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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

221

Debía llevar algo más de media hora sentado muy cerca de Pedro cuando se aproximó al

corrillo una segunda mujer. Era más joven y, por la indumentaria, deduje que se trataba de

otra sirvienta. Se colocó junto a la portera y ésta, al verla, se inclinó sobre su oído izquierdo,

musitándole algo, al tiempo que señalaba a Pedro con la mano.

La recién llegada forzó la vista. Pero, por la forma de entornar los ojos, supuse que era

miope. Entonces dio unos pasos, rodeando a los congregados al amor de la lumbre. Y al llegar

junto al apóstol retiró de un manotazo el ropón que ocultaba la cabeza de Simón, gritándole:

-¿No eres tú uno de los fieles de ese galileo...?

La inesperada exclamación de la hebrea asustó por un igual a los levitas y a Pedro. Y el

discípulo, pálido como la cal, se levantó a trompicones, encarándose con la muchacha.

-¡No conozco a ese hombre! -gritó con más fuerza que su inquisidora- ¡Y tampoco soy uno

de sus discípulos...!

Pedro había puesto tanta vehemencia en sus frases que las arterias del cuello se hincharon y

su rostro se tomó púrpura. Los ojos del aterrorizado amigo de Jesús se despegaron casi de sus

órbitas, mientras un finísimo hilo de saliva se descolgaba por la comisura izquierda de sus

labios.

La contundencia de Pedro fue tal que la sirvienta retrocedió asustada, escapando del lugar

en dirección a la puerta de la casa.

Esta vez, los sirvientes y policías permanecieron unos segundos con la vista clavada en el

desdichado pescador. Pedro, aturdido, dio media vuelta, separándose del fuego.

Creí que su intención era huir del recinto y poco me faltó para salir tras él. Pero no. Simón, a

pesar de su debilidad, seguía amando al Maestro. ¡Qué poco y qué pobremente se ha escrito

sobre la tortura interna de este primitivo galileo, consciente de sus errores, dominado por el

instinto de la supervivencia y forzado por su temperamento a aquel trágico callejón sin salida!

Tuve que hacer denodados esfuerzos para no correr a su lado y consolarle. Sin embargo, el

objetivo de mi misión logró imponerse y esperé.

Apoyado sobre las rejas del muro, Simón, encorvado y silencioso, golpeaba una y otra vez su

cabeza contra los hierros. Temí por su integridad física. Aquellos cabezazos, secos y

continuados, en lugar de lastimarle, parecieron devolverle una cierta serenidad. Y al rato,

después de secarse las lágrimas con una de las mangas del manto, se reincorporó al grupo.

(Sinceramente, aquella actitud del apóstol -volviendo al fuego- me hizo reflexionar, haciéndome

olvidar incluso su detestable y hasta cierto punto comprensible conducta. Las iglesias -

especialmente la Católica- han juzgado y clasificado este episodio de las negaciones como un

suceso lamentable por parte de Simón Pedro. Pero muy pocos teólogos y moralistas parecen

tener en consideración un «atenuante» que dice mucho en favor del « renegado». Pedro podría

haber abandonado el patio de Anás después de su primera traición. Y no lo hizo. Y tampoco se

retiró después de la segunda y de la tercera y de la cuarta... Porque, aunque los evangelistas

citan tres negaciones, hubo en realidad una más, aunque también es cierto que esa negación

«extra» no tuvo un carácter público. Quiero decir con todo esto que, si bien Pedro no se

comportó dignamente, no es menos cierto que su sola presencia en el lugar le redime en buena

medida de aquellos momentos de debilidad.)

El testarudo galileo no estaba dispuesto a imitar a los compañeros que habían huido monte a

través y, remontando el miedo, se acomodó como pudo entre los sirvientes, los cuales -dicho

sea de paso- en ningún momento se convirtieron en acusadores ni le molestaron. Al menos, los

hombres que, hasta ese momento, se apretujaban en torno a las llamas.

