a todos los productores. Desgraciadamente la experiencia puso pronto de manifiesto que los incentivos morales no tienen la misma eficacia que los incentivos económicos (es decir el «garrote» y la «zanahoria» financieros).

Marx y Engels creyeron ingenuamente que, suprimida la propiedad privada y tras unos pocos años de experiencia socialista, surgiría un «hombre nuevo», despojado de todo egoísmo, con alta moral de ciudadano, dispuesto a sacrificarse por la causa del comunismo. Pero aquella maravillosa alquimia nunca funcionó.

Hoy se ha hecho evidente a todo el mundo que la supresión de la propiedad privada no basta para producir el hombre nuevo. El misterio del mal en el mundo requiere una explicación más profunda que la economía no está en condiciones de dar. Ya Freud criticó certeramente a Marx indicando que ciertas raíces de la alienación eran mucho más hondas que las relaciones económicas y parecían consustanciales al hombre[346]. Al cristiano le viene en seguida al pensamiento la teología del pecado original.

Es muy fácil elaborar proyectos para salvar el mundo si contamos con una naturaleza humana hecha a la medida de nuestros deseos. Y cuando esos proyectos fracasan, la tentación del idealista suele ser culpar de ello a la condición pecadora de los hombres, la cual era necesario haber previsto y encarado desde el primer momento.

Michael Novak, en su apología teológica del liberalismo económico, tras repetir varias veces que el capitalismo es un sistema para pecadores, concluye: «La máxima tentación para un cristiano es imaginar que la salvación lograda por Jesús ha modificado la condición humana»[347]. Se trata de una afirmación que, si bien sería de esperar en un teólogo luterano, resulta sorprendente en un teólogo católico. Naturalmente que la llegada del reino de Dios introduce un cambio objetivo en nuestro mundo y en la condición humana; lo que pasa es que, según dijimos en el primer capítulo, el reino ya ha llegado, pero todavía no en plenitud. Por eso, la Iglesia, que es «experta en humanidad»[348], sabe que no conviene prescindir por completo de los incentivos materiales en la actividad económica.

No podemos olvidar —dice Juan Pablo II— que «el hombre lleva dentro de sí la herida del pecado original» y «esta doctrina no sólo es parte integrante de la revelación cristiana, sino que tiene también un gran valor hermenéutico en cuanto ayuda a comprender la realidad humana. El hombre tiende hacia el bien, pero también es capaz del mal; puede trascender su interés inmediato y, sin embargo, permanece vinculado a él». En consecuencia, «el orden social será tanto más sólido cuanto más tenga en cuenta este hecho y no oponga el interés individual al de la sociedad en su conjunto, sino que busque más bien los modos de su fructuosa coordinación. De hecho, donde el interés individual es suprimido violentamente, queda sustituido por un oneroso y opresivo sistema de control burocrático que esteriliza toda iniciativa y creatividad»[349].

3. Valoración ética del beneficio

Evidentemente, los beneficios son necesarios en cualquier actividad económica. Las empresas que ni siquiera logran equilibrar el Debe y el Haber en la cuenta de explotación se ven obligadas a cerrar; y esto ocurre tanto en una economía capitalista como en una economía socialista. La única diferencia es que en los países socialistas, al ser todas las empresas del Estado, podían permitirse que algunas fueran deficitarias con tal que las demás generaran beneficios suficientes para compensar esas pérdidas. Pero si el conjunto de la economía nacional generara pérdidas tendría igualmente que «cerrar»; y eso fue lo que ocurrió en 1989. Todo esto es obvio y, por tanto, «la Iglesia reconoce la justa función de los beneficios, como índice de la buena marcha de la empresa»[350].

No podemos aceptar, sin embargo, que el móvil supremo de la actividad económica sea maximizar los beneficios de la empresa; algo que se hace frecuentemente a costa de las condiciones laborales. Dado que la Iglesia proclama «el principio de la prioridad del “trabajo” sobre el “capital”»[351], que no es otra cosa que la prioridad del hombre sobre las cosas, «el único beneficio justo y justificado del dinero es el mínimo suficiente para vencer la inercia del capital privado a comprometerse en la aventura de una empresa libre»[352]. Keynes, por ejemplo, consideraba que, para inducir a invertir en condiciones normales de riesgo, bastaba que el tanto por ciento del beneficio sobre la suma del capital y las reservas de la empresa fuera el doble del interés habitual de los préstamos en el mercado financiero[353]. Lógicamente, en empresas con riesgos superiores está justificado un porcentaje más elevado.

