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Dios salvaje (Un)

TÍTULO ORIG.

Carnage 7.3/10

AÑO

2011

DURACIÓN

79 min.

PAÍS

DIRECTOR

Roman Polanski

GUIÓN

Roman Polanski, Yasmina Reza (Obra: Yasmina Reza)

REPARTO

Kate Winslet, Christoph Waltz, Jodie Foster, John C. Reilly

PREMIOS

2011: Globos de Oro: 2 nominaciones, a Mejor actriz comedia/musical (Foster y Winslet)
2011: Festival de Venecia: Sección oficial a concurso

GÉNERO

Comedia. Drama | Comedia negra

SINOPSIS

Adaptación de la obra teatral homónima de la autora francesa Yasmina Reza. Ha sido rodada en Europa, pero la historia se desarrolla en Nueva York. En la obra original, los protagonistas son dos matrimonios que se reúnen, en principio de manera civilizada, para hablar de la reciente pelea que han tenido sus hijos en un parque. Pero el encuentro se complicará hasta límites insospechados.

CRÍTICAS

Waltz, como el hombre más grosero del encuentro, se lleva las mejores frases. [La película] está bien interpretada y es vertiginosamente disfrutable.

Enérgica y a ratos entretenida adaptación de la popular obra de Yasmina Reza. Nunca se libra de una sensación de amaneramiento y hermetismo que constantemente traiciona sus orígenes teatrales.

La maestría de Roman Polanski en los espacios pequeños es evidente en esta adaptación de la obra de Yasmina Reza. Desagradable, cortante, interpretada con destreza y quizás la película más rápida jamás dirigida por un casi octogenario.

Una sencilla, pautada y perfecta obra maestra. Cada plano encaja perfectamente con el ritmo absorbente de una comedia transformada en 'thriller' en el limitado espacio de un salón comedor.

Es brillante y malévola, hace sonreír y reír, nunca es previsible. La maquinaria cómica funciona a un ritmo endiablado, los cuatro actores bordan el timing humorístico. Hay tantas escenas delirantes en 'Un dios salvaje' que resulta difícil destacar una.

Polanski afilando los colmillos y mordiendo la yugular de los bienpensantes. Hay ecos de 'El ángel exterminador' en esta comedia de vocación naturalista. Polanski está en su salsa.

80 de los minutos más hilarantes vividos en un festival de cine en mucho, mucho tiempo. Una película de precisión milimétrica y un timing endiablado




Los instintos que nos gobiernan desde la noche de los tiempos

Roman Polanski no se quedó de brazos cruzados durante los siete meses que estuvo arrestado en su chalet de Gstaad, después de que la policía suiza lo detuviera en septiembre de 2009 con una orden de extradición estadounidense por el viejo caso de los abusos sexuales a Samantha Gailey. Dio los últimos toques a El escritor (The Ghost Writer, 2009) y fue cincelando las páginas de su nueva película, Carnage ("carnicería", "matanza", "degollina", tanto en francés como en inglés), adaptación de la obra teatral de Yasmina Reza, vieja conocida suya desde hacía veinte años y autora de la traducción de "La metamorfosis" que interpretó sobre los escenarios parisinos en 1988. Después de ser liberado, el cineasta recomendaba con cierta ironía que todo guionista debería vivir encarcelado mientras estuviera escribiendo.

Hija de un ingeniero de origen iraní huido de la Rusia bolchevique y de una violinista húngara de familia judía, Yasmina Reza (París, 1959) empezó como actriz con obras de Molière o Marivaux para decantarse después por la escritura. Ha publicado media docena de novelas –como "El alba, la tarde o la noche" (2007), retrato sin concesiones del actual presidente francés Nicolas Sarkozy-, pero sobre todo es conocida por sus obras teatrales, hábiles disecciones de las miserias morales de los urbanitas contemporáneos; en particular "Arte" (1994), su pieza más famosa, sátira donde un incidente banal, la compra de un cuadro, ponía en tela de juicio la amistad de los protagonistas. En cine ha sido ocasionalmente actriz, guionista -Jusqu'à la nuit (1983) y Le pique-nique de Lulu Kreutz (2000), ambas dirigidas por su marido Didier Martiny- y directora de una película, Chicas (2006), traslación a la pantalla de su obra teatral "Una comedia española" (2004). En ella, Carmen Maura era una viuda malagueña que vivía en las afueras de París junto a sus tres hijas, lastradas por la nostalgia de España. En el otoño de su vida, organizaba una cena para que éstas conocieran a su nuevo compañero, lo que desataba los demonios familiares, en particular los de una hija, actriz en declive (Emmanuelle Seigner, la mujer de Polanski). La película fue un gran fracaso, pero la historia era muy propia de la dramaturga, construida sobre temas cercanos como el desarraigo, la evocación ("La gente que no ha sido muy feliz en la infancia tiene más armas. Los que han vivido una infancia feliz arrastran para siempre una cierta nostalgia del paraíso") y el de una reunión que empieza de forma apacible y acaba como el rosario de la aurora tras un espectáculo de recriminaciones.

