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La nueva economía globalizada

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La nueva economía globalizada

1. Descripción de un fenómeno nuevo

Comenzaremos precisando qué entendemos por «globalización»; una palabra «que hoy manejamos todos sin saber exactamente a qué nos referimos»[431]. «Mundialización» y «globalización» son dos términos que muchos emplean como sinónimos. «Globalización» predomina en el mundo anglosajón (globalization) y «mundialización» entre los autores franceses (mondialisation). Entre nosotros se aprecia cierta tendencia a designar con el término «mundialización» la paulatina unificación del planeta Tierra —es decir, un fenómeno muy amplio que tiene dimensiones políticas, tecnológicas, culturales, etc.— y reservar el término «globalización» para los aspectos económicos de la mundialización. Aquí seguiremos esa tendencia.

Empecemos diciendo que —nos guste o no— «globalización» significa, en la práctica, «capitalismo global». Hoy no es posible ignorar, como hemos dicho ya varias veces, que existe un solo sistema económico en el mundo, dado que los últimos regímenes comunistas que todavía subsisten (China o Cuba), apenas conservan del marxismo otra cosa que la dictadura política; desde el punto de vista económico se hallan en plena transición al capitalismo, igual que ha ocurrido con los PECO (Países de Europa Central y Oriental).

Es difícil indicar con precisión cuándo nació el capitalismo global. ¿Fue en 1989, tras el hundimiento del imperio soviético? ¿Quizás hacia 1980 cuando Margaret Thatcher y Ronald Reagan llegaron al poder? ¿O antes todavía? Krugman considera que «es una presunción de finales del siglo XX pensar que hemos inventado la economía global precisamente ayer»[432], y no faltan quienes se remontan al siglo XVI, con el inicio del colonialismo[433].

1.1. Internacionalización del comercio

Cronológicamente, el primer paso hacia la globalización fue la internacionalización del comercio. Quedan muy lejos aquellos tiempos en que san Benito intentó que sus monasterios fueran económicamente autosuficientes, teniendo en su recinto desde huertas y granjas para alimentar a los monjes hasta talleres donde fabricar los vasos sagrados. En nuestros días no sólo los monasterios, sino incluso los mismos Estados nacionales, se han visto obligados a renunciar a los sueños de autarquía.

Desde luego, la economía occidental conoce hace mucho —por lo menos desde el siglo XVI— a esos vendedores que iban y venían de un país a otro. Los franceses los llamaban «pies polvorientos» (pieds poudreux). Eran unos buhoneros vagabundos que proporcionaban desde las especias más codiciadas hasta reliquias «garantizadas» de la mayor devoción[434]. Pero el comercio internacional hoy no está limitado, como entonces, a los artículos de lujo ni a episodios ocasionales de individuos aventureros. Incluso la aldea más aislada en los Picos de Europa recibe actualmente mercancías de todos los lugares del mundo.

La verdadera internacionalización del comercio comenzó hacia 1860-1870. Fue consecuencia, en primer lugar, de una bajada de los aranceles, que en Europa pasaron del 35 al 10 o 15%, en un tiempo en que además apenas existían barreras no arancelarias. Y, en segundo lugar —más importante todavía—, fue consecuencia de la aparición de los ferrocarriles y los barcos a vapor que hicieron posible transportar mercancías voluminosas a gran escala. Según datos de la Organización Mundial del Comercio (OMC), «en el siglo XIX, el transporte por ferrocarril redujo los costes del comercio de mercancías entre el 85 y el 95%. Análogamente, los buques de vapor y las nuevas vías de navegación, como el canal de Panamá, redujeron los costes del transporte marítimo»[435]. El proceso de internacionalización del comercio había alcanzado una cierta madurez en 1914, cuando la I Guerra mundial lo interrumpió.

Una de las formas más sencillas de medir el grado de internacionalización del comercio es comparar el volumen que representan las importaciones y exportaciones con respecto al Producto Mundial Bruto. Si es correcta la reconstrucción realizada por Maddison[436], las exportaciones mundiales, que en 1820 eran sólo el 1% del producto mundial, subieron al 5% en 1870 y alcanzaron el 8,7% en 1913. Algunos países como Francia, Holanda o Gran Bretaña tenían hace cien años una tasa de apertura similar, cuando no superior, a la del final de nuestros años ochenta. Naturalmente, en términos absolutos hoy se producen más intercambios que entonces, porque los países tienen un PIB mucho más elevado; pero el porcentaje de PIB que intercambiaban entonces era igual o incluso superior al actual.

Las dos guerras mundiales y la Gran Depresión de los años treinta provocaron una marcha atrás en el proceso de internacionalización del comercio; pero tras la II Guerra mundial fue relanzado nuevamente con fuerza gracias al establecimiento en Bretton Woods del Sistema Monetario Internacional que garantizó hasta 1971 la estabilidad de los cambios monetarios. Todos los países aceptaron utilizar la divisa norteamericana como medio de pago internacional. En justa correspondencia, el gobierno norteamericano se comprometió a mantener la convertibilidad del dólar en oro (35 dólares la onza de oro fino). Los demás países se comprometieron, a su vez, a mantener fijos los cambios de sus monedas con respecto al dólar —y por lo tanto entre sí—, con una fluctuación máxima de ± 2% controlada por el Fondo Monetario Internacional.

Los resultados fueron espectaculares. En 1950 las exportaciones representaban el 7% del Producto Mundial Bruto; en 1973 el 11,2% y en 1992 el 13,5%. Vemos, pues, que si después de la II Guerra mundial la producción mundial creció mucho, el comercio internacional creció más todavía, y por eso ha ido aumentando el porcentaje que representa.

Es verdad que la mayor parte del comercio mundial se desarrolla todavía dentro de espacios regionales. Por ejemplo, el 77% de lo que exportan los países de la Unión Europea es a otros países de la misma área, y ocurre igual con el 80% de las importaciones; en el caso de Japón los porcentajes son respectivamente del 91 y 82% y en el de Estados Unidos bastante más bajos: 63 y 58%. Esto no puede considerarse globalización en sentido estricto; sería más bien «regionalización». Pero nadie puede negar que hoy existen productos globales, marcas conocidas en todo el mundo que las encontramos en cualquier país adondequiera que viajemos (McDonald’s, Coca-Cola, Disney, Kodak, Sony, Gillette, Mercedes-Benz, Levi’s, Microsoft, Malboro&hellip). Otras muchas marcas, aunque no puedan calificarse de «globales», se exportan a los más diversos lugares. La tan traída y llevada competitividad empuja a las empresas a expandirse por otros mercados para aumentar las ventas y así beneficiarse de las ventajas de las economías de escala.

Es seguro, por otra parte, que la progresiva eliminación de los aranceles aduaneros auspiciada por la Organización Mundial del Comercio aumentará la internacionalización del comercio mucho más todavía.

En definitiva, que prácticamente se han acabado ya los negocios propios, los mercados cautivos o los productos locales. Lo que hoy estamos fabricando y vendiendo en nuestra zona de influencia por cien, mañana puede traerlo aquí un competidor, de no se sabe dónde, a tan sólo diez.

1.2. Internacionalización de la producción

Tras la internacionalización del comercio vino la internacionalización de la producción. Ya no es sólo que los productos finales se vendan en un país distinto del que los produjo, sino que se ha internacionalizado el proceso mismo de fabricación.

El prototipo de las antiguas factorías podría ser la enorme fábrica de Generals Motors en Willow Run (Michigan), que empezó a producir en 1942: un edificio de alrededor de 1,5 kilómetros de largo por 400 metros de ancho; el acero y el cristal que entraban por un lado salían por el otro extremo convertidos en automóviles. Todo se hacía allí. Hoy cualquier producto que posea una complejidad mínima ya no se fabrica, como en el pasado, de principio a fin en un determinado país, sino que cada componente se produce allí donde es más conveniente y barato, y después se ensamblan en una determinada planta del grupo, dando así lugar a lo que se ha llamado la «gran fábrica mundial».

He dicho que basta para ello una complejidad «mínima». Pensemos, por ejemplo, en Barbie, la muñeca adolescente que ha hecho rica a la Mattel Corporation: el plástico se fabrica en Taiwan, aunque a partir de petróleo procedente de Arabia Saudí; los vestidos de algodón se fabrican en China; la maquinaria de inyección del molde y la pintura para decorarla salen de Estados Unidos; y, por fin, el ensamblaje se hace en el sur de China, en Indonesia o en Malasia (anticipando problemas que veremos más adelante, diremos que en Estados Unidos se queda el 80 % del valor).