4. La búsqueda del máximo beneficio corrompe la vida económica

Lo malo es cuando los propietarios del capital no buscan ese beneficio suficiente del que acabamos de hablar, sino el beneficio máximo. En ese caso los beneficios han dejado de ser un objetivo instrumental para la empresa y se han convertido en la finalidad fundamental. El concilio Vaticano II condenó rotundamente esa inversión de prioridades: «La finalidad fundamental de la producción no es el beneficio, sino el servicio del hombre, del hombre integral»[354].

Por decirlo de modo sencillo, todas las empresas necesitan obtener beneficios, pero una cosa es que necesiten obtener unos beneficios suficientes para seguir funcionando al servicio del bien común y otra muy distinta que las hagamos funcionar para obtener beneficios, y cuantos más mejor. Entonces es cuando aparecen los problemas que veremos a continuación. En el sistema capitalista se ha producido esa trágica inversión que recuerda lo de que una cosa es comer para vivir y otra muy distinta vivir para comer.

La persecución del lucro corrompe la vida económica. No empleo aquí —o, al menos, no necesariamente— la palabra «corrupción» en el sentido que tiene en los arts. 419 y ss. del Código Penal, sino en un sentido filosófico. Como explica Adela Cortina, «una sociedad o una persona están corrompidas cuando han ido perdiendo la sustancia que les es propia. (...) Cuando una sustancia o una naturaleza humana se corrompen, pierden su naturaleza, se convierten en otra cosa distinta y acaban oliendo mal»[355].

Pues bien, la vida económica se corrompe cuando lo que debía ser el objetivo instrumental (ganar dinero) se transforma en la finalidad fundamental de la empresa; y lo que debía ser finalidad fundamental (satisfacer unas determinadas necesidades humanas) pasa a ser un objetivo instrumental. Por desgracia, eso es precisamente lo que suele ocurrir en nuestro sistema al haber hecho del lucro el motor de la economía. «Las grandes empresas —explicó un hombre que entiende mucho de eso— no tienen como objetivo la creación de empleo; emplean a personas (el menor número y lo más barato posible) para obtener beneficios. Las compañías de asistencia sanitaria no están en el negocio para salvar vidas; prestan asistencia sanitaria para obtener beneficios»[356]. Y es que, como observó agudamente Schumpeter, en el sistema capitalista la producción no es más que «un fenómeno accesorio de la realización de beneficios»[357].

Eso tiene como consecuencia que empresas perfectamente rentables reduzcan la plantilla o sustituyan los trabajadores con contrato indefinido por otros con contratos basura con el fin de incrementar todavía más los beneficios. Ángel Martínez recuerda, por ejemplo, unas declaraciones de Durk I. Jager, presidente de Procter & Gamble (la corporación propietaria de Max Factor, Dodotis, Tampax, Ariel, Don Limpio, etc.) en las que decía: «La empresa va muy bien, pero ha decidido un plan de reestructuración a seis años que supone invertir 250.000 millones de pesetas y reducir 15.000 empleos»[358].

Por eso dice Juan Pablo II: «Los beneficios no son el único índice de las condiciones de la empresa. Es posible que los balances económicos sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad. Además de ser moralmente inadmisible, esto no puede menos de tener reflejos negativos para el futuro, hasta para la eficacia económica de la empresa. En efecto, la finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera. Los beneficios son un elemento regulador de la vida de la empresa, pero no el único; junto con ellos hay que considerar otros factores humanos y morales que, a largo plazo, son por lo menos igualmente esenciales para la vida de la empresa»[359].

Desde luego, dentro del sistema capitalista hay empresarios cuya principal motivación es crear puestos de trabajo en condiciones dignas y contribuir al bien común de la sociedad. El problema de dichos empresarios es que deben competir con otros muchos que no tienen esas motivaciones. Nos guste o no, cada sistema tiene unas reglas de juego y quien no se somete a su lógica acaba estrellándose. De hecho, muchos empresarios creyentes —que personalmente son mejores que el sistema al que sirven— afirman con pena que es imposible cumplir las exigencias de la Enseñanza Social de la Iglesia. Resulta ingenuo el «voluntarismo ético» de quienes —ignorando los condicionamientos estructurales— creen posible eliminar todas las injusticias de su entorno porque ellos personalmente son personas bienintencionadas. Es necesario, según dijimos en el segundo capítulo, sustituir las estructuras de pecado por estructuras de solidaridad.

5. El ansia de ganar dinero corrompe a las personas

Lo que en el apartado anterior dijimos de las empresas puede aplicarse igualmente a la actividad con la que cada individuo se gana la vida.

