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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Hubiera dado cualquier cosa por seguir al lado de Pedro. Creo que, a partir del canto de

aquel gallo, el apóstol ya no fue el mismo. Es cierto que el inexplicable portento de la

resurrección del Maestro le afectó decisivamente. Sin embargo, aquellas negaciones pesarían

ya para siempre en su alma. Allí, estoy convencido, murió, si no toda, sí buena parte del Simón

asustadizo, torpe y engreído. Su espíritu, como digo, había recibido el más duro de los golpes...

Pero la misión me exigía permanecer lo más cerca posible del Nazareno. Y con una breve

carrera me uní a Juan y al soldado romano. Al cruzar la puerta de entrada al palacete del ex

sumo sacerdote me sorprendió ver a Juan Marcos, cubierto esta vez por un manto. ¿Cómo

había llegado hasta allí? No pude detenerme a preguntárselo, pero deduje que, después de

escapar de los legionarios, se habría hecho con aquella prenda, siguiendo a la escolta romana,

al igual que Juan Zebedeo y Pedro.

1 No era cierto, como han pretendido algunos exegetas que se apoyan en los escritos rabínicos Baba gamma (VII, 7

- VIII, 10 y 82b), que la cría de gallinas estuviese prohibida en Jerusalén. (Se pensaba que, al escarbar, podían sacar

cosas impuras.) Según la Misná, el canto del gallo servía precisamente como señal para el toque de las trompetas. Así

lo confirman los textos de la Sukka V,4, el Tamid 1,2 y el Yoma 1,8. Entre las informaciones facilitadas por el ordenador

del módulo se aseguraba que la referida Misná menciona un gallo de Jerusalén que, según Yuda ben Baba, «había sido

lapidado por haber matado a un hombre». Al parecer, dicho gallo había traspasado con su pico el cráneo de un niño.

También en Tos. B.Q. VIII, 10 (361,29) se dice que la cría de estas aves domésticas estaba permitida en la ciudad

santa, siempre y cuando se dispusiera de un huerto o estercolero donde pudieran escarbar. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

225

La comitiva enfiló las desnudas calles de Jerusalén en el momento en que las trompetas del

Templo procedían a despertar a la población. Pregunté a Juan si sabía a dónde nos dirigíamos.

-Los sacerdotes enviados por Caifás -me dijo- anunciaron al suegro de esa rata que el

tribunal del Sanedrín estaba dispuesto. Me temo que pronto lo sabremos...

En ese momento, Eliseo abrió de nuevo su conexión, advirtiéndome que eran las cinco horas

y cuarenta y dos minutos. Su nuevo «parte» meteorológico vino a confirmar lo que ya me había

adelantado el día anterior: constante subida de los barómetros e incremento de la velocidad del

viento, con riesgo de «siroco».

Aquel amanecer, efectivamente, no fue tan fresco como los anteriores.

El pelotón tiraba con prisas del Maestro. Así que me apresuré a interrogar a Juan, el de

Zebedeo, sobre lo ocurrido en el interior de la casa del poderoso e influyente Anás.

Tal y como sospechaba -siempre según el testimonio de Juan, que no se apartó un momento

de Jesús-, Anás se tomó el encuentro con el Galileo con una lentitud muy extraña. La presencia

del rabí ante el ex sumo sacerdote carecía prácticamente de sentido, de no haber sido por la

estratagema urdida entre Caifás y su suegro, a fin de retenerle en un lugar seguro hasta que

los saduceos, escribas y fariseos comprometidos en la trampa terminaran de comparecer ante

el sumo sacerdote.

José de Arimatea, que asistió a parte del interrogatorio y que había preferido quedarse con

Anás, completaría horas más tarde la narración de Juan, explicándome que el hábil suegro de

Caifás tenía, desde un primer momento, la secreta intención de liquidar allí mismo aquel

enojoso asunto. Por lo visto, conociendo el carácter violento e impulsivo de su yerno, no

deseaba que la causa contra el Maestro cayera en sus manos. Pero la inesperada postura de

Jesús de Nazaret abortó sus planes...

Anás -me informó el discípulo amado del rabí- conocía al Maestro desde hacía varios años.

Como todo el mundo en Israel, también él había oído hablar de las señales, prodigios y

enseñanzas de Jesús.

»Al recibirnos en sus estancias privadas, Anás quiso prescindir del representante del optio y

de mí mismo, pero el legionario se opuso, advirtiéndole que se trataba de una orden del

procurador. Como sabes, las relaciones de ese corrompido sacerdote con los romanos son

excelentes y, finalmente, tuvo que resignarse.

«Se sentó en una de las sillas y permaneció un buen rato sin pronunciar palabra, observando

al Maestro con gran curiosidad.

«Después, con su habitual presunción y autosuficiencia, se dirigió a Jesús en los siguientes

términos:

«-Ya sabes que tengo que hacer algo en cuanto a tus enseñanzas... Estás perturbando la paz

y el orden de nuestro país.

»El Maestro levantó la cabeza y le miró fijamente. Pero no abrió los labios.

«Aquello no le gustó a Anás. Sus nervios empezaron a fallar y sin poder ocultar la rabia le

exigió:

»-¡Dime los nombres de tus discípulos...!

«Pero el Maestro siguió callado. Y, sin pestañear, continuó con sus ojos fijos en los del viejo

reptil.

«Te juro, Jasón, que muy pocas veces había visto tanta majestuosidad en el rostro de

nuestro Maestro. Mientras Anás se encolerizaba por momentos, Jesús, en pie y a pesar de estar

amarrado, le demostraba a ese bastardo su verdadera grandeza...

