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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

199

proximidades de la cueva, mi escondite sería precisamente aquella pared que cercaba la

propiedad de Simón, «el leproso».

Elíseo llevaba razón. Tal y como me había advertido horas antes, la fuerte perturbación en

los altos niveles de la atmósfera -al este de Palestina- empezaba a notarse sobre Jerusalén. Un

viento cada vez más insistente y bochornoso agitaba los árboles, silbando como un lúgubre

presagio por entre las tortuosas ramas y raíces de los olivos. El cañafístula que crecía junto a la

caverna castañeteaba cada vez con más fuerza, ayudándome a orientarme.

Al alcanzar el fondo del huerto descubrí enseguida la figura del Galileo, en pie y con la

cabeza baja, casi clavada sobre el pecho. Se encontraba, en efecto, a cuatro o cinco metros de

la entrada de la gruta, en mitad del reducido calvero existente entre el olivar y la peña. A los

pies del Maestro se extendía una de aquellas costras de caliza, blanqueada por la luna llena.

Sin perder un minuto salté al otro lado del muro y, arrastrándome sobre la maleza, rodeé la

caverna, apostándome a espaldas del corpulento cañafístula. Desde allí -perfectamente oculto-,

pude seguir, paso a paso, todos los movimientos y palabras de Jesús de Nazaret.

La claridad derramada por la luna me permitía ver la figura del Maestro con comodidad. Sin

embargo, necesité acostumbrar mis ojos a la oscuridad que dominaba la masa de los olivos

para descubrir, al fin, las siluetas de Pedro, Juan y Santiago. Los discípulos se habían sentado

en tierra, acomodándose con sus mantos entre los últimos árboles, a poco más de una

treintena de pasos del punto donde permanecía el Nazareno. Desde aquella distancia, y a pesar

de mis esfuerzos, no pude confirmar si se hallaban dormidos o no. A los quince o treinta

minutos, deduje que, al menos dos ellos, debían haber caído en un profundo sueño, a juzgar

por sus posturas -totalmente echados sobre el suelo- y por los inconfundibles ronquidos de

Pedro. Un tercero, sin embargo, aparecía reclinado contra el tronco de uno de los olivos,

aunque no podría jurar que estuviese dormido.

De pronto, cuando me encontraba atareado preparando la «vara de Moisés», un crujido de

ramas me sobresaltó. Me volví y, a cosa de diez o quince metros, mis ojos quedaron fijos en un

bulto blanco que se deslizaba entre las jaras, aproximándose. Tomé el cayado en actitud

defensiva y, con las rodillas en tierra, me dispuse a rechazar el ataque de lo que, en un primer

momento, identifiqué como un extraño animal. Pero, cuando aquella «cosa» estaba casi al

alcance de mi vara, se detuvo. ¡Era el joven Juan Marcos!

Respiré profundamente haciéndole una señal para que continuara agachado. El muchacho

llegó hasta mí, explicándome al oído que había abandonado su guardia porque quería estar

cerca del Maestro. No me atreví a sugerirle que regresara al camino pero, dadas las

circunstancias, le pedí que se mantuviera conmigo y en el más absoluto silencio. Al ver a Jesús

en actitud orante, Marcos lo comprendió y me hizo un gesto de aprobación. A partir de esos

momentos, y aunque procuré no perder de vista al impetuoso adolescente, mi atención quedó

absorbida ya por el gigante de Galilea.

Y en ello estaba cuando, súbitamente, Eliseo -con gran excitación- abrió la conexión auditiva,

informándome de algo que me dejó atónito ¡El radar del módulo estaba recibiendo información

de un objeto que «volaba» sobre la zona!

-Pero, ¡no es posible! -le contesté, metiendo prácticamente la cabeza entre mis rodillas, de

forma que el muchacho no pudiera oírme.