Después de ver el estreno de "Le dieu du carnage", Polanski le pidió en el verano de 2009 los derechos para llevarla al cine. La elección no debe extrañar, ya que la historia, dos matrimonios que se reúnen para dirimir cortesmente sus diferencias a raíz de una pelea de sus hijos, anuda fácilmente con El cuchillo en el agua (Noz W Wodzie, 1962), Callejón sin salida (Cul-de-sac, 1966) o La muerte y la doncella (Death and the Maiden, 1994), piezas de cámara con unidad de lugar y casi de tiempo, cerradas y opresivas, con un reducido plantel de actores, de una arquitectura dramática progresivamente tensa y amenazadora, donde asoman los juegos de dominio y las humillaciones, la venganza y la expiación de la culpa, la violencia y el humor negro.

La obra se empezó a representar en Zürich (diciembre de 2006), pasando luego a París (enero de 2008), Londres (marzo de 2008) y Nueva York (febrero de 2009, logrando un premio Tony). En España se estrenó ese mismo año con el título de "Un dios salvaje", traducida por Jordi Galcerán y con Pere Ponce, Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú y Antonio Molero de protagonistas. Servidumbres de la comercialidad, Polanski ha escogido la versión de Broadway, "God of Carnage", adaptada al inglés para el público norteamericano con ligeras variantes, siendo algo más rápida y ligera, enfatizando los momentos humorísticos y cambiando detalles como el "clafoutis", la típica tarta francesa de cerezas, por el más sajón pastel de frutas "cobbler". Ha contratado también a estrellas conocidas (aunque sobre las tablas ya habían estado Isabelle Huppert, Ralph Fiennes, Jeff Daniels o James Gandolfini). Jodie Foster y John C. Reilly son los Longstreet, en cuyo apartamento neyorquino reciben a los Cowan (Kate Winslet y Christoph Waltz). La mecha ha prendido tras la agresión sufrida por su hijo en el parque del Puente de Brooklyn a manos de Zachary, el agresivo chaval de la pareja visitante, papel con el que Elvis Polanski parece seguir los pasos de su progenitor cuando hacía de pandillero en Dos hombres y un armario (Dwaj ludzie z szafa, 1958) o de gánster en Chinatown (1974). Fuera de las secuelas físicas, un par de dientes rotos de los que se ocupara el seguro, esperan una mínima disculpa por el hecho.

Al comienzo del encuentro todos son civilizados, hospitalarios, forzadamente simpáticos en ese amplio salón de la casa adornado con un enorme ramo de tulipanes y vistosos libros de pintores (y una partitura manchada de sangre, buen resumen del cine polanskiano). Pero el lugar pronto se convierte en una caldera en ebullición donde el cuarteto empieza a desafinar, perdiendo los estribos y cayendo, como en los cuadros de Bacon, en el "esplendor del caos". Los vasos se llenan de bebida y las lenguas se suelten como navajas. "In vino veritas". Comienzan a escupir las verdades del barquero en un cruce de golpes bajos que no sólo enfrenta a una pareja contra la otra, sino también a cada matrimonio entre sí. Dan rienda suelta al "dios salvaje" que llevamos dentro, el que tiene reglas que no se cuestionan, unos instintos que nos gobiernan desde la noche de los tiempos y que asoman incontrolables cuando caen rotas las máscaras de la respetabilidad y la "politesse avant tout". Esos buenos burgueses, educados, bien vestidos, de vida acomodada, esconden tras ellas los harapos de la miseria moral, los reproches y las frustraciones, al igual que en cualquier comedia de Molière o en una película de Bergman. Unas máscaras que van de la sonrisa a la ira como en las tragedias clásicas y que han servido de inspiración al cartel anunciador de la película.

Alegato sobre la hipocresía y la falsedad de la corrección política, Jodie Foster se muestra como una histérica que escribe libros concienciados sobre la hambruna de África desde la comodidad de su vida occidental. Reilly, su marido, vendedor de artículos para el hogar, es un tipo conciliador o un calzonazos según se mire. Al otro lado está Waltz, un arrogante abogado que no es nadie sin la "blackberry" de la que siempre está colgado ("mi vida entera estaba ahí" dice cuando se la tiran al agua del florero). Y Winslet, elegante agente de inversiones que no puede contener el vómito ante la tensión de la situación, también parece perder su razón de ser cuando su bolso acaba por los aires.

Esos adultos, los mismos que en los partidos escolares de sus hijos se comportan como energúmenos en una final mundial, son bastante peores que sus criaturas; al fin y al cabo los niños olvidan de un día para otro. Son unos padres que tampoco renuncian a darse golpes, ya que la trifulca no es sólo un toma y daca verbal. La historia de Un dios salvaje es una historia de violencia. Cuando se habla de directores asociados a este vocablo vienen los nombres de Peckinpah o Tarantino, pero rara vez se piensa en Polanski. Sin embargo, su filmografía, ya en sus primeros cortos –desde Asesinato (Morderstwo, 1957) hasta El gordo y el flaco (Le gros et le maigre, 1961) pasando por Interrumpiendo la fiesta (Rozbijemy zabawe, 1957)-, se halla embebida de crueldad y ferocidad, como corresponde a un superviviente nato, a quien ha llevado una vida torturada propia de un personaje de tragedia griega.