De hecho, las grandes empresas —llamadas «multinacionales» o «transnacionales»— ya no están ubicadas en un solo país, sino que han creado una red de unidades de producción distribuidas por el mundo entero. Las preguntas clásicas que encontramos en cualquier manual de economía —qué producir, cómo hacerlo, con qué proveedores, para qué mercados— se formulan hoy a escala mundial y pensando en términos de estrategia global. Esto ha sido posible gracias a las nuevas tecnologías de transporte —trenes de más de 10.000 toneladas, barcos capaces de transportar 7.000 contenedores—, que convierten en irrelevante el costo del transporte por unidad de mercancía.

Hoy, que el proceso de producción se reparte por todo el mundo, las etiquetas nacionales y empresariales nos pueden inducir fácilmente a error. Es posible que el ingenuo consumidor, al ver el famoso «made in USA» piense que el producto en cuestión está fabricado allí. En realidad es el resultado de muchas fábricas y de muchos trabajadores de los más diversos países. Quizás sólo la marca, y poco más, sea norteamericana. Como decía José Sols, «ya no podemos escribir “Made in Japan”, sino un onírico “Made in Japan-USA-Spain-Dominic Republic-etc.”»[437].

Esta internacionalización de la producción exige matizar lo dicho en el apartado anterior sobre la internacionalización del comercio. Muchas veces los intercambios son efectivamente internacionales (de un país a otro), pero intrafirma (se realizan en el seno de una misma empresa). Más de la mitad de los intercambios comerciales realizados a escala mundial son, en realidad, transacciones dentro de empresas. Se trata, por tanto, de una comercialización sui generis, que tiene lugar sin salir realmente al mercado. Más adelante veremos algunas consecuencias de esto.

Naturalmente, el número de empresas transnacionales depende de lo que entendamos por tales (¿lo serán ya, por ejemplo, las que únicamente tienen una sucursal en otro país?). Sutcliffe y Glyn dicen irónicamente que el número puede ir de cientos de miles a unas pocas docenas, según el criterio que se utilice para definirlas[438]. Pongamos que existen alrededor de 53.000 empresas multinacionales cuyas estrategias buscan alcanzar posiciones de verdadera globalización, las cuales, unidas a sus 415.000 empresas auxiliares, emplean sólo a unos 200 millones de trabajadores (el 6,6 % del total), pero generan el 30% del Producto Mundial Bruto y 2/3 del comercio internacional.

Este fenómeno ha dejado de ser algo exclusivo de Estados Unidos: ahora son empresas de todos los países avanzados, incluida España, las que diversifican sus inversiones por todo el mundo. Además son cada vez más empresas sin patria. La Nestlé actual, por ejemplo, se parece muy poco a la empresa suiza fundada por Henry Nestlé en 1867: de sus diez máximos directivos, sólo dos son suizos; los otros ocho pertenecen a cinco nacionalidades diferentes; el presidente es alemán; la empresa está establecida en 150 países y el volumen de negocio realizado en el país que la vio nacer representa una pequeñísima parte del conjunto (tiene fuera de Suiza el 87% de sus activos, el 98% de su producción y el 97% de su empleo).

1.3. Internacionalización de los capitales

Sin embargo, el rasgo más propio del sistema capitalista global no es ni la internacionalización del comercio ni la internacionalización de la producción, sino otro que vamos a ver a continuación: la internacionalización de los capitales.

Hasta hace poco tiempo, los movimientos de capitales de unos países a otros eran escasos. No sólo estaban sometidos a un estricto control de la autoridad política, sino que se limitaban a las exigencias de la economía real (es decir, el comercio, el turismo y las inversiones a largo plazo). Desde 1972, la desaparición del sistema de cambios fijos establecido treinta años antes en Bretton Woods y la eliminación de controles auspiciada por los neoliberales, han originado una enorme movilidad del capital financiero de tipo especulativo, responsable por cierto de una inestabilidad económica sin precedentes. Se estima que el volumen de las transacciones en los mercados financieros, que era de 15.000 millones de dólares diarios en 1973, sobrepasa ya el billón y medio de dólares. Se trata de una cantidad impresionante: ¡Cuatro veces más de lo que el mundo gasta cada año para comprar petróleo! Además, ha cambiado la naturaleza de dichas transacciones: si hace cuarenta años el 90% de los intercambios estaba ligado a la economía real, ahora los flujos especulativos a muy corto plazo (a menudo menos de un día) representan ese mismo porcentaje. El mundo entero se ha convertido en una especie de «casino global» en el que se generan inmensas fortunas. Desde luego, hoy se puede ganar más en el mercado financiero y monetario que invirtiendo en la producción de bienes y servicios. El grupo multinacional Siemens, por ejemplo, obtiene el 70% de sus beneficios en los mercados financieros, y sólo el 30% de la producción.

Así no debe extrañarnos que, en unas condiciones caracterizadas por su fuerte opacidad, verdaderas avalanchas de capital de imprecisable nacionalidad entren o salgan de los países continuamente. Las innovaciones tecnológicas en las telecomunicaciones y en la informática permiten hacer operaciones financieras en tiempo real durante las veinticuatro horas del día. En este momento, por ejemplo, puede haber veinte mil millones de dólares en Hong Kong; dando una orden a través del ordenador, un minuto después se encuentran en Nueva York y, pulsando otra techa, al minuto siguiente se han cambiado por marcos en Frankfurt (a veces ni siquiera es necesario pulsar la tecla; los programas informáticos ejecutan automáticamente las órdenes cuando la diferencia entre el valor técnico y el de mercado de un activo alcanza determinado nivel). Son los llamados «capitales golondrina», que vuelan continuamente de unos países a otros. Unas palabras escritas por Pío XI en 1931 tienen hoy todavía más actualidad que entonces: para el capital, «la patria está donde se está bien»[439].

La suma de capital controlada por los inversores institucionales (gestores de fondos de inversión, fondos de pensiones, seguros, etc.) es superior al PIB de todos los países industrializados. No hace falta decir que esas cantidades inmensas, cuando entran y salen de un país en muy breve tiempo, pueden modificar drásticamente su coyuntura económica.

Más adelante hablaremos de la valoración ética de ese continuo ir y venir de los capitales de un país a otro. De momento diremos que ni siquiera es fácil valorarlo desde el punto de vista económico: ¿es un signo de euforia o más bien un indicio de las dificultades de rentabilizarlo en inversiones productivas a largo plazo?

1.4. Internacionalización de la mano de obra

Según las Naciones Unidas, en la actualidad existen más de 200 millones de inmigrantes internacionales, y debemos dar por supuesto que, a lo largo del siglo actual el fenómeno irá en aumento. Según las previsiones de las Naciones Unidas, la población mundial seguirá aumentando hasta quedar estabilizada en 10.200 millones de personas dentro de cien años; y el 98% de dicho crecimiento demográfico tendrá lugar en los países pobres. Estas cifras, evidentemente, no pueden tener mucho rigor matemático, pero dan idea del problema que se avecina. Como dijo el Dr. Mahbub ul Haq, al presentar el Informe sobre Desarrollo Humano de 1992, es inevitable que la gente vaya hacia las oportunidades si las oportunidades no van hacia ellos[440]. Por ejemplo, una encuesta realizada en Marruecos puso de manifiesto que el 72% de nuestros vecinos del sur desea emigrar y entre los jóvenes de 21 a 29 años el porcentaje llega hasta el 89%[441].

Pero llegados aquí debemos llamar la atención sobre un detalle sumamente significativo. Esos discos verdes que, como vimos, permiten la libre circulación de mercancías y capitales por todo el mundo, se convierten en semáforos rojos cuando se trata de los seres humanos. Dicho claramente: El programa liberalizador llega sólo hasta donde beneficia a los ricos, y se detiene justamente donde podría empezar a beneficiar a los pobres. «Los apóstoles del neo-liberalismo palidecen ante la pura posibilidad de liberalizar el mercado mundial de la mano de obra»[442].

Sin embargo, ninguna ley de extranjería, por muy represiva que sea, podrá frenar las migraciones. Brahim —uno de los pocos supervivientes del naufragio de una patera ocurrido el 16 de septiembre de 1998—, en nombre de todas las pateras del mundo, decía: «Nadie puede poner fronteras a nuestra hambre». Y Brahim, sin duda, lo intentó nuevamente. De hecho, hoy las pateras ofrecen ya bonos para tres intentos.

Como el capital sí goza de la movilidad que se niega a la mano de obra, las restricciones a la migración no le impiden acceder a la fuerza de trabajo mundial, pero desplazándose él. Esto le resulta mucho más ventajoso. Si la mano de obra se desplazara al Norte tendría que percibir los salarios propios del Norte; si es el capital el que se desplaza al Sur, paga los salarios propios del Sur.

