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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Para otros, el Consejo Supremo de la comunidad israelita cl Sanedrin- podía juzgar, pero nunca

aplicar y ejecutar la pena máxima. En este supuesto, las castas sacerdotales no tuvieron más

remedio que acudir ante Poncio Pilato, para que confirmase la sentencia1.

Nunca he podido comprender el porqué de estas diferencias de criterios, al menos entre los

exegetas y escritores católicos. La mayoría se manifiesta conforme con el misterioso y

difícilmente comprobable suceso de la resurrección de Jesús (siempre desde un punto de vista

histórico-científico) y, sin embargo, corren ríos de tinta a favor y en contra de la jurisdicción

penal del Sanedrín. Si profundizasen de verdad en el asunto -amén de las numerosas

referencias históricas sobre la potestad de Roma y de sus procuradores- observarían que,

teniendo en cuenta el odio de Caifás y sus correligionarios hacia Jesús, lo fácil hubiera sido

dictar esa pena capital y ejecutarla sin más. El hecho incuestionable de su visita a la fortaleza

Antonia y e] sometimiento general judío al juicio de Poncio están gritando un hecho objetivo:

era Roma quien, en definitiva, tenía la última palabra. En los casos de las muertes de Esteban

(año 36 de nuestra Era) y de Santiago, uno de los hermanos de Jesús de Nazaret (año 62

después de Cristo), muchos de los defensores de la « culpabilidad romana» en la ejecución del

Maestro de Galilea han pretendido ver dos muestras decisivas de esa capacidad legal del

Sanedrín para dictar y ejecutar sentencias máximas. Entiendo, no obstante, que ambas

lapidaciones o apedreamientos -llevados a cabo, efectivamente, por el Sanedrín- ocurrieron en

sendos períodos en los que la provincia romana de Judea se encontraba temporalmente sin

procurador. En el año 36, Vitelio envió a Pilato a Roma para rendir cuentas ante el emperador

Tiberio y en el 62, según narra Flavio Josefo (Antigüedades, XX,197 y ss.), el procurador

romano Festo acababa de morir y su sustituto, Albino> no había llegado aún a Judea.

Existe, además, otro contrasentido. Si el Sanedrín hubiera gozado verdaderamente de esa

capacidad legal para aplicar y consumar la pena de muerte, ¿por qué Jesús no fue ajusticiado al

«estilo judío»?

La ley judía, una vez más, era sumamente cuidadosa en este aspecto. En el Orden Cuarto

(capítulo VII), la Misná dice textualmente: «El tribunal podía infligir cuatro tipos de penas de

muerte: la lapidación, el abrasamiento, la decapitación y el estrangulamiento.»

Generalmente, la lapidación o apedreamiento era la pena más dura. Era aplicada -y sigo

citando la ley hebrea- a los siguientes: «al que tiene relación sexual con su madre o con la

mujer de su padre o con la nuera o con un varón o con una bestia; la mujer que trae a sí una

bestia (para copular con ella); el blasfemo; el idólatra; el que ofrece sus hijos a Molok (un

ídolo); el nigromántico; el adivino; el profanador del sábado; el maldecidor del padre o de la

madre; el que copula con una joven prometida; el inductor, que induce a un particular a la

idolatría; el seductor, que lleva a toda una ciudad a la idolatría; el hechicero y el hijo obstinado

y rebelde».

En cuanto al «abrasamiento» -que tuve la oportunidad de contemplar en mi segundo «gran

viaje»-, la ley establecía que eran reos de semejante ejecución «el que tenía relación sexual

con una mujer y con su hija y la hija del sacerdote que había fornicado (después de haber

contraído matrimonio)».

Morían decapitados «el homicida y los habitantes de una ciudad apóstata».

Por último, la pena de estrangulamiento recaía en los siguientes:

«En el que hiere a su padre o a su madre; en el que rapta a una persona en Israel; en el

anciano que se rebela contra la sentencia del tribunal; en el falso profeta; en el que profetiza

en nombre de un ídolo; en el que tiene relación sexual con la mujer de otro; en el que levante

falso testimonio contra la hija de un sacerdote o se acueste con ella.»

Admitiendo, en consecuencia, que el Sanedrín hubiese tenido la potestad para ejecutar a

Jesús, y silos cargos más importantes eran los de «blasfemo», «falso profeta», «mago» y «

profanador del sábado», lo lógico hubiera sido que los hebreos lo hubiesen lapidado o

estrangulado. ¿Por qué pidieron entonces su muerte por crucifixión?

En mi opinión sólo puede obedecer a una doble razón: primera, porque el tribunal sabía que

era el procurador romano quien debía decidir. Y segunda, porque en aquel simulacro de juicio,

la mayor parte de los jueces fueron saduceos. En otras palabras, la rama «dura» de las castas

1 Entre los defensores de esta segunda hipótesis se hallan, por ejemplo, Blinzler (El proceso de Jesús), Jeremías, E.

Lohse (Sunedrion), Strack-Billerbeck, Mommsen (Römische Strafrecht), Sherwin-White (Roman Society and Roman Law

in the New Testament), A. Strobel (Die Stunde der Wharheit), E. Schurer, etcétera. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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sacerdotales. Caifás era uno de ellos y supo ganarse a un importante grupo, que fue el que

asistió a la sesión matinal del «pequeño Sanedrín». Como ya cité, los saduceos -calificados en

los Hechos de los Apóstoles (5,17) como «el cerco del sumo sacerdote Caifás»- estaban en

abierta oposición a los fariseos, disfrutando de una «teología» y «código penal» propios. Si el

Tribunal hubiera estado constituido por una mayoría de fariseos, posiblemente las cosas

habrían sido muy distintas y Jesús habría terminado su vida apedreado o estrangulado. Pero la

muerte por crucifixión era mucho más vil y humillante que las dictadas por la ley mosaica y es

casi seguro que la mayoría saducea se inclinara por aquélla, apurando hasta el límite su odio

contra el impostor. Sin embargo, la duda seguía llameando en mi cerebro. ¿Por qué los

inquisidores sanedritas habían gritado y volverían a gritar frente a Poncio Pilato la pena de

crucifixión?

