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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

197

por el mundo. Por ellos he vivido entre los hombres y consagrado mi vida a tu servicio, con el

fin de inspirarles para que se purifiquen en la verdad y en el amor que les he mostrado. Bien

sé, Padre mío, que no necesito rogarte que veles por ellos después de mi marcha. Y también sé

que les amas tanto como yo. Hago esto para que comprendan mejor que el Padre ama a los

mortales lo mismo que el Hijo.

»Deseo demostrar fervientemente a mis hermanos terrestres la gloria que disfrutaba a tu

lado antes de la creación de este mundo que se conoce tan poco...

»¡Oh, Padre justo!, pero yo te conozco y te he dado a conocer a estos creyentes, que

divulgarán tu nombre a otras generaciones.

»De momento les prometo que estarás cerca de ellos en el mundo, de la misma manera que

has estado conmigo.

Y levantando sus largos brazos hacia el cielo, concluyó:

Yo soy el pan de la vida... Yo soy el agua viva... Yo soy la luz del mundo... Yo soy el deseo

de todas las edades... Yo soy la puerta abierta a la salvación eterna... Yo soy la realidad de la

vida sin fin... Yo soy el buen pastor... Yo soy el sendero de la perfección infinita... Yo soy la

resurrección y la vida... Yo soy el secreto de la vida eterna... Yo soy el camino, la verdad y la

vida... Yo soy el Padre infinito de mis hijos limitados... Yo soy la verdadera cepa y vosotros, los

sarmientos... Yo soy la esperanza de todos aquellos que conocen la verdad viviente... Yo soy el

puente vivo que une un mundo con otro... Yo soy la unión viva entre el tiempo y la eternidad...

Tras unos minutos de silencio, el Galileo pidió a sus hombres que se alzaran y -uno por uno-

fue abrazándoles. Cuando llegó hasta mi, sus ojos se hallaban arrasados por las lágrimas.

Poco después, el grupo regresó al campamento.

David Zebedeo y Juan Marcos se aproximaron a Jesús y trataron inútilmente de convencerle

para que se alejara de Jerusalén. A partir de aquellos instantes -casi medianoche-, el habitual

buen humor del rabí desapareció. Y con palabras entrecortadas por una profunda emoción, el

Maestro rogó a sus discípulos que se retirasen a dormir. A regañadientes, los apóstoles fueron

acomodándose en la tienda y en sus lugares habituales de descanso. Pero antes, y mientras el

Nazareno pedía a Juan, a Santiago y a Pedro que «permanecieran un poco más con él», Simón

el Zelotes se dirigió con gran sigilo hacia uno de los laterales de la tienda de los hombres,

abriendo un gran fardo. ¡Eran espadas!

Los ocho apóstoles restantes acudieron a la llamada del Zelotes y se enfundaron las armas.

Todos menos uno: Bartolomé. Este, rechazando el equipo de combate, exclamó:

-Hermanos míos, el Maestro nos ha dicho muchas veces que su reino no es de este mundo y

que sus discípulos no deben combatir con la espada para establecerlo. A mi juicio, creo y pienso

que el Maestro no precisa que empleemos las armas para defenderlo. Todos hemos sido

testigos de su poder y sabemos que puede defenderse de sus enemigos si lo desea. Si no

quiere resistir es porque esta línea de conducta representa su intento por cumplir la voluntad

de su Padre. Por mi parte rezaré, pero no sacaré mi espada.

Al escuchar a Bartolomé, Andrés devolvió su espada. Si no me equivocaba, en total eran

nueve los apóstoles que ceñían un arma en aquellos momentos. Todos menos Bartolomé,

Andrés y Juan (aunque de este último no estaba muy seguro).

Por fin, francamente agotados, los apóstoles y discípulos se retiraron, estableciendo un

riguroso turno de vigilancia, consistente en dos hombres armados a las puertas del

campamento. Por lo que pude deducir, el grupo estaba persuadido de que la detención del

Maestro por parte de los jefes de los sacerdotes no se llevaría a cabo hasta la mañana

siguiente. Y se durmieron con la intención de levantarse muy de mañana, dispuestos a lo peor.

Juan, Pedro y Santiago se habían sentado en torno a la hoguera y esperaban a Jesús. Este

había llamado a David Zebedeo, pidiéndole el mensajero más veloz. Al poco regresó con un tal

Jacobo, que había desempeñado la función de «correo» nocturno entre Jerusalén y Beth-Saida.

Y el Nazareno le dijo:

-Vete enseguida a casa de Abner, en Filadelfia, y dile lo siguiente: el Maestro te envía sus

deseos de paz. Dile también que ha llegado la hora en que seré entregado a mis enemigos y

que seré muerto...

