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Iii jornadas Jurídico Notariales de la Universidad Católica del Uruguay

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III Jornadas Jurídico Notariales de la Universidad Católica del Uruguay.



Buenas tardes a todos los presentes.

Es un placer y un honor encontrarme en vuestra compañía en esta prestigiosa Casa de Estudios. Agradezco a los organizadores la invitación que me formularon, y trataré, dentro de mis posibilidades, de aportar a la reflexión colectiva en la materia que nos convoca: la contratación en estos tiempos de Inteligencia Artificial.

En realidad, el título de mi charla luce amplio, pero sin embargo no resulta suficientemente abarcativo para tratar todos los impactos que la práctica contractual contemporánea recibe de la llamada “tecnología cognitiva” día a día.

Comencemos por señalar que La teoría del Contrato que aprendemos en Facultad se remonta al Derecho Romano, y -como advierte Messineo- no deriva del “contractus” nominado y solemne, sino del nudo pacto (o “conventio”) innominado, consensual, que resaltaba el elemento voluntario, y que en su origen no engendraba ni obligación ni acción, bajo el aforismo “ex nudo pacto, actio non nascitur”.1 Esta figura evolucionó durante la Edad Media bajo la influencia de los canonistas, hasta que la voluntad de las partes adquirió valor de elemento central, que venció al formalismo y pasó a ser suficiente para dar vida al contrato.

El contrato moderno en realidad es un pacto, es decir un acuerdo de voluntades, capaz –cualquiera sea su contenido- de hacer nacer una obligación. Pothier2 así lo entendió, y por él lo consagraron los sucesivos códigos. El contrato se transformó de esta manera en un paradigma general y abstracto, susceptible de acoger cualquier contenido en tanto sea lícito.

Bajo esta lógica se atribuye a la voluntad de las partes poder soberano para engendrar obligaciones, convirtiéndola en fuente y medida de las mismas. Esta concepción se funda en la doctrina de la Autonomía de la Voluntad, recogida por el Código Civil francés de 1804.

Posteriormente, el principio de Orden Público fue expandiendo sus efectos al Derecho Privado, para sustraer de la voluntad de los contratantes (que limita o suple) ciertos contenidos protegidos por el ordenamiento jurídico.

Pero hoy venimos a hablar de tecnologías que sacuden el tranquilo bote de nuestra estabilidad profesional. Y no me estoy refiriendo a la incorporación de la informática y sus probados beneficios, más que analizada en numerosos trabajos de la doctrina nacional e internacional, comenzando por el seminal estudio de la Esc. María José Viegas titulado “La informática y la Función Notarial” de 2004. Me estoy refiriendo a lo que uno de los mayores constitucionalistas de los Estados Unidos, el Profesor Jack Balkin de la Universidad de Yale, denomina “la sociedad algorítmica” en la que ya estamos sumergidos.3

Aproximémonos al tema con algunas preguntas:

¿Que es un “Flash Crash”? ¿Qué son los Contratos algorítmicos? ¿Y las decisiones heurísticas? ¿Qué será una Persona electrónica? ¿Y el concepto de Peculio digital? Todas estas cuestiones las iremos examinando en nuestra charla de hoy, pero antes veremos dos definiciones imprescindibles: las de Algoritmo y de Inteligencia Artificial.

Un algoritmo es un conjunto prescrito de instrucciones o reglas definidas, ordenadas y finitas que permite llevar a cabo una actividad mediante pasos sucesivos sin que exista incertidumbre. Las computadoras siempre obedecen algoritmos, y nosotros -cuando vamos al supermercado con una lista de compras escrita- también.

En cuanto a la inteligencia artificial es -por ahora- un concepto más difícil de precisar. En su concepción tradicional, era la “inteligencia que exhiben las máquinas”, y describía el comportamiento eficiente de esos sistemas en situaciones casuísticamente previstas en su programación. A partir del surgimiento de los algoritmos de aprendizaje, o “tecnologías cognitivas” como las llama IBM, esos sistemas han ido adquiriendo capacidad de entender su entorno, aprender de sus experiencias, y consecuentemente afrontar situaciones nuevas. Hoy, en el uso coloquial reservamos la denominación “inteligencia artificial” para esos sistemas con capacidad de conocer, aprender y en cierta forma, “improvisar”.

