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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

231

Y con voz premiosa y vacilante, pegando casi el documento a los ojos, dio lectura a los

cargos que, obviamente, habían sido fijados antes, incluso, de la sesión del Sanedrín:

«... El acusado desvía peligrosamente a las gentes del pueblo y, además, les enseña.

»… El acusado es un revolucionario fanático que aconseja la violencia contra el Templo

sagrado y, además, puede destruirlo.

»... El acusado enseña y practica la magia y la astrología1. La prueba de que prometa

edificar un nuevo santuario en tres días y sin ayuda de las manos es concluyente.»

Juan, estupefacto, me hizo ver algo que estaba claro como la luz:

la redacción de semejantes acusaciones tenía que haber sido hecha de mutuo acuerdo con

los falsos testigos.

Pero las indignidades de aquel consejo no habían hecho más que empezar.

Anás volvió a enrollar el pergamino y aguardó, en pie, la respuesta del reo. Sin embargo,

Jesús no movió un solo músculo.

El anciano, visiblemente contrariado, se dejó caer sobre el banco y aquel denso y

amenazante silencio inundó de nuevo la cámara.

En un acceso de ira, Caifás saltó de su puesto y llegando frente al Maestro le conminó con el

dedo, gritándole:

-En nombre de Dios vivo -¡bendito sea!- te ordeno que me digas si eres el liberador, el Hijo

de Dios..., ¡bendito sea su nombre!

Esta vez, Jesús, bajando sus ojos hacia el menguado y colérico sumo sacerdote, sí dejó oír

su potente voz:

-Lo soy... Y pronto iré junto al Padre. En breve, el Hijo del Hombre será revestido de poder y

reinará de nuevo sobre los ejércitos celestiales.

Las palabras del Nazareno, rotundas, retumbaron en la sala como un mazazo. Caifás retrocedió

dos pasos. Tenía la boca abierta y temblorosa y sus ojos aparecían inyectados desangre, al

igual que su cara y cuello. Sin dejar de mirar a Jesús echó mano de las cinco hazalejas que

rodeaban su pecho y, con un tirón, hizo saltar los pasadores que sujetaban dichas bandas por

la espalda2.

La sagrada ornamentación del sumo sacerdote cayó sobre el piso, con un casi imperceptible

chasquido de las agujas de marfil al estrellarse contra el enlosado.

Y Caifás, fuera de sí, exclamó con voz quebrada por la congestión, al tiempo que una

involuntaria «lluvia» de gotitas de saliva saltaba por los aires:

-¿Qué necesidad tenemos de testigos...? ¡Ya han oído la blasfemia de este hombre...! ¿Qué

creen y cómo hemos de proceder con este violador?

La treintena de saduceos, fariseos y escribas se puso de pie como uno solo hombre,

vociferando a coro:

-¡Merece la muerte...! ¡Crucifixión...! ¡Crucifixión!

La acelerada palpitación de las arterias del cuello de Caifás demostraban muy a las claras

que su organismo estaba experimentando una importante descarga de adrenalina. Y con la

misma furia con que había desgarrado parte de sus vestiduras volvió a encararse con el

Maestro, lanzando un violento revés a la mejilla izquierda de Jesús. Los sellos de la mano

izquierda del sumo sacerdote (llegué a identificar una piedra de jaspe, un sardio y una

cornerina) hirieron el pómulo y dos finísimos reguerillos de sangre se abrieron paso hacia la

barba.

Pero el Galileo no dejó escapar un solo lamento. Bajó los ojos y ya no volvería a levantarlos

hasta que la policía del Templo le condujo a la sala donde había visto congregados a los

testigos.

El yerno de Anás se retiró a su puesto, mientras el coro de jueces seguía vociferando:

«¡Muerte...! ¡Muerte...!»

Juan se aferró a mi brazo, mordiendo el manto en un ataque de impotencia y desesperación.

Pero nadie, ni siquiera el legionario, movió un solo dedo en defensa de Jesús.

1 La astrología estaba entonces severamente penada. Rops asegura que era una «ciencia funesta» que engendraba

todas las maldades. (N. de J. J. Benítez.)

2 En aquel tiempo, ni los hombres ni las mujeres usaban botones. En Israel no eran conocidos. En su lugar

utilizaban pasadores: una especie de aguja grande con un orificio en el centro al que se aseguraba un cordón. Se usaba

insertándolo en la tela y pasando el cordón por detrás de la punta y la cabeza. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

232

El suegro del sumo sacerdote, que fue el único que permaneció sentado y en silencio, solicitó

calma. Y cuando el último de los sanedritas había obedecido la orden de Anás, éste se dirigió al

alterado Consejo sugiriendo que se buscaran nuevas acusaciones. Especialmente, cargos que

pudieran comprometer al Nazareno frente a la autoridad romana. Con una inteligencia mucho

más sutil que la del resto de los allí congregados, el veterano ex sumo sacerdote les dio a

entender que aquellas alegaciones podían no satisfacer a Poncio Pilato.

