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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

266

-¡Basta ya...! Ponedle en pie y vestidle.

La voz del oficial jefe resonó cargada de impaciencia. Y mientras los infantes tiraban de

Jesús, yo desconecté los circuitos de la «vara de Moisés», guardando las lentes de contacto.

Fue menester que dos legionarios apuntalaran el maltrecho cuerpo del Maestro al recuperar

la posición vertical. Su extrema debilidad hizo que sus rodillas se doblasen, obligando a los

soldados a sujetarle por las axilas. Otros romanos, a una orden de Civilis, acudieron en ayuda

de sus compañeros, procurando que el prisionero no se desplomase sobre el enlosado.

Al ser izado, algunas de las heridas -especialmente las de los costados- volvieron a sangrar a

borbotones y los riachuelos de sangre recorrieron rápidamente su vientre, ingles, muslos y

piernas, hasta derramarse sobre las losas.

Alguien recogió sus ropas y, tras enfundarle la túnica, dispuso el manto sobre el hombro

izquierdo, fajando después el tórax. El ropón quedó firmemente sujeto sobre el pecho y espalda

de Jesús, de forma que, juntamente con la túnica, hicieron las veces de vendaje. Aquellos

romanos sabían que aquél era un excelente procedimiento para taponar muchas de las brechas,

cortando así parte de las hemorragias. Sentí un estremecimiento al imaginar lo que podía

ocurrir en el momento en que el Galileo fuera desposeído de sus ropas. Si los coágulos

quedaban encolados al tejido -como así debía ser-, la retirada de la túnica significaría un nuevo

y doloroso suplicio, con la consiguiente apertura de las llagas.

La sangre empapó inmediatamente la túnica blanca, que comenzó a gotear por las mangas y

por el borde interior. Y el esponjoso tejido se vio teñido con innumerables y anárquicos corros

rojizos.

Los soldados obligaron al Nazareno a dar algunos pasos, pero, cuando apenas había

arrastrado sus pies descalzos sobre el pavimento, las fuerzas le abandonaron,

desmoronándose. La rápida intervención de los legionarios de Civilis evitó que cayera al suelo.

El grupo interrogó al centurión con la mirada y éste, desalentado, indicó a sus hombres que le

sentaran en uno de los bancos de madera del pórtico.

Civilis comprendió que, de momento, era inútil conducir al reo hasta la terraza donde debía

esperar el procurador. Hubiera sido absolutamente necesario que varios infantes le

acompañasen y sostuviesen.

Los temblores febriles seguían sacudiendo el cuerpo del Nazareno que, poco a poco, paso a

paso, fue conducido por los romanos hasta uno de los asientos situado en el lado oriental del

patio. Mientras, otros legionarios habían iniciado la limpieza del enlosado y de la columna sobre

los que había tenido lugar la flagelación. Los caballos volvieron junto a la fuente y sus

cuidadores siguieron cepillándoles y restregando los lomos con manojos de poleo, cuyo olor -

según la creencia popular- mataba los piojos.

El centurión se quitó el casco y, tras meditar unos segundos, se alejó del pórtico, en

dirección al túnel que llevaba al pretorio.

Debo señalar que, conforme observaba el renqueante caminar del Maestro, una visible cojera

en la pierna izquierda me llevó a la conclusión de que el latigazo de Lucilio en plena corva había

alterado la articulación de dicha rodilla. (Este extremo sería posteriormente ratificado, como ya

indiqué, por el examen «tele-termográfico».)

Jesús fue sentado, al fin, sobre uno de los bancos. Y al hacerlo, un rictus de dolor se dibujó

nuevamente en su rostro. Era muy posible que aquel gesto estuviera provocado por los golpes

en el coxis o en los riñones. Al apoyarse en la madera, el hueso inferior de la columna y las

zonas lumbares debieron acusar el contacto con el asiento y el respaldo, respectivamente.

Durante algunos minutos, la actitud de los legionarios fue tranquila; incluso, correcta. Dos

siguieron junto al Nazareno, pendientes de su recuperación y el resto se dirigió a uno de los

corrillos que vociferaba desde una de las esquinas del patio. Al ver que el Maestro se

encontraba algo más tranquilo no pude resistir la tentación y me aproximé también al círculo de

legionarios que, sentados o en cuclillas, centraban su atención en una de las losas del

pavimento.

Al asomarse por encima de las cabezas de los soldados comprobé que se trataba de un juego

(una especie de «tres en raya», descrito ya por Plutarco). Usando sus espadas, los miembros

de la guarnición habían trazado un círculo sobre una de aquellas losas, grabando también en el

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J. J. Benítez

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interior de dicho círculo una serie de toscas figuras y letras. Pude distinguir una «B» -que

servía, al parecer, para la llamada «jugada del Rey» o de «Basileus», en griego- y una corona

real. Todas estas figuras aparecían separadas unas de otras mediante una línea que

zigzagueaba por el interior del círculo. Los participantes utilizaban cuatro tabas, previamente

marcadas con letras y cifras, que eran lanzadas sobre el círculo, cantando las diferentes

jugadas, según las figuras o letras donde acertaran a caer.

El juego fue animándose paulatinamente y varios de los legionarios cantaron jugadas como

la de «Alejandro», «Darío» y el «Efebo».

Por último, uno de los jugadores tuvo la fortuna de que uno de sus huesecillos fuera a rodar

hasta la corona, gritando la «jugada del rey», que equivalía a nuestro «jaque mate» y, por

tanto, al final del entretenimiento.

Los soldados recogieron las tabas y el que había ganado, influido seguramente por aquel

último golpe de suerte, reparó en el Galileo, animando a sus colegas a proseguir el juego,

«pero esta vez con un rey de verdad... » La idea fue acogida con entusiasmo y el grupo se

dirigió hacia el banco, dispuesto a divertirse a costa del que se había autoproclamado «rey de

los malditos y odiados hebreos».

La ausencia de Civilis hizo dudar a los que custodiaban a Jesús pero pronto se unieron a las

chanzas y groserías de sus compañeros.

De pronto, aquella decena de legionarios aburridos y desocupados se hizo a un lado, dando

paso a otros dos infantes.

Con aire marcial y conteniendo la risa, aquellos dos soldados fueron aproximándose al

Nazareno, que había vuelto a inclinar la cabeza, soportando con su habitual mutismo aquel

nuevo y amargo trance.

Uno de los que había comenzado a desfilar hacia el prisionero traía en sus manos lo que, en

un primer momento, me pareció una cesta de mimbre al revés. Pero cuando llegó a la altura del

Galileo comprendí. No se trataba de una cesta, sino de un complicado «yelmo», trenzado a

base de zarzas espinosas. Tenía forma de media naranja, con un aro o soporte en su base,

formado por un manojo de juncos verdes, perfectamente ligados por otras fibras igualmente de

junco.

Según pude apreciar, el casquete espinoso había sido entretejido con media docena de ramas

muy flexibles, en las que apuntaba un terrorífico enjambre de púas rectas y en forma de «pico

de loro», con dimensiones que oscilaban entre los 20 milímetros y los 6 centímetros,

aproximadamente


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