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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

247

importante tener en cuenta estos hechos, de cara a la conducta y a los sucesivos intentos del

representante del emperador por liberar al Maestro. Nada hubiera satisfecho más su desprecio

hacia la suprema autoridad judía que hacerles morder el polvo, poniendo en libertad al

prisionero.)

Pero los acontecimientos -a pesar del procurador- iban a tomar caminos insospechados...

Poncio guardó silencio. Dirigió una mirada de desprecio a los jueces y descendiendo los

escalones por segunda vez se abrió paso hasta el Galileo. Una vez allí, ante la expectación

general, preguntó al Maestro qué tenía que alegar en su defensa. Jesús no levantó el rostro.

Civilis, que había seguido los pasos de su jefe, levantó el bastón de vid, dispuesto a golpear

al Galileo por lo que consideró una falta de respeto. Pero el procurador le detuvo. Aunque su

confusión y disgusto eran cada vez mayores, el romano comprendió que aquél no era el

escenario más idóneo para interrogar al prisionero. La sola presencia de los sanedritas podía

suponer un freno, tanto para él como para el reo. Y volviéndose hacia el primer centurión dio

las órdenes para que condujeran al gigante al interior de su residencia.

Civilis hizo una señal al soldado que custodiaba al rabí y ambos, en compañía de Juan

Zebedeo y de algunos de los domésticos del Sanedrín, siguieron a Pilato y a los oficiales.

Caifás y los jueces permanecieron en el patio. La contrariedad reflejada en sus rostros ponía

de manifiesto su frustrado deseo de acompañar a Jesús de Nazaret y asistir al interrogatorio

privado. Pero su propio fanatismo religioso acababa de jugarles una mala pasada (por

supuesto, dudo mucho que Pilato hubiera autorizado su presencia en el citado interrogatorio).

Al cruzar junto a mí, el procurador me hizo un gesto, invitándome a que le acompañase.

-Dime, Jasón -me preguntó Poncio mientras atravesábamos el «hall» en dirección a la

escalinata frontal-, ¿conoces a este mago?... ¿Crees que puede resultar un «zelota»?

Aquél fue un momento especialmente delicado para mí. Hubieran sido suficientes unas pocas

explicaciones para inclinar definitivamente la balanza del inestable procurador a favor del

Maestro. Pero aquél no era mi cometido. Y respondí a su pregunta con otra pregunta:

-Tengo entendido que tus hombres fueron destacados anoche hasta una finca en Getsemaní

y con el propósito de registrar un posible campamento «zelota». ¿Encontraron a esos

guerrilleros?

El procurador, a quien le costaba trabajo subir las 28 escaleras, se detuvo jadeante.

-Y tú, ¿cómo sabes eso?

Mientras Civilis dirigía al Nazareno y al reducido grupo por un luminoso corredor de mármol

númida, sembrado a derecha e izquierda de estatuas que descansaban sobre pedestales de

Carrara, tranquilicé a Poncio, narrándole mi «casual» encuentro con los dos legionarios que

perseguían a uno de los simpatizantes del «mago».

El procurador me confesó entonces que sus informes sobre el tal Jesús de Nazaret se

remontaban a años atrás, especialmente desde que uno de sus centuriones le confesó cómo

aquel mago había curado a uno de sus sirvientes más queridos, en Cafarnaúm. Poco a poco,

Poncio Pilato había ido reuniendo datos y confidencias suficientes como para saber si aquel

grupo que encabezaba el rabí era o no peligroso desde el único punto que podía interesarle: el

de la rebelión contra Roma.

Los agentes del procurador cerca del Sanedrín le habían advertido de las numerosas

reuniones celebradas para tratar de prender y perder al Nazareno. Pilato, por tanto, estaba al

corriente de las intenciones de los que esperaban en el patio y del carácter «místico y

visionario» -según expresión propia- del movimiento que encabezaba Jesús.

-¿Por qué iba a satisfacer a esos envidiosos -concluyó Pilato-, deteniendo a unos pobres

diablos cuyo único mal es creer en fantasías y sortilegios?...

Aquellas revelaciones del gobernador de la Judea me abrieron definitivamente los ojos.

Estaba claro que, por mi parte, también había subestimado el poder de Poncio. Era lógico que

en una provincia como aquélla, tan levantisca y difícil, el poder de Roma tuviera los suficientes

resortes y tentáculos como para saber quién era quién. Y, evidentemente, Poncio sabía quién

era el Maestro.

-Sin embargo -tercié con curiosidad-, ¿por qué accediste a enviar un pelotón de soldados a

Getsemaní?

