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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1, que forzaron la ruptura de

los capilares, encharcando las glándulas sudoríparas. Una vez rotos los poros subcutáneos, la

sangre fluyó al exterior, mezclada con el sudor.

El fenómeno -tan aparatoso como raro- es, sin embargo, perfectamente posible desde el

punto de vista médico. El evangelista Lucas, en este caso, sí había acertado. (Pierre Benoit

cuenta en una de sus obras cómo en 1914, un soldado que estaba a punto de ser conducido

ante un pelotón alemán de fusilamiento, sudó sangre, como consecuencia del pavor insuperable

que le produjo aquella angustiosa situación.)

Y aunque esta expulsión sanguinolenta o extravasación -que no hemorragia- en el Hijo del

Hombre no representó una pérdida importante de sangre, los informes de Caballo de Troya sí

estimaron en cambio que dejó la piel de Jesús en un alarmante estado de fragilidad. Esta

circunstancia resultaría determinante, de cara a la «carnicería», más que suplicio, a que sería

sometido pocas horas después. Me refiero, naturalmente, al castigo de los azotes. Aquella

ruptura generalizada de la red de capilares o finísimos vasos por los que circula la sangre bajo

la piel convertiría la flagelación en un trágico baño de sangre...

Una de mis preocupaciones en aquellos primeros momentos del fuerte stress sufrido en el

huerto fue el seguimiento del ritmo cardíaco y arterial de Jesús. Al dirigir los ultrasonidos sobre

el corazón, el «efecto Doppler» arrojó un ritmo de 135 pulsaciones por minuto. En cuanto a la

tensión arterial, la cifra se había elevado a 210 de máxima. (El ritmo cardíaco normal del

Nazareno fue calculado en 60 latidos por minuto y su tensión arterial media en 130 máxima y

80 mínima. Aquello significaba, evidentemente, una profunda alteración orgánica. Los

especialistas de Caballo de Troya estimaron asimismo que la descarga previa de adrenalina en

el torrente sanguíneo de aquel Hombre -a la vista de la resistencia arterial periférica- pudo ser

del orden de 10 microgramos por kilo y minuto.)

Poco a poco, al cabo de diez o quince minutos, conforme el rabí fue serenando su espíritu, el

ritmo cardíaco y arterial fueron recobrando la normalidad. Sin embargo, aquella dura prueba -

en opinión de los expertos en nutrición- significó, además, el total agotamiento de las 750

calorías suministradas al organismo en la reciente cena. El stress debió suponer un consumo de

1 Aunque en un principio se pensó que quizá la «hematohidrosis» había sido provocada por un exceso de histamina,

liberada por el sistema nervioso como consecuencia de la gran tensión emocional, y lanzada al torrente sanguíneo,

quebrando así los capilares, las investigaciones sobre el páncreas inclinaron a los expertos hacia la hipótesis de la

llamada fibrinolisis, consistente en la activación patológica de un mecanismo normal. Un súbito aumento de plasmina

(lisoquinasas) pudo originar un derramamiento generalizado en sangre, diluyendo el «cemento endotelial», que daría

como resultado el paso de la sangre al exterior. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

204

calorías sensiblemente superior a esa cantidad por lo que el Nazareno, en opinión de los

médicos de Caballo de Troya, tuvo que empezar a tirar de sus reservas naturales posiblemente

a partir de la una o las dos de la madrugada de este viernes. (Con aquel aporte energético, y

suponiendo que Jesús se hubiera retirado a descansar inmediatamente, el organismo hubiera

podido aguantar hasta las ocho de la mañana, aproximadamente. Pero, con la crisis iniciada en

el huerto de Getsemaní, los especialistas, como digo, estimaron que el organismo del Hijo del

Hombre tuvo que iniciar una «lipolisis» o disolución de la grasa del tejido adiposo, con el único

fin de suministrar ácido graso y sobrevivir. Las reservas de glucógeno o azúcar concentrada se

agotarían en cuestión de horas, y la naturaleza del Galileo no tendría otra alternativa que

«echar mano», repito, de sus grasas.)

La situación del Maestro, desde un punto de vista puramente médico, empezaba a ser

delicada.

A los quince o veinte minutos de iniciado aquel primer «chequeo» -a base de ultrasonidos-,

desconecté el láser, deshaciéndome de las «crótalos». Juan Marcos seguía con el rostro oculto

por las manos, negándose a mirar a su Maestro. Pasé mi brazo por sus hombros y acaricié su

cabeza. Poco a poco, fue descubriendo su cara. Estaba llorando.

En el calvero, el Galileo había ido bajando sus manos. Las convulsiones habían cesado y

también el flujo de sangre. Algunos de los chorreones, más caudalosos que el resto de los

reguerillos, habían coagulado ya. Muy pronto, si el Maestro no tenía la precaución de lavarse, la

sangre seca convertiría su hermoso rostro en una máscara... Jesús levantó de nuevo los ojos

hacia el firmamento y, con una voz algo más serena, repitió prácticamente su primera oración:

-Padre..., muy bien sé que es posible evitar esta copa. Todo es posible para ti... Pero he

venido para cumplir tu voluntad y, no obstante ser tan amarga, la beberé si es tu deseo...

Entre esta segunda oración (no sé si debería calificarla así) y la primera, observé un notable

cambio, tanto en el estado emocional del Maestro como en su postura frente a los ya

inminentes acontecimientos. Mientras en sus primeras palabras flotaba la duda, en esta

ocasión, el Galileo parecía haber superado parte de su inquietud, mostrándose definitivamente

decidido a asumir su suerte. Es posible que este cambio mental fuera responsable, en buena

medida, de su progresiva tranquilización. Pero todo esto, naturalmente, sólo son apreciaciones

muy subjetivas.

El caso es que, enfrascado en mis primeras verificaciones médicas y pendiente de las

palabras de Jesús, casi me había olvidado de Eliseo y de la aproximación de aquel enigmático

objeto. Pero mi compañero no tardó en recordármelo:

-¡Atención, Jasón...! Esa «cosa» abandona el estacionario y se mueve de nuevo... ¡Por todos

los...!

La transmisión de mi compañero se interrumpió breves segundos. Al fin, Eliseo -muy

alterado- continuó:

-...¡Ha caído como un cubo...! ¡Jasón, ese chisme ha descendido a nivel 30 en un segundo!1

¡No puede ser...! Si continúa bajando lo perderé... ¡No! De momento se mantiene... Pero se

dirige hacia nosotros...

Pegando materialmente mis labios al tronco del cañafístula le pregunté:

-Entendí 30...

-Afirmativo -respondió Eliseo-. Es 30... Y sigue aproximándose en radial 1002... El radar

estima su posición en 10 millas. Si no varía el rumbo pronto lo tendrás a la vista...

Pero, por más que miré no logré distinguirlo. Fue entonces, al levantar la vista hacia las

estrellas cuando caí en la cuenta de otro extraño fenómeno: el ramaje del corpulento árbol tras

el que me ocultaba había quedado súbitamente inmóvil. El viento había cesado. Tampoco

aprecié movimiento alguno en las copas de los olivos ni en la maleza que nos rodeaba. Los

cabellos de Jesús se hallaban igualmente en reposo.

Un tanto alarmado interrogué a Eliseo sobre la velocidad y dirección del viento...

-A 40000 pies, 120 grados 50


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