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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

207

-Padre, ves a mis apóstoles dormidos... Extiende sobre ellos tu misericordia. En verdad, el

espíritu está presto, pero la carne es débil...

Jesús guardó silencio e inclinó su cabeza, cerrando los ojos. Después, a los pocos segundos,

dirigió su rostro nuevamente a los cielos, exclamando:

-Y ahora, Padre mío, si esta copa no se puede apartar... la beberé. Que se haga tu voluntad

y no la mía...

Debían ser casi la una de la madrugada de aquel viernes, 7 de abril, cuando el gigante -

después de permanecer unos minutos en total recogimiento-- se alzó por última vez, acudiendo

al punto donde sus tres íntimos, por enésima vez, habían caído bajo un profundo sueño.

Pero, en esta ocasión, el Galileo no retornó al calvero. Despertó a sus hombres y, poco

después, los cuatro se internaban en el olivar, perdiéndose de vista.

He meditado mucho sobre aquellas extrañas palabras de Jesús. ¿Qué pudo querer decir

cuando habló de «apartar la copa»? ¿Se refería a la posibilidad de evitar los suplicios y su

propia muerte? Durante algún tiempo así lo creí. Pero, después de ser testigo de su horrenda

Pasión y de su increíble comportamiento, otra interpretación -más sutil si cabe- ha venido a

sustituir a mi anterior hipótesis. Ahora he empezado a intuir la gran «tragedia» del Maestro en

aquellos críticos momentos de la llamada «oración del huerto». No fue el miedo lo que

posiblemente provocó su honda angustia y el posterior sudor sanguinolento. El sabía lo que le

reservaba el destino y, como demostró sobradamente, se enfrentó al dolor abierta y

valientemente. Pero, de la ruano de esas torturas, el Galileo sabía que llegarían también las

humillaciones. Tuvo que ser la «contemplación» de esas ya inminentes vejaciones por parte de

las criaturas que Él mismo había creado lo que, quizá, le sumió en un agudo estado de

postración. Sí realmente era el Hijo de Dios, la simple observación -y mucho más el

padecimiento- de la barbarie y primitivismo de «sus hombres» para con Él mismo tenía que

resultar insoportable. Salvando las distancias, imagino el brutal sufrimiento moral que podría

significar para un padre el ver cómo sus hijos le abofetean, insultan, hieren e injurian...

Juan Marcos y yo nos apresuramos a salvar el muro que nos separaba del calvero donde

había tenido lugar la triple oración del huerto y, con idéntica prudencia, penetramos en el

olivar, siguiendo los pasos de Jesús y sus hombres. Conforme nos acercábamos a la explanada

del campamento, un pensamiento -quizá tan absurdo como inoportuno- seguía martilleando en

mi cerebro. No podía borrar de mi mente las imágenes de aquel ser de más de dos metros y del

objeto porque «aquello» tenía que ser un vehículo tripulado- que había sido capaz de desafiar

tan elocuentemente las leyes de la gravedad. ¿Qué clase de artefacto era aquél? ¿Qué

tecnología podía soslayar semejantes aceleraciones y deceleraciones?1. Y, sobre todo, ¿qué

relación guardaba todo aquello con Jesús y con la Divinidad?

Hubiera dado diez años de mi vida por haber registrado la conversación entre el Maestro y

aquel misterioso ser y maldije mi mala estrella, que no me permitió contemplar los rostros de

ambos personajes e interpretar al menos lo ocurrido entre los dos. Desde entonces, una afilada

incertidumbre anida en mi corazón: ¿podía ser aquél un ángel? Si realmente era así, ¡qué lejos

están los teólogos de la verdad...!

Cuando, al fin, nos asomamos al campamento, todo seguía más o menos igual. Los

discípulos del Maestro, profundamente dormidos, permanecían ajenos a cuanto acababa de

suceder a pocos metros de las carpas. Y digo que todo seguía más o menos igual porque,

coincidiendo con nuestro retorno, dos de los agentes secretos de David Zebedeo entraban

también en el huerto. Jadeantes y excitados preguntaron por su «jefe». Fue Juan Marcos quien

les señaló el lugar donde montaba guardia.

El Maestro, entre tanto, había aconsejado a Pedro, Juan y Santiago que se retiraran a

dormir. Pero los apóstoles, suficientemente despejados quizá con los cortos pero profundos

sueños que habían disfrutado en las proximidades de la gruta, y cada vez más nerviosos ante la

súbita llegada de los mensajeros, se resistieron. El fogoso Pedro, sin poder resistir la tentación,

1 Como miembro de las Fuerzas Aéreas sé hasta dónde llega hoy la resistencia humana frente a la gravedad.

Algunos astronautas, y con trajes muy especiales, han soportado hasta 11 «g« (el valor normal de la «aceleración de la

gravedad» es decir, de una «g»- es de 9,80665 metros por segundo cada segundo). Y según mi estimación, aquel

objeto practicó una «caída» y un posterior «despegue« que debió someter a los posibles «pilotos» a 20 o 30 «g». (N.

del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

208

interrogó a uno de los agentes del Zebedeo. Y el hombre, acorralado por las preguntas de

Simón, terminó por declararle que una partida de sicarios del Sanedrín y una escolta romana se

dirigían hacia allí. Pedro retrocedió con el rostro descompuesto. Y, cuando intentó dirigirse a las

tiendas, con ánimo de despertar a sus compañeros, Jesús se interpuso en su camino,

ordenándole que guardara silencio. La recomendación del Galileo fue tan rotunda que los

discípulos, desconcertados, quedaron clavados en el suelo.