A pesar de las circunstancias, Juan hablaba del Galileo con el mismo o mayor entusiasmo, si

cabe, que lo había hecho en ocasiones como la de su entrada triunfal en Jerusalén.

-Entonces, ante mi sorpresa, y supongo que la de Jesús -prosiguió el joven Zebedeo-, Anás

cambió de táctica. Llegó a sugerir al Maestro que estaba dispuesto a olvidarlo todo, con una

condición.

Aquello también era nuevo para mi y, mientras ascendíamos por las callejas de la ciudad

baja, ya con el claro propósito de llegar hasta la sede del Sanedrín -ubicado en la zona exterior

y suroccidental del Templo (muy cerca de lo que hoy se conserva y denomina como «muro de

las Lamentaciones») presté toda mi atención a las palabras del discípulo.

-¿Sabes de qué fue capaz...? Anás le propuso perdonarle la vida si salía inmediatamente de

Palestina... Pero el Maestro no se inmutó siquiera.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

226

»Aquel nuevo silencio exasperó aún más al ex sumo sacerdote. Y golpeando los brazos de la

silla, le gritó a Jesús:

»-¿No estimas que soy muy bondadoso contigo...? ¿No te das cuenta de cuál es mi poder?

Yo puedo determinar el resultado final de tu próximo juicio...

«Jesús, por primera vez, habló y, dirigiéndose a Anás, le dijo:

»-Ya sabes que jamás podrás tener poder sobre mi sin permiso de mi Padre. Algunos

querrían matar al Hijo del Hombre porque son unos ignorantes y no saben hacer otra cosa. Pero

tú, amigo, sí tienes idea de lo que haces. Entonces, ¿cómo puedo rechazar la luz de Dios?

»La inesperada amabilidad del Maestro para con aquella serpiente derrotó a Anás y me

desconcertó.

»Y el viejo se puso a cavilar buscando, supongo -interpretó Juan-, alguna nueva

maquinación para perder a Jesús.

»Al rato le preguntó de nuevo:

»-¿Qué intentas enseñar al pueblo? ¿Quién pretendes ser?

»El Maestro no eludió ninguna de las cuestiones. Y se dirigió a Anás con gran firmeza:

»-Muy bien sabes que he hablado claramente al mundo. He enseñado en las sinagogas

muchas veces y también en el templo, donde judíos y gentiles me han escuchado. No he dicho

nada en secreto. ¿Cuál es entonces la razón por la que me interrogas sobre mis enseñanzas?

¿Por qué no convocas a mis oyentes y te informas por ellos? Todo Jerusalén me ha oído. Y tú

también, aunque no hayas entendido mis enseñanzas.

»Antes de que Anás pudiera responderle, uno de los siervos de la casa se volvió hacia el

Maestro y le abofeteó violentamente, diciéndole:

»-¿Cómo te atreves a contestar así al sumo sacerdote?

»¡Ah, Jasón!, ¡cómo me ardía la sangre...!

Cuando me interesé por la reacción de Jesús, Juan se encogió de hombros y señalando al

Maestro, que caminaba a escasos metros por delante nuestro, comentó:

-No vi sombra alguna de odio o resentimiento en sus ojos. Simplemente, se puso frente al

lameculos de los betusianos y con la misma transparencia y docilidad con que se había dirigido

a Anás le manifestó.

»-Amigo mío, si he hablado mal, testifica contra mi. Pero, si es verdad, ¿por qué me

maltratas?

Pregunté entonces al discípulo si aquella bofetada había ocasionado alguna hemorragia nasal

a Jesús. Juan lo negó. Evidentemente, cuando vi aparecer al Galileo en la puerta del caserón de

Anás, su rostro no presentaba señales de violencia. Al menos, yo no llegué a distinguirlas.

Hacía un buen rato que venía observando cómo Pedro nos seguía a corta distancia. Pero, al

aproximarnos al arco de Robinson, y en una de las ocasiones en que giré la cabeza para

comprobar si el solitario y desdichado Simón continuaba allí, le vi sentarse al pie de la muralla

meridional que separaba los dos grandes barrios de Jerusalén. Por su forma de dejarse caer

sobre los adoquines y de cogerse la cabeza entre las manos intuí que el apóstol se había dado

por vencido. Su derrota en aquellas horas era total. De no haber conocido el final de aquellos

sucesos, no hubiera puesto mi mano en el fuego respecto a su suerte...

Desgraciadamente, ya no volvería a verle.

Juan, que en esos momentos no estaba al corriente de las negaciones de su amigo, finalizó

así su relato:

-Anás hizo un gesto de desaprobación por el brutal golpe de su siervo al Maestro, pero su

orgullo es tal que no le hizo ninguna observación. Se limitó a levantarse de su asiento y salió de

la estancia. No le volvimos a ver hasta pasadas dos horas...

-¿Jesús te dijo algo en ese tiempo?

-No -respondió Juan-. El Maestro, los sirvientes, el soldado y yo continuamos allí, sin

movernos y en silencio. Al cabo de este tiempo, Anás regresó a la sala y aproximándose a Jesús

reanudó el interrogatorio:

»-¿Te consideras el Mesías, libertador de Israel?

»Jesús levantó nuevamente el rostro y con idéntica calma le dijo:

»-Anás, me conoces desde mi juventud y sabes que no pretendo ser nada más y nada

menos que el delegado de mi Padre. He sido enviado para todos los hombres: tanto gentiles

como judíos.

«Pero el ex sumo sacerdote no quedó satisfecho y repitió la pregunta:


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