Por supuesto, no se trata de inteligencias comparables a las humanas. Habitualmente se utiliza la expresión inteligencia “angosta” o “débil” para referirse a la artificial, y “general” o “fuerte” para describir a la humana. Sirven para determinadas tareas específicas, pero en esas tareas son más rápidas y eficientes que los seres humanos. Para entenderlo más claramente: el sistema que le ganó al campeón mundial ruso Garry Kasparov al ajedrez, no puede entender las reglas del juego oriental llamado “Go”, y el sistema que le ganó al campeón mundial de Go Lee Saedol, no conoce siquiera la existencia del Ajedrez.

Otra forma sencilla de ver esta diferencia es a través de los tests que todos realizamos para acceder a determinados servicios en Internet, para demostrar que somos humanos y no robots. Leer letras deformadas o elegir fotos con imágenes parciales, por ejemplo. Una inteligencia “angosta”, por muy sofisticada que sea en su tarea específica, no puede superar estas ambigüedades que resultan obvias para la inteligencia “general” de un niño de 6 años.

Pero como bien señala el citado Profesor Balkin, hoy nuestra vida diaria está rodeada de esos algoritmos. En su opinión, tanto el fenómeno del Big Data, como el impacto de la robótica en el mercado laboral o la llamada “inteligencia artificial”, no son más que diferentes aspectos de lo que llama “Sociedad Algorítmica”, a la que describe como organizada en torno a algoritmos que predicen y deciden la mayor parte de los asuntos de interés en la vida diaria de la mayoría de los seres humanos.

La provisión de agua corriente, de energía, de ancho de banda en telecomunicaciones, los consejos financieros, el delito, su represión, las relaciones personales en redes sociales, los viajes en avión, las multas de tránsito y la propia identidad de muchas maneras, están sometidas a constante intervención algorítmica. Cuando hablamos con el sistema de reconocimiento de voz de nuestro banco, o cuando nuestro auto usa sistemas de freno o inyección por computadora, estamos en presencia de sistemas que aprenden sobre la marcha; los filtros de spam de nuestro correo electrónico, nuestras búsquedas en Google, las recomendaciones de Amazon, Netflix, Spotify, etc, son agentes artificiales que aprenden de su entorno y comparten lo aprendido con otras inteligencias “angostas”.

Esa tecnología ha permitido la aparición de automóviles, barcos, trenes y aviones sin conductor. Y en millones de hogares estadounidenses están instalados los asistentes robot “Alexa” de Amazon, “Cortana” de Microsoft, Google Assistant, o “Aristotle” de Mattel, educando a los niños de esas familias, respondiendo todas sus preguntas y obedeciendo sus órdenes, sin corregirlos cuando se portan mal.4 Esos niños crecerán acompañados por asistentes inteligentes en sus celulares (como “SIri” en Iphone o “Bixby” en Samsung), para ser conducidos por automóviles sin chofer, operados por cirujanos robots, y cuidados en su vejez por robots sociales.

Por supuesto que ese fenómeno también traerá severo impacto en el mercado laboral, que según un estudio de la Universidad de Oxford pone en riesgo la sobrevivencia a mediano plazo de la mitad de los actuales empleos, 5 sin que se excluyan las profesiones jurídicas, tal como lo demuestran los llamados “robots abogados” que veremos más adelante.

Uno de los ámbitos afectados por estos algoritmos inteligentes fue el sector de bolsa. Cuando a las 2:45 AM del 6 de mayo de 2010 el índice Dow Jones de Estados Unidos se precipitó un 9% (casi 1.000 puntos) antes de recuperarse 36 minutos después, se perdieron 4.1 billones de dólares de inversores sorprendidos. Luego de un tiempo, pudo saberse que ese fenómeno (llamado desde entonces “Flash Crash”) se debía a la interacción de miles de algoritmos que actuaban como corredores artificiales de bolsa, comprando y vendiendo valores en nanosegundos, y generando oscilaciones imprevisibles incluso para sus programadores.

