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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

249

El tono del procurador era sincero. Esa, al menos, fue mi impresión. Y el Maestro esbozó una

débil sonrisa. Al hacerlo, una de las grietas del labio inferior volvió a abrirse y un finísimo

reguerillo de sangre se precipitó entre los pelos de la barba.

-Pilato -repuso el rabí-, ¿haces esa pregunta por ti mismo o la has recogido de los

acusadores?

El procurador abrió sus ojos indignado.

-¿Es que soy un judío? Tu propio pueblo te ha entregado y los principales sacerdotes me han

pedido tu pena de muerte...

Poncio trató de recobrar la calma y mostrando sus dientes de oro añadió:

-Dudo de la validez de estas acusaciones y sólo trato de descubrir por mí mismo qué es lo

que has hecho. Por eso te preguntaré por segunda vez: ¿has dicho que eres el rey de los judíos

y que intentas formar un nuevo reino?

El Galileo no se demoró en su respuesta:

-¿No ves que mi reino no está en este mundo? Si así fuera, mis discípulos hubieran luchado

para que no me entregaran a los judíos. Mi presencia aquí, ante ti y atado, demuestra a todos

los hombres que mi reino es una dominación espiritual: la de la confraternidad de los hombres

que, por amor y fe, han pasado a ser hijos de Dios. Este ofrecimiento es igual para gentiles que

para judíos.

Pilato se levantó y golpeando la mesa con la palma de su mano, exclamó sin poder reprimir

su sorpresa:

-iPor consiguiente, tú eres rey!

-Sí -contestó el prisionero, mirando cara a cara al procurador-, soy un rey de este género y

mi reino es la familia de los que creen en mi Padre que está en los cielos. He nacido para

revelar a mi Padre a todos los hombres y testimoniar la verdad de Dios. Y ahora mismo declaro

que el amante de la verdad me oye.

El procurador dio un pequeño rodeo en torno a la mesa y. situándose entre Juan y el

prisionero, comentó para sí mismo:

-¡La Verdad!... ¿Qué es la Verdad?... ¿Quién la conoce?...

Y antes de que Jesús llegara a responder, hizo una señal a Civilis, dando por concluido el

interrogatorio.

Los oficiales obligaron al rabí a incorporarse y Poncio abrió la puerta, ordenando a sus

hombres que llevaran al Nazareno a la presencia de Caifás. Cuando avanzábamos nuevamente

por el corredor, Pilato se situó a mi altura, haciendo un solo pero elocuente comentario:

-Este hombre es un estoico. Conozco sus enseñanzas y sé lo que predican: «el hombre sabio

es siempre un rey».

Después de aquel razonamiento, deduje que el romano estaba dispuesto a liberar a Jesús. Al

presentarse por segunda vez ante los judíos, su actitud me confirmó aquel presentimiento.

Poco antes de las nueve de la mañana, Poncio se asomaba a la terraza y, adoptando un tono

autoritario, sentenció:

-He interrogado a este hombre y no veo culpabilidad alguna. No le considero culpable de las

acusaciones formuladas contra él. Por esta causa, pienso que debe ser puesto en libertad.

Caifás y los saduceos quedaron desconcertados. Pero, al instante, reaccionaron, gritando y

haciendo mil aspavientos. Civilis interrogó a Poncio con la mirada, al tiempo que echaba mano

de su espada. Pero el procurador volvió a, pedirle calma. Uno de los oficiales regresó

precipitadamente al interior del pretorio, posiblemente en busca de refuerzos.

Muy alterado, uno de los sanedritas se destacó del grupo y ascendiendo tres o cuatro

escalones, increpó a Pilato con las siguientes frases:

-¡Este hombre incita al pueblo!... Empezó por Galilea y ha continuado hasta Judea. Es autor

de desórdenes y un malhechor. Si dejas libre a este hombre lo lamentarás mucho tiempo...

Sin pretenderlo, aquel saduceo acababa de proporcionar a Pilato un motivo para esquivar el

desagradable tema, al menos temporalmente. El procurador se acercó entonces a su centuriónjefe,

comunicándole:

-Este hombre es un galileo. Condúzcanle inmediatamente ante Herodes...

