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La comprensión y la utilización de los documentos

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6. La comprensión y la utilización de los documentos

Tales reflexiones no las hizo don Lemoyne compilador, y tampoco sus sucesores don Amadei y don Cenia. A don Lemoyne le bastaba que el testigo fuese «honesto», cualidad que él valoraba en función de criterios morales. Recogía su versión en su forma más acabada, la glosaba, alineando todos los detalles en el mismo plano, dividía, juntando pasajes paralelos, todas las informaciones que no conocía todavía y las distribuía en función de una urdimbre general de la obra, que era rigurosamente, y lo más posible, cronológica. Para don Lemoyne — y se recordará aquí que los Documenti redactados según este principio cubren toda la vida del santo y afectan también a los volúmenes de don Amadei y don Cenia —, la mejor historia de don Bosco sería la que reuniese el mayor número de informaciones sobre don Bosco atestiguadas por los testigos. Nada le parecía desechable, aunque fuese sólo una frase o una palabra. Este culto a la cantidad me parece que denuncia en él convicciones «sustancialistas» que, unidas a otras, son signo de la mentalidad «precientífica» de nuestro historiador.24 «Por una tendencia casi natural — escribía Gaston Bachelard en el capítulo del Obstacle substantialiste el espíritu precientífico amontona sobre un objeto todos los conocimientos en los que ese objeto juega un papel, sin ocuparse de la jerarquía de los roles empíricos. Une directamente a la sustancia cualidades diversas, tanto una cualidad superficial como una cualidad profunda, una cualidad manifiesta como una oculta». Se preocupa de «la experiencia exterior evidente, pero huye de la crítica en lo profundo de su corazón»." Don Lemoyne recogía todo lo que los documentos le enseñaban y lo ponía en su obra, con el riesgo evidente de repetir varias veces el mismo hecho, cuando le llegaba bajo formas diferentes y, por tanto, con el riesgo .de duplicar o triplicar asertos o episodios de por sí ímicos.26

Tal vez no son inútiles algunos ejemplos. Cuando narraba su juventud, don Bosco, por razones que nos resultan oscuras, no hacía nunca alusión a su estare et l'ordonnance de la matiére».


24 Tomo, sobre este argumento, las ideas y la terminología de G. BACHELARD, La formation de l'esprit scientifique. Contribution á une psychanalyse de la connaissance objective, 13" éd. (1" éd. 1938), Paris 1986, p. 131-133.

2 Ibid., p. 99.

" Véanse Les Memorie I de Giovanni Battista Lemoyne, p. 213-266, el capítulo sobre «la lectancia como peón en la granja Moglia de Moncucco, donde debió de pasar cerca de 18 meses (en 1828-29), cuando tenía de 13 a 14 años. Ahora bien, el salesiano Secondo Marchisio durante el verano de 1888 y después los abogados del proceso informativo en los años 90 preguntaron a la gente de la granja, empezando por Dorotea Moglia, Giovanni Moglia, Giorgio Moglia hasta los que habían estado allí. Y hablaron abundantemente. Un rasgo del adolescente Bosco les había impresionado a estos paisanos: Juan había rechazado permanecer solo con una niña de los Moglia, y esto a pesar de las órdenes de Dorotea. Para narrar este episodio, don Lemoyne se encontraba al menos ante siete perícopas, sin contar otras dos que generalizaban el rechazo?' Él consideró que, en ese caso, uno de los testigos daba al rechazo una forma distinta de la de los otros y, por tanto, se separaba de ellas.28 La respuesta fue así desdoblada en las Memorias biográficas. El muchacho dijo a Dorotea, según la mayor parte de los testimonios: «Datemi dei ragazzi, e ne go-yerno fin che volete, ma bambine non debbo governarne»; y según el testimonio particular: «Io non sono destinato a questo! rispondeva pacatamente Giovanni».29 Este mecanismo de inclusión duplicó también la conversación de Juanito con don Calosso en noviembre de 1829 a lo largo del camino de Buttigliera a la granja de I Becchi. El episodio es conocido. Don Calosso, maravillado por la desenvoltura de un muchacho al que no conocía todavía, le pidió que repitiese la homilía del predicador del jubileo. Juan lo hizo. Don Lemoyne disponía de tres fuentes al respecto: un fragmento de las Memorie dell'Oratorio de don Bosco, un fragmento de una crónica de Domenico Ruffino y un fragmento de los Annali de Giovanni Bonetti, paralelo, por otra parte, al de Ruffino. Cada uno de estos relatos conocía una única conversación repetida por el niño. Pero sus expresiones no coinciden perfectamente entre sí: el de Ruffino-Bonetti tenía una forma propia que no era la de las Memorie Oratorio. Además, en las Memorie el muchacho hablaba «per piú di mezz'ora», mientras que Ruffíno le hacía repetir el sermón sólo por diez minutos. Frente a este problema, el «sustancialista», avaro hasta de los más pequeños servicios, creyendo que con ello sirve a la verdad, no duda: conserva todo. Don Lemoyne no dudó de que don Bosco hubiese podido repetir a 12 años de distancia (en 1861 para Bonetti-Ruffino y en 1873 para las Memorie dell'Oratorio), con una fórmula diferente el sermón de su infancia, del que recordaba sólo que había sido sobre los novísimos. Lo hizo hablar, por tanto, «per piñ di mezz'ora» sobre uno de los sermones y, a continuación, durante diez minutos sobre otro, con un total de cerca de tres cuartos de hora?°