Estos sistemas de transacciones de alta frecuencia (HFT) pueden colocar entre 10.000 y 20.000 órdenes por segundo, y por eso se conocen como “Flash Traders”. En la vertiginosa interacción de miles de algoritmos inteligentes surgen fenómenos denominados “emergencias”, que no son pasibles de ser explicados pues su complejidad excede toda modelización o simplificación que resulte comprensible para el público, los jueces o aún para los expertos.

Cuando la libra esterlina perdió en cuatro minutos el 6% de su valor en octubre de 2016 y amaneció por debajo del Euro en los aeropuertos de Europa, la causa fue la misma, así como en los numerosos “flash crashes” restantes ocurridos en el mundo desde 2010, el último de los cuales afectó el precio del petróleo West Texas hace 10 días.6

Ya en 2012 señalaba Morgan Stanley7 que el 84% de las operaciones de bolsa en Estados Unidos y el Reino Unido eran llevadas a cabo por flash traders, , y según el Wall Street Journal para 2025 se habrán perdido 230.000 empleos humanos en el sector financiero de Estados Unidos. Tan dominante es la presencia de corredores algorítmicos en Wall Street, que el “Lexicon” de la Corporación Dow Jones es un servicio de novedades de bolsa que empaqueta noticias mediante claves de texto semánticamente reconocibles por esos sistemas. Tanto Bloomberg como Reuters tienen servicios similares, que sustituyen a los viejos boletines de bolsa que hoy ya nadie lee.8

Habiendo respondido nuestra pregunta inicial, desembocamos en la segunda pregunta. Los contratos que habilitan a esos sistemas a disponer del patrimonio de los inversores, son denominados contratos algorítmicos”, y se definen como aquellos en que uno o más algoritmos determinan las obligaciones de las partes.

Las personas (humanos o empresas) que obligan su patrimonio en estos contratos, prestaron previamente su consentimiento a operaciones futuras que serían resueltas pura y exclusivamente por un algoritmo, cuya programación ni siquiera pueden conocer por razones de propiedad intelectual. Saben que esos programas autónomos tomarán decisiones imprevisibles a partir de su experiencia, de nueva información, y de la interacción con otros algoritmos a velocidades –literalmente- sobrehumanas.

Ahora bien, si el contratante al tiempo de prestar su consentimiento no conocía el contenido del algoritmo, no conocía el precio de la futura operación, no conocía el bien objeto del contrato, no conocía a la contraparte, y no conocía los plazos: ¿Cómo podría haberlo otorgado? Pero aún más, ¿Cómo puede obligarse cuando la contraparte tampoco es una persona sino otro algoritmo? La doctrina anglosajona señala que la única teoría jurídica que podría sostener la validez de estos contratos en un Tribunal sería la teoría del agente, es decir, asimilar estos programas de computación a comisionistas que representan a sus comitentes. Pero esta teoría es aplicable a personas, no a programas de computación.9

En todo caso, por ahora no hay juicios en que se dispute la validez de estas transacciones. Los inversores están comprometidos a defender la autonomía de la voluntad, y a evitar dentro de lo posible injerencias del orden público en las transacciones bursátiles. Parece que “Dentro de la cancha hay códigos”, como podría sentenciar un futbolista uruguayo.

Pero no solamente en ambientes sofisticados y millonarios como son las bolsas de valores se registran hoy novedades en materia contractual. En realidad, en la actualidad se vive la mayor expansión de las figuras contractuales escritas de la historia. Un veinteañero de hoy ha sido parte de muchos más contratos escritos de los que sus abuelos consintieron en toda su vida.

Para adquirir un chocolate en Amazon debe consentirse un texto de varias páginas. Cada vez que se entra a un hotspot wi-fi en un restaurante o en un aeropuerto, se presta consentimiento a un promedio de 17 cláusulas extensas, consignadas por escrito.

