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Resumen:

Hace unos cinco millones de años, las erupciones volcánicas iniciaron la formación de unas pequeñas islas en la inmensidad del Pacífico: las Galápagos. Las gigantescas tortugas de aspecto prehistórico, las iguanas, los piqueros y otros animales de una belleza excepcional desarrollan su actividad en una zona que parece olvidada por el tiempo. Y lo hacen igual que años atrás, cuando el naturalista Charles Darwin encontró aquí inspiración para formular sus teorías sobre la evolución. Patrimonio de la Humanidad, las Galápagos conservan una de las reservas biológicas más importantes del mundo.

Capítulo 1. Las Galápagos 1: Nacidas del fuego.

En este episodio conoceremos la vida salvaje y extrema de las islas Galápagos. Estas nuevas islas son lugares hostiles donde los pioneros, plantas y animales lucharon por su supervivencia. Las islas surgieron del mar en espectaculares erupciones submarinas atestiguadas únicamente por ballenas, tiburones, manta rayas, y otros transeúntes del océano.

Capítulo 2. Las Galápagos 2: Las Islas que cambiaron el mundo.

Este segundo episodio presenta una asombrosa pluralidad de habitats, sabanas, húmedos páramos, desiertos, y exuberantes bosques donde tortugas gigantes vagan a través de los girasoles y se cobijan con los pingüinos a la sombra de grandes cactus. En los arroyos y estanques transparentes se pueden encontrar ocho especies de libélulas y patos salvajes buscando comida, al mismo tiempo en la costa se contemplan pájaros, pelícanos, garzas y flamencos que se alimentan de los viveros de peces en los arrecifes.

Capítulo 3. Las Galápagos 3: Fuerzas del cambio.

En este episodio se utilizan las técnicas de “Planeta Azul” para explorar el destino de las islas Galápagos. Cómo se están inundando, hasta convertirse en montañas de mar que generan la última flora de vida antes de caer en el abismo. En ningún lugar de la tierra existe un proceso mutuo de creación y extinción de especies tan aparente. Colonias enteras de pájaros marinos y golondrinas se van, pero no todo está perdido cuando las islas se están hundiendo, una última época de colonización empieza con los corales que cubren la superficie. Este proceso se explora mediante la técnica de buceo. La combinación única de corrientes calientes y frías favorece esta diversidad en los arrecifes tropicales, donde hay tantos peces que los leones de mar tienen más tiempo que nadie para jugar en el mundo. En la noche, sus residentes nocturnos: bancos de tiburones, y la anguila verde se pueden observar cazando en grupo, comportamiento éste nunca antes grabado. Las Galápagos es uno de los mejores lugares del mundo para contemplar diferentes especies de ballenas, delfines y tiburones.

Las islas se van hundiendo hasta que mueren, pero al otro lado de éstas se forma una erupción bajo el agua, que hace nacer una nueva isla.



Galileo

TÍTULO ORIGINAL

Galileo 6.8/10 MB

AÑO

1968

DURACIÓN

105 min.

PAÍS

DIRECTOR

Liliana Cavani

GUIÓN

Liliana Cavani, Tullio Pinelli

REPARTO

Cyril Cusack, Georgi Kaloyanchev, Nicolai Doicev, Miroslav Mindov,

Georgi Cherkelov, Nevena Kokanova

GÉNERO

Drama | Biográfico


Sinopsis:

En el momento en que Galileo Galilei recibe un anteojo, nada volverá a ser lo mismo. Gracias a él encuentra pruebas que parecen confirmar que la Tierra es un planeta más que gira en torno al Sol. La búsqueda galileana del reconocimiento al valor y la verdad de sus descubrimientos desemboca en una cruzada en contra de la intolerancia científica e ideológica que llevó a la hoguera a Giordano Bruno.

La película se centra, con desiguales resultados, en la vida de Galileo desde sus años de profesor en Padua hasta su abjuración en 1633. De especial interés es la recreación del contexto en el que se desarrolla la acción: comenzamos en un aula universitaria en plena lección de anatomía, ejemplificada con los dibujos que, del cuerpo humano, realizaba el médico Andrea Vesalio y que plasmó en el De humani corporis fabrica (1543), obra que suponía una revolución en las ciencias de la vida. En ese mismo año, veía a la luz del De Revolutionibus del clérigo polaco Nicolás Copérnico, texto que, si bien no puede considerarse como estrictamente revolucionario, sí lo fueron las consecuencias que originó. Apegado a los antiguos requisitos de belleza y simetría, y al círculo como la trayectoria que describirían los orbes celestes, Copérnico trazó un sistema en el que situaba al Sol inmóvil en el centro del mismo, esquema que ya se hallaba presente, a grandes rasgos, en otros autores de la Antigüedad. Libro que, por cierto, fue sacado a la imprenta con un prólogo que en absoluto correspondía al autor, en el que se defendía que las hipótesis defendidas no debían entenderse como reales, sino como una ayuda para establecer los cálculos de las posiciones de los astros, puesto que suponía una inestimable ayuda para la navegación. Postura ésta que el propio Cardenal Roberto Bellarmino, uno de los intelectuales con más prestigio de la Contrarreforma, conminaba a adoptar respecto a las hipótesis copernicanas.

