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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1... ¡Jasón, viene hacia aquí!... ¿Me

oyes, Jasón?

-Te escucho «5 x 5» -le respondí como pude-. Pero, ¿no será algún meteoro?

Eliseo casi me manda al infierno por aquella pregunta, evidentemente estúpida.

-Esa «cosa», Jasón, ha hecho estacionario2 durante más de veinte minutos... Ahora se

mueve muy despacio.

Si aquel inexplicable objeto se hallaba aún a unas 30 millas de nuestra posición, era ridículo

que siguiera escudriñando el espacio. Traté, pues, de calmar a mi hermano en el módulo,

rogándole que me mantuviera puntualmente informado de las evoluciones del eco en el radar.

Mientras tanto, el Maestro se había levantado y, dando media vuelta, caminó hacia los

discípulos. Dada la distancia no pude registrar sus palabras, pero sí observé cómo se inclinaba

sobre sus hombres, tocándoles con la mano izquierda. Los dos que yacían se despertaron y vi

cómo se incorporaban parcialmente.

Al poco, Jesús retornó hasta el calvero. Los tres apóstoles le observaron durante breves

minutos, terminando por recostarse nuevamente.

1 El objeto, que había seguido una trayectoria Norte, empezaba a desplazarse en dirección Oeste-Suroeste.

Justamente hacia el área de Jerusalén.

2 Es decir, había permanecido estático o inmóvil. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

201

Conforme fue aproximándose aprecié algo extraño. El gigante se tambaleaba. Sus pasos

eran indecisos, como si estuviera a punto de desplomarse

Nada más llegar junto a la laja de piedra, cayó de bruces. Por un momento pensé que se

había desmayado. Parte de su cuerpo había quedado sobre la plancha rocosa, boca abajo e

inmóvil. Juan Marcos se incorporó, dispuesto a socorrerle. Pero, sujetándole por el brazo, le

hice ver que no era conveniente molestarle. Supongo que si el Galileo no llega a moverse, el

fogoso Marcos no habría seguido mis consejos y hubiera saltado en auxilio de su Maestro. Pero

Jesús estaba plenamente consciente y el joven se tranquilizó.

Como si una fuerza invisible hubiera descargado sobre él un fardo de cien kilos, así fue

incorporándose el Maestro. Muy lentamente, siempre con la cabeza hundida, el Galileo terminó

por sentarse sobre sus talones. Y así permaneció un buen rato, de rodillas, en un angustioso

silencio y sin levantar el rostro. Inconscientemente, Juan Marcos y yo cruzamos una mirada.

¿Qué estaba pasando? ¿A qué se debía aquel súbito hundimiento?

Jesús levantó el rostro hacia las estrellas y, gimiendo, llamó de nuevo a su Padre. Sus

pómulos y nariz aparecían afilados. La expresión de su rostro me impresionó. Había una mezcla

de angustia y pavor. Sus labios, entreabiertos, comenzaron a temblar y, casi inmediatamente,

todo su cuerpo empezó a estremecerse. Eran convulsiones cortas. Muy rápidas y casi

imperceptibles. Como si un viento helado estuviera azotando cada una de sus células.

El Nazareno cruzó sus brazos sobre el tórax, haciendo fuerza con sus manos sobre los

costados, como tratando de dominar aquellas convulsiones.

Y, de pronto, su frente, cuello y sienes se humedecieron con un sudor frío. Los

estremecimientos se hicieron entonces más intensos y continuados y Jesús se dobló

materialmente por su cintura, tocando la superficie de piedra con la frente.

-¡Abbá!... ¡Abbá!...

Aquélla fue la única palabra que acertó a pronunciar. Pero, más que una llamada, era un

grito contenido de angustia y terror.

Ahora estoy seguro que, en aquellos duros y cruciales momentos, el Galileo debió

experimentar una punzante e indescriptible sensación de soledad, de aflicción y quizá, ¿por qué

no?, de miedo ante lo que ¡e reservaba el destino.

Su cuerpo siguió tiritando y, de pronto, en un arranque, el Maestro se echó atrás, elevando

sus manos y rostro.

Al verle quedé petrificado...

Toda su cara, frente, cuello así como las palmas de las manos, habían enrojecido. La fina

película inicial de sudor se había convertido en sangre... Juan Marcos ocultó el rostro entre sus

manos.

Desde el cuero cabelludo, unas gruesas gotas sanguinolentas fueron resbalando sobre

aquella extravasación, deslizándose por los ángulos internos de los ojos y rodando después por

las mejillas, hasta perderse en el bigote y la barba. Algunos goterones permanecían segundos

en las comisuras de la boca, convirtiéndose después en hilos de sangre que caían

aparatosamente sobre los haces musculares del cuello.

En uno de aquellos temblores, Jesús inclinó un poco su cabeza y la luna arrancó varios

destellos de su pelo. La sangre había inundado también sus cabellos.

Medio hipnotizado por aquella súbita reacción del organismo de Jesús, casi olvidé utilizar la

«vara de Moisés».

Y, precipitadamente, la situé de forma que pudiera filmar la escena y, al mismo tiempo, iniciar

una exploración de la piel y de algunos de los órganos internos de Jesús, mediante el rastreo

ultrasónico. (Como ya comenté anteriormente, el «cayado» encerraba, entre otros dispositivos,

un equipo miniaturizado, capaz de emitir este tipo de ondas mecánicas o ultrasonidos. La

«cabeza emisora» dispuesta en la parte superior de la vara -a 1,70 metros de la base- había

sido acondicionada para captar las ondas reflejadas, ampliándolas proporcionalmente y

acumulando la información en la memoria de titanio del computador nuclear. Una vez en el

módulo, los ultrasonidos -previamente codificados- podían ser convertidos en imágenes,

analizando los órganos y las reacciones fisiológicas del Maestro, tratando así de encontrar

explicaciones1.

1 ) Dado que no podíamos tocar a Jesús, Caballo de Troya situó en el interior de la «vara de Moisés» un complejo

entramado de equipos miniaturizados, destinados a explorar el cuerpo del Maestro, tanto en el singular fenómeno del

sudor sanguinolento del huerto de Getsemaní como en la flagelación y en las largas horas de la crucifixión. Estos

Caballo de Troya

J. J. Benítez

202

El orificio común de salida y proyección de estos delicados sistemas había sido igualmente

camuflado con una banda de pintura negra. Y en el filo de dicha banda, Caballo de Troya había

dispuesto otros dos clavos de cabeza de cobre. Al pulsar cada uno de ellos quedaba activado

automáticamente el mecanismo correspondiente: bien el de ultrasonidos o el de «teletermografía

». Con el fin de orientar con precisión cada uno de estos flujos, la misión me había

dotado de unas lentes de contacto a las que llamábamos «crótalos»1 Estas «lentillas»

especiales -del tipo duro- fueron fabricadas con un producto de una calidad muy superior al que

normalmente utilizan los laboratorios de óptica y que, dado su carácter secreto, no puedo

revelar


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