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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 Santa Claus aportó los siguientes datos sobre la composición oficial del Sanedrín en aquellos tiempos: una

institución superior o «Sanedrín mayor», formado por 72 miembros y un «Sanedrín menor», constituido por 23

miembros. Ambos tribunales eran competentes en casos criminales. Los dos miembros más destacados del «gran

Sanedrín» eran el nasí o presidente y el ab bet din o «padre del tribunal», títulos, al parecer, puramente honoríficos.

Las tres hileras de bancos del «Sanedrín menor» eran destinadas a los discípulos de los sabios. Dadas las

características de aquel «juicio» y lo irregular de la hora, era lógico que los «alumnos» de los jueces no estuvieran

presentes. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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las leyes mosaicas que -según ellos- habían cometido Jesús y su «grupo de desarrapados

galileos». Los perjuros, a todas luces comprados de forma precipitada por el Sanedrín, se

contradecían incesantemente, convirtiendo la sesión en una farsa. El desfile de falsos testigos

llegó a ser tan lamentable que algunos de los jueces, avergonzados, bajaban la cabeza o se

revolvían nerviosos y violentos en sus asientos.

El Maestro, que en esta ocasión sí había levantado su rostro, permanecía impasible,

sobresaliendo sobre sus acusadores, no sólo por su talla sino, sobre todo, por su porte

majestuoso. Aquel talante sereno, sin la más débil sombra de orgullo o engreimiento, exasperó

aún más a Caifás y a sus cómplices, que no entendían cómo un hombre podía guardar

semejante calma cuando todo apuntaba hacia una posible sentencia de muerte.

-Este profanador del sábado -afirmó uno de los testigos- es reincidente, ya que consta que

fue amonestado por los sacerdotes en varias ocasiones. Por tanto, es reo de exterminio...

(De acuerdo con la Misná -capítulo «Sanedrín-Makkot»- el que profanaba el sábado con

premeditación y de forma reincidente debía ser muerto por lapidación.)

Otro de los falsos testigos tomó la palabra y señalando al Galileo recordó a la sala la

multiplicación de los panes y peces.

-… De acuerdo con nuestra leyes -aseguró-, este hombre es un mago que engaña al pueblo

con sus actos. Aquiba dice en nombre de Yehosúa: «Si dos reúnen pepinos sirviéndose de la

magia, uno de los colectores no es culpable y el otra sí. El que realiza el acto es culpable y el

que sólo engaña la vista no es culpable.» Muchos pudimos ver entonces cómo este enviado del

Príncipe de los demonios llevaba a cabo el acto y sus discípulos le secundaban...

Un murmullo de aprobación se extendió entre los jueces. Pero el Maestro seguía mudo.

-Según el Levítico -argumentó otro de los hebreos-, el reo adquirió impureza por contacto

con cadáveres. Y, por si no fuera culpa suficiente, se atrevió a violar la sagrada creencia de la

resurrección de los muertos, sacando de la tumba a Lázaro...

Algunos de los saduceos, cuya filosofía rechazaba de plano la resurrección de los muertos,

movieron la cabeza negativamente, sonriendo sin disimulo. Caifás, que pertenecía a esta casta,

pasó por alto la impertinencia de los saduceos. No era aquél el momento de entrar en

polémicas con los fariseos, que habían fruncido el ceño con claro disgusto por las irónicas y

silenciosas manifestaciones del resto del tribunal. La momentánea tensión entre los jueces se

vio disipada cuando aquel testigo desvió su acusación hacia el nuevo «hecho mágico» de haber

levantado a Lázaro del sepulcro en un tiempo «inferior al toque del sofar». (Aquel dato me hizo

pensar que, puesto que cada uno de estos toques de cuerno de los levitas del templo nunca se

prolongaba más allá de los 15 segundos, la resurrección de Lázaro -desde que Jesús le llamó

hasta que aquél volvió a la vida- pudo suceder en un tiempo de 12 a 15 segundos.

La acusación, como casi todas, resultaba tan pueril y falta de base que el sumo sacerdote -

cada vez más descompuesto- apremió a los siguientes testigos para que continuaran. Pero las

siguientes alegaciones no fueron más brillantes...

Varios de los judíos, acompañando sus palabras con grandes aspavientos, recordaron al

tribunal otro de los «delitos» de Jesús:

«No haber comido el obligado cordero pascual...»

Aquella información sólo podía haber sido suministrada por Judas. El Iscariote, que había

llegado al edificio del Sanedrín mucho antes que nosotros, permanecía detrás del grupo de

testigos, aunque en ningún momento llegó a testificar. (Las normas de aquellas gentes

prohibían que un traidor se dirigiera públicamente al Consejo.) La ley mosaica, efectivamente,

establecía que todos los israelitas estaban obligados a comer cordero o cabrito en la fiesta de la

Pascua. Sólo años más tarde, después de la destrucción del Templo, la Misná, en su capítulo IV

(«pesahim»)1 suaviza las normas, diciendo textualmente que «en el lugar donde no sea

costumbre comer carne, no se coma».

