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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

29

El hombre pareció conforme y desapareció corredor adelante, mientras yo volvía a colgar el

cartel de No molesten.

Me vestí en segundos, pellizqué uno de los panecillos y cargué con la bolsa de las cámaras,

en cuyo fondo había depositado los cartuchos de cartón y la carta del mayor. Mi reloj señalaba

las 14.45.

Tras asegurarme que la puerta de mi habitación quedaba perfectamente cerrada, guardé la

llave y, como un fantasma, salvé los treinta pasos escasos que me separaban de la salida de

urgencia. Al cerrarla tras de mí dediqué unos segundos a una exhaustiva exploración de la calle

y de los tramos que debía descender. Todo se hallaba tranquilo.

Sin perder un minuto más, me precipité escaleras abajo, procurando pisar con las puntas de

las botas. Al alcanzar el penúltimo descansillo me detuve. El corazón no me cabía en el pecho...

Lancé una ojeada y, tras comprobar que el camino seguía expedito, continué con un exceso de

optimismo. Y hago esta observación porque, al encararme con los últimos peldaños, a punto

estuve de romperme la crisma. Yo no había contado con un pequeño-gran obstáculo: la

escalera de incendios moría a una considerable altura sobre el suelo.

Me asomé y comprendí con angustia que, sí pretendía mantener mi fuga, primero debería

saltar aquellos dos o tres metros. (La verdad es que nunca supe con certeza a qué distancia me

hallaba del pavimento.) Tenía que actuar con rapidez: o regresaba a la sexta planta o me

lanzaba. Mi posición al final de aquella escalera de incendios era francamente comprometida.

Cualquier viandante que acertara a pasar en aquellos instantes podía descubrirme.

Tragué saliva y pegué la bolsa a mi vientre, rodeándola con ambos brazos. Después, en un

acto de pura inconsciencia, salté.

A pesar de la flexión de piernas, el golpe fue respetable. En mi afán por proteger el equipo

fotográfico, me incliné en exceso hacia un costado, rodando cuan largo soy por el duro

cemento.

Pocas veces me he incorporado a tanta velocidad. Mi única preocupación -la verdad sea

dicha era que alguien hubiera podido verme saltar. Pero la fortuna parecía aún de mi lado. La

callejuela seguía solitaria. Limpié la zamarra con un par de palmetazos y salí pitando hacia el

cruce que se adivinaba al fondo. Si todo funcionaba como yo deseaba, al otro lado de la

manzana y en dirección opuesta a la que yo había tomado, debería continuar el turismo del FBI.

Veinte minutos más tarde -cuando mi reloj estaba a punto de señalar las tres y media- un

taxi me situaba en el Memorial Drive, a las puertas mismas del cementerio.

Aunque en mi rápido desplazamiento hasta Arlinglon yo no habla apreciado -a pesar de mis

constantes miradas hacia atrás- que nos siguiera el temido vehículo azul, en esta nueva visita

al cementerio de los héroes norteamericanos evité el ingreso por la puerta principal. Caminé

por el paseo de Schley y a los cinco minutos me presenté ante el mostrador del Temporary

Visitors Center.

Sinceramente, mientras le explicaba a una de las funcionarias que mi propósito era localizar

la tumba de un viejo amigo, mis esperanzas -a la vista de los escasos datos que poseía- no

eran muy sólidas. La mujer tomó nota del nombre y apellidos, así como del año del supuesto

fallecimiento (1977), y sin más, como si aquella consulta fuera una de tantas, dio media vuelta

y se dirigió a un monitor de televisión, situado a la izquierda de la sala. Le vi teclear y a los

pocos segundos en la pantalla del terminal del ordenador surgieron unos signos y palabras de

color verde que no alcancé a descifrar. Acto seguido, la funcionaria tomó uno de los pequeños

mapas que yo ya conocía y escribió en rojo el primer apellido y el nombre de «mi amigo» y en

la línea inferior, en negro y en los espacios destinados a la grave (tumba) y a la section

(sección), los números correspondientes a cada una de ellas.

-¿Conoce el cementerio? -me preguntó.

-No mucho...

-Bien, es fácil -añadió con su tono monótono-. Nosotros estamos aquí

Con el rotulador rojo marcó el Temporary Visitors Center y a continuación trazó una línea

sobre el paseo de L'Enfant y de Lincoln. Con una precisión que me dejó estupefacto señaló un

punto en la sección 43, concluyendo:

-Aquí hallará la lápida. Si va a pie son diez minutos...