Civilis se dispuso a cumplir la voluntad de Poncio y, cuando se dirigía hacia el legionario

encargado de la custodia del Maestro, Pilato se volvió desde lo alto de la plataforma,

añadiendo:

-¡Ah!, y en cuanto le haya interrogado, traedme sus conclusiones.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

250

En esta ocasión fue el propio Civilis quien se responsabilizó de la custodia del Maestro. Los

ánimos de los judíos se hallaban tan alterados que, con muy buen criterio, el centurión se rodeó

de una pequeña escolta de diez legionarios, emprendiendo el camino hacia la residencia de

Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y, como Pilato, visitante en aquellas fechas en Jerusalén.

Este Herodes era hijo del tristemente célebre Herodes el Grande, el que había ordenado la

matanza de los niños menores de dos años en Belén y su entorno. Una masacre muy propia del

carácter y trayectoria de aquel rey, odiado por el pueblo y al que llamaban con el despreciativo

de «criado edomita». A través de numerosas pesquisas, Caballo de Troya pudo averiguar que la

sanguinaria matanza de los « inocentes» alcanzó a una treintena de niños1.

Civilis, a la cabeza, cruzó el puente levadizo. Detrás, los soldados, arropando al Maestro y

formados en dos hileras. Y a escasa distancia, el resto del grupo: Caifás, el puñado de jueces,

Judas Iscariote, Juan Zebedeo, el anciano José de Arimatea y yo.

Mientras salíamos de la fortaleza me volví hacia el portalón abierto en la muralla norte y la

confusión reinó de nuevo en mi cerebro. Según los textos evangélicos, «una gran

muchedumbre» debía acudir hasta las mismísimas puertas del pretorio. Pero, ¿cómo podía ser

esto? De momento, las entrevistas con Poncio Pilato se habían celebrado poco menos que de

forma privada. Sólo aquella reducida representación del Sanedrín había tenido acceso al interior

de la Torre Antonia...

«Además -seguí reflexionando mientras descendíamos en dirección al barrio alto de la

ciudad-, sin el expreso consentimiento del procurador o de sus oficiales, ningún hebreo podía

traspasar el muro o parapeto exterior y, mucho menos, el foso que rodeaba aquella zona del

cuartel general romano.»

¿Qué iba a ocurrir, por tanto, para que la multitud judía pudiera llegar hasta las escalinatas

de la residencia privada de Poncio?

Juan, el discípulo amado de Jesús, informó inmediatamente a José y al mensajero de cuanto

había sucedido al pie del pretorio y en el interrogatorio privado del procurador, evitando, eso si,

su conversación con el romano. El joven Zebedeo había recobrado las esperanzas. Le vi

optimista ante las declaraciones de Pilato. Verdaderamente llevaba razón. Si el proceso se

hubiera mantenido dentro de aquella línea, prácticamente circunscrito al pequeño circulo de los

sanedritas y del gobernador extranjero, quizá la suerte del Maestro hubiera sido otra. Pero las

maquinaciones de Caifás y sus hombres no cesaban...

El «correo», una vez recogidas las últimas noticias sobre Jesús, se despidió de los amigos del

rabí, desapareciendo a la carrera hacia el campamento de Getsemaní.

Fue al cruzar bajo la puerta de los Peces cuando el de Arimatea, al ver cómo un nutrido

grupo de hebreos, presidido por varios jefes del Templo y otros fariseos, se unía al sumo

sacerdote y a los saduceos, expresó su desaliento. Mientras aguardaba frente al parapeto de

piedra de Antonia, José había recibido una información que venía a complicarlo todo: Anás, de

mutuo acuerdo con los jueces, había empezado a repartir secretamente monedas de oro

pertenecientes al tesoro del Templo. Después de anotar los nombres de cada uno de los

sobornados, los tres gizbarîm o tesoreros oficiales habían impartido una consigna común:

«clamar ante Poncio Pilato la muerte del impostor de Galilea».

Al ver cómo el grupo inicial de saduceos aumentaba sensiblemente, pregunté al de Arimatea

cómo pensaba Caifás introducir aquella muchedumbre en el recinto de la fortaleza.

-Dudo mucho -le dije- que Pilato y sus tropas lo autoricen.

José despejó mis dudas en un segundo. Casualmente aquella misma mañana del viernes,

víspera de la Pascua, los judíos disfrutaban de una antigua prerrogativa. Cientos de hebreos

tenían por costumbre subir hasta las inmediaciones del Pretorio y asistir a la liberación de un


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