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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

211

Jesús levantó entonces su brazo hacia Pedro y con gran severidad recriminó su acción:

-¡Pedro, envaina tu espada...! Quienquiera que desenvaine la espada, morirá por la espada.

¿No comprendéis que es voluntad de mi Padre que beba esta copa? ¿No sabéis que ahora

mismo podría mandar a docenas de legiones de ángeles y sus compañeros me librarían de las

manos de los hombres?

Los discípulos -y especialmente Pedro- quedaron aturdidos. No entendían las palabras del

Maestro y, mucho menos, su docilidad ante aquellos enemigos.

Malco seguía retorciéndose y aullando de dolor cuando Jesús se inclinó sobre él. Con una

gran firmeza retiró la mano del sirio del ensangrentado oído, colocando la palma de su diestra

sobre la herida. En cuestión de segundos, los quejidos disminuyeron, haciéndose cada vez más

espaciados y débiles. Después, el rabí repitió la operación, depositando su mano sobre el

hombro.

Desde lo alto del árbol no pude verificar qué clase de curación efectuó el Galileo. Sin

embargo, lo que sí estaba claro es que había detenido la copiosa hemorragia y «congelado»

prácticamente el dolor de aquel desdichado. (En el transcurso de las dos siguientes e intensas

jornadas, antes de mi definitivo regreso al módulo, traté por todos los medios de localizar al

mencionado sirio e inspeccionar el tajo que le había propinado Pedro. Sin embargo, mis

esfuerzos resultaron baldíos.)

La belicosa actitud de Pedro y de sus compañeros sólo sirvió para empeorar las cosas. El

oficial romano ignoró las pacíficas palabras y el gesto humanitario de Jesús para con Malco y

ordenó a sus legionarios que sujetaran al Nazareno, amarrando sus muñecas a la espalda.

Mientras le maniataban, el Maestro, profundamente dolorido por aquella humillación, se

dirigió a los levitas y soldados quienes, con las espadas y bastones dispuestos para repeler

cualquier otro ataque, contemplaban la escena:

-¿Para qué sacan sus espadas y palos contra mí, como si fuera un ladrón? Todos los días he

estado con vosotros en el templo, educando y enseñando públicamente al pueblo, sin que

hicierais nada para detenerme...

Pero nadie respondió.

Una vez inmovilizado con gruesas cuerdas, el oficial se dirigió a sus hombres, ordenando que

prendiesen también a aquel «grupo de fanáticos», según sus propias palabras. Pero la patrulla

no reaccionó a tiempo y Pedro y sus compañeros huyeron del lugar, arrojando las antorchas

contra los romanos. Este nuevo lapsus de la escolta fue más que suficiente como para que la

veintena de seguidores del Maestro se desperdigara ladera arriba, entre los olivares. La casi

totalidad de los legionarios salió en su persecución. Sin embargo, los discípulos -mejores

conocedores del terreno y con un pánico lo suficientemente grande como para volar, más que

correr- no tardaron en desaparecer. La prueba es que, a los cinco o diez minutos, la tropa

regresó al camino, iniciando el retorno a Jerusalén. El Maestro, fuertemente escoltado, no tardó

en desaparecer con el grupo en uno de los recodos del sendero.

Eran las dos menos diez de la madrugada...

El vocerío de los legionarios fue disipándose. Y allí quedé yo, con el corazón encogido y

sumido en un silencio de muerte. Pero debía seguir mi misión. Así que, procurando no hacer

excesivo ruido, descendí de la copa del olivo. Mis ideas -lo reconozco- no se hallaban muy

claras. Durante varios segundos, y todavía al pie del árbol, dudé. ¿Qué camino debía tomar?

Tratar de volver al campamento e incorporarme a lo que quedase del grupo de griegos y

discípulos no me pareció lo mejor. Además, ¿quién sabe dónde podían haber ido a parar? Era

mucho más lógico seguirlas huellas del pelotón de soldados y policías del Templo. Pero, ¿cómo

llegar hasta ellos sin levantar sospechas y, lo que era peor, sin que me detuviesen?

Cuando me disponía a dejar el olivar y encaminarme hacia la ciudad santa, las siluetas de

dos legionarios rezagados aparecieron de improviso entre los olivos que se levantaban al otro

lado del sendero. Me pegué como pude a uno de los troncos y esperé a que pasasen. Si

descubrían mi presencia me hubiera visto en una delicada situación. Pero, en el momento en

que los soldados entraban en la vereda, Juan Marcos -que había permanecido oculto durante

todo el prendimiento- se asomó con gran sigilo a la puerta de la barraca. Aquello fue su

perdición. Los romanos vieron al instante su escandalosa sábana blanca, precipitándose hacia el

muchacho. Esta vez, la reacción de los infantes fue tan rápida que Marcos no tuvo tiempo de

escapar.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

212

Y uno de los legionarios hizo presa en el lienzo mientras el segundo, también a la carrera,

cubría las espaldas de su compañero. Pero el ágil Marcos no se dio por vencido. Y sin pensarlo

dos veces se desembarazó de la sábana, huyendo desnudo hacia la masa de olivos por donde

habían irrumpido los inoportunos extranjeros. Aquella maniobra del joven pilló desprevenidos a

los romanos que, para cuando salieron tras él, habían perdido unos segundos preciosos.

