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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

233

propiamente dichos. Y esto fue lo que aconteció, mientras los jueces deliberaban en el jardín

central del edificio.

Sin dudarlo un instante me fui detrás del soldado que custodiaba a Jesús, mientras Juan,

muy afectado por aquella repulsiva deshonra de la persona de su Maestro, salía al exterior,

tratando de respirar aire puro y de recuperarse física y emocionalmente.

Pero, a los pocos minutos, lo vi entrar en la sala donde los levitas habían conducido a Jesús.

Nos encontrábamos en un cubículo de reducidas dimensiones, totalmente vacío, desnudo de

muebles y sin ventilación alguna. Dos de los domésticos del Sanedrín sostenían sendas

antorchas que, juntamente con tres pequeñas lucernas de aceite colgadas en los muros de

ladrillo, iluminaban el rectángulo con una luz rojiza y fantasmagórica.

El Nazareno fue situado en el centro del húmedo y maloliente aposento, mientras los policías

y criados del templo -una docena, más o menos- tomaban posiciones, bien recostándose sobre

las paredes o sentándose en el duro suelo.

Mi primera impresión, al comprobar el silencio y total indiferencia de aquellos individuos, fue

relativamente tranquilizadora. Estaba claro que los sicarios de Caifás habían recibido órdenes

de custodiar al reo y esperar la reanudación del proceso. Pero, cuando apenas habían

transcurrido un par de minutos, uno de los levitas que había acompañado al Consejo se asomó

a la puerta, llamando por señas a uno de los que portaban una tea. Después de un breve

cuchicheo, el recién llegado desapareció y el de la antorcha dio unos pasos hacia sus

compañeros de habitación, transmitiéndoles la orden que, sin duda, acababa de traer aquel

policía.

Los criados y levitas formaron un corrillo, dialogando en voz baja y dirigiendo continuas

ojeadas al preso. Algo tramaban...

En esos críticos momentos, Jesús volvió a levantar el rostro, buscando con la mirada. Al fin,

se detuvo en Juan, que seguía muy cerca de la puerta. Y sin pronunciar una sola palabra le hizo

un gesto con la cabeza, ordenándole que saliera de la habitación. Aquella señal fue tajante.

Pero el discípulo dudó, respondiéndole con una negativa. El Maestro, por segunda y última vez,

echó su cabeza hacía la derecha, indicándole la puerta. En los ojos del Nazareno había una

fuerza y una seguridad tales que, al final, Juan terminó por ceder, saliendo del lugar.

El legionario, testigo, como yo, de la silenciosa orden del reo, me interrogó con su mirada.

Pero sólo pude encogerme de hombros. En ese instante no podía entender por qué Jesús de

Nazaret había obligado a su inseparable amigo a que nos abandonase. Lamentablemente, no

tardaría en averiguarlo...

Una vez que Juan hubo salido, el Maestro se limitó a observarme durante escasos segundos.

En aquellos ojos, semientornados como consecuencia de los salivazos -ya resecos-, adiviné una

mezcla de infinita tristeza y resignación. A continuación, el gigante bajó nuevamente la cabeza,

hundiéndose en sus pensamientos.

Aquella tensa calma no tardó en estallar. El grupo de asesinos a sueldo fue rodeando al

Maestro. Los de las hachas se situaron uno a cada lado de Jesús y, sin previo aviso, el criado

que había recibido la misteriosa orden se deshizo de su manto, arrojándolo a un extremo de la

cámara. A continuación, situándose a cuatro dedos del pecho del rabí, levantó sus ojos y

comenzó a interrogarle:

-Di, «príncipe de Belcebú»... ¿cómo se llaman tus cómplices?

Pero Jesús no levantó siquiera el rostro.

En ese momento empecé a intuir en qué podía haber consistido aquella orden que acababan

de recibir los policías y servidores del Sanedrín. Si no recordaba mal, Anás le había formulado

esa misma pregunta. Era más que probable que el Consejo de los saduceos, escribas y fariseos,

que se había tomado un receso en el juicio, hubiera decretado que los guardianes del Maestro

trataran de aprovechar aquellos minutos para seguir interrogando y sonsacando al impostor.

-… Conocemos a Judas -añadió el lacayo con una sonrisa que me hizo temer lo peor-,

también a Simón, el Zelota y a ese Juan Zebedeo... Pero, ¿quiénes son los demás...? ¡Contesta!

El Galileo no parpadeó. Su cara, fija en las losas grises del pavimento, estaba ausente.

-… Así que te niegas a responder.

Y el criado le dio la espalda, avanzando un corto paso. Pero, instantáneamente, se volvió,

abofeteándole con la izquierda. El golpe fue tan duro como inesperado. Y el cuerpo entero de

Jesús se tambaleó.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

234

Los restos de los esputos de la mejilla derecha del rabí quedaron adheridos a la palma de la

mano del esbirro quien, con una mueca de repugnancia, sacudió sus dedos una y otra vez,

tratando de liberarse de aquellas inmundicias. Finalmente aproximó su mano al manto del

Nazareno, restregándola sobre la tela.