Jasón, te juro que he maniobrado la antena y la pantalla de aproximación del radar1 está

codificando un eco metálico. Ahí arriba, a unos 6 000 pies, se está moviendo algo... ¡Sí!, ahora

lo veo mejor... Se encuentra en 360-30 millas...2 ¡Dios santo! ¡Se ha parado!...

Levanté los ojos hacia el firmamento y en la dirección que había transmitido Eliseo, pero no

observé nada anormal. La fuerte luminosidad de la Luna, cada vez más alta, dificultaba la visión

de la estrellas.

1 Caballo de Troya, gracias a un espléndido servicio de la Inteligencia norteamericana, había obtenido a finales de

1972 los planos del radar «Gun Dish», que sería utilizado meses después por los egipcios en la guerra del «Yom

Kippur» (octubre de 1973), y cuya frecuencia era de unos 16GHz. Es decir, 16000 Mc/s. Este complejo radar había sido

dispuesto a bordo del módulo.

2 La situación del «objeto» era de 360 grados (al Norte) y a 30 millas de distancia del punto donde se hallaba

posado el módulo. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Mi compañero en la «cuna», tan confundido y perplejo como yo, permaneció con los cinco

sentidos sobre aquel insólito «visitante». Pero el objeto se había inmovilizado y así

permanecería durante un buen rato.

Aún no me había recuperado de la sorpresa producida por la aproximación de aquel

misterioso objeto volante cuando vi cómo Jesús se desplomaba, clavando sus rodillas en tierra.

El golpe seco contra el suelo hizo estremecer a Juan Marcos. Ni el muchacho ni yo habíamos

visto jamás al Galileo con un semblante tan pálido y abatido.

Durante varios minutos, permaneció con la barbilla enterrada entre los pliegues del manto

que cubría sus hombros y pecho. Aquella profunda inclinación de su cabeza no me dejaba ver

con claridad su rostro, aunque casi estoy seguro que mantenía los ojos cerrados.

Sus brazos, inmóviles y derrotados a lo largo del cuerpo, acentuaban aún más aquel

repentino decaimiento.

Después, muy lentamente, fue elevando la cabeza, hasta dejar sus ojos fijos en el cielo. El

viento había empezado a enredar sus cabellos. Y levantando los brazos por encima del rostro,

exclamó con voz apagada y suplicante: « Abbá!»... « ¡Abbá!»

Quedé desconcertado. Aquella palabra aramea -que yo había escuchado en más de una

ocasión, cuando los niños se dirigían a sus padre- venía a significar «papá». Era el familiar y

conocido apelativo cariñoso que, por cierto, los judíos no empleaban jamás cuando se dirigían a

Dios. ¿Por qué lo utilizaba Jesús?

Sus ojos me impresionaron igualmente: aquel brillo habitual se había difuminado. Ahora

aparecían hundidos y sombreados por una tristeza que, de no haber conocido el probado

temple de aquel Hombre, hubiera jurado que se hallaba muy cerca del miedo.

-¡Abbá! -murmuró de nuevo-. He venido a este mundo para cumplir tu voluntad y así lo he

hecho... Sé que ha llegado la hora de sacrificar mi vida carnal... No lo rehuyo, pero desearía

saber si es tu voluntad que beba esta copa...

Sus palabras retumbaron en el huerto como un timbal fúnebre. No podía dar crédito a lo que

estaba oyendo: ¿Es que Jesús estaba atemorizado?

-... Dame la seguridad -prosiguió- de que con mi muerte te satisfago como lo he hecho en

vida.

Sus manos, abiertas, tensas e implorantes, fueron descendiendo poco a poco. Pero su rostro

-tenuemente iluminado por la Luna- no se movió. Y sin saber por qué, yo también miré hacia la

legión de estrellas y luceros, esperando que se produjera alguna señal.

En ese instante, y como si Eliseo hubiera leído mis pensamientos, abrió la conexión,

gritándome:

-¡Jasón, Jasón!... Se mueve otra vez. Ese objeto se está desplazando... ¡No puedo creerlo!...

Ha cambiado el rumbo: ahora está siguiendo el radial 240


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