En este contexto, la lucha de un católico convencido como Galileo por hacer ver a los ministros de Dios que Éste se revelaba de dos formas, mediante los textos de las Sagradas Escrituras, y mediante la Naturaleza, y que esta última fuera abordada por la ciencia, para ponerse precisamente al servicio de la doctrina, es el motivo principal de esta historia. Un protagonismo indiscutible lo acapara un artilugio, el telescopio, que hizo posible una serie de descubrimientos astronómicos que socavaban el antiguo cosmos aristotélico-ptolemaico basado, entre otros supuestos, en la dicotomía de mundos: el terrestre, propio del cambio y la corrupción; y el celeste, perfecto, inmutable, sede de la divinidad. Al igual que el nuevo anatomista, el telescopio hurgaba en las entrañas del Universo para descubrirnos un mundo nuevo ajeno a lo que se había predicado de él en los textos de Aristóteles. Además, si la Tierra no ocupaba el centro del Universo (conocido), sino el Sol, øcuál era el espacio reservado al hombre? øY al propio Dios? øRepresentaría esta nueva cosmovisión una invitación a la subversión del orden establecido? øPerdería la Iglesia su poder político? En ese ambiente de recelo y hostilidad a la vez, Galileo es finalmente procesado quizá por haber sido tan optimista como ingenuo.

Ahora bien, øno habrían existido quizá otros motivos, no meramente científicos o astronómicos, que hubieran sido los realmente decisivos para la condena, y que Cavani no hubiese recogido? Lo que no se ve es precisamente lo importante. Cierto es que Bruno fue inmolado acusado de herejía. Galileo, con las pruebas en la mano, fue confinado a una villa en la aldea de Arcetri, tras su abjuración en 1633 hasta su muerte en 1642. Ciertamente, aunque fue castigado, y sus libros engrosaron igualmente la lista del Índice de Libros Prohibidos, da la impresión de que su castigo no fue de la misma magnitud. øCuál o cuáles pudieron haber sido esos motivos?

Película notable que nos cuenta principalmente la trayectoria de Galileo, sus descubrimientos y la conmoción que crearon en el entorno de la Iglesia. A pesar de que su calidad visual y sus recursos no son del todo brillantes, el film consigue reflejar el dramatismo producto del compromiso del protagonista con la ciencia. Sin duda un fiel retrato de como pudo ser la historia a pie de campo en el siglo XVII: pedagógicamente se nos explican los avances ceintíficos del italiano, su relación con con los intelectuales de la época y la tragedia provocada por ser un visionario en una época en la que todo progreso se veía como una herejía.

Ficha de proyección del Galileo de Liliana Cavani para estudiantes de BUP

Manuel Sacristán Luzón

No es nuevo que un científico destacado sea objeto de una película, pero tampoco es cosa frecuente. Tiene que tratarse de personajes que, además de impresionar a la inteligencia por la importancia de sus trabajos, muevan la imaginación y el sentimiento por las consecuencias de sus aportaciones o por las circunstancias de su vida, o por ambas cosas a la vez. Eva Curie [1] o Roberto Koch son ejemplos característicos. Eva Curie por ser una de las pocas mujeres que han podido destacar como grandes científicos en una sociedad dominada por los hombres. Koch por la impresión que produjo su aportación a la lucha contra una de las plagas más temidas en su época: la tuberculosis.

A medida que el trabajo científico se va haciendo más colectivo, por su riqueza de aspectos y su complicación, van cambiando los criterios que dan interés literario, dramático o cinematográfico a una aventura científica. Pero en la época de Galileo, la época en la que precisamente empezó a florecer el individualismo en todos los terrenos -desde la economía hasta el arte, la religión y la ciencia-, los dos puntos de vista de la importancia de la aportación personal y del dramatismo de la biografía alcanzaban una vigencia que no habían tenido nunca hasta entonces en la historia. No conocemos los nombres de casi ningún constructor de las catedrales e iglesias medievales, ni los nombres de los que construyeron el admirable sistema de la geometría griega que hemos recibido bajo los símbolos, más que nombres, “Pitágoras" y “Euclides”. En cambio, conocemos la biografía del menos afortunado de los discípulos de Galileo, de Newton o de Einstein.

Galileo es inolvidable desde los dos puntos de vista indicados.

