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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 Gracias a aquel gesto, Caballo de Troya pudo hacerse con una Inestimable muestra de la sangre de Jesús de

Nazaret. Y aunque los análisis practicados sobre los coágulos que pasaron al trozo de mi túnica no pudieron efectuarse

con la velocidad aconsejada en estos casos, si pudimos averiguar, entre otras cosas, que el volumen de eritrocitos por

milímetro cúbico de sangre en aquellos momentos (siete de la mañana) era, aproximadamente, de 4 900 000 (algo

menos de lo normal, posiblemente como consecuencia de las pérdidas que había empezado a registrar). También

observamos algunos leucocitos (muy pocos). A través de análisis comparativos se estableció que, tanto el número de

estas células (7000 por milímetro cúbico), como los tipos examinados (neutrófilos, eosinófilos, basófilos, linfocitos y

monocitos) correspondían a lo normalmente exigido en un individuo sano. Y aunque el primer análisis fue hecho antes

de las 36 horas, no fue posible encontrar plaquetas. Todas habían desaparecido. Sin embargo, sí encontramos restos de

trombina y algunos productos propios de la degradación de la fibrina. En uno de los coágulos -que conservaba leves

restos de humedad- fue posible detectar algunas proteínas del plasma (fundamentalmente albúminas y globulinas), así

como ligeros indicios de glucosa, vitaminas, hormonas y diversos aminoácidos. No pudimos descubrir restos de

colesterol. En cuanto a la coagulación, y sólo a través de la observación personal de las heridas, pudimos establecer

que era normal. Esta deducción se vio reforzada por el análisis de una de las proteínas del plasma -el fibrinógeno-, que,

tras convertirse en fibrina, había quedado degradada. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

237

En ese momento, el gigante -que seguía silencioso- entreabrió como pudo sus ojos, fijando

su mirada en mí. Traté de sonreírle y creo que lo conseguí. Era cuanto podía darle. Jesús captó

mi pobre pero sincera muestra de amistad y sus labios se estremecieron. Y, de pronto, ante mi

desconsuelo, una lágrima resbaló por su ojo izquierdo, hundiéndome aún más en la

impotencia...

El sicario que había advertido a los verdugos volvió a asomarse a la puerta y, con un gesto

de impaciencia, se abrió paso hasta el reo. Y tomándole por uno de los brazos le empujó hacia

la salida.

El Maestro, con paso vacilante, entró de nuevo en la sala del Sanedrín. La falta de sueño, el

dolor y el cansancio después de aquella paliza habían empezado a hacer mella en su

organismo.

Fui el último en abandonar aquel trágico lugar. Intencionadamente esperé a que hubiera

salido el último de los levitas para, agachándome, recoger el mechón de pelo que uno de los

policías había arrancado involuntariamente del cráneo de Jesús. Lo oculté en mi bolsa junto al

jirón ensangrentado de mi túnica y me apresuré a reincorporarme al Consejo del Sanedrín.

Los jueces habían ocupado los mismos puestos y el Nazareno, escoltado por el legionario y

otros dos sirvientes, trataba de mantenerse en pie frente al semicírculo. Su aspecto, a pesar del

rápido lavado de su rostro, era tan lamentable que aquella treintena de judíos no pudo reprimir

la sorpresa. Durante algunos minutos intercambiaron algunas sarcásticas miradas, imaginando

el suplicio a que había sido sometido el impostor y regocijándose, supongo, por el súbito

cambio de aquel majestuoso y sereno rostro.

Juan, que se había unido a mí, no acertaba a pronunciar palabra alguna. Sus ojos,

espantados, miraban y remiraban el semblante de su Maestro, sin poder dar crédito a lo que,

desgraciadamente, sólo era el principio del fin...

Cuando los escribas judiciales tomaron asiento en sus puestos, Anás hizo uso de la palabra y

señalando un pergamino que sostenía su yerno entre las manos incidió nuevamente en la idea

que ya había expuesto en la primera parte de aquella reunión. Para el ex sumo sacerdote, la

acusación de blasfemia carecía de fuerza, al menos de cara al procurador romano. E insistió en

la necesidad de redactar una serie de alegaciones que comprometiera al rabí de Galilea con la

justicia que representaba Pilato.

Al escuchar al suegro de Caifás imaginé que aquel rollo al que había hecho alusión debía

contener la sentencia definitiva contra Jesús. Y, sin poder reprimir la curiosidad, le pregunté a

Juan qué era lo que había sucedido en la deliberación de los jueces.

