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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

243

desenvainado sus espadas en el momento de la captura de Jesús y cómo el Maestro les había

invitado a que guardaran las armas.

Los ánimos, al parecer, fueron apaciguándose. Después intervinieron también Felipe y Mateo

y por último Tomás, que insistió con su característico sentido práctico, en la necesidad de «no

exponerse a peligros mortales», tal y como Jesús había sugerido a su amigo Lázaro. Los

razonamientos de Tomás -rogando a los discípulos, que se dispersasen en espera de nuevos

acontecimientos- terminaron por doblegar el ansia de lucha de los seguidores del Cristo y los

discípulos desaparecieron definitivamente.

Hacia las dos y media o tres menos cuarto de esa madrugada, el huerto quedó desierto. Sólo

David Zebedeo y un reducido grupo de mensajeros continuaron en el campamento,

preparándose para una misión que, como ya insinué, resultaría vital. El intrépido discípulo supo

organizarse de tal forma que, bien a través de Juan Zebedeo, de José de Arimatea y de otros

«agentes», pudo disponer de una notable y precisa información sobre el discurrir de los

acontecimientos. Cada hora, aproximadamente, uno de sus veloces mensajeros se entrevistaba

con los anteriormente citados, trasladando las noticias al improvisado «cuartel general» de

Getsemaní. Desde allí, a su vez, David enviaba a otros «correos» a los puntos donde hablan

acordado ocultarse los apóstoles: cinco de ellos -Bartolomé, Felipe, los dos gemelos y Tomás-

en las aldeas de Betfagé y Betania. Los cuatro restantes -Simón Zelote, Santiago, Tomás y

Andrés- en Jerusalén.

Cuando pregunté al emisario por Pedro, el joven me tranquilizó. Poco después del amanecer,

David lo había encontrado en los alrededores del campamento, sin rumbo fijo y lleno de

tristeza. Es posible que en aquellos momentos, ni David Zebedeo ni el emisario ni ninguno de

los discípulos supieran la verdadera razón de aquella inmensa angustia del fogoso Simón. El

caso es que David ordenó a uno de los «correos» que le acompañase hasta la casa de

Nicodemo, en la ciudad santa, lugar de concentración de su hermano Andrés y de los otros tres

apóstoles.

Aquel mismo emisario que acompañaba a José de Arimatea me informó también que, poco

después de la partida de Pedro, llegó al huerto Judas, uno de los hermanos carnales del

Maestro. Se había anticipado al resto de su familia y allí supo del trágico arresto de Jesús. A

petición de David Zebedeo, regresó a la carrera por el sendero que atraviesa el Olivete,

reuniéndose con María, su madre, y con los demás componentes de su familia. Las órdenes de

David eran que la familia del Maestro permaneciese, de momento, en la casa de Marta y María,

en Betania. Y así se hizo.

Esto significaba que María, la madre de Jesús de Nazaret, se hallaba ya en las proximidades

de Jerusalén..., y que, por supuesto, debía estar advertida de cuanto ocurría con su hijo.

La posibilidad de ese encuentro con María me estremeció...

El viento soplaba con mayor fuerza. Cuando alcanzamos a Caifás y a sus huestes, uno de los

dos legionarios que montaban guardia en la cara norte del muro exterior que rodeaba la

fortaleza había acudido al interior del cuartel, con el anuncio de la presencia de aquel destacado

grupo de sacerdotes. Al parecer, el sumo sacerdote había advertido al centinela que el

procurador sabía ya de aquella temprana visita. José y yo nos miramos, deduciendo que Poncio

Pilato podía haber tenido conocimiento de este hecho por los judíos que le habían solicitado una

escolta la noche anterior.

Sea como fuere, el caso es que Poncio hacía rato que aguardaba la llegada de esta

representación del Sanedrín.

Mientras esperábamos a las puertas del parapeto de piedra, anuncié al de Arimatea que,

aprovechando la orden que me había extendido el propio procurador, intentaría adelantarme a

Caifás y a su pelotón. José asintió, añadiendo que él tenía intención de seguir al lado del

Maestro y que, presumiblemente, nos volveríamos a ver en el interior de la residencia del

procurador.