Galileo ha aportado logros de mucha consideración en varios campos del conocimiento de la naturaleza. Ha promovido con un éxito desconocido hasta entonces la penetración de la matemática en la investigación de la naturaleza, la matematización de la cosmología. En la mecánica ha formulado (1604) la ley de la caída libre de los graves esencialmente tal como la conocemos hoy. Con la idea de gravedad Galileo desarraigaba dos ilusiones casi míticas de la concepción del mundo antigua y medieval: que haya un lugar natural para cada cuerpo (al que el cuerpo tiende a volver, y por eso cae) y que, consiguientemente, haya un movimiento natural (aquel por el cual cada cuerpo se mueve hacia su místico 'lugar natural') y un movimiento violento (aquel por el cual se le fuerza a alejarse de dicho lugar). Ya desde 1591 (lo más tarde) afirmaba Galileo la posibilidad del vacío, precisamente para poder justificar sus ideas sobre la gravedad; y también con esta tesis se oponía a otra creencia mítica aún dominante en su tiempo: la creencia en que “la naturaleza siente horror del vacío” [2], por lo que éste es imposible. La idea de inercia, fundamento de la dinámica moderna, es otra de las aportaciones de Galileo.

En astronomía, Galileo, que desde 1564 era copernicano (es decir, estaba convencido de que es la Tierra la que se mueve alrededor del Sol, y no al revés, contra la creencia profesada por las autoridades eclesiásticas de la época), consigue observar en 1604 una estrella de las llamadas “nuevas” (novae), lo que le confirma contra el prejuicio antiguo de la inmutabilidad del Cielo de las estrellas. En 1609 Galileo construye la lente de aproximación o anteojo astronómico de cuyo comercio en Holanda y en Venecia ha tenido noticia. En este como en muchos otros puntos de la obra de Galileo se manifiesta la importancia que tuvo para el nacimiento de la ciencia moderna la aparición de una vida económica y una cultura mercantiles, en las que una incipiente acumulación de capitales en dinero permitía potenciar las industrias artesanales. Los sabios de dos siglos antes no habrían podido contar con un arte como el de los ópticos holandeses o el de los vidrieros venecianos (uno y otro imprescindibles para la obra de Galileo), pero, sobre todo, no habrían imaginado que la actividad industrial tuviera algo que ver con la ciencia pura, y hasta se habrían sentido humillados si alguien lo hubiera sugerido. Galileo, que vive en los comienzos de la cultura burguesa, siente ya que las artes industriales están íntimamente relacionadas con la investigación de la naturaleza, se interesa por ellas y hasta se ejercita en ellas, como lo muestra, por ejemplo, su construcción del anteojo.

Con él consigue Galileo descubrimientos que socavan irreparablemente la astronomía medieval: descubre que la Luna tiene montañas; que la Tierra difunde luz como cualquier planeta (corroboración de la astronomía copernicana); que hay muchas más estrellas que las catalogadas hasta entonces: que los cometas son astros, no meteoros (y, por lo tanto, que el viejo Cielo inmóvil está bastante animado); que Júpiter tiene satélites (lo que elimina lo que parecía ser una anomalía del sistema copernicano, a saber, el hecho de que la Luna gire alrededor de la Tierra, y no alrededor del Sol); que Venus tiene fases; que desde a Tierra se ve siempre la misma cara de la Luna. Desde el punto de vista filosófico, para la concepción general del cosmos, el descubrimiento más sensacional de Galileo fue que el Sol presenta manchas variables (1610, 1612). Esto era la puntilla para la idea del Empíreo inmutable. Así lo vio Galileo: “Creo que estas novedades serán el funeral, o más bien el final y el juicio último, de la falsa filosofía; han aparecido ya signos en la Luna y el Sol. Y espero oír sobre este punto grandes cosas (...) para mantener la inmutabilidad de los Cielos; no se ya cómo podrá salvarla y mantenerla.”

Ya esa lista de descubrimientos -que es sólo parcial- bastaría para explicar la celebridad de Galileo, y el que su memoria pueda disputar metros de cinta cinematográfica a otros temas. Pero la importancia de Galileo no se aprecia del todo si no se contempla dos puntos más.

Uno es su fecunda aportación a la constitución de la idea moderna de ciencia, la condición que tiene la obra de Galileo de ser paradigma de la ciencia moderna. Esta se caracteriza por unos rasgos aparentemente contradictorios, en realidad muy unidos: es empírica y experimental [3], pero, al mismo tiempo, muy teórica, incluso idealizadora y matematizadora. Por otro lado, su tendencia idealizadora no le impide ser una energía práctica, principalmente industrial: una fuerza productiva. Una teoría de la moderna ciencia de la naturaleza es un artificio intelectual abstracto, ideal, matematizado en muchos casos, que no refleja la naturaleza ni tiene, muchas veces, el menor parecido con ella; pero con esa teoría es posible (mientras que era imposible con la ciencia medieval) hacer experimentos exactos, prever hechos delicados y complicados, fabricar máquinas y, con ellas, productos, etc. Todo eso está presente en la práctica científica de Galileo, visitador asiduo de talleres artesanos y convencido, al mismo tiempo, de que “el libro de la naturaleza está escrito con caracteres matemáticos.”