Los griegos, que acampaban al aire libre, fueron despertados también por la precipitada

irrupción de los agentes del Zebedeo y no tardaron en rodear a Jesús y a los tres apóstoles,

interrogándoles. Pero el Maestro, que había recobrado su habitual calma, les rogó que se

tranquilizaran y que volvieran junto al molino de aceite. Fue inútil. Ninguno de los presentes se

movió de donde estaba.

El Nazareno comprendió al instante la actitud de sus hombres y, sin mediar palabra, se alejó

del grupo, abandonando el campamento a grandes zancadas.

Durante algunos segundos, los griegos y los apóstoles dudaron. Y una vez más fue el joven

Juan Marcos quien tomó la iniciativa. En un santiamén escapó del huerto, perdiéndose colina

abajo.

Aquella inesperada reacción de Jesús, saliendo de la finca de Getsemaní, me desconcertó.

Según los evangelios canónicos, fuente informativa primordial, el llamado prendimiento debería

llevarse a cabo en el referido huerto. Sin embargo, el Nazareno acababa de abandonarlo... Sin

pensarlo dos veces seguí los pasos del muchacho, sin preocuparme de los tres apóstoles y de

los griegos, que permanecían inmóviles en mitad del campamento.

Tanto Jesús como Juan Marcos habían tomado el conocido camino que discurría por la falda

occidental del Olivete y que me había llevado en varias ocasiones hasta el puentecillo sobre la

depresión del entonces seco torrente del Cedrón.

En ese momento, y justamente al otro lado del puente, me llamó la atención el movimiento

de un nutrido grupo de antorchas. Al observar más detenidamente comprobé que se dirigía

hacia este lado del monte. Aquellos debían ser los hombres armados de los que había hablado

el mensajero del Zebedeo. Desconcertado, continué bajando por la vereda hasta que, en uno

de los recodos del camino, vi a Marcos -mejor debería decir que sólo distinguí su lienzo blanco-

refugiándose a toda prisa en una pequeña barraca de madera que se levantaba al pie mismo

del sendero. Me detuve sin saber qué hacer. Pero mis sorpresas en aquella madrugada del

viernes no habían hecho más que empezar.

Junto a la mencionada casamata distinguí otra cuba -similar a la construida a la entrada del

campamento de Getsemaní- que debía formar parte de uno de los lagares de aceite que tanto

abundaban en el monte de las Aceitunas. El Maestro se había sentado sobre el murete de

piedra de la prensa, a unos dos pasos de la pista y de cara a la dirección que traía el cada vez

más cercano y oscilante enjambre de luces amarillentas.

En un primer momento pensé en ocultarme también en la barraca. Pero deseché la idea.

Ignoraba absolutamente el curso que podían tomar los acontecimientos y preferí mantenerme

en un lugar más abierto. A ambos lados del sendero se extendían sendas plantaciones de

olivos. Aquél podía ser un buen observatorio. Y rápidamente abandoné la pista, internándome

en el oscuro olivar situado a la izquierda del camino. Elegí uno de los árboles más gruesos,

trepando a lo alto y camuflándome entre su ramaje. Desde allí, Jesús quedaba a poco más de

cinco o seis metros. Pero, de pronto, me vi asaltado por una duda que casi me hizo descender

del olivo: ¿Y si el Galileo regresaba al campamento? En ese caso no tendría más remedio que

arriesgarme y seguir a la tropa...

Si no me equivocaba, la distancia recorrida por Jesús desde la puerta de entrada al huerto

de Simón, «el leproso», hasta aquella curva del serpenteante camino de herradura, había sido

de unos cien o ciento cincuenta pasos. Y al verle allí, tan extrañamente sereno, empecé a

comprender. No hacía falta ser muy despierto para suponer que su rápido alejamiento de la

zona donde permanecían sus hombres sólo podía estar motivado por el deseo de que su

encuentro con Judas y la policía del Sanedrín no afectase a los discípulos. El sabia que muchos

de los discípulos y de los griegos disponían dé armas y probablemente quiso evitar el más que

seguro riesgo de un choque armado. Si la memoria no me fallaba, en el campamento debía

haber en aquellos momentos alrededor de sesenta hombres. Habría sido suficiente que

cualquiera de ellos -Pedro o Simón, el Zelotes, por ejemplo- hubieran sacado sus espadas para

provocar un sangriento combate. Si la versión del agente secreto de Zebedeo era correcta, a


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