Pero los sacerdotes, con Caifás a la cabeza, se opusieron rotundamente. Y durante un buen

rato, los jefes del templo, escribas y fariseos discutieron acaloradamente, pisándose la palabra

unos a otros. De aquella agria polémica deduje que los archiereis -tal y como ya había

demostrado Caifás- no deseaban demorar el proceso por dos razones básicas:

Primera, porque era el día de la «preparación» de la Pascua y, según la Ley, todos los

trabajos debían concluir antes del mediodía.

Segunda, porque el temor general apuntaba hacia la posibilidad de que el procurador dejara

Jerusalén, regresando a su base: Cesárea.

Este último extremo pesó mucho más que el primero. Si Poncio dejaba la ciudad santa, las

maniobras del Sanedrín habrían resultado estériles.

Anás no pudo controlar la situación y los jueces, imitando al sumo sacerdote, se levantaron,

abandonando la sala. Pero antes, uno tras otro, pasaron por delante del Maestro, escupiéndole

en el rostro. Si no recuerdo mal fueron treinta salivazos. Mejor dicho, esputos y salivazos, quizá

a partes iguales.

Cuando el Maestro pasó a nuestro lado, camino de la estancia donde iba a tener lugar una de

las más salvajes y denigrantes afrentas de aquella jornada, el joven discípulo volvió su cara,

impresionado por las repugnantes expectoraciones que ocultaban casi el rostro y barba del dócil

Jesús. Juan fue presa de una serie de fuertes arcadas, terminando por vomitar en uno de los

rincones de la sala.

De esta forma, en mitad de una gran confusión, se dio por concluida la primera parte de

aquel «juicio». Eran las seis y media de la madrugada...

Aquel alto en el proceso judío a Jesús de Nazaret iba a ser en realidad una nueva y grotesca

caricatura de lo que debería haber ocurrido en un juicio objetivo. Las normas hebreas -como iré

desmenuzando al final de esta doble comparecencia del rabí de Galilea ante el irregular Consejo

del Sanedrín- eran muy estrictas en todo lo relativo a causas «de sangre». En su «orden

cuarto» (Capítulo V), la Misná israelita establece con gran rigor y meticulosidad que, «si el reo

es encontrado inocente, es despedido. En caso contrario, los jueces aplazan la sentencia para el

día siguiente...»

Pues bien, esta importantísima prescripción jurídica no sólo no fue tenida en cuenta por

aquellos treinta secuaces del sumo sacerdote, sino que, además, resultó vilmente manipulada.

De mutuo acuerdo, Caifás y sus partidarios se retiraron de la sala del tribunal, reduciendo las

24 obligadas horas de reflexión y ayuno, previas a la emisión definitiva de la sentencia, a 30

escasos minutos. Una media hora que, en mi opinión, alcanzó una de las más altas cotas de

salvajismo a que pueda llegar un grupo que se autocalifica de «civilizado»...

Es posible que por ignorancia, o por un respeto muy humano, los evangelistas no nos digan

prácticamente nada de lo que padeció el Maestro en aquellos momentos y en aquel lugar.

Personalmente me inclino por la primera razón: la falta de información. Como detallaré de

inmediato, el joven Juan no pudo estar presente en aquella espeluznante media hora. Los

escritores sagrados hacen algunas alusiones -siempre muy superficiales y como no queriendo

entrar en detalles- sobre una bofetada, algunos salivazos y golpes propinados por los siervos

del Sanedrín...

Creo, honestamente, que los evangelistas -quizá en un afán de no mortificar a sus lectores

con los sufrimientos del Cristo- hicieron un flaco servicio a la Verdad no exponiendo con mayor

minuciosidad ese amargo trance del Nazareno. Precisamente al conocer con exactitud lo

sucedido aquella mañana en una de las cámaras del Sanedrín, uno puede llegar a intuir que

aquél fue, quizá, el momento más amargo y humillante de toda la Pasión. Mucho más, por

supuesto, que la flagelación o que la terrorífica escena del enclavamiento... Entiendo que, para

cualquier persona normal -y mucho más, lógicamente, si ese hombre «es» la propia Divinidad-,

los ultrajes y ataques a su dignidad pueden resultar más dolorosos que los golpes o torturas


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