Así que, olvidando mi proyectada entrada en la Torre Antonia por el túnel del ala Oeste,

extraje el salvoconducto, mostrándoselo al legionario. Este, al leer la autorización y escuchar el

nombre de Civilis, me franqueó el paso, señalándome a varios soldados que montaban guardia

al otro lado del foso, junto a una gran puerta practicada en la muralla y flanqueada por dos

torretas de vigilancia.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Al cruzar el puente levadizo, similar al que facilitaba el acceso por el túnel, uno de los

guardias me salió al paso. Tuve que repetir la operación. El centinela revisó la orden del

procurador y me ordenó que esperase. Después salió del puesto de guardia, adentrándose en el

interior de la fortaleza. Aquella monumental puerta, coronada por un arco de medio punto,

estaba provista de dos grandes batientes de madera, asegurados a unos postes verticales,

susceptibles de girar en cajas de piedra. Supuse que, de esta manera, en momentos de peligro

o ataque, los batientes podían cerrarse, siendo atrancados desde el interior.

Pocos minutos después, el legionario me llamaba desde unas escalinatas de piedra

existentes al fondo. Caminé en solitario hacia el centinela, salvando un ancho patio,

perfectamente adoquinado con cantos rodados. Al pie de las escalinatas, el soldado me indicó a

un oficial, comentando:

-Éste te conducirá hasta Civilis...

Y así fue. Al final de aquellos quince peldaños me aguardaba un centurión.

La escalinata permitía el acceso a una especie de terraza rectangular, cuidadosamente

embaldosada y cercada por ambos flancos con una serie de balaustres de mármol de un metro

de altura.

Aquélla era la entrada principal de lo que podríamos denominar la residencia privada del

procurador: un edificio suntuoso y relativamente apartado del conjunto, aunque dentro de la

fortaleza.

El oficial me condujo al interior: un «hall» de extraordinarias dimensiones del que

arrancaban tres escalinatas, todas de mármol blanco.

-Espera aquí -me dijo mientras se dirigía a las escaleras situadas frente a la puerta de doble

hoja del vestíbulo. Al pie de dicha escalinata montaban guardia otros dos soldados, con sus

lanzas y cotas de malla.

Obedecí, contemplando con admiración la serie de grandes vidrieras multicolores que se

alineaban a lo largo de los muros, proporcionando a la estancia una abundante luz natural. En

las paredes, revestidas de granitos procedentes de Siena, habían sido abiertos numerosos

nichos en los que reposaban bustos del emperador, jarrones griegos decorados con escenas

mitológicas y candelabros de plata.

El piso del «hall» había sido recubierto con un extenso mosaico, que nada tenía que envidiar

a los que yo había visto en las ruinas de Pompeya.

Ensimismado con aquella exquisita decoración no me percaté de la llegada de Civilis.

El centurión y comandante de la legión me saludó sonriente. En esta ocasión se tocaba con

un casco de metal sumamente pulido y rematado por un penacho de plumas rojas.

Antes de que pudiera explicarle que deseaba cambiar mis planes, Civilis se adelantó hasta la

puerta del «hall» y señalando el portalón de la muralla me anunció que « el día acababa de

complicarse».

-Poncio deberá recibir esta mañana -me dijo con un gesto de disgusto- a varios

representantes del Consejo de Justicia de los judíos...

-Lo sé -repuse- y precisamente quería hablarte de ello...

El centurión me miró sorprendido.

He oído que los judíos tratan de juzgar a un mago. Lo he visto al pasar. Sabes que me

intereso por los astros y sus designios y quisiera pedirte y pedirle al procurador un pequeño

cambio de planes.

Civilis siguió escuchándome con atención.

-Tengo entendido -proseguí- que ese hombre al que llaman Jesús de Nazaret ha obrado

grandes portentos y, abusando de vuestra hospitalidad, desearía estar presente cuando sea

presentado a Poncio.

Y antes de que el centurión pudiera responder, remaché mis palabras con una afirmación

que, tal y como esperaba, sólo a medias prendió la curiosidad del romano:

He sabido que hoy mismo, tú, el procurador, yo y toda la ciudad tendremos la oportunidad

de asistir a un extraño suceso celeste...

El pragmático e incrédulo oficial sonrió burlonamente, limitándose a contestar:

-Está bien, Jasón. Se lo diré a Poncio...

Civilis desapareció por la escalinata central, en busca del procurador, no sin antes

advertirme que no me moviera de allí.


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