Cuando el legionario intentó cortar aquel súbito y salvaje ataque, uno de los guardianes del

Templo le tomó por el hombro y, apartándole del rabí, le entregó una pequeña bolsa de cuero,

susurrándole que no interviniese y que repartiese aquellas monedas conmigo. El soborno volvió

mudo y sordo al soldado, quien, a partir de ese momento, no se movió ya de uno de los

ángulos de la sala. Su satisfacción creció cuando me negué a aceptar mi parte.

A pesar del resentimiento que había empezado a quemar mis entrañas, no pude hacer otra

cosa que observar y tratar de no alterar los acontecimientos, tal y como marcaba el código de

Caballo de Troya...

Y desde ese instante, una lluvia de puñetazos y bofetadas empezó a caer sobre el cuerpo del

Maestro.

De vez en cuando, entre golpe y golpe, algunos de los levitas volvían a interrogarle...

-¡Responde...! ¿Cuántos sois...? ¿Cómo se llaman tus seguidores...? ¿Quién ha tomado el

mando...?

Jesús, con los labios rotos por los impactos, no cedía. Algunos de los puñetazos habían ido a

estrellarse contra sus ojos, provocando una lenta pero alarmante hinchazón.

En medio de aquella iniquidad quedé maravillado una vez más ante la serenidad y fortaleza

física de aquel galileo. Muchos de aquellos golpes, lanzados con frialdad sobre puntos tan

delicados y vulnerables como ojos, labios, oídos, riñones y estómago, hubieran tumbado a un

hombre normal. Sin embargo, el Nazareno -aunque llegó a tambalearse en varias ocasiones- no

dejó escapar un solo lamento, conservando siempre el equilibrio.

El hermético silencio del reo fue avivando el furor de los levitas, que arreciaron en sus

agresiones.

Sudorosos, jadeantes y arrastrados por el paroxismo, aquellos energúmenos, no satisfechos

con el violento castigo que estaban infligiéndole, fueron en busca de una cántara de agua,

sometiendo a Jesús a uno de los suplicios más angustiosos que haya podido inventar el ser

humano.

Uno de los sicarios se situó a espaldas del Galileo, tirando violentamente de sus cabellos.

Automáticamente, el fornido cuerpo se dobló hacia atrás. Y un segundo policía procedió a abrir

los labios de Jesús mientras un tercero, que cargaba el cántaro, comenzaba a vaciar el agua en

la boca del Nazareno. El liquido fue penetrando a borbotones durante varios e interminables

segundos, hasta que, finalmente, el rabí se vio atacado por un seco e intenso golpe de tos que

puso punto final á la tortura. Sin saberlo, aquellas bestias humanas habían aliviado -¡y de qué

forma!- el castigado organismo del prisionero. (A raíz del «stress» registrado en el huerto de

Getsemaní, el Maestro de Galilea había empezado a experimentar un grave y determinante

proceso de deshidratación, que se vería sensiblemente incrementado después de los azotes.)

El doméstico que sostenía el recipiente de barro se echó a un lado y, mientras el levita

seguía tirando del pelo del reo, otro de los esbirros levantó su pierna izquierda, lanzando un

puntapié contra el bajo vientre del indefenso prisionero.

Fue una de las pocas veces que escuché un gemido en boca de Jesús. El dolor tuvo que ser

tan lacerante que, a pesar de hallarse doblado hacia atrás, el tronco y la cabeza del Galileo se

enderezaron en un movimiento reflejo, al tiempo que sus rodillas se doblaban. Y en décimas de

segundo, el Cristo cayó sobre el piso, golpeándose el rostro contra las losas.

-¡Estúpidos! -intervino el legionario, acudiendo en socorro del inmóvil cuerpo del preso-. ¿Es

que pretendéis acabar con él...?

El policía que había estado tirando de sus cabellos soltó el mechón de pelo que había

quedado entre sus dedos y arrebatándole el cántaro a su compinche arrojó el contenido sobre

la nuca del Nazareno.

Sinceramente, y puesto que Jesús había caído de bruces, no pude comprobar si -como me

temía- había perdido el conocimiento. Al seguir con las muñecas atadas a la espalda, tuvieron

que ser los criados y levitas quienes, ayudados por el centinela romano, le incorporasen.

Cuando, al fin, acerté a ver su rostro un escalofrío me recorrió el vientre: Jesús había palidecido

en extremo y una de sus cejas (la izquierda) se había abierto, posiblemente como consecuencia

del encontronazo con el suelo. Su nariz, aunque con algunos hematomas, no parecía


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