27 Rossi testimonió: «Le madri di famiglia gli affídarono la custodia dei loro bambini e ilgiovane Bosco lo faceva moho volentieri ad eccezione delle bambine» (G. Rossi, Processo ordinario della Curia di Tormo, fol. 2511). ¿Había tantas «madri di famiglia» en la Moglia?

28 Esta declaración hecha, creo, por Giorgio Moglia, fue publicada por don Lemoyne en los Documenti XLIII, p. 3.

29 Cf. MB I, 199.

30 Cf. MB I, 177-178.

Las dos curacionestan iguales de la señora paralítica con ocasión de la consagración de la iglesia de María Auxiliadora en Turín en 1868 nacieron del mismo modo en la historia salesiana. La primera deriva de un relato de don Bosco a don Lemoyne en 1884;31 la segunda, tres páginas más adelante en las Memorias IX, según una recopilación impresa el año del suceso.32 Otros dobletes, menos fáciles de descubrir, son, sin embargo, casi igualmente ciertos: el episodio de los muchachos que quedaron empapados durante una excursión y fueron acogidos por el «cavaliere Gonella», referido en el volumen VI de las MB, según la biografía de Magone escrita por don Bosco, y repetido en el volumen VII de las MB en otro año — según una anécdota recogida en 1884;33 la curación instantánea de un muchachito que se moría en París sucedida en abril de 1883 según los testigos inmediatos, narrada en las MB XVI, 131-133 y repetida, según un relato posterior de una dama llamada María Ortega a don Evasio Rabagliati, en las MB XVI, 224-225?4 Los historiadores salesianos del futuro tendrán un campo inmenso para ejercitar su sagacidad...

7. La indiferencia en la comprensión de los documentos

Sobre este punto parece que el historiador de don Bosco confundió dos planos: el de la vida o el de la historia vivida y el del relato de la vida o de la historia e igualmente del documento que atestigua esa historia. Se parte de la hipótesis de su normal coincidencia: un plano refleja al otro. Se supone que las mediaciones de los documentos son transparentes y sus mensajes obvios. La comprensión del documento, en su formalidad peculiar, no plantea nunca (o casi nunca) problemas. Ahora bien, «no es tan fácil comprender un documento, saber lo que es, lo que dice, lo que significa» 35 El hagiógrafo de don Bosco olvida que la exposición histórica (es decir, sus documentos) forman cuerpo con las personas o los grupos de personas que hablaron o escribieron en un determinado tiempo, escogieron sus propias perspectivas, descuidaron detalles, forjaron otros para hacerse entender (para comunicar, diríamos hoy), en el momento imaginaron de buena fe, colorearon el conjunto con sus sentimientos y deseos. El que está un poco familiarizado con la historia, entrevé las consecuencias de un método que hace economía en «comprensión» sistemática de los textos utilizados. En efecto, el texto es un producto. Tiene el peso de un objeto fabricado. No puede utilizarse nunca como un vidrio transparente, que «se asoma» sobre lo real o sobre la historia que cuenta. Aplicado a la Biblia, este método «naif» confunde fragmentos didácticos y relatos históricos, leyendas y realidades, anécdotas populares y cartas oficiales, etc. En cuanto a nosotros, escojamos un ejemplo al azar: la historia del barbero del pueblo de Castelnuovo. Don Bosco rechazó un día dejarse afeitar por una mujer, al menos así parece. El episodio, hoy divertido para los comentaristas de su vida, es una anécdota que Giovanni Bonetti introduce de este modo en uno de sus cuadernos: «otto giorni or sono — estamos en febrero de 1862 — due del suo paese, D. Savio e il Suddiacono Cagliero mi raccontarono questo del Signor D. Bosco. Un giorno D. Bosco era venuto a Castelnuovo. Avendo bisogno di farsi fare la barba [...]. Ció visto tosto si alzó, prese il suo cappello e salutando le dísse: non permetteró giammai che una dorna venga a prendermi pel naso».36 Es una historieta amena, como la gente del pueblo la contaba. En cuanto a la escena en sí y a las palabras que realmente pronunció..., conviene pensar dos veces — o más — antes de decidir si la respuesta de don Bosco, cuya formulación se nos escapará siempre, fue un signo de su «castitá selvaggia»... El autor de las Memorias hace creer en una especie de reportaje reciente: «D. Savio Angelo e Mons. Cagliero ci raccontarono come egli, giunto una volta a Castelnuovo e avendo bisogno di farsi radere la barba, cerca di una bottega... », etc. Haciendo esto, economiza de hecho en correcta «comprensión» del documento y por tanto en su significado.