Pero la mala suerte quiso que, al rato, el grupo se viera incrementado por media docena de

sacerdotes, llegados, al parecer, de la residencia de Caifás y que traían la misión de coordinar y

controlar el traslado del Nazareno. Después de solicitar información de los levitas allí reunidos,

cuatro de estos sacerdotes se dirigieron al interior de la casa y los dos restantes permanecieron

junto a la fogata. Desde un primer momento se sintieron atraídos por la animada conversación

sobre las supersticiones del pueblo judío.

Alguien había mencionado a «Lilith» y la polémica se encendió de nuevo. Por lo visto, el tal

«Lilith» era el sobrenombre que recibía uno de los diablos más famosos. La mayoría de los

presentes aceptaba su existencia, clasificándolo como «demonio-mujer». Este curioso

«espíritu» centraba sus ataques, como mujer que era, en los hombres. Y más concretamente,

sobre aquellos varones que se atrevían a permanecer solos en una casa.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

222

Y sólo el Divino, ¡bendito sea su nombre!, sabe cuándo puede presentarse -remachó otro de

los servidores del Sanedrín.

La creencia en cuestión no fue muy bien recibida por uno de los sacerdotes, un tal

Mardoqueo, más conocido en Jerusalén por «Petajia» (y al que ya me referí anteriormente),

como consecuencia de su gran facilidad para las lenguas. (Conocía, según el pueblo, más de

setenta idiomas y dialectos. De ahí su apodo: «Petajia», de la palabra pataj: «abría» las

palabras al interpretarlas.)

Este sacerdote, responsable también de uno de los «cepillos» del Templo y hombre de gran

cultura, se burló de tales patrañas. Las risotadas de «Petajía» indignaron a uno de los policías

quien, señalando primero a Pedro y después al interior de la mansión, exclamó:

-Puedes reírte cuanto quieras, pero mira a ese galileo... Tú mismo asististe a su entrada triunfal

en Jerusalén, a lomos de un jumento. No tuvo la precaución de colocar una cola de zorro o un

trapo rojo entre los ojos del borriquillo y fíjate lo que le ha deparado la fortuna...1

En ese instante, Simón cometió un nuevo error. Irritado por aquella arraigada superstición

hebrea, intervino en la discusión, intentando aclarar a los presentes que el rabí de Galilea no

necesitaba protegerse con tan absurdas supercherías y que su poderío era tan grande que, si

así lo deseaba, podía hacer bajar fuego de los cielos y arrasar al Sanedrín, sin tocar siquiera a

los inocentes...

Los levitas y servidores del Templo no prestaron mucha atención a la valiente pero

inoportuna defensa de Pedro. Sin embargo, «Petajía» -que había captado al instante el duro

acento galileico del apóstol- se encaró con él, desviando el rumbo de la conversación hacia un

derrotero que abrió de nuevo las carnes de Simón:

-Tú tienes que ser uno de los seguidores del detenido. Este Jesús es un galileo y tu forma de

hablar te traiciona... Hablas como un verdadero galileo.

Antes de que Simón pudiera reaccionar, uno de los sicarios del Sanedrín -aquel que

precisamente había hablado de la milagrosa curación de Malco- refrendó el descubrimiento de

«Petajía», desvelando a todos un hecho que, hasta ese momento, había pasado inadvertido:

Tú, además, -exclamó alarmado- estabas en el camino del Olivete... Yo vi cómo herías a mi

pariente...

Aquello cambió las cosas. Ya no se trataba únicamente de unas más o menos veladas

acusaciones por compartir la doctrina del Galileo. La última afirmación podía arrastrar al apóstol

a un fulminante arresto, como culpable de agresión a uno de los esbirros del sumo sacerdote.

Y entiendo que fue esta circunstancia la que realmente hizo estallar los nervios de Pedro. No

se trataba ya de negar a Jesús sino, sobre todo, de evitar tan peligrosa acusación.

Algunos de los levitas se pusieron en pie, blandiendo sus porras en actitud amenazante. Y

posiblemente hubieran prendido a Pedro, de no haber sido por el torrente de juramentos que

empezó a brotar de su boca. Aquella obscena y agria retahíla de imprecaciones -en la que el

descompuesto amigo del Nazareno llegó a incluir a su propia madre y a sus hijos


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