El libreto hunde igualmente sus raíces en otra obra teatral de Yasmina Reza, "Tres versiones de la vida" (2000), sobre dos matrimonios que se reúnen a cenar y el fulminante de un niño que no quiere dormir, de la que es una versión corregida y aumentada. Copia también muchos elementos de ¿Quién teme a Virginia Woolf? (Who's Afraid of Virginia Woolf?, 1966), el drama de Edward Albee llevado al cine por Mike Nichols (la tormentosa reunión de dos matrimonios, la bebida que corre generosa, los vómitos de la visitante, las idas al lavabo, las humillaciones y los reproches…), y de El ángel exterminador (1962) toma por su parte otras ideas, como la "vis atractiva" que impide a los burgueses salir de la casa, o los buenos modales y la educación que se ven sustituidos por unos comportamientos muy poco civilizados.

Adaptación modélica de un drama teatral al cine, como sucedía con El león en invierno (The Lion in Winter, 1968) o La huella (Sleuth, 1972), Polanski ha respetado la unidad de lugar y tiempo. Nada por lo tanto de airear la obra (salvo el prólogo y el epílogo con los niños en el parque). A lo sumo los interludios de las conversaciones telefónicas de Waltz con su empresa o de Reilly con su madre, y un par de salidas al rellano o hasta las puertas del ascensor, asomando por ahí algún vecino que recuerda a los que vivían en los siniestros edificios de La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1969) o El quimérico inquilino (Le locataire chimerique, 1976). En relación al tiempo, hay una adecuación total en los escasos ochenta minutos que dura, sin una sola elipsis como en La soga (Rope, 1948) de Hitchcock; probablemente, Polanski también acarició la idea de rodarla en un único plano. El resto es la narrativa magistral de un genio que lleva décadas haciendo cine. Afinando la carpintería teatral, sabe cómo situar al espectador dentro de ese cuadrilátero, asistiendo éste con regocijo al pugilato como si estuviera sentado en el sofá. Consigue que el ritmo esté ya en el guión y no sólo en el montaje, mejorando como siempre el original –recuérdese el caso de Chinatown (1974) con Robert Towne-, esculpiendo unos diálogos de acero, poniendo su habitual meticulosidad en todos los detalles (incluidos los tiradores de las cisternas que vende Reilly), moviendo la cámara con fluidez en un verdadero "tour de force" por el decorado.

Ha contado para ello con un equipo seleccionado entre los mejores, en gran parte colaboradores que ya habían trabajado con él. Están ahí Pawel Edelman en la fotografía, el prolífico Alexandre Desplat en la música, Hervé de Luze en el montaje, Dean Tavoularis con un decorado que parece real, construido en los estudios de Bry-sur-Marne, en las afueras de París. Y obviamente el elenco, actores de primera que logran dar la verdadera dimensión al texto cuando hacen suyo al personaje, aunque queda la duda de si los emparejamientos conyugales realizados ofrecen un encaje convincente. A ellas se les ve más técnicas. Por el contrario, Reilly despliega como de costumbre una naturalidad que hace pensar en que jamás ensaya. El vienés Christoph Waltz, famoso y oscarizado gracias al coronel nazi que interpretaba a las órdenes de Tarantino en Malditos bastardos (Inglourious Basterds, 2009), merece un punto y aparte como ese abogado rudo y engreído que siempre dice lo que piensa; curiosamente Ralph Fiennes, intérprete del mismo personaje sobre los escenarios de Londres, también saltó al estrellato gracias a otro nazi, el de La lista de Schindler (Schindler's List, 1993). Waltz entra aquí, oscuro y amenazador, en la antología diabólica del director (al lado de John Huston, Melvyn Douglas, Walter Matthau, Ben Kingsley o Frank Langella), haciendo que su personaje tenga otra película detrás, en las tinieblas de donde le llegan las llamadas al móvil.

A la edad que otros están retirados o miran la vida por el retrovisor, Roman Polanski (n. 1933) sigue atemporal mientras envejece su retrato. No estamos ante un ochomil en su himalaya filmográfico, pero le da cien vueltas a cualquier película actual. Su acogida ha sido buena. Se presentó en el Festival de Venecia, donde fue premiada, y ha tenido una carrera comercial boyante, señal de que todavía quedan espectadores adultos. Francisco M. Benavent



Dioses deben estar locos (Los)

TITULO ORIGINAL

The Gods Must Be Crazy 6.5/10 MB

AÑO

1980



DURACIÓN

109 min.



PAÍS

Suráfrica

DIRECTOR

Jamie Uys

GUIÓN

Jamie Uys

MÚSICA

John Boshoff

FOTOGRAFÍA

Buster Reynolds, Jamie Uys, Robert Lewis


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