Y en realidad, toda esa contratación está guiada por tres principios: la rapidez, la confianza y la falta de deliberación. Aquellos de Uds. que son escribanos o estudian para serlo, deberían preocuparse de una sociedad que prioriza la celeridad a la corrección, la confianza a la certidumbre y la falta de análisis al proceso metódico. Pero de eso se trata la contratación en Internet, y cada vez más se expande fuera de la red. Uber, AirBnB, y otras plataformas de la mal llamada “economía compartida” son clara prueba de que confiamos casi acríticamente en la contratación digital.

Y esa confianza en el ecosistema digital es férrea. De hecho, aún cuando en 2014 se hizo público que Facebook estaba experimentando voluntariamente con la psiquis de cientos de miles de personas a fin de identificar si podía influirse el buen o mal humor masivo a través de las redes sociales,10 modificando durante varios días los algoritmos de su “preferencia de noticias” para volverlas más negativas, y simultáneamente las de otro grupo para volverlas más positivas, la gente no abandonó el servicio. El habitante de la sociedad algorítmica confía en sus ídolos digitales de forma casi religiosa, como destaca Harari en su último libro. 11

De este modo, la confianza sobreestimulada y la contratación escrita omnipresente, frecuentemente con apariencia de gratuidad, han rebajado la jerarquía del consentimiento a la de un mero “asentimiento.” La idea de “convención” producto de un encuentro de voluntades ha devenido obsoleta.

No olvidemos que el mero anuncio o referencia de que en un link existe un texto extenso y críptico que el contratante puede leer (si no confía), está muy lejos de lo que los codificadores tenían en mente al priorizar el mero acuerdo de voluntades por sobre las solemnidades.

No es irrelevante agregar –además- que en Internet las técnicas del marketing conductual se han hecho cargo del diseño contractual online. Los padres de esa disciplina, Thaler y Sunstein.12 llaman “arquitectos de opciones” a quienes definen la forma predeterminada en que el co-contratante enfrenta pantallas, y es orientado a asentimientos sucesivos para acceder a la contratación. Frecuentemente el comprador trata con algoritmos, que conocen de él más de lo imagina. Las ofertas, los precios, la publicidad, están individualizadas para cada posible cliente.

Toda esa presión lleva a la mayoría de los consumidores a tomar decisiones “heurísticas” al momento de la contratación, es decir a usar atajos mentales irracionales basados en sus preconceptos, en sus aversiones o en sus ignorancias; en términos técnicos es “codeado” (“nudge”) para decidir sin reflexión, mediante generalizaciones, asociaciones emotivas o sesgos cognitivos a priori. En el momento clave, la opción de hacer un simple click para acceder al contenido deseado aparenta ser completamente racional, pues el usuario asume: “ya he hecho otros clicks y no ha pasado nada malo”. Un estudio de la Escuela de Leyes de la Universidad de Pennsylvania sostiene que la influencia de los contratos online está transformando radicalmente a los consumidores. 13

En realidad, podría sostenerse que si en estos casos no hay más que un asentimiento, ignorando términos y condiciones que están meramente referidos, si la diligencia contractual está secuestrada por la confianza, si la contraparte es un algoritmo, si existen beneficiarios que pagan a la contraparte por datos personales que aporta el consumidor sin conciencia sinalagmática de ese aporte, si cree que es un contrato gratuito cuando no lo es, ¿estamos en presencia de un consentimiento válido?

En todo caso, la reiteración de este comportamiento contractual sin que el usuario detecte consecuencias negativas, refuerza ese comportamiento heurístico para posteriores contrataciones, y según varios autores transforma esencialmente al ser humano en alguien que va dejando de reflexionar y de considerar con diligencia sus intereses en materia contractual.

Pero en el fondo, esto no debería sorprendernos: toda relación de pareja modifica inevitablemente a ambos integrantes, y la relación hombre - máquina no es ajena a este principio. Si las computadoras se han adaptado a nosotros constantemente para rodearnos del actual ecosistema algorítmico, era de esperar que los seres humanos se transformaran en forma equivalente y simultánea. Estos cambios en la actitud frente a los contratos implican que el componente humano de ese sistema bilateral se vuelve más predecible y por tanto más programable, lo que redunda en mayor eficiencia y economía del sistema.14

Varios filósofos de la tecnología están preocupados por esta transformación del ser humano. Algunos califican ese proceso como “tecno ingeniería social”, y lo comparan con lo que el taylorismo y el fordismo lograron a fines del siglo XIX y principios del XX, transformando a un mundo de productores o artesanos autosuficientes, en piezas eficientes de la sociedad industrial de masas.15

Estamos llegando al final, pero aún nos queda un tema por tratar: ¿A que nos referíamos al mencionar la frase “personas electrónicas”? Pasemos a explicarlo.

