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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 La leyenda griega relata que existían tres hermanas -las Gorgonas- que disponían de un solo ojo y de un solo

diente para las tres, pasándoselo una a otras, cuando querían ver o comer. Esto, según la leyenda, simbolizaba que la

envidia, la calumnia v el odio veían con un solo ojo y se alimentaban con el mismo diente. Una de estas terribles

hermanas, viejas como la Humanidad y con serpientes en lugar de cabellos (Medusa), tenía el poder de convertir en

piedra todo lo que miraba. Pero fue muerta por Teseo, que le cortó la cabeza. Y según la mitología, una parte de su

sangre fue a caer al mar, convirtiéndose en coral. De ahí que el coral haya tenido siempre una gran aceptación entre

estos pueblos, como valiosos amuletos contra el «mal de ojo» y la envidia. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Malta que formaban una doble túnica y que transparentaban una piel aceitunada. Su cabeza

presentaba una cinta blanca que aprisionaba las sienes y sobre las que se alzaban tres pisos de

trenzas tan negras como sus ojos. Aquel complicado peinado estaba rematado en su cúspide

por pequeñas caracolas, hechas de rizos cilíndricos.

Civilis, al verla, fijó sus ojos en los pequeños pechos, perfectamente visibles a través de los

lienzos. Y volviéndose hacia mí, me guiñó un ojo.

Antipas se aproximó a Jesús y sacudiendo con sus dedos algunas de las lenguas de flamenco

que habían quedado enredadas en sus cabellos, tranquilizó a la mujer, asegurándole que aquel

mago no era siquiera la sombra del aborrecido Juan el Bautista. Herodías, con las cejas y

pestañas teñidas con brillantina y los párpados sombreados por alguna mezcla de lapislázuli

molido, observó detenidamente al reo. Después, contoneándose sin el menor pudor, se alejó

del Maestro, buscando acomodo en el trono de madera. Una vez allí, y ante la expectación

general, le hizo una señal a Antipas, indicándole que se aproximara. Herodes obedeció al

instante. Y tras susurrarle algo, el tetrarca, sonriendo maliciosamente, descendió del

entarimado hasta situarse a espaldas del rabí. Acto seguido tomó el filo de la túnica de Jesús,

levantándola lentamente, de forma que Herodías y sus cortesanos pudieran contemplar las

piernas del Nazareno. Antipas prosiguió hasta descubrir la totalidad de los musculosos muslos

del prisionero, así como el taparrabo que le cubría. Los labios de Herodías, de un rojo carmesí,

se abrieron con palpable admiración, al tiempo que un oleada de indignación empezaba a

quemarme las entrañas.

Civilis notó mi creciente cólera e, inclinándose hacia mí, comentó:

-No te alarmes. La ley judía le concede a ese puerco hasta un total de 18 mujeres, pero su

impotencia es tan pública y notoria que esa ramera busca consuelo hasta en los esclavos de las

caballerizas... Y Herodes lo sabe. Herodías lo tiene cogido por el trono y por los testículos...

Las palabras del oficial fueron tan acertadas como proféticas. ¡Qué poco sospechaba Antipas

que, precisamente aquella mujer, sería la causa de su desgracia final...!1

La humillante escena fue zanjada por el centurión. El tiempo apremiaba y con amables pero

firmes palabras rogó al tetrarca que le comunicara su veredicto respecto al prisionero.

-¿Veredicto? -argumentó Antipas, que hacia tiempo que había comprendido que el Galileo no

deseaba abrir la boca-. Dile a Poncio que agradezco su gentileza, pero que Judea no entra

dentro de mi jurisdicción. Que sea él quien decida.

Y dando media vuelta se encaminó hacia uno de sus amigos. Le arrebató un costoso manto

de púrpura con que se cubría y, sin más explicaciones, lo depositó sobre los hombros del

Maestro, soltando una larga y estridente carcajada, que fue aplaudida por sus amigos y

parientes.

Caifás y los sacerdotes, tan decepcionados como Antipas, se encaminaron hacia la puerta,

mientras Civilis, tras saludar brazo en alto al tetrarca y a Herodías, empujó a Jesús, indicándole

que la visita había terminado.

Al abandonar la sala aún resonaban los aplausos de la camarilla de Herodes, sumamente

complacida por aquel último gesto de burla y escarnio del edomita.

(Una vez más, el testimonio de algunos exegetas no coincidía con la realidad. Jesús no fue

cubierto con un manto blanco, en señal de demencia, tal y como señalan estos comentaristas

bíblicos, sino con uno rojo brillante, que reflejaba la mofa de Herodes Antipas, considerándole

como un «libertador» o un «rey» de pacotilla. Un manto que acompañaría ya a Jesús de

1 Esta fulminante afirmación del mayor me llevó a revisar cuantos documentos me fue posible, en busca del

desgraciado final de Herodes Antipas. Con gran sorpresa por mí parte descubrí que el hijo de Herodes el Grande había

sido víctima, finalmente, de la ambición y del dominio de su amante: Herodías. Tras la muerte del emperador Tiberio,

en el año 37 de nuestra Era, otro miembro de la numerosa familia de los Herodes, hermano precisamente de Herodías,

fue sacado de la cárcel de Roma por el nuevo César, Cayo, alias «Calígula» o «Botita». Y ante la desesperación de

Antipas y de su amante, Herodes Agripa fue designado rey de todo Israel. Antipas se dejó influir por Herodías y acudió

a Roma, dispuesto a pedir para si el titulo de rey. Pero «Calígula», que se encontraba en aquellas fechas -año 39 de

nuestra Era- en plena campaña militar en las Galias, no sólo no accedió a los deseos del tetrarca de Galilea, sino que,

ante el desconcierto del «viejo zorro», le desposeyó de su título, desterrándole. Flavio Josefo y Tilemont coinciden en

que Herodes Antipas y su mujer, Herodías, se vieron obligados a peregrinar a España, donde posiblemente se

establecieron y murieron. (En aquellas fechas había ya en la península ibérica siete ciudades mediterráneas con

importantes colonias judías, así como otras zonas de Andalucía donde Herodes pudo fijar su residencia.) (N. de J. J.