-Muchas gracias.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

30

Es posible que la señorita interpretara aquel agradecimiento y mí larga sonrisa como un

sentimiento lógico al poder ubicar tan rápidamente a la persona que buscaba. Pero los tiros

iban en otra dirección...

Mientras caminaba hacia el punto indicado en el plano, mi excitación fue en aumento. El

hecho de que la computadora de Arlington hubiera respondido afirmativamente -declarando que

allí, en efecto, había sido sepultado el «hermano» del mayor-, me había hecho vibrar de

emoción, olvidando momentáneamente mis pasados sinsabores.

En el cruce de L'Enfant Drive con el Lincoln Drive me detuve. Si las indicaciones de la

funcionaria no estaban equivocadas, debía encontrarme a poco más de 300 metros de la

sepultura. Al repasar el mapa advertí otro detalle que precipitó mi alegría: ¡las coordenadas 44

y W confluían matemáticamente en aquella área de la sección 43! Esto despejaba la primera

parte de la cuarta frase de la clave del mayor: El hermano duerme en 44-W.

El pequeño sendero asfaltado me condujo hasta una pradera en la que se alineaban cientos

de lápidas blancas, de apenas medio metro de altura. Consulté el número de la tumba y, tras

varios paseos por el cuidado césped, el nombre y apellidos del también oficial de la USAF

surgieron ante mí casi como un milagro.

Una pequeña cruz encerrada en un circulo, había sido grabada -como en el resto de las

sepulturas de Arlington-, en la parte superior de la piedra. Debajo, la identidad del fallecido, su

graduación, el Ejército al que había pertenecido y las fechas de su nacimiento y muerte,

respectivamente. Eso era todo.

Sentí una mezcla de rabia y tristeza. Aquel hombre, al igual que mi viejo amigo, el mayor,

había sido inhumado sin una sola alusión a la fascinante misión que había llevado a cabo en

vida. Y lo peor es que su propio país -al menos los servicios de Inteligencia- estaba empeñado

en que dicho «viaje» siguiera clasificado como «secreto y confidencial»...

En el horizonte, difuminado entre el verde, el amarillo y el rojo de los árboles del Cementerio

Nacional, el blanco monolito erigido a la memoria del primer presidente de los Estados Unidos

señalaba paradójicamente a los cielos...

Me arrodillé y juré que lucharía hasta el final. Nada ni nadie me detendría ante aquel

compromiso de difundir el legado de aquellos hombres.

A las cuatro y media, después de fotografiar la lápida, y cuando me disponía a retirarme,

una sombra me sobresaltó. Parte de la inscripción había empezado a oscurecerse. Levanté la

vista y reparé en un arbolillo. ¡Era un níspero!

La sombra del níspero -recordé la última parte de la cuarta frase del mensaje del mayor- le

cubre al atardecer.

Quedé absorto, contemplando cómo la cimbreante sombra de aquel humilde compañero de

soledad iba robando la luz de la piedra, segundo a segundo. Al observar la pradera caí en la

cuenta que aquél era el único árbol que crecía junto a esta sección del camposanto. Ya no había

duda: la clave estaba resuelta.

Recogí algunas de las níspolas que habían caído sobre el césped y las guardé en mi bolsa.

Por último, corté una pequeña rama y la deposité al píe de la lápida.

Poco a poco, con un sol moribundo a mis espaldas, fui alejándome de aquel lugar. No he

vuelto a ver el frágil níspero de hojas verdes y diminutas que acompaña al héroe

norteamericano, pero ambos sabemos que aquella tarde, parte de mi corazón quedó en

Arlington.

En mi plan original de fuga yo no había previsto, ni mucho menos, que el regreso fuese

precisamente por la puerta principal del hotel. Ahora que lo pienso con una cierta perspectiva,

de haber sabido entonces que no existía posibilidad de acceso desde la callejuela posterior a la

escalera de incendios, lo más seguro es que no me hubiera jugado el todo por el todo por

aquella innecesaria comprobación en el Cementerio Nacional de Arlington. Pero ya no podía

echarme atrás. Soy hombre que acepta los riesgos y, además, encantado.

El crepúsculo había empezado a adormilar los colores de la gran ciudad cuando el taxi se

detuvo frente a la puerta giratoria de mi hotel. Mientras abonaba la carrera, respiré aliviado al

reconocer frente a mí, a una veintena de pasos, el turismo de mis perseverantes guardianes. O

mucho me equivocaba, o aquellos individuos me creían durmiendo a pierna suelta. Pronto iba a

comprobarlo...


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