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Medicina sin engaños

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Las opciones al margen de la medicina tradicional son cada vez más numerosas —flores de Bach, aromaterapia, acupuntura—, a la vez que crecen las dudas sobre su fiabilidad.

El profesor Mulet, bioquímico, y autor de la aclamada obra Comer sin miedo, desmitifica las medicinas alternativas y pone en evidencia algunos engaños; muestra cómo ciertas prácticas constituyen un mero negocio a costa de la salud y el dinero de las personas que acuden a ellas. El autor aplica su foco crítico sobre ramas como el psicoanálisis, las llamadas medicinas naturales o la homeopatía, para separar el grano de la paja y ofrecer al lector criterios objetivos para discernir en qué medida se puede fiar.

Además de citar casos tan sonados como los de Steve Jobs o Jimmy Wales, Mulet aplica el rigor científico y el lenguaje directo para advertirnos que ante un problema de salud hay que ponerse en manos de un buen profesional y no dejarse embaucar por falsas promesas.







Tabla de Contenidos





















J. M. Mulet

Medicina sin engaños

Todo lo que necesitas saber sobre los peligros de la medicina alternativa

ePub r1.0

Titivillus 25.11.17









J. M. Mulet, 2015

Ilustración de portada: Toni Sanchis

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2



























Para todas las víctimas de la pseudomedicina y para Paula,

porque sabes que todo lo que hago es por ti.













Introducción/Prólogo



Conectando los puntos



PUNTO 1: EXCUSAS NO SOLICITADAS



No soy médico. Por lo tanto, en esta obra no vas a encontrar ninguna indicación sobre qué tratamiento seguir para una enfermedad, ningún consejo para que tomes tal o cual medicamento ni ninguna pauta para prevenir una determinada dolencia. Este libro no va de esto. Si notas que te pasa algo raro, ve al médico. Si no te gusta lo que te dice, ve a otro. Este libro no va a sustituir la información que te pueda dar el doctor, ni mucho menos; la idea es diferente. En cambio, sí que te puede servir para evitar que te pongas en malas manos y que confíes en quien no debes, dejándote la pasta, la salud o la vida por culpa de algún pseudomédico, curandero o charlatán que te promete una solución a tus problemas que la «ciencia oficial» todavía no ha encontrado.

Mi relación con la medicina es curiosa. Pasé los últimos años de EGB, BUP y COU diciendo a todos los que me preguntaban que iba a estudiar medicina. Dado que tenía notas bastante buenas (para qué vamos a engañarnos, era el empollón del pueblo), los numerus clausus no iban a suponer ningún problema, y eso que se trataba de una de las carreras con mayor nota de corte. Además tengo muy mala caligrafía y soy bastante parco en las visitas, así que apuntaba maneras. No obstante, mi vocación era peculiar. Yo no quería meterme en un quirófano para operar a Clara, la amiga de Heidi, y que así pudiera salir andando de éste, y menos para curar a Ali MacGraw de su cáncer maligno y de este modo lograr que volviera a los brazos de Ryan O’Neal. Tampoco me apetecía irme a sitios remotos a ayudar a las mujeres a dar a luz o a vacunar niños (aunque no descartaba hacerlo durante algunas vacaciones). Lo que yo quería era encerrarme en un laboratorio, rodeado de microscopios y de máquinas muy grandes y complicadas, y un día salir y decir que había encontrado el remedio contra el cáncer y, ya de paso, si me daba tiempo, el del sida.

Había un inconveniente. En la práctica médica, el enfoque que muchas veces se hace de la enfermedad consiste en considerar el cuerpo humano como una caja negra. El paciente presenta unos síntomas, se elige una terapia y, si no funciona, otra, hasta que los síntomas desaparecen y éste se ha curado. Fin de la historia. En algunos fármacos, como la aspirina, sólo se ha descubierto su mecanismo de acción muchos años después de estar utilizándolos satisfactoriamente. Por el contrario, a mí lo que me gustaba era saber qué pasaba dentro de la célula. Como al televisivo doctor House, que el paciente se curara me parecía la parte menos interesante. Así que empecé a darme cuenta de que mi vocación presentaba ciertas lagunas preocupantes. Quizá yo no quería ser médico realmente, y todavía no lo sabía.

Y entonces apareció la bioquímica, la biología molecular y la genética. Recuerdo una gloriosa clase en tercero de BUP en la que nuestro profesor Dani Oliver nos explicó el principio básico de la biología molecular (ADN-ARN-proteína) y, luego, en COU, Tono Fornés no hizo sino abundar en esta vocación, por lo que yo realmente deseé ser ingeniero genético, biólogo molecular o algo parecido. También tuve en física y química a Carles Domènech, que tenía fama de duro y de suspender mucho, pero a mí se me dio bien. Lo que él explicaba permitía entender lo que pasaba dentro de la célula, aunque no hablara de ella. Lo más parecido que podía estudiar en España era bioquímica, que no existía como carrera, pero sí como especialidad de química o de biología. Escogí química, elección a la que contribuyó el hecho de que el único examen que suspendí en todo el bachillerato correspondiera a esta asignatura. Cabezón que es uno.

Así que un día a mitad de COU dije en casa que finalmente no estudiaría medicina, sino química. Supongo que en una casa normal eso podría haber supuesto un cataclismo. Química era una carrera sin nota de corte a la que iba a parar mucha gente que no había podido entrar en medicina o en enfermería. Venía a ser como si me hubieran regalado una cena gratis en el mejor restaurante de la ciudad y yo me hubiese ido al McDonald’s. Pero mis padres, curados de espanto, ya habían asumido que su hijo de dieciocho años era raro, por lo que no recuerdo que dijeran ni que sucediera nada especial. Ya era mayor para saber qué hacer con mi vida.





