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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

256

previa autorización de la guardia-, ninguno de aquellos israelitas sabía lo que estaba

ocurriendo. Fue allí, a la vista de Jesús y de los sacerdotes, donde se dejaron arrastrar por la

hábil y oportuna intervención de Caifás y los saduceos. Si el juicio contra Jesús se hubiera

producido en otro momento o en otra jornada, sin la presencia de aquella turba, es posible que

el Sanedrín no se hubiera salido con la suya.

Pilato sabía de la llegada de aquel gentío. De hecho, la colocación de la tarima y de la silla

sobre el embaldosado de la terraza obedecían única y exclusivamente a la ceremonia de la

tradicional amnistía. Pero Poncio, dejándose llevar de su buena fe, cometió un grave error. Tras

evacuar una serie de consultas con sus centuriones se levantó de la silla y, elevando la voz,

preguntó a la multitud el nombre del preso elegido.

«¡Barrabás!», respondió el pueblo como un solo hombre.

Hasta ese momento, ni Pilato ni los jueces habían pronunciado el nombre de Jesús. Aquello

significaba, tal y como suponía, que los hebreos habían llegado hasta el pretorio con la

intención premeditada de solicitar la liberación del terrorista y así lo manifestaron antes de que

el procurador les pidiera silencio y les explicara cómo los sacerdotes habían llevado a Jesús a su

presencia y de qué le acusaban. En suma: aquel gentío -aun no estando presente el rabí de

Galilea- hubiera clamado por Barrabás, el «zelota». Pero, como ya anuncié, la oportuna

intervención de Caifás y sus secuaces y el oro que había sido repartido entre un puñado de

judíos, mezclado estratégicamente entre aquella multitud, terminaron por inclinar la balanza

hacia el Sanedrín.

Cuando Poncio terminó de explicar a la muchedumbre la presencia de Jesús en aquel

tribunal, dejando bien claro que «él no veía en aquel hombre razones que justificaran dicha

sentencia», formuló una segunda pregunta:

-¿A quién queréis que libere? ¿A Barrabás, el asesino, o a este Jesús de Galilea?

Por un instante, los cientos de hebreos quedaron atónitos. No se produjo una respuesta

fulminante. Aquella gente, eso fue evidente, dudó.

Caifás y los saduceos se dieron cuenta del grave riesgo que suponía aquel silencio y,

adelantándose hacia Pilato, gritaron con fuerza:

-¡Barrabás...! ¡Barrabás!

La iniciativa de los sanedritas tuvo un rápido eco. Desde diferentes puntos del atestado patio

se levantaron otras voces, pertenecientes sin duda a los judíos sobornados, que clamaron

también por la liberación del revolucionario. Y en cuestión de segundos, la masa entera imitó a

los sacerdotes, uniéndose al coro de Caifás.

Fue inútil que Juan Zebedeo se quebrara casi la garganta, gritando el nombre de su Maestro.

Su voz quedó sepultada por un «¡Barrabás!» rotundo y generalizado, repetido una y otra vez

hasta que el procurador, levantando los brazos, pidió silencio.

En los ojos de Poncio había una llamarada de odio hacia aquellos saduceos, flagrantes

inductores de una masa amorfa e ignorante. Como dije, la irritación del procurador romano no

tenía su origen en el hecho circunstancial de que aquel galileo pudiera ser o no sentenciado. Lo

que le encolerizaba era, precisamente, que su decisión de poner en libertad al Maestro se viera

olímpicamente despreciada por la casta sacerdotal.

Pero el error de Pilato, ofreciendo a Jesús como posible candidato a la liberación, aún era

susceptible de rectificación. Y tomando nuevamente la palabra les recriminó su alevosa

conducta:

-¿Cómo es posible escoger la vida de un asesino -dijo señalando directamente a Caifás-

contra la de este galileo cuyo peor crimen es creerse rey de los judíos?

El resultado de aquellas palabras fue totalmente contrario a lo que podía esperar Pilato. Los

jueces se mostraron sumamente ofendidos por lo que consideraron un insulto a su soberanía

nacional, instigando a la muchedumbre a que clamara con mayor fuerza por la libertad del

«zelota». Y así ocurrió. Aquellos hebreos, en su mayoría gente inculta, bataneros, cargadores,

mendigos, peregrinos desocupados y, por supuesto, levitas libres de servicio en el templo,

levantaron de nuevo sus voces, exigiendo a Barrabás.

Aquella súbita explosión popular hizo dudar al procurador, quien, acompañado de sus

oficiales, se retiró a deliberar.

Ahora estoy convencido que si Poncio no hubiera mezclado al Nazareno en aquella elección,

seguramente no se habría visto comprometido ante los dignatarios sacerdotales.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Jesús, entretanto, permanecía tranquilo, de cara a la multitud. Aquellos minutos de espera -

y los que siguieron- fueron decisivos para Caifás. Aprovechando la momentánea ausencia del

procurador se las ingenió para que sus compañeros de complot se desparramaran entre los allí

congregados, incitándoles sin cesar a pedir la suelta del popular Barrabás. Era triste y

decepcionante observar a aquellas gentes, muchos de los cuales conocían y habían admirado

las palabras y valor del Galileo «limpiando», por ejemplo, la explanada de los Gentiles del

sacrílego comercio de los cambistas e intermediarios. En un instante y, sin el menor criterio

personal, se habían vuelto contra el indefenso Jesús.

Poncio retornó a su silla y observó al gentío. Había apoyado los codos en los brazos del

asiento, sosteniendo la cabeza sobre sus manos entrelazadas, en actitud reflexiva. Como

medida de precaución, Civilis había dado la orden de que la puerta de la muralla fuera cerrada,

desplegando varias unidades armadas en torno a la muchedumbre. Fue una lástima que los

judíos no se percataran a tiempo de esta maniobra de los romanos. Conociendo como conocían

la crueldad de Pilato, quizá al observar cómo eran sigilosamente cercados se hubieran

preocupado más por su seguridad que por la liberación de nadie.

El comandante en jefe de la legión acababa de cursar órdenes precisas a sus legionarios. Si

el orden se veía amenazado tenían autorización para desenvainar sus espadas.

Durante algunos minutos, el gobernador romano guardó silencio. La multitud le imitó, en

espera de una decisión. Y en eso estábamos cuando uno de los sirvientes del pretorio apareció

en la terraza, entregando una misiva lacrada a Civilis, al tiempo que le comunicaba algo. El

centurión inspeccionó la pequeña hoja de pergamino y avanzó hacia la silla, sacando a Poncio

de sus pensamientos. El procurador abrió la nota y, tras leerla detenidamente, se puso en pie.

Caifás, los jueces y todos los allí reunidos quedamos intrigados. Poncio parecía dudar. Dio un

par de cortos paseos por la terraza y, al fin, parándose ante la multitud, anunció que había

recibido una carta de su esposa, Claudia Prócula, y que deseaba leerla en público. El viento le

obligó a sujetar el pergamino con ambas manos. Y con voz clara y potente procedió a su

lectura:

-Te ruego no intervengas para nada -decía la misiva- en la condena del hombre íntegro e

inocente que se llama Jesús. Esta noche, durante mi sueño, he sufrido mucho por él.

Al conocer el contenido de la carta, José de Arimatea pareció alegrarse sobremanera. Aunque el

anciano no llegó a confesármelo abiertamente, todos los indicios apuntaban hacia el importante

hecho de que la esposa de Poncio conocía y aceptaba las enseñanzas del Maestro de Galilea

(según pude entender, algunos de sus sirvientes formaban parte del primigenio grupo de

seguidores de Jesús)


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