El que había logrado sujetarle arrojó el lienzo al suelo y, maldiciendo, desenvainó su espada,

iniciando una atropellada carrera. El compañero hizo lo mismo, internándose de nuevo en el

bosque. Pero la mala suerte parecía cebarse aquella noche sobre la tropa romana y el segundo

legionario tropezó en una de las raíces del olivar, cayendo de bruces. Como consecuencia del

golpe, el casco del romano salió despedido, rodando por la pendiente. Pero el enfurecido infante

-cegado por el afán de capturar al emboscado- se olvidó de su yelmo.

Sabía que podía ser arriesgado pero, dejándome llevar por la intuición, abandoné mi

escondrijo, aproximándome al lugar donde había quedado el casco. Lo recogí y, tratando de

tranquilizarme, esperé. Era, en efecto, un yelmo de cuero, sin ningún tipo de adorno o

distintivo.

No tuve que esperar mucho. A los pocos minutos, los legionarios regresaron a la linde del

olivar. Sin embargo, enfrascados en la búsqueda del yelmo, no se percataron de mi presencia.

Entonces, levantando la voz y el casco, me dirigí a ellos en griego.

Al verme, los soldados no reaccionaron. Y, poco a poco, fueron aproximándose. Un sudor frío

empezó a empapar mi túnica. Si aquella estratagema no resultaba, mi seguridad podía verse

seriamente amenazada.

El que había extraviado el yelmo llegó hasta mí y, deteniéndose a un par de metros, me

inspeccionó de pies a cabeza. Se hallaba sudoroso y sin aliento. El segundo legionario no tardó

en situarse a su lado.

Intenté sonreír pero, francamente, no sé silo logré. El caso es que, procurando disimular el

agudo temblor de mis manos, le tendí el casco. El romano se apresuró a tomarlo,

arrebatándomelo con violencia. Y acto seguido se lo encasquetó.

-¿Quién eres? -habló al fin el segundo soldado.

-Me llamo Jasón -respondí con el corazón en un puño-. Soy griego y me dirijo a Jerusalén...

Y, de pronto, recordé la autorización que me había extendido el procurador romano, con el

fin de facilitar mi ingreso en la fortaleza Antonia. Sin dudarlo, eché mano de la bolsa de hule y

les mostré el salvoconducto explicándoles que esa misma mañana del viernes debería visitar a

Poncio Pilato.

Los legionarios desviaron la mirada hacia el rollo, aunque dudo que supieran leer. Sin

embargo, sí debieron identificar la firma de Poncio porque su actitud se hizo más asequible y

condescendiente.

-¿De dónde vienes?

-De Betania...

-Entonces -repuso el legionario que hablaba griego-, ¿no sabes lo que ha ocurrido aquí?

-¿Aquí? -pregunté adoptando un tono de total ignorancia-... No, ¿qué ha ocurrido?

-Es igual -concluyó el legionario-. Nosotros también vamos hacia Jerusalén. Si lo deseas

podemos escoltarte...

Me sentí encantado con semejante proposición pero, cuando todo parecía solucionado, el

soldado que había perdido el casco tomó la lanza del compañero y, sin más, la inclinó sobre mi

pecho. Quedé paralizado. Y al mirar de nuevo al infante, aquel rostro se me hizo familiar. El

soldado terminó por sonreír. «¡Claro! -recordé de pronto-. Aquel romano era el centinela de la

Torre Antonia... El que me había apuntado con su pilum mientras José, el de Arimatea, y yo

esperábamos a que regresara su compañero...»

Le devolví la sonrisa y el legionario -satisfecho al ver que le había reconocido- retiró la

jabalina, explicándole al segundo e intrigado soldado que, en efecto, me había visto a las

puertas de la Torre Antonia y que no mentía.

Aquel fortuito encuentro con mi «amigo», el legionario, iba a servirme de mucho...

Los soldados tenían prisa por alcanzar el pelotón que conducía al Nazareno y, al poco,

divisamos las antorchas. Pero, ante mi sorpresa, el grupo se hallaba detenido en mitad del

camino. Cuando la pareja de rezagados se reincorporó a la patrulla romana, yo insinué que

quizá fuese más prudente que permaneciera en la cola o que siguiera mi camino hacia


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