El procurador volvió a sonreír maliciosamente.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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-Tú no conoces aún a esta gente. Son testarudos como mulas. Además, mis relaciones...,

digamos «comerciales», con Anás, siempre han sido excelentes. No voy a negarte que la

procuraduría recibe importantes sumas de dinero, a cambio de ciertos favores...

No me atreví a indagar sobre la clase de «favores» que prestaba aquel corrupto

representante del César, pero el propio Poncio me facilitó una pista:

-Anás y ese carroñero que tiene por yerno han hecho grandes riquezas a expensas del

pueblo y del tráfico de monedas y de animales para los sacrificios... Te supongo enterado del

descalabro sufrido por los cambistas e intermediarios de la explanada del Templo, precisamente

a causa de ese Jesús. Pues bien, mis «intereses» en ese negocio me obligaban en parte a

salvar las apariencias y ayudar al ex sumo sacerdote en su pretensión de capturar al mago...

Aquel descarado nepotismo de la familia Anás -situando a los miembros de su «clan» en los

puestos clave del Templo- era un secreto a voces. La actuación del procurador, por tanto, me

pareció totalmente verosímil.

Al llegar al final del corredor, Civilis abrió una puerta, dando paso a Pilato. Detrás, y por

orden del centurión, entraron Jesús, Juan Zebedeo, otros dos oficiales y yo. El legionario y los

criados permanecieron fuera.

Al irrumpir en aquella estancia reconocí al instante el despacho oval donde había celebrado

mi primera entrevista con el procurador. El ala norte de la fortaleza se hallaba, pues,

perfectamente conectada con la sala de audiencias de Poncio. Ahora comprendía por qué no

había visto guardias en aquella puerta: era la que comunicaba posiblemente con las

habitaciones privadas y por la que había visto aparecer, en la mañana del miércoles, al

sirviente que nos anunció la comida.

Poncio Pilato fue directamente a su mesa, invitando al Nazareno a que se sentara en la silla

que había ocupado José de Arimatea. Juan, tímidamente, hizo otro tanto en la que yo había

utilizado. Los oficiales se situaron uno a cada lado del rabí, mientras Civilis ocupaba su habitual

posición, en el extremo de la mesa, a la izquierda del procurador. Yo, discretamente, procuré

unirme al jefe de los centuriones.

La luz que irradiaba por el gran ventanal situado a espaldas del romano me permitió explorar

con detenimiento el rostro del Maestro. Jesús había abandonado en parte aquella actitud de

permanente ausencia. Su cabeza aparecía ahora levantada. La nariz y el arco zigomático

derecho (zona malar o del pómulo) seguían muy hinchados, habiendo afectado, como temía, al

ojo. En cuanto a la ceja izquierda, parecía bastante bien cerrada. Los coágulos de sangre de las

fosas nasales y labios se habían secado, ennegreciendo parte del bigote y de la barba.

Pilato retomó el hilo de la conversación, indicando al rabí que, para empezar y para su propia

tranquilidad, «no creía en la primera de las acusaciones».

-Sé de tus pasos -le dijo con aire conciliador- y me cuesta trabajo creer que seas un

instigador político.

Jesús le observó con aire cansado.

-En cuanto a la segunda acusación, ¿has manifestado alguna vez que no debe pagarse el

tributo al César?

El Maestro señaló con la cabeza a Juan y respondió:

-Pregúntaselo a éste o a cualquiera que me haya oído.

El procurador interrogó al joven Zebedeo con la mirada y Juan, atropelladamente, le explicó

que tanto su Maestro como el resto del grupo pagaban siempre los impuestos del Templo y los

del César.

Cuando el discípulo se disponía a extenderse sobre otras enseñanzas, Pilato hizo un gesto

con la mano, ordenándole que guardara silencio.

-Es suficiente -le dijo-. ¡Y cuidado con informar a nadie de lo que has hablado conmigo!

Y así fue. Ni siquiera en el texto evangélico escrito por Juan muchos años más tarde se

recoge esta parte de la entrevista del procurador romano con Jesús. (Es más, el escritor

sagrado no hace siquiera mención de su presencia en dicho diálogo. Si esta parte del

interrogatorio -tal y como se desprende del Evangelio de San Juan- tuvo lugar en el interior del

pretorio y, por tanto, en privado, ¿cómo es posible que el Zebedeo la describa, refiriéndose a

los ya conocidos temas del «reino» y de la «verdad»? (Juan 18, 28-38). Sólo podía haber una

explicación: que él, precisamente, hubiera sido testigo de excepción.)

Pilato se dirigió nuevamente al Galileo:

-En lo que se refiere a la tercera de las acusaciones, dime, ¿eres tú el rey de los judíos?


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