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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1.

Estaba claro que, mientras el grueso de los legionarios centraba sus burlas en Jesús,

aquellos dos individuos habían entrado en alguno de los almacenes de leña de la fortaleza,

ocupándose en la siniestra idea de trenzar una «corona» para el «rey de los judíos».

La ocurrencia fue recibida con aplausos y risotadas. Y el que portaba aquel peligroso «casco»

de delgadas y parduzcas ramas se inclinó, simulando una reverencia. Después levantó la

«corona» a medio metro sobre el cráneo del Maestro, bajándola violentamente e incrustándola

en la cabeza del rabí. Un alarido de satisfacción se escapó de las gargantas de la soldadesca,

ahogando el gemido de Jesús, que, al contacto con las espinas, levantó la cabeza, golpeándose

involuntariamente la región occipital contra el muro sobre el que se hallaba adosado el banco.

Aquel encontronazo con la pared debió hundir aún más las púas situadas en la zona posterior

del cráneo.

El «yelmo», brutalmente encajado, cubrió casi la totalidad de la cabeza del reo. El aro sobre

el que se sustentaba la red espinosa quedó a la altura de la punta de la nariz, dificultando,

incluso, la visión del Maestro.

El agudo dolor de las 20 o 30 espinas que perforaron el cuero cabelludo, frente, sienes,

orejas y parte de las mejillas conmocionó de nuevo al Hijo del Hombre, quien, con los ojos

cerrados en un movimiento reflejo de protección, permaneció durante varios segundos con la

boca entreabierta, intentando inhalar un máximo de aire.

1 En un primer examen ocular, creí identificar aquellas zarzas con las plantas denominadas Poterium spinosum, muy

común en Palestina y usada habitualmente como provisión para el fuego. Ello ratificaba la hipótesis del doctor Ha

Reubení, director del Museo Botánico de la Universidad Hebrea de Jerusalén, descalificando otras muchas teorías sobre

el posible origen de la planta utilizada para el trenzado del «casco» de espinas. (La más conocida y popular señalaba al

«ziziphus» o Spina Christi (Palinurus Aculeatus) como la zarza utilizada en esta «coronación». (N. del m.)

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Al ver aparecer seis copiosos regueros de sangre por su frente y sienes temí que aquellas

púas hubieran perforado la vena facial (que discurre desde la barbilla a la zona ocular). Me

aproximé cuanto pude al rostro, pero no llegué a distinguir espina alguna clavada en el sector

que cruza dicha vena. Otras, en cambio, habían perforado la frente y región malar derecha. Una

de aquellas púas, en forma de gancho, había penetrado a escasos centímetros de la ceja

izquierda (en el músculo orbicular), dando lugar a una intensa hemorragia, que cubrió

rápidamente el arco superciliar, inundando de sangre el ojo, mejilla y barba.

La profusa emisión de sangre indicaba que las espinas habían afectado gravemente la

aponeurosis epicraneal (situada inmediatamente debajo del cuero cabelludo). La retracción de

los vasos rotos por las espinas en esta área -extremadamente vascularizada- se hizo notar,

como digo, de inmediato. La sangre comenzó a fluir en abundancia, goteando sin cesar desde la

barba al pecho.

Pero los soldados, no contentos con este bárbaro atentado, fueron en busca del manto

púrpura que había quedado sobre el enlosado, echándoselo sobre los hombros. Otro de los

legionarios puso una caña entre sus manos y arrodillándose exclamó entre el regocijo general:

-¡Salve, rey de los judíos!

Las reverencias, imprecaciones, salivazos y patadas en las espinillas del Nazareno

menudearon entre aquella chusma, cada vez más divertida con sus ultrajes. Uno de los

soldados pidió paso y colocando sus nalgas a escasos centímetros del rostro de Jesús se levantó

la túnica, comenzando a ventosear con gran estrépito, provocando nuevas e hirientes risotadas.