Hace unos minutos cuando hablamos de los “flash crash” bursátiles, señalamos la existencia de incertidumbre doctrinaria respecto a la validez de los contratos algorítmicos, debido a que siendo las computadoras meros bienes y no personas, no pueden ser “agentes” ni representantes.

Justamente de esa incertidumbre surge un poderoso interés económico y jurídico en otorgar personería moral a los algoritmos: el de confirmar la validez de esos contratos que mueven billones de dólares pero son ajenos a la tradición doctrinaria, y además, de ser posible, evitar la responsabilidad patrimonial de los inversores por los daños o impactos negativos que puedan producir esos programas autónomos en su presuntamente imprevisible accionar.

Sumemos a este interés el de los generales y otros altos mandos militares que despachan al frente armas inteligentes, con capacidad de decidir por sí y sobre la marcha el blanco y las circunstancias de su ataque, y por supuesto a los fabricantes de esas armas inteligentes. Ninguno de ellos quiere responder como criminal de guerra por violaciones de las leyes internacionales de conflicto armado, cometidas por máquinas “mal aprendidas” que no evaluaron la proporcionalidad del ataque o los riesgos de bajas civiles.

También sumemos a los propietarios y fabricantes de automóviles autónomos, a los fabricantes de robots cirujanos, y a los de cualquier otro sistema inteligente que pueda afectar con su accionar las vidas y patrimonios de terceros.

Por último, debemos considerar el interés de los Estados en financiar los sistemas de seguridad social, afectados por la sustitución laboral de cotizantes activos por robots, con la pérdida de ingresos consecuente.

Vemos entonces que existe coincidencia de poderosos intereses en reconocer algún tipo de personería a esos sistemas. Y en caso de hacerlo, la doctrina se pregunta: ¿cuál sería la analogía más adecuada para homologar el estatuto jurídico de los robots? 16

Las analogías que se han citado son con los animales domésticos, con los menores, con los presos, y con las corporaciones. Esta última es la que más literatura ha generado: tanto aplicando la teoría de la ficción, la kelseniana de puro Derecho o las teorías “realistas” de Gierke y Jellinek, la personería societaria parece ser la que se presenta más asimilable a la robótica.

También le agrega atractivo a esta opción la reciente expansión en Derecho Comparado de leyes que atribuyen responsabilidad penal propia a las corporaciones, basadas en lo que la española Roig Altozano llama “la concepción de la empresa como foco criminógeno” 17. En la última década prácticamente desapareció del Derecho europeo el milenario aforismo “societas delinquere non potest”. Ahora pueden delinquir, y ser penadas.

Pero existe otra posible analogía, con un caso histórico, pues no es esta la primera vez que el ser humano se topa con “bienes inteligentes” que se tornan eficientes en la actividad social y económica. Los esclavos romanos comenzaron siendo mero patrimonio, con el imperio adquirieron cierta autonomía, luego un “peculium” propio, y finalmente se recogió en el Digesto de Justiniano la figura del “Institor”18, que eran esclavos que podían manejar en forma independiente ciertos comercios para su amo. De aplicarse esta analogía, ¿veremos dentro de pocos años un “peculio digital” administrado directamente por robots sofisticados, que responda patrimonialmente por sus acciones dañosas? 19

Todos estos temas pueden parecer irreales o lejanos a quienes me están escuchando. Pero no lo fueron para los miembros del Parlamento Europeo que el 27 de enero de este año aprobaron por 17 votos contra 2 y 2 abstenciones, el “Informe con Recomendaciones sobre Normas de Derecho civil en Robótica” de la Comisión de Asuntos Jurídicos Integrada, el que contiene una moción de Resolución a ser tratada en el Plenario este mismo año. 20