PUNTO 2: Y AL FINAL ME HICE VERDE



Así, durante la carrera, tuve claro que cuando saliera de la facultad iba a meterme en un laboratorio para investigar y hacer la tesis doctoral, y entre mis objetivos prioritarios estaba dar con una solución para el cáncer (y de paso, para el sida). De modo que hice los tres primeros cursos. En tercero empecé a trabajar como alumno interno en el Departamento de bioquímica: léase, preparar todas las soluciones de prácticas, lavar todo el material de vidrio con una mezcla de ácido sulfúrico y dicromato y ayudar en algún experimento (si no molestaba mucho). Por lo tanto, pasé tercero, cuarto y quinto de carrera yendo de laboratorio en laboratorio mientras observaba (generalmente de lejos) cómo investigaban. En quinto escogí la asignatura optativa de fisiología animal porque, claro, yo iba a curar el cáncer (y el sida) y algo tenía que saber de animales. No obstante, a mitad de quinto curso, cuando estaba haciendo prácticas en un laboratorio que investigaba las plantas, descubrí que éstas también tenían genes, que también se podía intervenir en su genética, que no todo se reducía a la aplicación de la medicina. Hice cuentas. Si lograba curar el cáncer (y el sida), iba a salvar a millones de personas, pero si conseguía hacer plantas más eficientes y que aumentara la producción de alimentos, podría tratar a muchos millones más, puesto que hoy en día todavía se muere más gente de hambre que de cáncer. Así que decidí que centraría la tesis en las plantas. Por cierto, me cambié de universidad y me fui al grupo de Ramón Serrano porque me gustaba más la investigación que éste realizaba. En vez de hacer la tesis sobre plantas, la hice sobre un sistema modelo, levadura de panadería, Saccharomyces cerevisiae. Nunca he trabajado con nada relacionado con medicina ni con células animales, ni siquiera en el posdoctorado en Suiza, donde participé en un grupo (el de Michael Hall) que tenía una línea de trabajo con células animales. Sólo he trabajado con levadura o plantas. Sólo he publicado mis resultados en revistas de bioquímica, microbiología o plantas. De la misma forma, he firmado cuatro patentes que tienen que ver con genes de plantas. Nunca he aportado nada a la medicina. Tengo que hacerme a la idea de que no voy a curar el cáncer (ni el sida). No obstante, sigo siendo muy feliz investigando las plantas, que además no muerden como los ratones ni hay que correr detrás de ellas por el laboratorio.

Nunca he mirado atrás ni me he arrepentido de no haber estudiado medicina. ¿Me hubiera dedicado a la investigación? ¿Qué especialidad habría escogido en el MIR? ¿Habría ganado más dinero? La verdad, jamás me lo he planteado, ni siquiera en los momentos más duros de la carrera investigadora, como cuando me quedaban dos meses para que se acabara el contrato posdoctoral y tenía mujer y una hija de tres años. Mi futuro inmediato dependía de que el Ministerio resolviera una convocatoria. Según el resultado de esa resolución, disfrutaría de tres años de contrato que me permitirían volver a España o me iría directo al paro.

Tampoco me arrepentí cuando, en una reunión de un proyecto europeo, tuve que dar una charla helado de frío, entre el castañeteo de mis dientes y los de la audiencia. Supongo que investigar en ciencias básicas tiene menos glamour y reconocimiento social que ser médico. Nuestros congresos y reuniones científicas se celebran en sitios baratos, y para aprovechar el tiempo se suelen hacer en sábado y domingo, cuando los billetes de avión salen más económicos. Investigar en plantas tampoco ayuda. Las universidades fuertes en ciencias agrarias normalmente están en zonas apartadas, rodeadas de campos y vacas. La reunión tuvo lugar un fin de semana en Wageningen, una ciudad en medio de la llanura holandesa que no acostumbra a salir en las guías de viaje. Como era fin de semana, apagaron la calefacción. Disfrutamos de un gélido viento estepario de finales de noviembre que azotaba los ventanales mientras yo trataba de explicar qué tenía que ver el estrés con el ensamblaje del citoesqueleto de levadura.

Tampoco me arrepiento cuando algún amigo médico me dice que ha hecho un viaje en primera amablemente financiado por alguna empresa farmacéutica o me enseña un generoso obsequio de un laboratorio (aunque esto es algo cada vez menos frecuente). Algunas de esas potentes compañías también venden reactivos para biología molecular. En una ocasión necesité uno para probar si servía en un experimento nuevo, pero la compra mínima era de cien unidades. Se me ocurrió llamar para ver si me podían enviar una muestra porque no sabía si iba a funcionar y no quería comprar cien unidades para luego tener que tirarlas. Me dijeron que su política era no dar muestras, que si quería averiguar si el reactivo servía tendría que comprar las cien unidades. Esta misma compañía ha sido denunciada por los generosos regalos con que obsequia a los médicos a cambio de que receten sus pastillas, pero, sin embargo, nunca hemos conseguido que colabore económicamente en ninguna de las reuniones o congresos que hemos organizado sobre temas centrados en las plantas. Por suerte, con el tiempo han salido otras empresas enfocadas a la investigación, con catálogos más reducidos y precios más ajustados, por lo que siempre que puedo evito comprar a multinacionales farmacéuticas. Dada la escasez de mi presupuesto, no creo que mi actitud les genere demasiados problemas en su balance anual. Eso sí, siguen sin regalar muestras, ni viajes, ni congresos, ni pendrives, ni bolígrafos, ni llaveros. Bueno, hay uno, Alejandro, que por navidades nos trae una caja de bombones, pero es el único.

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