Algunos piensan que, a medida que la globalización desplace la producción industrial hacia los países del Sur, se reducirán los desplazamientos de la mano de obra hacia el Norte. Pero esto no es del todo cierto. El Tratado de Libre Comercio del Atlántico Norte intensificó las inversiones de empresas estadounidenses en México, pero eso no ha frenado la emigración de los mexicanos hacia el norte debido principalmente a las diferencias salariales existentes entre ambos países.

No debe extrañarnos. La diferencia de las rentas medias reales entre los países del Norte y los menos desarrollados del Sur es de 25 a 1. Guillermo de la Dehesa considera que sólo cuando las diferencias salariales entre una economía avanzada y un país pobre se reducen a menos de 4 a 1, empiezan a disminuir las migraciones entre ambos países[443].

1.5. Una economía sin fronteras

Vemos, pues, que el escenario económico por excelencia a todos los efectos ya no es el espacio nacional, sino el espacio mundial. Lo que llamamos globalización es, en definitiva, esa compleja red de intercambios y vínculos económicos que, sobrevolando por encima de las fronteras nacionales, hacen que los individuos que viven en un determinado punto del Planeta padezcan las consecuencias de unas decisiones tomadas muy lejos de ellos. Si hubiera que resumir en pocas palabras lo que supone la globalización, me quedaría con la siguiente proposición: «El porvenir de cada uno de nosotros se fabrica a escala del mundo»[444].

El 24 de agosto de 1999 muchos medios de comunicación abrían su información con la significativa expresión de «todos pendientes de Greenspan». ¿Por qué? Porque entraba dentro de lo posible que el entonces presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos decidiera subir los tipos de interés un 0,25%, y ese detalle —aparentemente nimio— tendría repercusiones en todo el mundo. En nuestros días, el poder adquisitivo del salario que gana un jornalero en cualquier aldea española está condicionado por lo que ocurre en la Bolsa de Nueva York o en la de Tokio (un refrán muy conocido en el mundo de la economía dice que «cuando Wall Street se resfría, el resto del mundo contrae una neumonía»); el precio de la gasolina que nos proporciona la estación de servicio que hay junto a nuestra casa depende de que Arabia Saudí aumente o no su producción de petróleo; una declaración imprudente de un ministro tarda unos pocos minutos (10 ó 20 como mucho) en tener repercusiones en todos los mercados del mundo que estén abiertos en ese momento; etc.

Vivimos en un mundo interdependiente. Pero asimétricamente interdependiente: Si las declaraciones imprudentes proceden de un ministro de Sierra Leona, no pasa nada.

1.6. Globalización de la cultura

Hasta aquí hemos hablado sólo de la globalización económica, pero debemos hacer notar que ésta es inseparable de una cierta globalización cultural. Las empresas multinacionales no podrían conquistar empresarialmente el mundo si no consiguieran generalizar en todas partes unos hábitos de consumo más o menos semejantes. Lo observaba ya en 1998 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo: «El último decenio, al acelerarse la globalización y con la integración del mercado mundial de consumidores, ha traído cambios rápidos de las pautas de consumo, desde los dentífricos hasta los refrigeradores»[445].

La secuencia necesidad objetivademanda económicaproducciónconsumo no se ha dado nunca en la realidad —aunque sí en el discurso teórico del sistema capitalista—; pero ahora menos que nunca. Ya en los años setenta Galbraith defendió una «secuencia revisada»: produccióncreación de la necesidad y de la demanda económicaconsumo[446]. Para ello se ha realizado un ingente esfuerzo publicitario (el gasto mundial en publicidad —estimado en torno al billón de dólares— se ha multiplicado por siete desde 1950: un tercio más que la producción). Citando de nuevo a las Naciones Unidas, hoy una aldea china está tan vinculada al cine de Hollywood y a la publicidad de la televisión por satélite como a otra aldea china separada por unos pocos kilómetros[447].

Es innegable que, entre los sectores que tienen alguna capacidad adquisitiva de los más diversos países, se van generalizando poco a poco determinados elementos locales de la cultura occidental o, más concretamente, de la cultura «popular» norteamericana. Para describir ese fenómeno, algunos han acuñado el término «McDonaldización»[448]. Pero conviene no olvidar que, debido a los límites impuestos por la ecología, es imposible universalizar verdaderamente las pautas de consumo reinantes en Estados Unidos.

Por otra parte, quizás esta homogeneización cultural que hoy necesita el capitalismo global sea menos necesaria en el futuro. Todo hace pensar que las nuevas tecnologías harán posible cada vez más atender a mercados segmentados sin merma de la productividad.

2. Ventajas e inconvenientes de la globalización

Como acabamos de ver, la globalización es un hecho incuestionable, que ha alcanzado ya cotas muy elevadas y previsiblemente seguirá aumentando. ¿Es también un ideal que deberíamos potenciar a cualquier precio? Eso es lo que vamos a indagar a continuación.

2.1. ¿Mayor creación de riqueza?

Desde luego, sería absurdo negar que la globalización tiene consecuencias positivas. La eliminación de barreras y el fomento de los intercambios a todos los niveles es, en principio, enriquecedor. Según la teoría de las ventajas comparativas —que no es otra cosa que la aplicación de la división del trabajo al comercio internacional—, especializándose cada país en aquellos productos que pueda producir en mejores condiciones, e intercambiando después sus excedentes con los de otros países que actuaron de igual forma, se obtiene mayor riqueza que si cada país pretendiera producir por sí mismo todo lo que necesita.

Además, la competencia económica estimula la creatividad y es una eficaz medicina contra la resistencia al cambio y a la innovación. Todos recordamos, por ejemplo, los perversos efectos que tuvo el aislamiento para la economía española en los primeros años del franquismo. Protegidas de la competencia exterior, «las malas empresas hacían buenos negocios»[449] y, en consecuencia, no sentían la necesidad de renovarse. La competencia internacional, por el contrario, mejora la calidad, obliga a bajar los precios y aumenta la capacidad de elección de los consumidores.

Ésta es, sin duda, una ventaja: los consumidores pueden elegir entre una mayor variedad de bienes y servicios a precios más bajos.

Sin embargo, debemos ser cautos al afirmar que la globalización crea más riqueza. De hecho, exceptuando los años noventa que fueron excepcionalmente buenos, las últimas décadas, que han sido las de mayor globalización de la historia, han sido también, a escala mundial y en términos agregados, de menor crecimiento que las anteriores. Durante los años sesenta, la economía mundial creció a un ritmo del 5% anual; durante los setenta, al 3,4%; en los ochenta, al 2,9%; los noventa ya hemos dicho que fueron excepcionales (8%), pero en el período 2000-2005 se ha bajado nuevamente al 2,79%. De los últimos años de la década que ahora termina —con la crisis económica y financiera mundial— más vale no hablar. En realidad, no es sólo que estemos creciendo menos que en las décadas inmediatamente posteriores a la II Guerra mundial, sino que lo hacemos de forma más inestable, como si estuviéramos asentados sobre fundamentos menos firmes.

Existen, de hecho, otros factores igualmente ligados a la globalización, que frenan el crecimiento.

Los gigantescos movimientos especulativos, consecuencia como hemos visto de la libertad de circulación de capitales, tienen efectos muy negativos sobre la economía. Como dijo la UNCTAD[450], «el premio que las finanzas globales atribuyen a la liquidez y la velocidad de entrada y salida de los mercados financieros a la búsqueda de ganancias rápidas ha socavado la vivacidad necesaria para tomar compromisos a largo plazo, invirtiendo en activos productivos de nueva creación»[451].

Igualmente, la inestabilidad de la que hablaremos más adelante, al aumentar la incertidumbre, disuade a las empresas de realizar inversiones a largo plazo. Como dijo Schumpeter, «invertir a largo plazo, en condiciones que cambian de manera rápida (...) es como disparar a un blanco que no solamente es confuso, sino que está en movimiento; y que se mueve, además, a sacudidas»[452].

2.2. Aumento de las desigualdades internacionales

Si resulta muy discutible, como hemos visto, que la globalización esté creando más riqueza, no es desgraciadamente dudoso que distribuye mucho peor la riqueza que crea. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo resume así la situación: «Para la mayoría de los países más pobres del mundo, el decenio recién pasado ha marcado una tendencia desalentadora: estos países no sólo han fracasado en reducir la pobreza, sino también están quedando aún más rezagados respecto de los países ricos. Si se miden los grupos extremos, la brecha entre el ciudadano medio de los países más ricos y el de los más pobres es enorme y está aumentando. En 1990, el norteamericano medio era 38 veces más rico que el tanzano medio y hoy es 61 veces más rico que éste»[453].