Benítez.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Nazaret hasta el momento crítico de la flagelación y que, como veremos más adelante, fue el

mismo con el que le cubrieron los legionarios romanos.)

A las diez de la mañana, la escolta se retiró del palacio de los Asmoneos, reemprendiendo el

retorno a la fortaleza Antonia. Al igual que en el camino de ida, un cerrado grupo de hebreos

siguió silencioso y vigilante a los legionarios que protegían al rabí.

En esos momentos, inesperadamente, Judas Iscariote se desligó de la turba que encabezaba

Caifás y me sorprendió con una pregunta...

Al principio titubeó. Miró a su alrededor con desconfianza y, finalmente, se decidió a

hablarme. Judas debía pensar que mi constante presencia cerca del Maestro me había

convertido en uno de sus seguidores. Sin embargo, terminó por vencer su recelo y

apartándome del pelotón de escolta me interrogó sobre el desarrollo del interrogatorio en el

palacio de Antipas. Le relaté lo sucedido y el Iscariote, por todo comentario, lamentó el silencio

de Jesús, añadiendo:

-¡Qué nueva oportunidad perdida...!

Le dije que no comprendía y el Iscariote, evitando mi mirada, me habló de sus tiempos como

discípulo del Bautista y de cómo jamás había perdonado al Maestro que no intercediera en favor

de la vida de Juan. Ahora -según el traidor-, Jesús tampoco había hecho nada por reivindicar la

memoria de su amigo y primo hermano. Aquella confesión me sorprendió. Por lo visto, el

Iscariote se había unido al Nazareno a raíz del encarcelamiento del Bautista y llegué a pensar

que buena parte de su odio hacia el rabí venía arrastrado precisamente por aquellas

circunstancias.

Ambos continuamos en silencio. Yo ardía en deseos de preguntarle la razón de su traición,

pero no tuve valor. Y sólo me atreví a interrogarle sobre la causa por la que se había

adelantado al grupo de soldados en la noche del prendimiento. Judas, aislado y humillado por

unos y otros, sentía la necesidad de sincerarse. Pero su respuesta fue una verdad a medias...

-Sé que nadie me cree -se lamentó-, pero mi intención fue buena. Si me adelanté a los

soldados y levitas del templo fue para advertir al Maestro y a mis compañeros del campamento

de la proximidad de la tropa que venía a prenderle.

Guardé silencio. Aquella manifestación, en efecto, resultaba difícil de aceptar. Es posible que

Judas, dada su cobardía, hubiera podido maquinar semejante «arreglo». De esta forma, los

discípulos quizá no habrían llegado a desconfiar de su presencia. Pero sus intenciones, si es que

realmente fueron éstas, se vieron truncadas ante la inesperada presencia del Nazareno en

mitad del camino que conducía al huerto.

No hubo tiempo para más. Civilis y sus hombres penetraron de nuevo por la muralla norte

de la Torre Antonia, dirigiéndose hacia las escalinatas del pretorio.

Al llegar a la terraza donde se había celebrado aquella primera parte del interrogatorio, me

desconcertó la presencia de una tarima semicircular sobre la que había sido dispuesta una silla

«curul», destinada generalmente para impartir justicia. El centurión dejó a Jesús al cuidado de

sus hombres y entró en la residencia.

El resto de los hebreos, con el sumo sacerdote en primera línea, aguardó, como de

costumbre, al pie de las escaleras. Esta vez, José de Arimatea si había entrado en el recinto de

la Torre.

Pilato no tardó en aparecer y tomando asiento en la silla transportable se dirigió a Caifás y a

los saduceos:

-Habéis traído a este hombre a mi presencia acusándole de pervertir al pueblo, de impedir el

pago del tributo al César y de pretender ser el rey de los judíos. Le he interrogado y no le creo

culpable de tales imputaciones. En realidad no veo falta alguna... Le he enviado a Herodes y el

tetrarca ha debido llegar a las mismas conclusiones, ya que me lo ha enviado nuevamente. Con

toda seguridad, este hombre no ha cometido ningún delito que justifique su muerte. Si

consideráis que debe ser castigado estoy dispuesto a imponerle una sanción antes de soltarle.

Juan, sin poder contener su alegría, dio un brinco, abrazándose a José de Arimatea.

Pero, cuando todo parecía inclinarse a favor del Nazareno, el patio existente entre la

escalinata y el portalón de la muralla se vio súbitamente invadido por cientos de judíos.

Irrumpieron tranquila y silenciosamente, con un grupo de soldados romanos a la cabeza.

Tal y como me había advertido el anciano de Arimatea, aquella muchedumbre había acudido

hasta la casa del procurador, deseosa de asistir al indulto de un reo. Y es de gran importancia

resaltar que, en el momento en que dicha masa humana llegó frente a la residencia de Poncio -


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