El emisario palideció, pero Jesús prosiguió sin inmutarse:

Dile igualmente que resucitaré de entre los muertos y que me apareceré a él antes de

regresar junto a mi Padre. Entonces le daré instrucciones sobre el momento en que el nuevo

instructor vendrá a morar en vuestros corazones.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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David y yo nos miramos. Jesús rogó entonces a Jacobo que repitiera el mensaje y, una vez

satisfecho, le despidió con estas palabras:

-No temas. Esta noche, un mensajero invisible correrá a tu lado.

Mientras el Zebedeo ultimaba la partida del «correo», Jesús se dirigió a los griegos que

acampaban junto a la cuba de piedra de la almazara y se despidió de ellos.

Yo permanecí sentado muy cerca de Pedro, Juan y Santiago. Los apóstoles, a pesar de sus

esfuerzos, comenzaron a bajar los párpados y a dar algunas cabezadas. El Maestro regresó

hasta la fogata y, cuando se disponía a alejarse con sus íntimos hacia el interior del olivar,

David le retuvo unos instantes. Con la voz trémula y los ojos húmedos acertó al fin a decirle:

-Maestro, he tenido una gran satisfacción al trabajar para ti. Mis hermanos son tus

apóstoles, pero me alegro de haberte servido en las cosas más pequeñas. Lamentaré de todo

corazón tu partida...

Las lágrimas terminaron por rodar por sus curtidas mejillas. Y el Galileo, sin poder contener

su amor hacia aquel hombre prudente y eficaz, le tomó por los hombros, diciéndole:

-David, hijo mío, los otros han hecho lo que les ordené. Pero, en tu caso, ha sido tu propio

corazón el que ha respondido y servido con devoción. Tú también vendrás un día a servir a mi

lado en el reino eterno.

Y antes de separarse definitivamente del Maestro, David le confesó que había dado órdenes

para que su madre y su familia se trasladasen a Jerusalén. Jesús no pareció muy sorprendido.

-Un mensajero me ha comunicado -concluyó- que esta misma noche han llegado a Jericó y

que mañana temprano estarán aquí.

El Nazareno le miró y respondió:

-David, que así sea.

Y uniéndose a los tres apóstoles, que esperaban al pie del olivar, se perdió en la oscuridad

de la noche.

La gran tragedia estaba a punto de comenzar...

7 DE ABRIL, VIERNES

Un silencio extraño había caído sobre el campamento. Yo sabía que aquélla no iba a ser una

noche como las anteriores pero, a pesar de ello, noté en el ambiente una especie de pesada

turbulencia. Como si miles de fantasmas -quizá esos «mensajeros invisibles» a los que se había

referido Jesús- planeasen sobre las copas de los olivos, agitando, incluso, las menguadas

lenguas de fuego frente a las que yo permanecía. Y un escalofrío agitó mi espalda.

El campamento dormía cuando, al filo de las doce de la noche, y una vez que Jesús y sus

tres discípulos se. perdieron entre las hileras del olivar, me levanté, advirtiendo a Eliseo que me

dirigía al extremo norte del huerto. Con una rápida mirada recorrí las tiendas, la almazara y los

cuerpos dormidos de los griegos y, una vez seguro de que todo se hallaba en calma, encaminé

mis pasos hacia el muro que bordeaba el huerto por la cara Este y que yo había explorado ya

en mi primera visita a la finca de Getsemaní. Antes de desaparecer monte arriba, David

Zebedeo me había anunciado que, de mutuo acuerdo con Juan Marcos, llevarían a cabo una

vigilancia extra. El, en las proximidades de la cima del Olivete -cubriendo así el flanco oriental

del campamento- y el muchacho, en el sendero que serpenteaba junto a la puerta de entrada al

huerto y que moría en el puente sobre el barranco del Cedrón. De esta forma, si la policía del

Templo intentaba asaltar el refugio del Nazareno -bien por el camino más corto: el del Cedrón o

por la cumbre del Olivete-, Marcos o el Zebedeo podrían dar la alerta, respectivamente. Pero

los acontecimientos iban a desarrollarse de otra forma...

Lentamente, procurando ocultarme entre la masa de árboles, fui avanzando hacia la gruta,

sin perder contacto en ningún momento con el parapeto de piedra. De acuerdo con las

consignas de Caballo de Troya, mi observación de la llamada por los cristianos «la oración del

huerto» debía efectuarse sin que los protagonistas de la misma tuvieran conocimiento o

sospecha de mi presencia. Para ello debía saber con precisión en qué lugar permanecerían los

tres apóstoles y dónde pensaba orar el Maestro. Si Jesús, como suponía, elegía las


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