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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Al principio, al notar la intensa mirada de Civilis, no asocié el texto de la misiva de Prócula

con la aguda superstición que dominaba al procurador y con el augurio que yo me habla

atrevido a formular en presencia del centurión. Fue poco después, cuando nos dirigíamos al

patio central de la fortaleza para asistir a la flagelación del Maestro, cuando el oficial-jefe

recordó mis palabras sobre el extraño suceso celeste que yo había pronosticado para aquella

mañana, vinculándolo al misterioso «sueño» de la mujer del procurador. Todo aquello, al

parecer, había influido -y no poco- en Poncio. Quizá por ello, tras la lectura del mensaje de su

esposa, el gobernador, con voz temblorosa, se dirigió nuevamente a la multitud,

preguntándole:

-¿Por qué queréis crucificarle...? ¿Qué daño os ha causado?

Los sacerdotes percibieron inmediatamente la creciente debilidad del representante del César

y se ensañaron con él, vociferando sin descanso:

-¡Crucifícale...! ¡Crucifícale...!

El paroxismo de los judíos llegó a tal extremo que la siguiente pregunta de Poncio apenas si

fue oída:

1 Aunque en el aquel primer «gran viaje» de Caballo de Troya no llegué a coincidir con Claudia Prócula o Procla,

todas nuestras informaciones señalaban el origen de esta mujer como «distinguido» y, posiblemente, entroncado -

según Tác¡to- en la rama de los Próculos, pertenecientes como Poncio al orden ecuestre. Fueron muy conocidos Ticio

Próculo, amigo dc Sila; Cervario Próculo, que conspiró contra Nerón; Licinio Próculo, servidor de Otón y prefecto del

Pretorio y Volusio Fróculo, que mandó la flota de Mesina. Una de las tradiciones hacía a Prócula descendiente de los

«Claudios», oriundos a su vez de las Galias, y quizá emparentada lejanamente con Tiberio. Si esto fuera cierto, quizá

pudiera explicarse por qué Poncio Pilato fue desterrado a las Galias por Calígula después del fallecimiento de Tiberio.

(N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

258

-¿Quién quiere testimoniar contra él?

La muchedumbre sólo sabía repetir una única palabra:

-¡Crucifícale!

En vista de aquel tumulto, Civilis desenvainó su espada y, levantándola por encima de su

casco, se dispuso a dar la señal para que sus hombres entraran en acción. Pero Pilato obligó al

centurión a envainar su arma. Y agitando las palmas de sus manos pidió silencio. Poco a poco,

aquellos fanáticos fueron recobrando la calma. Y el procurador, haciendo caso omiso de las

anteriores peticiones del populacho, repitió su pregunta:

-Os pido una vez más que me digáis qué preso deseáis que liberemos en este día de Pascua.

La respuesta fue igualmente monolítica y contundente:

-¡Entréganos a Barrabás!

Pilato quedó silencioso y moviendo la cabeza en señal de desaprobación insistió:

-Si suelto a Barrabás, el asesino, ¿qué hago con Jesús?

Aquel nuevo signo de debilidad por parte del gobernador fue acogido con un brutal estallido

de violencia. Y la palabra «¡Crucifícale! » se levantó como un trueno.

La turba, con los puños en alto, siguió clamando, cada vez con más fuerza:

-¡Crucifícale...! ¡Crucifícale...! ¡Crucifícale!.

El vocerío impresionó tanto a Poncio que, asustado, se retiró de la terraza, perdiéndose en el

interior de su residencia. Uno de los oficiales, siguiendo las instrucciones de Civilis, se apresuró

a seguir al procurador. Y al rato, mientras la multitud, poseída por la idea de matar al Maestro,

continuaba con su funesta petición de crucifixión, aquel centurión que había acudido en pos de

Pilato reapareció en la entrada del pretorio, cursando una trágica orden a Civilis.

El centurión jefe asintió con la cabeza y alzando sus brazos en un gesto autoritario ordenó

silencio. La multitud obedeció, consciente del poder y de la extrema dureza de aquel extranjero.

Una vez hecho el silencio, Civilis pronunció unas breves pero dramáticas palabras, que helaron

el corazón de José y Juan:

-La orden del procurador es ésta: el prisionero será azotado...

Y con el más absoluto de los desprecios giró sobre sus talones, haciendo un gesto a sus

hombres para que condujeran al reo al interior del pretorio.

Sin pararme a pensarlo me lancé tras Civilis, uniéndome a la escolta que cruzaba ya el

«hall» de la residencia.

Eran las diez y media de la mañana...

Aquella vez, Juan Zebedeo no acompañó al Maestro. Y me alegré profundamente. El

espectáculo que estaba a punto de presenciar hubiera terminado con su decaída moral.

Giramos por la escalinata de la derecha, adentrándonos en un largo y húmedo pasadizo,

apenas iluminado por algunas lámparas de aceite, cuyas llamas oscilaron al paso de la escolta.

El centurión, visiblemente disgustado por el curso que estaban tomando los acontecimientos,

se lamentó de la debilidad del procurador. Si de él hubiera dependido, el proceso contra aquel

galileo habría concluido sin contemplaciones...

-Entre este visionario y un «zelota» asesino -me aseguro mientras salvábamos los últimos

metros del pasadizo-, Roma no hubiera dudado. Y mucho menos cuando ese manojo de

serpientes tiene el atrevimiento de desafiar la autoridad del César...