El jolgorio de la soldadesca se vio súbitamente cortado por la presencia del gigantesco

Lucilio, atraído sin duda por el constante alboroto de sus hombres. Observó la escena en

silencio y, con una sonrisa de complicidad, se situó frente al reo. Los legionarios, intrigados,

guardaron silencio. Y el centurión, levantando su faldellín, comenzó a orinarse sobre las

piernas, pecho y rostro de Jesús de Nazaret.

Aquella nueva injuria arrastró a los romanos a una estrepitosa y colectiva carcajada, que se

prolongaría, incluso, hasta después que el oficial hubiera concluido su micción.

Mi corazón se sintió entonces tan abrumado y herido como si aquellas ofensas hubieran sido

hechas a mi propia persona. Abatido me recosté sobre la pared del pórtico, con un solo deseo:

ver aparecer a Civilis.

Por una vez mis deseos se vieron cumplidos. El comandante de las fuerzas legionarias hizo

su entrada en el patio central de la fortaleza Antonia en el momento en que uno de aquellos

desalmados arrancaba la caña de entre las manos del Nazareno, asestándole un fuerte golpe

sobre el «yelmo> de espinas.

Las risotadas y los legionarios desaparecieron al instante, ante la súbita llegada de Civilis.

Cuando el centurión interrogó a los guardianes sobre aquel nuevo escarnio, los soldados se

encogieron hombros, haciendo responsables a sus compañeros. Pero éstos, como digo, se

habían desperdigado entre las columnas y el patio.

Visiblemente disgustado por la indisciplina de sus hombres, el oficial ordenó a los infantes

que pusieran en pie al condenado y que le siguieran. Así lo hicieron y Jesús de Nazaret, algo

más repuesto aunque sometido a constantes escalofríos, comenzó a caminar hacia el túnel,

arrastrando prácticamente su pierna izquierda.

A su lado, y pendientes del Galileo, avanzaron también otros tres soldados, que no se

separarían ya del reo hasta el momento de su retorno al escenario de la flagelación.

Eran las 11.15 de la mañana...

El sol, cada vez más alto, iluminó la gigantesca figura de Jesús al salir del Pretorio. Al verle,

la multitud que aguardaba frente a las escalinatas dejó escapar un murmullo, inevitablemente

sorprendida por el lamentable aspecto del reo.

La escolta se detuvo en mitad de la terraza, a la izquierda de la silla en la que esperaba

Poncio. Este, al ver el casco de espinas sobre el cráneo del Maestro, se revolvió nervioso e

indignado hacia Civilis, interrogándole mientras señalaba con su dedo índice hacia la cabeza del

rabí. Ignoro qué pudo decirle el centurión. Mi atención había quedado prendida en el Galileo. Al

detenerse frente a la multitud, Jesús -encorvado y con los dedos entrelazados, intentando

dominar así la intensa tiritona que le consumía- percibió en seguida la cálida presencia del sol.

Y muy despacio, como tratando de absorber la dulce caricia de los rayos, fue levantando el

rostro, hasta situarlo frente al disco solar. Durante escasos segundos, sus profundas ojeras y la

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J. J. Benítez

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catarata de sangre que ocultaba su cara, se hicieron perfectamente visibles a todo el gentío.

Pero, al alzar la cabeza, las púas tropezaron en el arranque de la espalda, perforando la nuca

nuevamente. Y el dolor le obligó a bajar el rostro.

Juan Zebedeo, paralizado ante aquel trágico cambio de su Maestro, reaccionó al fin y

soltando el brazo de José de Arimatea se precipitó hacia Jesús, arrodillándose y llorando a los

pies del rabí. Los legionarios interrogaron al centurión con la mirada, dispuestos a retirar al

joven amigo del prisionero, pero Civilis, extendiendo su mano izquierda, indicó que le dejaran.

Durante algunos minutos, tanto Pilato como la muchedumbre se vieron sobrecogidos por el

desconsolado llanto del muchacho. Y un respetuoso silencio reinó en el patio.