Es verdad que esa divergencia creciente de la renta per cápita entre los países más pobres y los más ricos no se explica sólo por la globalización —sería necesario mencionar también, por ejemplo, el distinto crecimiento demográfico de unos y otros—; pero la globalización ha contribuido a aumentar la desigualdad. Que las mercancías y los capitales puedan circular con gran libertad por todas las latitudes del globo, no implica que lo hagan efectivamente. Cuando la globalización se produce en el ámbito de un mundo tan desigual como el nuestro, aumenta las desigualdades porque los recursos de todo tipo tienden a desplazarse hacia los países donde presumiblemente obtendrán mayor rentabilidad, provocando la exclusión de los demás, como es el caso de gran parte de África.

Cuando pronunciamos la palabra «exclusión» significa que en nuestro mundo hay países y regiones con los que nadie cuenta ya para nada; ni siquiera para explotarlos. No estoy exagerando un ápice. El África Subsahariana es prácticamente inexistente para el sistema económico planetario: sólo unos pocos países de esa región, y sólo de tarde en tarde, aparecen en las estadísticas sobre los países pobres que publica semanalmente el periódico económico más influyente del mundo, The Economist. Es una región sin interés para los agentes económicos. Entre tanto, la gente allí se muere prematuramente, porque «al parecer, la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de globalización». Son palabras de Ernesto Sabato[454].

En opinión de Hinkelammert, la principal característica de la población del Sur radica en ser una población sobrante: «Se sigue necesitando del Tercer Mundo, de sus mares, su aire, su naturaleza, aunque sea apenas como basurero para las basuras venenosas [del Norte], y se sigue necesitando de sus materias primas. (...) Lo que ya no se necesita, es la mayor parte de la población del Tercer Mundo»[455].

Todavía debemos ver más cosas, pero el resumen de lo dicho hasta aquí sería éste: Aunque en el conjunto del mundo la globalización podría quizás crear más riqueza —hoy no lo está haciendo—, de modo que las ganancias sean «mucho mayores que las pérdidas, éstas se concentran en un grupo de países que son los que menos se las pueden permitir por su ya precaria situación. Para los países pobres, las pérdidas originadas por la globalización superan a las ganancias»[456].

Así, pues, asociar globalización con convergencia en los niveles de vida y de desarrollo es erróneo, puro espejismo. Lo ha reconocido incluso una institución tan poco sospechosa como la Organización Mundial del Comercio: «Los beneficios de la globalización, si bien se reconoce en general que son en conjunto muy considerables, no se han difundido de manera equilibrada. (...) Es un desafío constante fomentar el desarrollo y prevenir la marginación de los países de ingresos bajos»[457].

2.3. Vulnerabilidad de los Estados frente al capital internacional

La misma lógica que provoca la exclusión de países enteros del mercado globalizado provoca la desaparición de millones y millones de empresas, con los dramas humanos que siempre acarrea la quiebra de cada una de ellas.

El financiero húngaro Georges Soros piensa que Bill Gates no exagera cuando afirma que está siempre «luchando por su supervivencia». Yo sí creo que, en este caso concreto, hay una exageración, pero es indudable que la competencia entre empresas se ha endurecido y, a la larga, sólo pueden sobrevivir las de dimensiones no sólo grandes, sino grandísimas, por eso todos los años se fusionan muchos miles de grandes empresas. Poco importa que esa ola de fusiones redunde en monopolios o «sólo» en oligopolios. Tanto lo uno como lo otro significa el fin de la libre competencia. Microsoft, por ejemplo, con una cuota del 90% del mercado mundial, es prácticamente todopoderosa en su rama y, con sus conocidas prácticas monopolísticas, ha ido haciendo desaparecer poco a poco productos de la competencia objetivamente mejores que los suyos. Cosas parecidas están ocurriendo en otros muchos sectores. Por ejemplo, hace 35 años había siete empresas que fabricaban aviones comerciales de más de cien plazas; en estos momentos, tras la adquisición de McDonnell-Douglas por la compañía Boeing en julio de 1997, ya sólo quedan dos: Boeing (con una cuota cercana al 60% del mercado mundial) y Airbus.

La Tierra experimenta en nuestros días «una nueva era de conquista, como la que se desarrolló durante los descubrimientos o las colonizaciones —dice Ignacio Ramonet—. Pero, mientras que los protagonistas de las precedentes expansiones conquistadoras fueron los Estados, esta vez son las empresas y conglomerados, grupos industriales y financieros privados los que pretenden dominar el mundo»[458].

Bastantes empresas multinacionales son ya más poderosas económicamente que la mayor parte de los Estados del mundo. La cifra de negocios de la General Motors, por ejemplo, es superior al PIB de Turquía o de Dinamarca; la de Exxon-Mobil sobrepasa el PIB de Austria; la Ford sobrepasa a Sudáfrica; la IBM, a Malasia o Venezuela; la Nestlé, a Egipto; Toyota a Noruega, Polonia o Portugal… De hecho, la mitad de las cien mayores economías del mundo no son Estados nacionales, sino empresas transnacionales.

Desde luego, esas grandes empresas están en condiciones de dictar a los Estados, especialmente a los más débiles, la política económica que deben seguir si quieren inversiones en su territorio: suavizar las leyes laborales y medioambientales, reducir los impuestos, llegando incluso a desaparecer en las llamadas «zonas francas», etc.

Por otra parte, una empresa transnacional ni siquiera necesita trasladar cada fase de la producción al país más conveniente para eludir impuestos. El comercio intrafirma le permite jugar con los precios de transferencia para que no figuren beneficios en los países que tienen una presión fiscal más elevada. De hecho, la mayoría de las empresas transnacionales, como la alemana Siemens o la BMW, ya no pagan absolutamente ningún impuesto en sus países de origen gracias a su «creatividad» contable, del todo legal.

En una economía globalizada es necesario distinguir entre lugar de inversión, lugar de producción, lugar de declaración fiscal y lugar de residencia. Gracias a esta distinción, los cuadros dirigentes pueden residir donde les resulte más atractivo y en cambio pagar los impuestos donde les resulte menos gravoso. Como observa Beck[459], los directivos de las multinacionales multiplican sus beneficios llevándose los negocios al sur de la India, pero no se les pasa por la cabeza irse a vivir allí donde crean los puestos de trabajo y pagan muy pocos impuestos. Ellos prefieren vivir en el Norte, y exigen, desde luego, seguridad ciudadana, sistemas viarios y de transportes en perfectas condiciones, envían a sus hijos a universidades de renombre subvencionadas con dinero público y disfrutan de actividades culturales o de ocio… pero torpedean la financiación pública de todo eso. Los costes de mantenimiento de todas esas comodidades, a las cuales no están dispuestos a renunciar, recaen en exclusiva sobre las espaldas de los trabajadores y las pequeñas y medianas empresas.

No hace falta decir, naturalmente, que las posibilidades de actuar de este modo quedan reservadas a las grandes empresas transnacionales que se mueven en el ámbito de la sociedad mundial. Las pequeñas y medianas empresas —que son las que generan la mayor parte de los puestos de trabajo— deben pagar religiosamente los impuestos establecidos por el Estado donde tienen su sede, por lo que a menudo se encuentran bastante asfixiadas. Es evidente que «las empresas transnacionales han acaparado las cartas definitivamente ganadoras»[460].

2.4. Amenazas para los trabajadores poco cualificados

La globalización también debilita la posición de los trabajadores menos cualificados de los países del Norte, abocándolos a un proceso de exclusión paralelo al que padecen los países más pobres en la economía internacional.

En una economía global, las empresas de los países del Norte deben competir con las de países del Sur que practican el llamado «dumping social». Se llama «dumping» al abaratamiento anormal de los precios, principalmente en el extranjero, con el fin de destruir la competencia. Puede hacerse subvencionando las exportaciones para vender en el exterior más barato que en el interior o, como en el caso del «dumping social», sometiendo a los trabajadores a unas condiciones de auténtica explotación para reducir los costes de producción. En el país donde llegan las mercancías objeto de dumping resultan beneficiados los consumidores y perjudicados los productores. A veces éstos —sobre todo si se trata de empresas que emplean poco capital y una mano de obra poco cualificada— se ven obligados a frenar las reivindicaciones salariales simplemente para poder sobrevivir.

Además, la globalización reduce la importancia de mantener elevados los salarios para estimular la demanda (recordemos la famosa frase de Henry Ford: «Yo prefiero pagar bien a mis obreros para que puedan comprarme mis coches»). Dado que esa demanda puede hoy muy bien satisfacerse con productos importados, es posible que aquellas empresas que pagan a sus trabajadores salarios elevados estén creando empleos… en países del Sur.