Uno de los últimos acusadores llegó a rizar el rizo en aquella sarta de incongruencias y

despropósitos. Aludiendo a otra de las leyes judías, llego a acusar al Nazareno de «homicidio

frustrado». Su endeble e irrisorio argumento se basaba en otra norma que decretaba la

culpabilidad de aquel que golpease a su prójimo con una piedra, de manera tal que resultase

muerto.

1 Tras la destrucción del Templo, algunos no comían carne asada para evitar la apariencia de que fuera carne de

sacrificio pascual, prohibido tras la referida destrucción. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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El aleccionado testigo expuso entonces el incidente protagonizado por una adúltera, salvada

del apedreamiento popular cuando Jesús, dirigiéndose a la muchedumbre, invitó a que «aquel

que estuviera libre de pecado arrojase la primera piedra».

Para el retorcido hebreo, aquel gesto constituía delito, ya que incitaba al asesinato...

La grotesca escena se vio un tanto distendida cuando, súbitamente, los 23 jueces y el resto

de los miembros del Sanedrín se pusieron en pie. En la sala se hizo un espeso silencio y uno de

los saduceos el que se sentaba a la derecha de Caifás- se retiró de su puesto, cediendo el lugar

a un individuo menudo y encorvado que acababa de irrumpir en la sala.

-Es Anás -me susurró Juan.

Durante mi estancia en el palacete del ex sumo sacerdote no había tenido oportunidad de

conocerle. Ahora, al verle subir al estrado ayudado por dos de sus siervos, sentí cierta

decepción. El poderoso suegro de Caifás y padre de la influyente familia sacerdotal era en

realidad un viejo decrépito, muy próximo a los 70 años y aquejado de una avanzada dolencia

de Parkinson. Como sâgan o presidente de la cámara de los «ancianos» ocupó el asiento

ubicado a la derecha del sumo sacerdote en funciones aquel año. Inmediatamente, el resto de

los jueces volvió a acomodarse y Caifás, con un displicente gesto de sus regordetas manos,

indicó a los testigos que prosiguieran.

A pesar de su más que probable esclerosis cerebral, Anás o Anano -como lo llama Josefo-

conservaba unos ojos de rapaz nocturna, grandes y vertiginosos. Nada más sentarse

recorrieron la sala, yendo a posarse en los del Maestro. Y el temblor de sus manos se acentuó.

Jesús sostuvo su mirada y Anás, indeciso, trató de esconder las apergaminadas manos bajo

el ropón de púrpura que le cubría. Después, desviando su atención hacia el inquisidor de turno,

pareció olvidarse del Galileo.

Este hombre -había empezado a proclamar el testigo- afirmó que destruiría el templo y que

en tres días edificaría otro, pero sin la ayuda de la mano del hombre.

Los archontes o jefes del templo habían encontrado, al fin, un argumento condenatorio lo

suficientemente sólido. Por supuesto, aquello no era lo que había dicho Jesús. Además, ni este

testigo ni el siguiente, que ratificó cuanto había dicho su compañero, hicieron alusión alguna al

decisivo gesto del rabí cuando, al tiempo que pronunciaba aquellas proféticas palabras,

señalaba hacia su cuerpo con el dedo.

Si no recuerdo mal, aquél fue el único testimonio en el que dos sujetos lograron ponerse de

acuerdo.

Antes de que concluyeran 105 testigos, el clamor de los archiereis o sacerdotes jefes fue

general, turbando el orden de la sala con exageradas muestras de desagrado e incredulidad.

Caifás levantó sus brazos pidiendo calma, mientras una cínica sonrisa se dibujaba en su

rostro. Y el silencio se restableció poco a poco. En esos momentos, Anás hizo una señal a su

yerno. Este se inclinó y el ex sumo sacerdote le comentó algo al oído. Al terminar, ambos

tenían los ojos fijos en Jesús. Este seguía imperturbable. Ninguna de las alegaciones había

logrado alterar su ánimo.

-¿No contestas a ninguna de las acusaciones? -le gritó de pronto Caifás, con aquella voz

chillona y desagradable.

Los jueces, testigos, levitas y el resto de 105 asistentes, incluido Judas, esperaron la

respuesta del Galileo. Fue inútil. El Maestro, con los ojos puestos en Caifás, no despegó sus

labios.

Aquel silencio del acusado, unido a su gran entereza, hizo enrojecer a Caifás. Sus párpados

empezaron a cerrarse y abrirse rítmicamente, presa de un «tic» nervioso. Es muy posible que el

odio de aquel hebreo hacia Jesús de Nazaret alcanzase en aquellos minutos unas cimas

extremas. Y estoy casi seguro también que, por encima de las enseñanzas y milagros del

Cristo, lo que verdaderamente alimentaba la venganza del sumo sacerdote era el dominio de

que hacía constante gala el Maestro. Si Jesús se hubiera humillado o adoptado una postura

conciliadora, quizá el simulacro de proceso no hubiera arrastrado tan dolorosas consecuencias

para la persona del rabí de Galilea.

Cuando todo parecía indicar que Caifás estaba a punto de estallar, Anás se incorporó. Extrajo

un rollo de pergamino del interior de su manga derecha y, mientras procedía a desplegarlo,

anunció al tribunal que «aquella amenaza del Galileo de destruir el Templo era razón más que

suficiente como para considerar las siguientes acusaciones...»


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