En sus consideraciones, el informe señala que “hay posibilidad de que en el espacio de unas pocas décadas, la Inteligencia Artificial pueda sobrepasar la capacidad intelectual humana en manera tal que, si no estamos preparados, pueda significar un desafío a la capacidad de la humanidad para controlar su propia creación, y quizás también el control de su propio destino asegurando su supervivencia como especie”. Probablemente por esta consideración, el Informe recomienda entre varias medidas, que toda inteligencia artificial tenga un interruptor total seguro y fácilmente accesible.

Propone también diversas normas éticas que deben incorporarse a los sistemas inteligentes por parte de fabricantes y propietarios de robots, los que deberán registrarse y serán regulados; para ello el Reporte propone la creación de una Agencia Europea de Robótica e Inteligencia Artificial.

En cuanto a la responsabilidad legal de las personas por actos dañosos de sus robots, se aleja de la responsabilidad objetiva proponiendo que debería ser proporcional a las instrucciones expresas que se le hayan brindado en cada caso a los sistemas autónomos.

En un pasaje trascendente, señala que “se generan interrogantes sobre el futuro del empleo y la viabilidad de los sistemas de seguridad y bienestar sociales, y sobre la insuficiencia continua de las cotizaciones para los regímenes de jubilación en caso de que se mantenga la actual base imponible”, agregando que “deberá estudiarse la posibilidad de someter a impuesto el trabajo ejecutado por robots, o exigir un gravamen por el uso y mantenimiento de cada robot, a fin de mantener la cohesión social y la prosperidad”.

Finalmente el documento parlamentario postula otorgar status legal propio a los robots, señalando textualmente: “crear a largo plazo una personalidad jurídica específica para los robots, de forma que como mínimo los robots autónomos más complejos puedan ser considerados personas electrónicas responsables de reparar los daños que puedan causar, y posiblemente aplicar también la personalidad electrónica a aquellos supuestos en los que los robots tomen decisiones autónomas inteligentes o interactúen con terceros de forma independiente.”

Esta propuesta al Parlamento Europeo no es la única de alto nivel institucional en la materia de los últimos meses: en octubre de 2016 la Casa Blanca emitió el documento titulado “Preparándose para el futuro de la Inteligencia Artificial”, con 50 páginas de recomendaciones específicas a esos efectos para cada Agencia que integra el Gobierno estadounidense. 21



COMENTARIOS FINALES



Las circunstancias que hemos descrito en esta charla muestran un mundo en el que los algoritmos determinan cada vez más la evolución contractual. En el proceso entran en crisis los elementos esenciales del Contrato, sean los “comunes” del Art. 1261 CC, o los específicos de ciertos contratos nominados. Simultáneamente, la saturación de contratos escritos poco relevantes parece degradar la percepción de trascendencia del importante acto de contratar.

También observamos que la inteligencia artificial impacta el mercado laboral, mostrando que el principio de uso de la máquina se ha invertido: antes eran empleadas en tareas que los humanos no podían hacer; de ahora en adelante, son los humanos los empleados en tareas que las máquinas no puedan hacer. Y como hemos visto, las inteligencias angostas, aún siendo extremadamente eficientes en lo estructurado, no pueden enfrentar con éxito la ambigüedad, lo único y los múltiples contextos.

En consecuencia, en nuestras profesiones jurídicas, unas tareas se irán, y otras nuevas vendrán. Sin duda, todo lo que pueda reducirse a fórmulas estructuradas está en primera línea para causar baja. Por eso, los llamados “formularios” son enemigo del futuro de la “empleabilidad” humana, y les ruego que lo tengan presente en su ejercicio profesional.

Baker y Hostetler, Latham & Watkins, Von Briesen, Dickinson Wright, Dentons, y Womble Carlyle, grandes firmas de abogados de Estados Unidos, incorporaron en 2016 abogados robots “ROSS”, basados en la plataforma cognitiva “Watson” de IBM, en el ramo de bancarrotas. En el Reino Unido y en España sucede lo mismo con los robots abogados “Luminance”, pero en materia de “diligencias debidas” en fusiones y adquisiciones. Son terrenos jurídicos estructurados y repetitivos, que no requieren creatividad, y allí la velocidad y precisión de la Inteligencia Artificial lleva ventajas.