Lo que acabamos de decir afecta casi únicamente a los trabajadores de ingresos más bajos, que son los que en verdad compiten con la industria de los países pobres. De hecho, es de esperar que, primero la industria más intensiva en mano de obra, y luego el resto, irá desplazándose cada vez más hacia los países del Sur. La tendencia es que, en los países del Norte, el sector servicios absorba en el futuro los excedentes de mano de obra que liberará la industria; igual que ésta absorbió en el pasado los liberados por la agricultura. Pero lo más probable es que a corto plazo el sector servicios no pueda absorber tanta mano de obra —especialmente poco cualificada—, produciéndose dificultades de ajuste y, en definitiva, desempleo.

Como dice Guillermo de la Dehesa, «un trabajador europeo o estadounidense produciendo juguetes, confección textil o calzado, en competencia con trabajadores chinos que tienen un salario diez veces menor y una productividad ligeramente inferior, tiene pocas posibilidades de mantener su empleo a medio plazo, a menos que admita reducir su salario»[461]. Dependerá en buena parte de la estructura del mercado laboral que la competencia de la industria del Sur se traduzca en descensos salariales o en desempleo. En países como Estados Unidos y Gran Bretaña, donde los salarios se fijan de forma relativamente flexible en mercados laborales poco regulados, el descenso de la demanda de mano de obra menos cualificada y el aumento de la más cualificada, se ha traducido sobre todo en un aumento de las diferencias salariales entre ambos tipos de trabajadores. En cambio en los países de Europa continental, cuyos mercados laborales están (todavía) más regulados, se ha traducido principalmente en un aumento de las tasas de desempleo. Así, pues, aunque con el comercio salen ganando tanto el país en desarrollo como el desarrollado, los trabajadores menos cualificados del país desarrollado pueden salir perdiendo.

Aunque la competencia con los trabajadores de otros países afecta sobre todo a quienes trabajan en la industria, ya está empezando a afectar también a quienes trabajan en el sector servicios. He aquí un ejemplo significativo que aporta Beck: «Son las 21,10; en el aeropuerto berlinés de Tegel una rutinaria y amable voz comunica a los fatigados pasajeros que pueden finalmente embarcarse con destino a Hamburgo. La voz pertenece a Angelika B., que está sentada ante su tablero electrónico de California. Después de las dieciséis, hora local, la megafonía del aeropuerto berlinés es operada desde California, por unos motivos tan sencillos como inteligentes. En primer lugar, allí no hay que pagar ningún suplemento por servicios en horas extracomerciales; en segundo lugar, los costes salariales (adicionales) para la misma actividad son considerablemente mucho más bajos que en Alemania»[462].

Podemos citar también casos más cercanos a nosotros. Cuando alguien llama desde Sevilla al servicio de información de Telefónica para preguntar el número de teléfono de un fontanero de su barrio, se imagina sin duda que la operadora que responde a su consulta está, como él, en Sevilla o en todo caso en Madrid. Pues quizás no. Un número creciente de esas llamadas se atienden desde Tánger por jóvenes marroquíes, en su mayoría antiguos alumnos de los institutos españoles del norte de Marruecos, que hablan perfectamente el castellano. A pesar de que el desvío de las llamadas a Tánger supone un ligero incremento de los costes en comunicación, a la Compañía le compensa porque el sueldo de los operadores marroquíes no llega a la mitad de lo que cobran los operadores españoles[463].

Vemos, pues, que cada vez será menos necesario que los servicios disfrutados por los usuarios de un país los presten trabajadores de ese mismo país. En la edad de la información pueden ser desplazados fácilmente a los lugares más inimaginables. Numerosos puestos de trabajo en el sector del procesamiento de datos se están convirtiendo en actividades rutinarias bastante mal retribuidas que se han trasladado a países baratos. Allí, en unos cuartos sin ventanas, los trabajadores informáticos están sentados ante terminales de ordenador conectados a bancos de datos a escala mundial. American Express, por ejemplo, ha establecido sus sedes administrativas en el sur de la India.

Y para colmo, la globalización dificulta a los gobiernos del Norte llevar a cabo una política de compensación o de transferencias hacia los trabajadores poco cualificados. Cuanta más movilidad exista, menos se atreverán a gravar con impuestos elevados a las grandes empresas por miedo a que trasladen sus fábricas a países de salarios y fiscalidad más bajos.

No pretendo sugerir que el capital vaya a hacer las maletas en cuanto aumente un poco la presión fiscal que soporta. El capital financiero sí puede moverse con gran rapidez de un país a otro, pero una vez convertido en capital físico —es decir en edificios, fábricas o equipos— es ya mucho más difícil moverlo de un lugar a otro. Sin embargo, acabará yéndose si le resulta demasiado gravosa la fiscalidad y la mano de obra. Además, según dijimos más arriba, le basta jugar con los precios de transferencia para no pagar impuestos en un determinado país. Ambas amenazas imponen un estricto corsé a las políticas redistributivas de la renta.

La Hacienda pública sabe, en cambio, que la movilidad de los trabajadores es muchísimo menor que la del capital. La mano de obra necesita saltar por encima de las barreras familiares, culturales o idiomáticas para establecerse en otro país. En consecuencia, los trabajadores están a merced del recaudador y pueden ser exprimidos más fácilmente. De hecho, en las últimas décadas el tipo impositivo sobre los beneficios del capital se ha reducido en todas partes mientras que el gravamen sobre las rentas del trabajo y sobre el consumo tiende a subir o, al menos, baja en menor proporción.

A lo dicho en este apartado cabría objetar que, si bien la deslocalización de empresas buscando mejores costes laborales lleva consigo dificultades para los trabajadores del Norte, ofrece en cambio oportunidades nuevas a los trabajadores del Sur. Pero, como dijimos, estos últimos están sometidos frecuentemente a condiciones de auténtica explotación. No habría nada que objetar si, como diremos más adelante, la globalización estuviera sometida a regulaciones para generalizar los beneficios sociales en todos los países del mundo eliminándolos como factor competitivo.

2.5. Deterioro ecológico

La existencia de un mercado global sin ningún tipo de regulaciones alimenta en los Estados medidas de competencia egoístas y destructivas. Una de las más frecuentes, a la que sucumben especialmente los países pobres, es no obligar a las empresas establecidas en el país a respetar el medio ambiente.

Pero, aunque ningún país estuviera sometido a esas presiones del poder económico, la división internacional del trabajo tiene por sí misma un coste ecológico. Cuanto mayor es la distancia entre el lugar de producción y el de consumo, más medios de transporte hacen falta, más cantidad de energía —casi siempre no renovable— se consume y más gases responsables del efecto invernadero se producen. «Hay verdaderos conflictos entre el comercio y el ambiente». No es un ecologista quien lo dice, sino un economista fuera de toda sospecha, que concluye así su estudio: «No cabe duda de que la persecución simultánea de las dos causas, el comercio libre y la protección ambiental, está sembrada de dificultades»[464].

Desde el punto de vista ecológico es una aberración, por ejemplo, que los cangrejos procedentes del Mar del Norte se trasladen primero a Marruecos para pelarlos, después a Polonia para empaquetarlos y por fin a Hamburgo para consumirlos; o que las uvas de California se trasladen en avión a Alemania emitiendo durante el viaje 20 Kg. de CO2 por cada Kg de uva.

Resulta indudable que la producción masiva central es por naturaleza más destructiva ecológicamente que la producción y distribución local. Por eso Keynes confesó una vez: «Siento simpatía por quienes quieren minimizar, en lugar de maximizar, la imbricación económica entre las naciones. Las ideas, el conocimiento, el arte, la hospitalidad, los viajes, son cuestiones internacionales por naturaleza. Pero que las mercancías sean de fabricación nacional siempre que sea posible y cómodo»[465].

Es conveniente fijarse en la condición establecida por Keynes: «Siempre que sea posible y cómodo». No se trata de suspirar de nuevo por una imposible autarquía. Ya hemos visto que la división internacional del trabajo aumenta la producción global, pero, dado que no lo hace sin costos, quizás también aquí la virtud debería huir de los extremos.

2.6. Inestabilidad e inseguridad

Los espacios económicos grandes son más vulnerables a la propagación de las crisis que los pequeños, especialmente por lo que se refiere a las crisis financieras. Los ejemplos de los últimos años ponen de manifiesto que las crisis se propagan más lejos cada vez. Pensemos en la crisis del sistema monetario europeo en 1993, con la consiguiente salida de algunas monedas de las bandas de fluctuación; la crisis mexicana de 1994, con el inducido efecto «tequila»; la crisis del sudeste asiático que, iniciada en el verano de 1997 cuando Tailandia decidió desvincular su moneda nacional (el baht) del dólar, fue extendiéndose de unos países a otros como un reguero de pólvora (sólo se salvaron Estados Unidos y la Unión Europea)[466]; o, más cerca de nosotros, la crisis comenzada en Estados Unidos en el verano de 2007 de la que no se ha salvado nadie, pudiéndose considerar, por tanto, como la primera gran crisis del capitalismo global.