3' Véase la libreta de apuntes de G.B. LEMOYNE, Ricordi di gabinetto, 22 febrero 1884; recogida en: MB IX, 257.

32 Cf. G. Bosco, Rimembranze di una solennitá in onore di Maria Ausiliatrice, Torino 1868,

p. 49-50; recogido en: MB IX, 260-261.

33 MB VI, 54, según G.B. LEMOYNE, Ricordi di gabinetto, 22 febrero 1884. El duplicado es

aquí muy seguro, aunque no absolutamente cierto.

34 Se trata de la curación del hijo de Bouillé, contada según el Anden Magistrat en: Docu‑

menti XXV, p. 127; narración avalada por Charlotte Bethford, que figura en: MB XVI, 131-133. Se trata de la curación de un muchacho, del que no se dice el nombre, en una exposición de María Ortega a don Rabagliati, Documenti XLIV, p. 460, de donde pasó a MB XVI, 224-225. H.-I. MARROU, De la connaissance historique, Paris, Editions du Seuil 1954, p. 101.

Las consecuencias de esta omisión pueden ser graves. Don Lemoyne (y después de él don Ceria) deberían haberse comprometido en «comprender» a fondo los dos relatos de «bilocación» de don Bosco, el primero en 1878 y después en 1883. Mientras que en esas fechas estaba en Turín, las Memorias lo hacen aparecer en carne y hueso el 14 de octubre de 1878 en Saint-Rambert d'Albon, en Francia; según una carta, de fecha 13 de abril de 1891, de la señora Ada Clément; y en la noche entre el 5 y el 6 de febrero de 1886 en Sarriá, junto a Barcelona, siguiendo al sacerdote salesiano Giovanni Branda.37 El primer testimonio es una suposición sin fundamento serio. En cuanto 'a la segunda, es sólo signo de una «visión», no de una «bilocación» propiamente dicha. En el ejercicio de su misión, el juez sabe que cada testimonio debe sopesarse. Por desgracia, el hagiógrafo de la era precientífica, apegado a la tradición, se ha guardado bien de hacerlo, especialmente si la reputación de su santo corría el peligro de verse ofuscada de algún modo. El hagiógrafo que se ha familiarizado con las ciencias humanas y con el método «científico» está obligado a valorar críticamente los testimonios y, más en general, a «comprender» los documentos. Sí no, algunos golpes de varita mágica se exponen fácilmente al riesgo de hacer aparecer en el aire maravillosos «castillos espirituales».

" G. BONETA Annali, quaderno II, p. 36s. El rasgo vuelve a aparecer en: MB V, 161-162.

37 El hecho de Saint-Rarnbert, según Documenti XLIII, p. 335-336, corroborado por una carta de la hija de la señora Clément, Lyon 18 abril 1932, en: MB XVI, 680-684; el hecho de Sarriá, según los Documenti XXXI, p. 86-89, en: MB XVIII, 35-39.