Pero también nuevas tareas profesionales surgirán con estos cambios. Como señala para su profesión el Notario español Francisco Rosales, reconocido experto en robótica, los notarios humanos trabajarán en las complejidades que conlleva la múltiple identidad digital y virtual, y también seguramente la propia identidad robótica y el peculio digital.22 También en el emergente patrimonio informacional individual, pues si los datos tienen el valor que tienen, deberá tratarse como patrimonio.

Y finalmente, quizás el círculo que se inició con el nudo pacto romano y llevó a la primacía del consensualismo se cierre en nuestra época, volviendo a las solemnidades, ahora digitales, como solución para el actual fenómeno de descaecimiento del consentimiento contractual.

En todo caso, el futuro más seguro para nuestras profesiones se halla, como siempre, en la sabiduría de gestionar caso a caso, creativa y empáticamente la naturaleza humana, en cada acto de voluntad que cause efectos jurídicos. Ello resulta inalcanzable –por ahora y por mucho tiempo más- para los sistemas artificiales.

Muchas gracias por vuestra atención.

Matías Rodríguez Perdomo

Universidad Católica del Uruguay, 16 de mayo de 2017

1 Messineo Francesco, “Doctrina General del Contrato”, Buenos Aires, Ediciones Jurídicas Europa-América, Tomo I, pgs. 50 a 51.

2 Pothier, Robert Joseph, “Traité des obligations” (1761)

3 Jack M. Balkin, “The Three Laws of Robotics in the Age of Big Data” Yale University Law School, Public Law Research Paper No. 592.

4How millions of kids are being shaped by know-it-all voice assistants”, Washington Post 2/3/2017

5 Carl Benedikt Frey and Michael A. Osborne “The future of employment: how susceptible are jobs to computerisation?” September 17, 2013. Oxford University Engineering Sciences Department.

9 Scholz, Lauren Henry: “Algorithmic Contracts”, October 2016. Proceedings of We Robot Conference, Yale University School of Law

10 Adam Kramer, Jamie Guillory, Jeffrey Hancock, “Experimental evidence of massive-scale emotional contagion through social networks” PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences U.S.A.) 17/6/2014

11 Harari, Yuval Noah: “Homo Deus, Breve Historia del Mañana”. 2016

12 Richard Thaler, Cass Sunstein, “Nudge: Improving decisions about health, wealth, and happiness” Yale University Press, New Haven, CT, 2008, 293 pp,

13 Hoffman, David: “From Promise to Form: How Contracting Online Changes Consumers” Research Paper N° 17/7. New York university Law Review, Vol. 911595 pgs. 1594 y ss.

14 Lutz, Jaime: “Is The Internet Programming Us As Much As We Program the Internet? This Philosophical Question Is More Important Than You Might Think”. 12/8/2015 Bustle.com

15 Brett M. Frischmann y Evan Selinger “Engineering Humans with Contracts”, Cardozo Legal Studies Research Paper No. 493, 15/9/2016

16 Sherer, Matt: Artificial Intelligence should be treated like…”Future of Life, 9/6/2016

17 Roig Altozano, Marina: “La Responsabilidad Penal de las Personas Jurídicas:Societas Delinquere et Punire Potest” Noticias Jurídicas, 1/2/2012

18 Dig. XIV,3,11,3; XV 1,47

19 Pagallo, Ugo, “The Laws of Robots: Crimes, Contracts, and Torts” 2013; pg 103.

20 “REPORT with recommendations to the Commission on Civil Law Rules on Robotics”, The European Parliament, 27 January 2017. PE 582.443v03-00 A8-0005/2017

21 Preparing for the future of artificial Intelligence”, Executive Office of the President, octubre 2016

22 Rosales, Francisco: “Notarios, Robots e Inteligencia Artificial”. Blog personal

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