Recordemos con algún detenimiento cómo ha sido esta última —o más bien «está siendo», porque cuando escribo padecemos todavía sus efectos—, ya que es un ejemplo sumamente expresivo de cómo la globalización económica no sólo internacionaliza el comercio o la producción, sino también las crisis:

Durante los primeros años del nuevo siglo, los tipos de interés estaban muy bajos en Estados Unidos, lo que animó a comprar una casa a muchas personas. Lógicamente, ese incremento de la demanda inmobiliaria hizo subir los precios.

Los bancos norteamericanos no estaban satisfechos. Es verdad que firmaban muchas hipotecas, pero al estar tan bajos los tipos de interés no podían obtener rendimientos elevados. Entonces decidieron conceder hipotecas a los que en aquel país conocen popularmente como «ninja» (acrónimo en inglés de no income, no job, no assets); es decir, personas sin ingresos fijos, sin empleo fijo y sin propiedades; personas, en definitiva, de escasa solvencia. Como las condiciones de un préstamo dependen, entre otros factores, del riesgo, esas hipotecas les permitían cobrar tipos de interés más elevados. Los gestores de los bancos tenían un aliciente personal para obrar de este modo sin reparar en los riesgos que asumía la entidad porque sus remuneraciones, ya de por sí elevadas, estaban generalmente vinculadas al número de operaciones cerradas. En 2006 las hipotecas concedidas a los ninja representaron el 20% del total. Eran lo que se ha dado en llamar «hipotecas de alto riesgo» (o subprime); más coloquialmente podríamos llamarlas «hipotecas basura».

Al empezar a demandar viviendas también las personas insolventes, los precios de los inmuebles subieron mucho más todavía. Y, como la gente observaba que todo aquel que se animaba a comprar una casa veía aumentar su valor inmediatamente —entre 1995 y 2005, el precio de la vivienda aumentó un 10% cada año—, nadie quería quedarse rezagado. Cada vez más personas se lanzaron al mercado inmobiliario sin preocuparles cómo devolverían el dinero.

La Reserva Federal debería haber subido los tipos oficiales de interés para impedir que siguiera hinchándose de ese modo la burbuja. Un antiguo presidente de la Reserva Federal, llamado William McChesney Martin Jr., dijo que una tarea de la Institución que presidía era «llevarse el ponche aunque la fiesta no hubiera acabado»[467]; es decir, llevárselo para que terminara la fiesta precisamente en el momento en que la gente empezaba a hacer imprudencias. Pero Alan Greenspan, que presidió la Reserva Federal hasta 2006, no se llevó el ponche y dejó que siguiera aquella fiesta irresponsable.

Los bancos, aunque sabían que las cuotas mensuales estaban muy por encima de las posibilidades de muchos de sus clientes, concedían las hipotecas sin exigir siquiera una entrada o, en todo caso, exigiéndola muy pequeña porque, confiando en que el precio de las viviendas no dejaría de subir, la subida continuada de los inmuebles hipotecados parecía garantizar el pago de la deuda. Quienes no pudieran hacer frente a las cuotas mensuales de la hipoteca siempre podrían refinanciarla o liquidarla vendiendo la casa y, en el peor de los casos, el banco se quedaría con ella.

Al conceder tantos préstamos hipotecarios, los bancos se quedaron sin dinero y recurrieron entonces a la titulización, un invento nuevo de ingeniería financiera consistente en hacer paquetes en los que camuflaban las hipotecas subprime entre las hipotecas prime y venderlos a través de entidades filiales[468]. Dichos paquetes fueron bautizados con el nombre de MBS (Mortage Backed Securities, o sea, obligaciones garantizadas por hipotecas).

Las entidades filiales que los comercializaban son lo que se conoce como «bancos que no son bancos», «sistema bancario paralelo» o «sistema bancario en la sombra». Reciben dinero de los ahorradores igual que los verdaderos bancos, pero no les permiten disponer libremente de él. Los depósitos deben estar inmovilizados durante largo plazo a no ser que otro ahorrador quiera adquirirlos. El «sistema bancario en la sombra» no está sometido a las estrictas regulaciones de los verdaderos bancos —en particular los Acuerdos de Basilea[469]— ni participan en el sistema de seguros de los depósitos. Lógicamente, las autoridades, viendo cómo crecía el «sistema bancario en la sombra», deberían haberle sometido a una mayor regulación para garantizar los derechos de los inversores, pero no lo hicieron. La ideología ultraliberal de la Administración de George Bush era alérgica a las regulaciones.

Para poder vender esos paquetes de hipotecas a entidades financieras de otros países —que eso es la globalización— necesitaban que las agencias de rating[470] les concedieran la calificación máxima (AAA) o, al menos, la siguiente (AA). Para ello los estructuraron en tramos y les pusieron un nombre estrambótico, pero bastante impresionante: CDO (Collateralized Debt Obligations, obligaciones de deuda colateralizada). Las CDO ofrecían participaciones de distinto rango sobre los rendimientos del paquete de hipotecas. Las participaciones «senior» tenían un derecho preferencial sobre los pagos de los hipotecados y, una vez satisfecho este grupo, el dinero restante se repartía entre quienes poseían una participación «junior». Así lograron que las agencias de calificación otorgaran la puntuación más alta, AAA, a las participaciones senior de las CDO.

Ante el éxito del invento, diseñaron un nuevo producto: Los CDS (Credit Default Swaps, cambio de riesgo del crédito). En este caso, quienes adquirían participaciones en el paquete de hipotecas asumían el riesgo de impago a cambio de cobrar más intereses.

E idearon todavía otro instrumento, el Synthetic CDO, que incluso el experto en la crisis económica más popular de España confiesa: «No he conseguido entenderlo, pero daba una rentabilidad sorprendentemente elevada»[471].

Lo inexplicable es que las agencias de rating otorgaran buenas calificaciones a estos fondos. Basta decir que, en el momento de quebrar Lemans Brothers, sus fondos tenían calificaciones AAA, la máxima posible.

Los bancos norteamericanos cada vez se preocupaban menos de la calidad de las hipotecas que concedían porque, en vez de conservarlas, se las vendían a inversores de otros países que no sabían lo que estaban comprando. De este modo, los financiadores finales (bancos y cajas de ahorros españoles, por ejemplo) estaban cada vez más lejos de los financiados (los ninja de Estados Unidos).

Como muchas personas no eran solventes, no pudieron hacer frente a sus obligaciones y empezó a aumentar la morosidad. En un primer momento los morosos eran sólo los ninja, con lo cual todo el mundo comprendió que quienes tenían participaciones «junior» en las CDO iban a sufrir grandes pérdidas, pero pronto se vio que nada relacionado con el mercado inmobiliario estaba libre de riesgos, porque también entre quienes no pertenecían al colectivo de los ninja se daban circunstancias que les impedían hacer frente al pago de la hipoteca. Por ejemplo, un divorcio, la pérdida del puesto de trabajo o un gasto médico inesperado[472].

Y, para colmo de males, a principios de 2007, ocurrió lo que antes o después debía ocurrir: Estalló la burbuja inmobiliaria. Los precios de las viviendas alcanzaron tal nivel que muchos estadounidenses de ningún modo podían plantearse ya la compra de una casa, con lo cual las ventas (y con ellas los precios) comenzaron a descender. Algunos de los que ya habían comprado, al comprobar que les faltaba por pagar una cantidad superior al precio que tenía el piso en ese momento, decidieron dejar de pagar y seguir viviendo gratis hasta que les desahuciaran. En España, cuando la cantidad obtenida por el banco al subastar la vivienda es inferior a la deuda existente, el deudor debe responder de la parte de la deuda no cancelada con sus bienes presentes y futuros. En cambio en Estados Unidos es el banco quien soporta la pérdida de valor, con lo cual la propia legislación incentiva el impago de las hipotecas cuando bajan los precios de las viviendas.

En ese momento, «otra fea verdad salió a la luz: la ejecución de una hipoteca no es solamente una tragedia para los propietarios, sino también un engorro para el prestamista. Entre lo que se tarda en volver a sacar al mercado la casa ejecutada, los gastos legales de esa acción, el proceso de degradación que se suele dar en las casas vacías y demás, los acreedores que arrebatan una casa al prestatario recuperan, por lo general, tan sólo una parte, tal vez la mitad, del valor original del préstamo»[473].