La otra razón por la cual Galileo Galilei es inolvidable es que encarna dramáticamente la noción de verdad característica de la ciencia en sentido moderno: verdad objetiva, independiente de consideraciones subjetivas, que puede, por lo tanto, entrar en conflicto con el poder social, pero que, por otra parte, no necesita de adhesión moral.

Galileo no ha tenido ningún deseo de ser rebelde. Más bien -como piensa Bertolt Brecht en el drama que le ha dedicado- ha pecado de acomodaticio, al modo de tantos científicos modernos. Hasta bien entrado en su edad había vivido como un tranquilo profesional de éxito. Había sido profesor en Pisa, su ciudad natal, por nombramiento del Gran Duque de Toscana; luego había enseñado en Padua, llamado por el senado de Venecia; por último. el Gran Duque le había recuperado para la universidad de Florencia.

Galileo había tenido un primer roce con la Inquisición, cosa nada rara en la época. Peor augurio fue el que se tratara de la misma autoridad con que había chocado Giordano Bruno antes de morir en la hoguera el año 1600 (cuando Galileo tenía 36 años): el cardenal San Roberto Belarmino. La Inquisición intimó a Galileo a que no hablara del heliocentrismo más que como de una simple hipótesis irreal calculística, sólo útil para facilitar cálculos, pero sin valor descriptivo de la naturaleza; como realidad había que proclamar que el Sol se mueve alrededor de la Tierra. Por decreto de 24 de febrero de 1616 la Iglesia declaraba “absurda y falsa en filosofía, y por lo menos errónea en la fe” la tesis de que la Tierra se mueve alrededor del Sol.

La aparición de la obra de Galileo Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo (Florencia, 1632), en la que Galileo discute el heliocentrismo copernicano y el geocentrismo tradicional, hizo cristalizar las sospechas del Santo Oficio, que procesó al sabio y le condenó a retractación y a severas penas que le fueron conmutadas por la de destierro (22 de junio de 1633). En el momento de su abjuración Galileo tenía setenta años y era ciego.

También la abjuración de Galileo se ha visto como característica del científico moderno, el cual, se dice, ha ido disociando cada vez más conciencia moral de su conciencia teórica:

Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galileo de Florencia, a los setenta años de mi edad, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vos, eminentísimos y reverendísimos cardenales, Inquisidores generales en toda la República Cristiana contra la herética maldad; teniendo ante mis ojos los sacrosantos Evangelios, los cuales toco con mis propias manos, juro que siempre he creído, creo ahora y con la ayuda de Dios, creeré en el futuro todo aquello que sostiene, predica y enseña la Santa Católica y Apostólica Iglesia. Pero como por este Santo Oficio, luego de haberme sido jurídicamente intimado con precepto del mismo que debía abandonar totalmente la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y no se mueve y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y que no sostuviera, defendiera ni enseñara de ninguna manera, ni de viva voz ni por escrito, dicha falsa doctrina, y tras haberme notificado que dicha doctrina es contraria a la Sagrada Escritura, he escrito y dado a la estampa un libro en el cual trato la misma doctrina ya condenada y aporto razones con mucha eficacia en favor de ella, sin aportar ninguna solución, he sido juzgado como vehemente sospechoso de herejía, es decir, de haber sostenido y creído que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve.

Por tanto, queriendo yo quitar de la mente de Vuestras Eminencias y de todo fiel cristiano esa vehemente sospecha, justamente concebida sobre mí, con corazón sincero y fe no fingida abjuro y maldigo y detesto dichos errores y herejías, y en general cualquier otro error, herejía o secta contra a la Santa Iglesia; y juro que en el futuro no diré nunca más ni afirmaré de viva voz o por escrito cosas tales por las cuales se puede tener de mí semejante sospecha; y si conociera algún hereje o sospechoso de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio, o al Inquisidor u Ordinario del lugar en que me encuentre

Yo, Galileo Galilei, antedicho, he abjurado, jurado, prometido y me he obligado como queda dicho; y en fe de la verdad, con mi propia mano he firmado la presente cédula de abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de la Minerva, este día 22 de junio de 1633.

Yo, Galileo Galilei, he abjurado como queda dicho, de mi propia mano.

¿Es inevitable que la conciencia científica se escinda de la conciencia moral en el científico? El invento de que, después de abjurar negando el movimiento de la Tierra, Galileo habría murmurado “Y sin embargo se mueve” ¿no ha nacido del malestar moral de algún discípulo de Galileo?”




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