El Maestro intentó por dos veces inclinarse hacia Juan, tratando de aproximar sus

temblorosas y ensangrentadas manos hacia el discípulo más amado, pero la trampa de espinos

y la rigidez del improvisado vendaje se lo impidieron.

- Aquel nuevo gesto de valentía del discípulo y el derrotado semblante del Nazareno

conmovieron sin duda al procurador. Y levantándose de su silla, dio unos cortos pasos hacia el

filo de la escalinata. Después, señalando a Jesús y sin perder de vista a Caifás y a los saduceos,

exclamó, tratando de mover la piedad de los acusadores:

-¡Aquí tenéis al hombre...! De nuevo os declaro que no le encuentro culpable de ningún

crimen... Después de castigarle, quiero darle la libertad.

Pilato, una vez más, se equivocaba. Y aunque la muchedumbre no se atrevió a replicar, el

sumo sacerdote y sus hombres si respondieron, entonando el conocido «¡crucifícale! ».

Y poco a poco, la multitud fue uniéndose a las manifestaciones de los sanedritas, coreando

sin piedad:

-¡Crucifícale...! ¡Crucifícale!

Poncio, decepcionado, regresó al tribunal y esperó a que el gentío se apaciguara. El viento,

cada vez más cálido y molesto, había empezado a levantar grandes torbellinos de polvo que

eran arrastrados desde el Este, azotando cada vez con mayor dureza aquella ala norte de la

Torre Antonia. Civilis captó de inmediato aquel cambio atmosférico y, tras comprobar cómo los

centinelas de vigilancia en los torreones de la muralla procuraban refugiarse del viento

racheado, me miró fijamente, recordándome con su rostro grave el presagio que le había hecho

esa misma mañana. Yo asentí con un movimiento de cabeza.

Pero nuestro silencioso «diálogo» se vio interrumpido por la voz del procurador. Una vez

calmada la turba, Poncio, con su mano derecha aplastando el peluquín (gravemente

comprometido por el incipiente «siroco»), habló a los hebreos, con un inconfundible tinte de

desaliento en sus palabras:

-Reconozco perfectamente que os habéis decidido por la muerte de este hombre. Pero, ¿qué

ha hecho para merecer su condena...? ¿Quién quiere declarar su crimen?

Caifás, congestionado por la ira, subió las escaleras y, tras escupir sobre Jesús, se encaró

con el gobernador, gritándole:

-Tenemos una ley sagrada por la que este hombre debe morir. Él mismo ha declarado ser el

Hijo de Dios..., ¡bendito sea su nombre!

Y girando la cabeza hacia el cabizbajo reo volvió a lanzarle otro salivazo.

El procurador miró a Jesús con un súbito miedo. La sangre seguía goteando desde su frente,

manchando el manto de Juan, quien, arrodillado y abrazado a los pies de su Maestro, no

parecía prestar atención alguna a lo que estaba ocurriendo.

Caifás retornó con paso decidido a la cabeza de la multitud y Poncio, con la faz pálida y los

cabellos en desorden, golpeó los brazos de la silla con ambas palmas, ordenando a Civilis que

llevara al galileo al interior de su residencia.

Los legionarios hicieron girar al rabí, conduciéndole nuevamente al «hall». Siguiendo un

impulso me agaché sobre Juan, animándole a que se incorporarse y a que cesase en su llanto.

Después, pasando mi brazo sobre sus hombros y apretando su cara contra mi pecho, le llevé al

interior del Pretorio.

Pilato, con las manos a la espalda, había empezado a dar cortos paseos por el centro del

«vestíbulo». Mientras tanto, Civilis y los soldados aguardaban a escasa distancia de la puerta.

Al verme, el procurador interrumpió sus nerviosos pasos y dirigiéndose hacia mí me

interrogó en voz baja, como si temiera que pudieran oírle:

-Jasón, ¿tú crees de verdad que este galileo puede ser un dios, descendido a la Tierra como

las divinidades del Olimpo?


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