Y desde mediados de 2007 se sucedieron las quiebras y los amagos de quiebras de entidades financieras en Estados Unidos, incluyendo varias de las más importantes del país[474]. Para colmo, el 12 de diciembre de 2008 salió a la luz la estafa de Bernard Madoff: aprovechando la desregulación del mercado financiero estafó 50.000 millones de dólares a particulares siguiendo el viejísimo sistema piramidal, es decir, pagando elevados intereses a los primeros inversores con los depósitos de los nuevos inversores que llegaban seducidos por esa alta rentabilidad; una pirámide de Ponzi[475] que permite a la gente seguir ganando mientras haya tontos que decidan entrar en el negocio; pero llega un momento en que ya no quedan más tontos y todo el sistema se desmorona.

Y, dado que las entidades financieras de todo el mundo —también las españolas— habían hecho grandes inversiones en activos tóxicos en Estados Unidos, la crisis financiera se extendió como una mancha de aceite por todo el planeta. En mayo de 2008 el Fondo Monetario Internacional estimó que las pérdidas sufridas por los bancos superaban los 945.000 millones de dólares, de los cuales 565.000 millones corresponderían a hipotecas de viviendas; cifras que ponían en peligro de quiebra al conjunto del sistema bancario.

La crisis financiera desencadenó una crisis económica global. Es fácil de comprender porque una crisis del sistema financiero puede compararse a lo que ocurre en el cuerpo humano cuando el corazón deja de bombear la sangre al resto del cuerpo.

Muchas entidades financieras se habían quedado sin recursos para continuar su actividad normal y además, ante la falta de información veraz sobre la situación en que habían quedado unas y otras, dejaron de prestarse dinero entre sí o bien lo hacían con unos tipos de interés muy altos. Como consecuencia de todo ello, se interrumpió bruscamente la concesión de créditos —hipotecarios o de otro tipo— frenándose tanto las inversiones de las empresas como el consumo privado y la adquisición de viviendas, todo lo cual ha tenido un efecto negativo sobre la producción y sobre el empleo. Hemos entrado además en un círculo vicioso porque, a su vez, las malas expectativas económicas desalientan todavía más la concesión de créditos por parte de las entidades financieras.

El resultado de todo ello ha sido la peor crisis económica ocurrida desde la Gran Depresión de los años 30. Casi todos los países entraron en recesión por tener tasas de crecimiento del PIB negativas durante al menos dos trimestres consecutivos (en España llegaron a nueve), y los más agoreros llegaron a pensar que podríamos estar entrando en una depresión comparable a la de los años treinta del siglo pasado. Una depresión es un largo período —superior a cinco años— con bajo nivel de producción, consumo e inversión, un descenso de los precios (deflación) y una destrucción del empleo, las empresas y la riqueza familiar.

Afortunadamente no parece que vayan a cumplirse esos presagios porque varios países industrializados han recuperado ya las tasas de crecimiento positivas y los demás —excepto España— lo harán a lo largo del año 2010, según las previsiones del Fondo Monetario Internacional[476]. Pero lo ocurrido pone de manifiesto hasta qué punto la globalización vuelve más vulnerable a la economía internacional.

3. Posturas ante la globalización

Las posturas que unos y otros adoptan ante la globalización dependen, como es lógico, de lo que cada uno piense sobre el mercado:

3.1. Neoliberales

Quienes consideran que un mercado libre, sin ningún tipo de regulaciones, es bueno —es decir, los neoliberales— se felicitan por el hecho de que caigan las fronteras nacionales y el mundo entero se convierta en un mercado semejante. Como es sabido, el discurso neoliberal defiende apasionadamente que las ventajas de la globalización serán tanto mayores cuanto mayor sea la libertad de todos los agentes económicos en el escenario mundial. En palabras del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, «la receta consiste en liberalizar los mercados nacionales y mundiales en la creencia de que las corrientes libres de comercio, finanzas e información, producirán el mejor resultado para el crecimiento del bienestar humano. Todo se presenta con un aire de inevitabilidad y convicción abrumadora. Desde el auge del libre comercio en el siglo XIX no había una teoría económica que concitara una certidumbre tan generalizada»[477].

Según la ortodoxia económica dominante, cuanto menos actúe un Gobierno en lo relativo a capitales y mercancías, mejor se portará el mundo con él. No hace falta decir que los neoliberales cuentan la parte que les interesa de la globalización, y lo hacen para legitimar posiciones bien concretas; es decir, para defender los intereses de los que salen ganando. Debemos denunciar que no estamos ante un discurso inocente. Ya lo vimos más arriba: Mientras el llamado «pensamiento único» propugna una absoluta libertad para que los capitales vayan de un país a otro en busca de oportunidades de inversión más rentables, niega a los seres humanos el derecho a buscar oportunidades de trabajo y mejores condiciones de vida fuera de su país. Esto no es honesto. Una de dos: o bien se siguen cantando las excelencias de la libertad (pero en tal caso que no se refiera sólo a la libertad de quienes quieren llevar sus capitales de un país a otro, sino también a la libertad de los trabajadores para fijar su residencia donde quieran) o bien se admite la necesidad de regular todo; tanto las corrientes migratorias como el movimiento de capitales, bienes y servicios.

Como ha dicho Bernard Cassen, si fueran coherentes, la Organización Mundial del Comercio y el Fondo Monetario Internacional deberían estar «a la vanguardia del combate para que no se rechace a los inmigrantes “sin papeles”; o bien mostrarse como fervientes partidarios de instaurar visados de entrada y de salida para los capitales (control de cambios), de medidas de regulación como la Tasa Tobin»[478], de la cual hablaremos más adelante.

No es ésta la única incoherencia del discurso neoliberal. Otra muy importante está ligada al comercio intrafirma. Ya dijimos más arriba que alrededor de la mitad de los intercambios comerciales a escala mundial son en realidad transacciones dentro de las empresas transnacionales y, como es lógico, dentro de una empresa no hay mercado. Las decisiones de asignar recursos físicos y humanos a usos alternativos en una u otra sección, división o filial de la empresa no se hacen por un mecanismo de oferta y demanda, por el libre juego del mercado, sino mediante un proceso de planificación y ejecución de las órdenes de la oficina central. Quiere decir que, en estos tiempos de capitalismo triunfante, está avanzando paradójicamente «la planificación central como forma de organizar enteros sectores económicos, lo que representa una importante mutación del capitalismo del siglo XX»[479]. Alguien tendría que explicarnos por qué esos subterfugios de simulación de mercado, que los neoliberales rechazaron por ineficientes cuando se trataba de la propiedad pública, especialmente en el caso de los países colectivistas, se defienden ahora con naturalidad para la propiedad privada.

En realidad, la lista de incoherencias del discurso neoliberal podría ser casi ilimitada. El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz escribe: Salta a la vista «la hipocresía de los países industrializados más avanzados. Habían predicado —y forzado— la apertura de los mercados en los países subdesarrollados para sus productos industriales, pero seguían con sus mercados cerrados ante los productos de los países en desarrollo, como los textiles y la agricultura. Predicaron a los países en desarrollo para que no subsidiaran a sus industrias, pero ellos siguieron derramando miles de millones en subsidios a los agricultores, haciendo imposible que los países en desarrollo pudieran competir. Predicaron las virtudes de los mercados competitivos, pero EE.UU. se apresuró a propiciar cárteles globales en el acero y el aluminio cuando sus industrias locales fueron amenazadas por las importaciones. Estados Unidos recomendó la liberalización de los servicios financieros, pero rechazó la liberalización de los sectores donde los países subdesarrollados tienen fuerza, como la construcción y los servicios marítimos»[480].

Un último ejemplo. Los neoliberales ensalzan lo que llaman un «capitalismo heroico», porque dicen que las medidas de protección social fomentan la pereza mientras que la existencia de riesgos reales estimula el esfuerzo y la creatividad. Pero, según parece, eso del «capitalismo heroico» vale sólo para los trabajadores de a pie; ellos se dotan a sí mismos de férreos dispositivos personales de seguridad financiera, como los «blindajes de oro» (indemnizaciones multimillonarias si algún día la empresa decidiera prescindir de sus servicios) o planes de stock-options que les permiten jugar a la bolsa sin perder nunca la apuesta.

Debemos denunciarlo con claridad: El discurso neoliberal —que tan displicentemente trata a los críticos de la globalización— no merece crédito porque sólo defiende las reivindicaciones y los intereses de los poderosos.

Algunos autores han propuesto llamar «globalismo» al modelo liberal de globalización. Si aceptáramos esa sugerencia, podríamos decir que el globalismo funciona como una ideología, en el sentido que daba Marx a esta palabra, es decir, una distorsión, consciente o inconsciente de la realidad, que en la práctica sirve para legitimar las injusticias.