Según MacIntyre, las actividades sociales (una profesión, el ejercicio de la política, etc.) tienen como fin alcanzar unos bienes intrínsecos a cada una de ellas, que ninguna otra puede proporcionar (el maestro busca educar a la juventud; el albañil, construir casas; el médico, curar a los enfermos; el político, promover el bien común; etc). A la vez, con las distintas actividades se consiguen también otro tipo de bienes (tales como dinero para vivir, reconocimiento social, quizás poder...), que vamos a llamar extrínsecos, porque no son los que dan sentido a las distintas actividades, aunque se obtienen al llevarlas a cabo. Estos bienes son comunes a la mayor parte de las actividades —política, deporte, sanidad, oficios manuales, etc.— y no sirven, por tanto, para especificarlas, para distinguir unas de otras[360].

Desde luego, es perfectamente legítimo que el ejercicio de la profesión proporcione esos bienes extrínsecos. Como dijo Pío XI en 1931, «no se prohíbe aumentar adecuada y justamente su fortuna a quienquiera que trabaja para producir bienes, sino que aun es justo que quien sirve a la comunidad y la enriquece, con los bienes aumentados de la sociedad se haga él mismo también más rico, siempre que todo esto se persiga con el debido respeto para con las leyes de Dios y sin menoscabo de los derechos ajenos y se emplee según el orden de la fe y de la recta razón»[361].

Pero las actividades se corrompen —vuelvo a emplear la palabra en el sentido filosófico del apartado anterior— cuando las personas que las desempeñan no las aprecian por sí mismas, por los bienes intrínsecos que cada una de ellas procura, sino por sus bienes extrínsecos, de modo que, tanto el maestro como el médico, el político como el instalador de gas, en el fondo lo único que buscan es ganar dinero. Con motivo de la cuarta aplicación de la Encuesta Europea de Valores (2008), se preguntó a los españoles por el valor que concedían a 18 cosas en su trabajo y situaron abrumadoramente los «buenos ingresos» en primer lugar, mientras que «ser útil para la sociedad» ocupó el décimo tercer lugar[362].

En una sociedad semejante acabarán pareciendo unas eminencias en sus respectivas profesiones quienes tienen habilidad para ganar mucho dinero, aunque objetivamente sean muy malos profesionales; y en cambio se tachará de tontos a quienes, desinteresándose de esos bienes extrínsecos que todo el mundo busca, se consagran a su profesión teniendo como meta prioritaria los bienes intrínsecos que ella procura.

Muy poca gente es consciente de hasta qué punto el afán de ganar dinero nos ha corrompido. El neoconservadurismo sostiene que nuestra cultura está enferma y hace enfermar al resto del sistema social, especialmente a la economía. Yo pienso más bien que es la economía la que está enferma y ha empobrecido profundamente la cultura occidental moderna. Marx lo vio con claridad: La burguesía —escribió— no ha dejado «en pie, entre hombre y hombre, ningún otro vínculo que el interés desnudo, que el insensible “pago al contado”. Ahogó los estremecimientos sagrados del éxtasis religioso, del entusiasmo caballeresco, del sentimentalismo pequeñoburgués, en las gélidas aguas del cálculo egoísta»[363]. Veámoslo con cierto detalle:

1. Con palabras de Pablo VI, «la búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el ser»[364]. No debe extrañarnos que el deseo de «tener» haya sustituido al deseo de «ser» porque, como decían Horkheimer y Adorno, en nuestros días «nadie es otra cosa que su patrimonio, que su sueldo, que su posición, que sus oportunidades. (...) Cada cual vale lo que gana, cada cual gana lo que vale. (...) Los individuos valoran su propio sí mismo de acuerdo con su valor de mercado y aprenden lo que son a través de lo que les acontece en la economía capitalista»[365].

Por eso la mayoría de la gente no tiene otra meta que aumentar sus ingresos. ¿Para qué? «No plantee esta pregunta —aconseja Albert—, porque sería inmediatamente expulsado del santuario por haber puesto en duda el primer artículo del nuevo credo: la finalidad de la ganancia es la ganancia. Sobre este punto, no se transige»[366]. En el universo capitalista el éxito comercial y financiero es la medida del éxito a secas.

Inevitablemente, eso rompe la armonía entre los seres humanos. Si mi meta es «tener» —decía Erich Fromm—, «debo sentir antagonismo a todos mis semejantes: a mis clientes a los que deseo engañar, a mis competidores a los que deseo destruir, a mis obreros a los que deseo explotar. (...) Debo envidiar a los que tienen más, y temer a los que tienen menos. (...) La pasión de tener debe producir una guerra de clases interminable»[367]. «Si todo el mundo desea tener más, todo el mundo debe temer a las reacciones agresivas del vecino que desea quitarnos lo que tenemos. (...) Mientras una nación esté compuesta de ciudadanos cuya principal motivación sea tener y codiciar, no podrán evitarse las guerras»[368].