Al salir de aquel túnel reconocí en seguida el patio porticado que había cruzado en la mañana

del miércoles, cuando José y yo nos disponíamos a entrevistamos con Poncio. Desde el «hall»

del Pretorio podía accederse, por tanto, al mencionado patio y al túnel abovedado de la entrada

oeste de la fortaleza, recorriendo simplemente aquel pasadizo de cincuenta escasos metros. La

salida se hallaba exactamente en la esquina nororiental del patio, a la derecha de las escaleras

de mármol que llevaban al despacho oval de Pilato.

Siguiendo, al parecer, una costumbre harto frecuente, los soldados llegaron al centro del

patio, deteniéndose junto a la fuente circular de la diosa Roma. El centurión advirtió que

retiraran los caballos que estaban siendo cepillados y, mientras los jinetes procedían a desatar

las riendas, varias decenas de legionarios libres de servicio fueron aproximándose. La noticia de

la inminente flagelación de aquel judío -que se autocalificaba como «rey» de los hebreos- se

había extendido rápidamente entre la guarnición, que, lógicamente, no quiso perderse el

acontecimiento.

Civilis me sugirió que me apartase.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

259

-Poncio quiere un castigo... especial -añadió el centurión con una sarcástica sonrisa-. ¡Y por

Zeus que lo va a tener!

Las palabras del oficial me hicieron temblar. Miré a Jesús, pero el gigante seguía ausente e

inmóvil, con los ojos fijos en el chorro de agua que saltaba de la pequeña esfera que sostenía la

diosa en su mano izquierda.

Los cascos de los caballos, alejándose hacia una de las esquinas del recinto, marcaron el

principio de aquella tortura. De entre los legionarios se habían destacado dos, especialmente

fornidos. Ambos sostenían en sus manos sendos flagrum o látigos cortos, formados por mangos

de cuero y metal de apenas 30 centímetros de longitud. De uno de ellos partían tres correas de

unos 40 o 50 centímetros cada una, armadas en sus extremos de sendos pares de astrágalos

(tali) o tabas de carnero. El otro verdugo acariciaba los anillos de hierro de su plumbata, del

que salían dos tiras de cuero, provistas de un par de bolitas de metal (posiblemente plomo) en

cada punta.

A una señal del oficial en jefe, dos de los soldados de la escolta situaron al Maestro frente a

uno de los cuatro mojones o pequeñas mugas de cuarenta centímetros de altura, que rodeaban

la fuente y que eran utilizados para amarrar las riendas de las caballerías.

Uno de los legionarios intentó soltar las ligaduras de las muñecas, pero habían sido

dispuestas de tal forma que, tras varios e inútiles intentos, tuvo que echar mano de su espada,

cortándolas de un tajo. Después de casi ocho horas con los brazos atados a la espalda, las

manos de Jesús aparecían tumefactas y con un tinte violáceo.

Una vez desatado, los legionarios le desposeyeron del manto púrpura que había amarrado

Herodes Antipas en torno a su cuello, retirando a continuación su amplio ropón. Con la misma

violencia le despojaron de la túnica. Las ropas del Maestro cayeron sobre uno de los charcos de

orín de las caballerías. Por último, le desataron las sandalias, descalzándole.

Y acto seguido, el mismo soldado que había cortado las ligaduras se colocó frente al

prisionero, anudando sus muñecas por delante con los restos de la maroma que acababa de

sajar.

Jesús, con una total y absoluta docilidad, se dejó hacer. Su cuerpo había empezado a sudar.

Aquella reacción de su organismo me puso en alerta. La temperatura ambiente no era, ni

mucho menos, tan alta como para provocar aquella súbita transpiración. Di un pequeño rodeo a

la fuente, situándome frente a él y comprobé, efectivamente, cómo su rostro, cuello y costados

habían empezado a humedecerse. En ese momento lamenté no haberme encajado las lentes de

visión infrarroja. A juzgar por las cada vez más aceleradas pulsaciones de sus arterias carótidas

y por las sucesivas y profundas inspiraciones que estaba practicando, el rabí había empezado a

experimentar una nueva elevación de su tono cardíaco.

El Nazareno era perfectamente consciente de lo que le aguardaba y su organismo reaccionó

como el de cualquier individuo.

De un tirón, el legionario le obligó a inclinarse hacia el mojón de piedra, procediendo a

sujetar la cuerda en la argolla metálica que coronaba la pequeña columna. La gran altura del

Galileo y lo reducido del mojón le obligaron desde un primer momento a separar las piernas,

adoptando una postura muy forzada. Los cabellos habían caído sobre su rostro, ocultando sus

facciones por completo.

Por un lado me alegré de no poder ver su cara...

El sudor se fue haciendo más intenso, convirtiendo sus anchas espaldas y torso en una

superficie brillante.

De pronto, uno de los sayones se adelantó y agarrando el taparrabo de Jesús se lo arrebató

con un golpe brusco, dejándole totalmente desnudo.

La rotura de las cintas que sujetaban el taparrabo provocó un súbito e intenso dolor en los

genitales de Jesús. Su cuerpo se estremeció y sus rodillas se doblaron por primera vez.

Al verle desnudo, los legionarios estallaron en una carcajada general. Pero las burlas de la

soldadesca fueron zanjadas por la llegada de Poncio. Y sin más preámbulos, el procurador

ordenó a los verdugos que procedieran. En mitad de un silencio expectante, el legionario más

alto, situado a la derecha del Maestro, levantó su flagrum de triple cola, lanzando un terrorífico

latigazo sobre la espalda de Jesús, al tiempo que cantaba el primero de los golpes:

-¡Unus!


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