3.2. El primer movimiento anti-globalización

En el otro extremo se posicionan quienes desconfían del mercado. Si ven con disgusto que una economía nacional se rija por las leyes de la oferta y la demanda, es lógico que vean como una pesadilla la posibilidad de que eso mismo pueda ocurrir a nivel del mundo entero. Éste fue el caso del primitivo movimiento anti-globalización, movilizado cada vez que se tenía lugar una cumbre internacional. Con medios muy modestos, entre los cuales Internet juega un papel decisivo, pero con una verdadera demostración de imaginación, agilidad y actuación sorpresiva —que recuerdan la actuación de las guerrillas frente a los cuerpos de ejército bien estructurados— han logrado resultados verdaderamente espectaculares. El mismísimo Financial Times reconoció que sus actuaciones pueden «alterar fundamentalmente la forma en que se negocian los acuerdos económicos internacionales»[481].

Las primeras movilizaciones tuvieron lugar con motivo del llamado Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI), que durante años la OCDE estuvo preparando con el máximo secreto. El AMI imponía exigencias draconianas a los gobiernos que quisieran recibir inversiones extranjeras. Por ejemplo, no promulgar leyes ni adoptar políticas económicas susceptibles de disminuir los beneficios de las empresas transnacionales, tales como las medidas protectoras del medio ambiente; indemnizarlas en caso de movimientos de protesta, boicoteos y huelgas; eliminar todas las regulaciones que persigan fines de carácter social, tales como la contratación de mano de obra local o de personas con minusvalías, etc.; facultando a las empresas a denunciar ante los tribunales elegidos por ellas los incumplimientos del Acuerdo[482].

Una serie de ONGs lograron movilizar a la opinión pública internacional a través de Internet en contra de esas negociaciones secretas e inmediatamente se vio que el AMI, como un nuevo Drácula político, no podía vivir a la luz. En octubre de 1998, tras la retirada del gobierno francés, la OCDE optó por suspender las negociaciones, provocando por cierto una airada declaración de 450 dirigentes de multinacionales: «La emergencia de grupos de activistas —decían— amenaza con debilitar el orden público, las instituciones legales y el proceso democrático. (...) Habría que establecer reglas para clarificar la legitimidad de esas organizaciones no gubernamentales activistas que dicen representar los intereses de amplios sectores de la sociedad civil»[483].

El capitalismo global intentó lograr en la Cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC), celebrada en Seattle en diciembre de 1999, lo que no había conseguido en la OCDE. En esta ocasión el acuerdo que preparaban recibió el nombre de «Ciclo del Milenio». Pero el mismo movimiento que había logrado acabar con el AMI se movilizó de nuevo contra él haciéndolo fracasar.

Otra vez gracias a Internet, decenas de miles de adversarios de la globalización salvaje conocían perfectamente todo lo que se tramaba en Ginebra y las posiciones de los gobiernos del Sur. Varias instituciones publicaban regularmente boletines de información. Numerosos militantes de diversos países agrupaban las informaciones interesantes que se podían extraer de toda la red Internet y las hacían circular. Llegado el momento, numerosas delegaciones del movimiento anti-OMC —algunas muy importantes, como las de Canadá y Francia— se dieron cita en Seattle, dando origen a lo que algunos llamaron «la coalición del siglo» y lograron hacerla fracasar[484].

Como es sabido, la historia ha seguido repitiéndose en las siguientes cumbres internacionales: Niza, Génova…

Ciertas minorías violentas infiltradas en los colectivos anti-globalización contribuyeron desde el primer momento a desacreditarlo. Sin embargo, hasta el semanario londinense The Economist, en su número del 23 de septiembre de 2000, escribía: «¡Cuidado! Los disconformes tienen razón al decir que la cuestión moral, política y económica más urgente de nuestra época es la pobreza en el Tercer Mundo. Y tienen razón cuando dicen que la ola de la globalización, por muy potente que sea su impulso, puede ser rechazada. El hecho de que ambas cosas sean verdaderas es lo que hace terriblemente peligrosos a los disconformes, y especialmente a la corriente de opinión que simpatiza con ellos»[485].

Pero el movimiento anti-globalización tampoco está exento de contradicciones. De hecho, se trata de un colectivo sumamente heterogéneo. Contra la Ronda del Milenio, por ejemplo, se aliaron extrañamente desde las ONGs que defendían los intereses del Sahel o de las islas del Pacífico hasta los grupos de agricultores europeos que querían impedir la entrada en el Viejo Continente de productos agrícolas procedentes del Tercer Mundo.

Sin embargo, a partir del I Foro Mundial de Porto Alegre (25-30 de enero de 2001), el movimiento anti-globalización comenzó a buscar unos puntos de acuerdo compartidos y a elaborar propuestas concretas a favor de una globalización alternativa, con lo que fue derivando hacia la tercera postura, que analizaremos a continuación[486].

3.3. Doctrina Social de la Iglesia

Queda una tercera postura: La de quienes entienden que la globalización no es un fenómeno natural; como el avance de una borrasca, frente al que nada puede hacerse, sino «un proceso susceptible de ser gobernado o “civilizado”»[487]. Consideran que la mayor parte de los problemas que acabamos de ver no se deben tanto a la globalización en sí misma como a la ausencia de cualquier tipo de regulación. Por lo tanto, su postura es: Globalización, sí; pero regulada.

Creo que llevan razón: La globalización regulada podría ser beneficiosa; en cambio, con los actuales criterios neoliberales resulta peligrosísima, «una especie de tren sin frenos que arrolla cuanto encuentra a su paso»[488]. Pensemos, por ejemplo, en la crisis del Estado de Bienestar. Es la globalización establecida con criterios neoliberales quien lo amenaza. Por el contrario, si la globalización se sometiera a un control político se podrían generalizar los beneficios sociales en todos los países del mundo, eliminándolos como factor competitivo.

En el capitalismo global, regulación de la economía nacional y regulación de la economía internacional están ligadas. Los gobiernos saben que deben plegarse a las exigencias del mercado global si no quieren perder competitividad y deslizarse hacia el tenebroso grupo de los excluidos. Por eso la alternativa en una economía globalizada es muy sencilla: O bien se regula el espacio económico mundial o bien se des-regulan también los espacios nacionales.

Hoy por hoy el espacio mundial no está en absoluto regulado y, en consecuencia, los espacios nacionales se van des-regulando cada vez más. Esto es muy grave. En buena parte ya no es la política quien controla a la economía, sino al revés[489]. Y, cuando no gobiernan los políticos elegidos por el pueblo, sino «los mercados», la democracia misma está amenazada.

Quizás como consecuencia del impacto de los movimientos anti-globalización, en la Cumbre de Florencia (20-21 de noviembre de 1999), también muchos dirigentes de Estados importantes —Bill Clinton, Tony Blair, Gerard Schröder, Massimo D’Alema, Fernando Henrique Cardoso y Antonio Gutiérrez— se mostraron partidarios de una regulación de la globalización económica[490], aunque por el momento no haya pasado de una declaración retórica.

La Doctrina Social de la Iglesia se sitúa en esta tercera postura. «En vez de demonizarla [a la globalización] —dicen los obispos franceses—, más vale intentar humanizarla»[491].

Ante la imposibilidad de recopilar aquí lo que han dicho los diferentes episcopados, nos limitaremos a recoger la voz de los últimos papas: «Desde el punto de vista ético, (la globalización) puede tener una valoración positiva o negativa. En realidad, hay una globalización económica que trae consigo ciertas consecuencias positivas, como el fomento de la eficiencia y el incremento de la producción, y que, con el desarrollo de las relaciones entre los diversos países en lo económico, puede fortalecer el proceso de unidad entre los pueblos y realizar mejor el servicio a la familia humana. Sin embargo, si la globalización se rige por las meras leyes del mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas. Tales son, por ejemplo, la atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución y el deterioro de ciertos servicios públicos, la destrucción del ambiente y de la naturaleza, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada vez más acentuada. La Iglesia, aunque reconoce los valores positivos que la globalización comporta, mira con inquietud los aspectos negativos derivados de ella»[492].

Podríamos decir que una globalización carente de regulaciones responde a lo que teológicamente llamamos «estructuras de pecado»[493]; es decir —con palabras de Juan Pablo II—, «unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros»[494]. Por eso «se siente cada día más la necesidad de que a esta creciente internacionalización de la economía correspondan adecuados órganos internacionales de control y de guía válidos, que orienten la economía misma hacia el bien común»[495]. El gran reto —dice Benedicto XVI— es lograr que «la integración se desarrolle bajo el signo de la solidaridad en vez del de la marginación»[496].


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