2. El ansia de ganar dinero ha hecho que el tiempo dedicado a la actividad económica se haya hipertrofiado a costa del tiempo dedicado a todas las demás actividades. Los artesanos de Jena —escribió Goethe— tenían «casi siempre el sentido común suficiente para no trabajar más que lo preciso para llevar una vida alegre». El capitalismo, en cambio, elevó el trabajo a sentido de la vida. Los minutos empezaron a tener valor. De Benjamín Franklin procede la famosa frase «el tiempo es oro»[369]. No tiene nada de particular que así se produzcan milagros económicos; pero también es comprensible que muchas personas, obsesionadas por el rendimiento, sufran daños en el cuerpo, el alma y el espíritu (stress, «enfermedades de los managers», etc).

3. Antiguamente había ideales —como la justicia, la fe o la patria— por los que la gente estaba dispuesta a arriesgar la vida. El capitalismo, al reducir todos los ideales a ganar más —y lo dice un prestigioso economista—, ha engendrado una «civilización “antiheroica”» porque «la Bolsa es un pobre sustituto del Santo Grial»[370]. El análisis literario más brillante que yo conozco de esa «civilización antiheroica» es la obra del novelista inglés John Galsworthy; particularmente las novelas integrantes de «La saga de los Forsyte»[371] que le valieron el Premio Nobel de Literatura.

4. El ansia de ganar dinero hace imposible el amor maduro; ese que, según san Pablo, «no busca su interés» (1Cor 13,5).

Explica Erich Fromm[372] que quien tiene un amor inmaduro dice: «Te amo porque te necesito»; en cambio el que tiene un amor maduro razona al revés: «Te necesito porque te amo». Pues bien, si esto es así debemos concluir que no es nada fácil el amor maduro en una economía capitalista. Adorno y Horkheimer observaron ya agudamente que quienes hayan interiorizado la mentalidad mercantil propia de nuestra cultura nunca podrán amar[373]. La razón es muy sencilla: amar es fundamentalmente dar, no recibir; en cambio para ellos dar más de lo que reciben será siempre hacer un mal negocio, y dar sin recibir significará ser víctimas de una estafa.

El lector objetará quizás que los hombres y mujeres de nuestro siglo, a pesar de estar dominados por el afán de ganar dinero, hacen amistades y se casan. Pero es cada vez más probable que mantengan esas relaciones mientras les resulten gratificantes y las corten en cuanto dejen de reportarles «beneficios».

5. Podríamos afirmar, en términos más generales, que la lógica del capitalismo no sólo hace difícil el amor interpersonal, sino cualquier conducta altruista. Spranger lo vio con absoluta claridad: «El altruismo, como principio de renunciar a favor de otro en la zona de los bienes objetivos, es antieconómico. (...) Dentro de un sistema económico cerrado no hay sitio para la caridad»[374]. Dickens acertó a decirlo de forma más sencilla: «el buen samaritano era un mal economista»[375].

6. Como dicen los ingleses, last, but not least (por último, pero no en importancia), debemos decir que el afán de ganancia nos ha alejado de Dios. Todos sabemos que, en la parábola de los invitados a las bodas (Lc 14,15-24), fueron precisamente los ricos y poderosos —los satisfechos, en definitiva— quienes rechazaron la invitación; no creían tener necesidad de salvación. La experiencia dice que el rico está tan seguro de sí mismo que no necesita apoyarse en Dios; lo sepa o no, está apoyado en sus riquezas. Es significativo que la palabra aramea Mammón, que utilizó Jesús para referirse al dinero (Mt 6,24; Lc 16,9) y que los evangelistas nos han transmitido sin traducir, parece derivarse de la raíz hebrea ’mn, que significa «firme», «seguro»; es decir, la misma raíz de la que surge el verbo ’aman («creer», «apoyarse en quien está firme»). En un estudio clásico sobre la situación espiritual del hombre occidental moderno, Sombart ha hablado de una verdadera «mammonificación de la vida»[376]. Ésta es una posible explicación —no la única, desde luego— de la increencia creciente que existe en las sociedades opulentas del Norte del Planeta.

Aquel «ateo por la gracia de Dios» que fue Buñuel recuerda así su infancia en Calanda (Teruel): «Yo tuve la suerte de pasar la niñez en la Edad media, aquella época “dolorosa y exquisita” como dice Hauysmans. Dolorosa en lo material. Exquisita en lo espiritual. Todo lo contrario de hoy»[377]. Quizás sea una magnífica formulación del cambio que ha operado el sistema capitalista, y particularmente la optimización del lucro, en nuestro mundo.


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