No es el caso de buscar excusas para este defectuoso y criticable modo de proceder de los autores de las Memorias, y el primero de todos don Lemoyne. No responde a verdad decir que «eran hombres de su tiempo». Hablando también sólo de la hagiografía — y no de la historia en general, que realizó grandes progresos en la época moderna —, los Bolandistas habían trabajado ya 250 años antes de que don Lemoyne publicase su primer volumen de las Memorias biográficas. Estudiaban los documentos hagiográficos según métodos cada vez más afinados por la crítica histórica. En los siglos XVII y XVIII, los historiadores de Port-Royal habían contribuido a transformar la hagiografía en verdadera historia. Le Nain de Tillemont, al disertar sobre los santos en sus Mémoires pour servir á l'histoire ecclésiastique des six premiers siécles,38 lo había hecho como historiador. Las Mémoires pour servir á la vie... de diversos personajes de aquella época — cuyos títulos anunciaban, por otra parte, curiosamente el que escogió don Lemoyne para celebrar a don Bosco — eran de buena calidad. El bajo nivel científico general que se constata en las piadosas biografías de uso corriente en el siglo XVIII y, más aún, en el siglo XIX, cuya preocupación por edificar se superponía a la de decir y explicar la verdad, es incontestable. Pero, mira por dónde, la vuelta a la hagiografía rigurosa coincidió con el final del siglo pasado y, por tanto, con el nacimiento de las Memorias, en un momento en el que Louis Duchesne (1843-1922) e Hippolyte Delehaye (1859-1941) atacaron violentamente en el «Bulletin Critique» y en sus trabajos especializados las «leyendas hagiográficas». La excelente iniciación del bolandista Charles De Smedt, Principes de la critique historique, había sido publicada en 1883. Otros, junto a éstos, construían en esa línea. En 1895, los autores de la colección Les Saints, publicada en París bajo la dirección de Henry Joly, estaban convencidos de que sus libritos debían ser rigurosamente históricos. En muchos casos fueron obritas verdaderamente logradas. El mismo Delehaye publicó en ella su Saint Jean Berchmans.39 Sin embargo, para nuestro caso, esta corriente «científica» que, dicho sea de paso, estuvo lejos de imponerse en nuestra época y en los mismos ambientes franceses, tal corriente, digo, no alcanzó al clero italiano. Y el antimodernismo de comienzos del siglo XX hasta dudó de su ortodoxia. Don Lemoyne se había formado en Génova hacia 1860. Ahora bien, según cuanto afirma Pietro Scoppola en un artículo de 1971, «stando alle relazioni e osservazioni falte al secolo XIX dagli eruditi, so‑

vente stranieri, fl livello della cultura ecclesiastica nell'ambiente dí tale secolo é assai mediocre. Ricerche pió recenti hanno precisato senza smentirle queste impressioni d'insieme [...]. Il livello deglí studi, le cui gravi insuffidenze erano state denunciate da Rosmini nelle anque piaghe della santa Chiesa,

nonostante qualche progresso, assai basso; i professori non sono, nell'insieme, selezionati secondo le loro competenze. Salvo alcune eccezioni, gli studi positivi sono trascurati...».4° Los estudios positivos se descuidaban, y nuestros historiadores salesianos participaron del espíritu «precientífico» del ambiente cultural de su nación, que, en la búsqueda de algún dato, no se impone el esfuerzo de valorar y contrastar sus «experiencias». Hace falta, pues, superar una etapa y entrar de una vez en la era «científica».4' De este modo, se han hecho progresos en física y en biología; pero también en historia. En efecto, el historiador es, a su modo, un hombre de la experimentación. Posee su acervo de conceptos. Se plantea interrogantes. Hace hipótesis, las contrasta, las verifica y las define a partir de la documentación. Los conceptos son sus instrumentos; los documentos, el lugar de sus «experiencias», en las que y con las que pregunta sobre el pasado de los hombres.42

" Cf. LE NAIN DE TILLEMONT, Mémoires pour servir..., Paris, Robustel 1693-1712.

33 Cf. H. DELEHAYE, Saint Jean Berchmans, Paris, Lecoffre 1921. Véase el artículo de P. POURRAT, Biographies spirituelles, en: Dictionnaire de spiritualité, vol. I, Paris 1937, coll. 1715-1719, el párrafo sobre «l'évolution de la biographie spirituelle á l'époque moderne»; y R. AIGRAIN, L'hagiographie. Ses sources, ses méthodes, son histoire, Paris, Bloud et Gay 1953, passim.

Don Lemoyne creía que había echado los cimientos de una obra totalmente «racional». «Non la fantasia, ma íl cuore, guidato dalla fredda ragione, dopo lunghe disquisizioni, corrispondenze, confronti dettó queste pagine. Le narrazioni, i dialoghi, ogni cosa che ho creduto degna di memoria, non sono che la fedele esposizíone letterale di quanto i testi esposero».43 Por desgracia, confundía perfección «racional» y acumulación «sustancial», es decir, acumulación de testimonios documentales o elementos expresivos — no analizados y comprendidos sistemáticamente — de la historia pasada. Su obra corrió el riesgo da ser un enorme testigo de la historia o de la hagiografía «precientífica ».


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