Sólo al tener cumplido conocimiento de las acusaciones que, en efecto, figuraban en uno de

los pergaminos que llevaba Caifás pude despejar la incógnita.

Antes, un hecho totalmente imprevisto me obligaría a cambiar los planes de Caballo de Troya...

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Faltaban pocos minutos para las ocho de la mañana cuando la reducida comitiva dejó atrás

el barrio alto de Jerusalén. Caballo de Troya había creído desde un principio que el encuentro

de los sanedritas con el procurador romano tendría lugar precisamente por el portalón y túnel

de la fachada oeste de la Torre Antonia (aquella por la que yo había tenido acceso en compañía

de José, el de Arimatea). Pero no fue así. Caifás y los saduceos cruzaron ante el muro de

protección situado frente al foso y, sin dudarlo, doblaron la esquina noroeste, en dirección a

otra de las puertas de entrada al cuartel general de Poncio en la ciudad santa. Yo había

convenido con Pilato y su primer centurión, Civilis, que mi ingreso en la fortaleza se produciría

por el puesto de guardia ya mencionado. Y durante algunos segundos, mientras mi cerebro

buscaba una solución, me dejé arrastrar -casi por inercia- por el pelotón. Al doblar aquella

esquina de Antonia, la súbita presencia del anciano José de Arimatea y otro joven hebreo hizo

que olvidara momentáneamente mis dudas. José, lógicamente, estaba al tanto de los pasos de

Jesús y del sumo sacerdote. Aunque no lo había visto en el juicio, deduje que sus «contactos»

le mantenían puntualmente informado. El hecho de estar allí era una prueba.

Caifás tuvo que ver a José. Pasó prácticamente a su lado. Sin embargo, ni siquiera le saludó.

El anciano, al descubrir al Maestro, se sobrecogió. Aunque posiblemente estaba informado

también de la tortura a que había sido sometido, al comprobarlo por si mismo palideció. Sin

levantar demasiadas sospechas fui quedándome atrás, hasta unirme a él y a su compañero. Y

así seguimos al pelotón.

El de Arimatea, que parecía haber perdido las esperanzas que había tratado de contagiarme

en el patio del palacete de Anás, al captar mi desconfianza por la presencia de aquel joven

desconocido me insinuó que hablase abiertamente. Su acompañante era uno de los «correos»

de David Zebedeo. Estaba allí, según me explicó, para transmitir las últimas noticias al cuerpo

de emisarios que había sido centralizado por David en el campamento de Getsemaní.

De esta forma, conforme nos aproximábamos a la puerta norte de la Torre Antonia, José y el

emisario me pusieron en antecedentes de la suerte que habían corrido los restantes discípulos y

de los que no tenía noticia alguna desde el prendimiento.

La mayor parte de los griegos y discípulos que fueron testigos de la captura del Maestro en

el camino que discurre por la falda del Olivete terminó por volver al huerto de Simón, «el

leproso», despertando a los ocho apóstoles y demás seguidores, que permanecían ajenos a lo

que estaba ocurriendo.

Minutos más tarde, era el jovencísimo Juan Marcos quien corría hasta la cima del Monte de

las Aceitunas, poniendo sobre aviso a David Zebedeo, que seguía montando guardia y al

margen de los últimos sucesos.

Tras unos primeros momentos de lógica confusión, el grupo se concentró en torno al molino

de piedra situado a la entrada de la finca, iniciándose una viva polémica. Andrés, como jefe de

los apóstoles, se hallaba tan confuso que no pudo pronunciar palabra alguna. Y fue Simón, el

Zelote; quien, por último, terminó por encaramarse al muro de la almazara, arengando a sus

compañeros para que tomaran las armas y se lanzaran en persecución de los guardias,

liberando a Jesús.

Según el «correo» -testigo presencial de aquellos acontecimientos-, casi todos los presentes

en aquella madrugada en el huerto (alrededor de medio centenar) respondieron con

vehemencia a la invitación del «revolucionario» Simón, miembro activo como ya he insinuado

en alguna ocasión- del grupo clandestino y terrorista de los «Zelota».

Y es muy posible que se hubiesen lanzado monte abajo en busca del Maestro, de no haber

sido por la oportunísima mediación de Bartolomé. Una vez que Simón el Zelote hubo hablado,

Bartolomé pidió calma y recordó a sus amigos las continuas enseñanzas sobre la no violencia

que les había impartido Jesús. El apóstol, con una gran cordura, refrescó la memoria de los

excitados discípulos, hablándoles de las palabras que había pronunciado el rabí aquella misma

noche y a través de las cuales había ordenado que protegieran y conservaran sus vidas, en

espera del momento crucial de la dispersión y de la propagación del reino de los cielos.

La tesis de Bartolomé fue apoyada vivamente por Santiago, el hermano de Juan Zebedeo,

quien explicó también a sus compañeros cómo Pedro, algunos de los griegos y él mismo habían


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