El cada vez más desmoralizado discípulo ni siquiera me escuchó. Tuve que zarandearle

ligeramente para que, al fin, atendiera mi pregunta. Y con los ojos húmedos me explicó que,

durante la improvisada reunión de los saduceos y fariseos en el patio central del edificio,

«aquellos indignos sacerdotes sólo habían llegado a un acuerdo: ejecutar a Jesús».

Juan, a pesar de haber permanecido muy cerca de los jueces, no llegó a conocer el texto de

la sentencia, redactado por el propio Caifás y después de no pocas discusiones.

Por un momento creí que el sumo sacerdote leería la acusación o acusaciones. Pero no fue

así. Después de varios rodeos y divagaciones por parte de los allí congregados, tres de los

fariseos se levantaron de sus asientos, renunciando a seguir en aquel «proceso». Aunque se

mostraron conformes con dar muerte al rabí, su tradicional sentido de la «pureza» les

aconsejaba según manifestaron públicamente- no formar parte de aquella flagrante ilegalidad,

«a menos que el Nazareno fuera conducido ante Poncio, una vez se le hiciera saber por qué

había sido condenado».

Caifás no se conmovió por este desaire de los llamados «santos» o «separados» y, después

de consultar con el resto del tribunal, dio por aplazada la vista.

Y a las siete y media de la mañana, los saduceos, escribas y los escasos fariseos que se

habían mantenido fieles a Caifás desfilaron por segunda vez ante la maltrecha figura de Jesús

de Nazaret.

El Maestro no tardó en seguir los pasos de sus jueces. Fuertemente escoltado, el Galileo

permaneció unos minutos en el jardín interior del edificio del Sanedrín. En una de las esquinas,

Caifás y sus hombres siguieron discutiendo acaloradamente. Volvieron a entrar en el hemiciclo

y, al cabo de un rato, reaparecieron en el patio central. El voluminoso sumo sacerdote llevaba

dos pergaminos en su mano izquierda. Aquello me extrañó.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

238

Acto seguido, Caifás se puso a la cabeza de los levitas y siervos, ordenando que extremaran

el cerco en torno al blasfemo mientras se dirigían al cuartel general romano. Anás y la mayor

parte de los jueces se despidieron de Caifás, regresando al interior de la estancia donde se

había celebrado aquella primera parte del proceso.

Judas Iscariote, que no había cruzado una sola palabra con nosotros, se unió también a la

comitiva.

El sumo sacerdote en funciones, la media docena de saduceos y el pelotón que rodeaba al

Maestro, se adentraron en las calles de la ciudad alta, en dirección a la Puerta de los Peces. Al

cruzar frente a los bazares, las gentes se levantaban, saludando reverencialmente al sumo

sacerdote. En mi opinión, ninguno de los asombrados testigos llegó a reconocer a Jesús. Los

hematomas de sus ojos, nariz y pómulo derecho habían deformado su rostro hasta hacerle casi

irreconocible.

Mientras marchábamos a toda prisa hacia la fortaleza reparé de nuevo en los dos rollos que

portaba Caifás. ¿Qué podían contener? ¿Se trataría de la sentencia que debía mostrar a Poncio

Pilato?

En mi mente giraba sin cesar aquel anuncio del tribunal, prometiendo una segunda parte en

el proceso. Si mis informaciones eran correctas, Jesús no volvería a pisar el Sanedrín. ¿Qué iba

a suceder entonces?

Aunque, bien mirado, y ante el récord de irregularidades que se había alcanzado en aquel

«simulacro» de juicio, ¿qué podía esperarse de una segunda y supuesta vista?

Haciendo un somero estudio del referido juicio, los sanedritas habían infringido, al menos,

doce de las normas básicas que marcaban las leyes hebreas para procesos relacionados con la

pena capital. Veamos algunas de las más irritantes:

1.ª Para empezar, y según la Misná (Orden Cuarto, Sanedrín), los procesos llamados de

pena capital debían abrirse alegando la inocencia del reo y no su culpabilidad.

2.ª Los procesos de sangre -o donde se presume que puede estar en juego la vida del acusado-

debían celebrarse de día y la sentencia, si era condenatoria, jamás podía pronunciarse durante

la misma jornada. «Por eso -dice la ley judía- no puede realizarse un proceso de sangre en la

vigilia del sábado de un día festivo»


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