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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Los ojos claros del romano chispeaban y se agitaban, presa de un miedo supersticioso y, en

mi opinión, cada vez más profundo. Pero Poncio no esperó mi posible respuesta. Después de

alisarse el postizo dio media vuelta, acercándose al Maestro.

Y con voz temblorosa le formuló las siguientes preguntas:

-¿De dónde vienes...? ¿Quién eres en realidad? ¿Por qué dicen que eres el Hijo de Dios...?

El Nazareno levantó su rostro levemente, posando una mirada llena de piedad sobre aquel

juez débil y acorralado por sus propias dudas. Pero los temblorosos labios de Jesús no llegaron

a articular palabra alguna.

Pilato, cada vez más descompuesto, insistió:

-¿Es que te niegas a responder? ¿No comprendes que todavía tengo poder suficiente para

liberarte o crucificarte?

Al escuchar aquellas amenazantes advertencias, el Galileo repuso al fin con un hilo de voz:

-No tendrías poder sobre mí sin el permiso de arriba...

La extrema debilidad del Maestro hizo que sus palabras llegaran muy mermadas hasta los

oídos del procurador. Y éste, aproximándose cuanto le fue posible hasta los plastones rojizos

que habían quedado prendidos en su barba y bigote, le pidió que repitiese.

-¿Cómo dices?

-No puedes ejercer ninguna autoridad sobre el Hijo del Hombre -añadió Jesús haciendo un

esfuerzo-, a menos que el Padre celestial te lo consienta...

Poncio se echó atrás, con los ojos desencajados por el desconcierto. Pero el Nazareno no

había terminado.

Pero tú no eres totalmente culpable, ya que ignoras el evangelio. Aquel que me ha

traicionado y entregado a ti ha cometido el mayor de los pecados.

El romano sabía de sobra a quién se refería el prisionero y aquella inesperada confesión,

descargando en parte a Poncio de su responsabilidad, pareció aliviarle sobremanera. El

gobernador se olvidó de sus preguntas y esbozando una sonrisa de agradecimiento salió a la

terraza. La escolta se dispuso a seguirle pero el Nazareno, dirigiéndose a Juan, colocó su mano

sobre la cabeza del discípulo, haciéndole un último ruego:

-Juan, no puedes hacer nada por mí... Vete con mi madre y tráela para que me vea antes de

que muera.

Civilis escuchó también aquellas dolorosas palabras, e intuyendo el fatal desenlace, animó a

Juan Zebedeo para que cumpliera aquella última voluntad del Galileo sin pérdida de tiempo.

Solté al muchacho y disimulando mi angustia asentí con la cabeza, ratificando la noble intención

del centurión. Juan cruzó el umbral del Pretorio, perdiéndose entre la multitud. Previamente, el

oficial ordenó a uno de sus hombres que acompañara al apóstol hasta las puertas de la muralla,

ayudándole a franquear el paso.

Al regresar a la terraza, Poncio -mucho más animado por las recientes frases del reo- había

empezado a hablar a la muchedumbre. El tono de su voz denotaba un firme deseo de liberar a

Jesús. El rostro de José de Arimatea volvió a iluminarse por la esperanza e, incluso Judas, que

había sido uno de los pocos que no se había unido a los gritos de crucifixión, pareció aliviado

por la decidida actitud del procurador.

-… Estoy convencido que este hombre -anunció Pilato- ha faltado solamente a la religión, por

lo que debe ser detenido y sometido a vuestras propias leyes... ¿Por qué esperáis que le

condene a muerte, por estar en conflicto con vuestras tradiciones?

El inesperado cambio del gobernador de Roma exasperó los ánimos de los saduceos, que

formaron un corro, discutiendo acaloradamente. Pilato, sumamente complacido ante la

crispación general de los sacerdotes, se sentó en la silla transportable, haciendo un guiño a

Civilis. Pero, antes de que el procurador pudiera terminar de saborear aquel efímero triunfo,

Caifás, pálido y con los ojos inyectados en sangre, volvió a subir las escaleras y amenazando a

Poncio con su mano izquierda, le soltó a quemarropa:

-¡Si sueltas a este hombre, tú no eres amigo del César...!

La cólera del sumo sacerdote era tal que su voluminoso vientre comenzó a subir y bajar,

arrastrado por su agitada respiración. Aquella sentencia de Caifás hizo palidecer a Poncio.

Y trataré por todos los medios -remachó el astuto yerno de Anás- de que el emperador tenga

conocimiento de ello.

Conociendo como conocía el procurador la oleada de delaciones, arrestos y ejecuciones que se

había cernido en aquellos últimos meses sobre el imperio, el fulminante ultimátum de Caifás

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terminó por desarmarle. Aquello, indudablemente, fue un golpe bajo. Tiberio, y más

concretamente el temido Sejano, ya habían tenido noticia de las dos revueltas provocadas por

la intransigente postura de Pilato (una motivada por la colocación de los emblemas e insignias

del emperador en mitad de Jerusalén y la segunda, por la expropiación indebida del tesoro del

templo para la construcción de un acueducto) y ambos sucesos le habían valido sendas

amonestaciones. Si el inflexible general de la guardia pretoriana, que ocupaba el puesto del

César, volvía a recibir inquietantes noticias sobre la conducta de su hombre de confianza en

aquella provincia, la carrera política de Poncio podía verse seriamente alterada. De hecho, poco

tiempo después de la muerte de Jesús de Nazaret, el procurador caería en un nuevo error

político que precipitó su fin1.

El sumo sacerdote, además, se había referido intencionadamente a su título de «amigo del

César». Y aquella referencia humilló aún más la voluntad del juez romano. (Aunque Poncio

Pilato, indudablemente, era conocido y amigo de Tiberio, la alusión de Caifás llevaba dinamita.

El jefe de los sacerdotes sabía que el gobernador era miembro del «orden ecuestre»,

ostentando el título de aeques illustrior y la dignidad de «amigo del César»; es decir, una muy

especial distinción. Aquel privilegio, precisamente, hacía aún más delicada su situación, de cara

a la cúpula del Imperio. El Sanedrín tenía medios para hacer llegar a Sejano y a Tiberio, en la

isla de Capri, sus quejas sobre lo que consideraban una nueva irregularidad del procurador. Y

Poncio lo sabía.)

En mi opinión, esta astuta maniobra final desmoralizó a Poncio, quien, vacío de un estricto

sentido de la justicia y sin tiempo para reflexionar fríamente, cedió. Confundido y sin control se

incorporó de la silla curul y señalando a Jesús, dijo sarcásticamente:

-¡He aquí vuestro rey...!

Caifás y los jueces hebreos sabían que acababan de herir de muerte los propósitos del

romano y, animando nuevamente a la multitud, respondieron a Pilato:

-¡Acaba con él...! ¡Crucifícale...! ¡Crucifícale!

El gobernador se dejó caer sobre su asiento y prácticamente sin fuerzas exclamó:

-¿Voy a crucificar a vuestro rey?

Uno de los saduceos se situó sobre el segundo escalón y gritó, señalando la fachada del

Pretorio:

-¡No tenemos más rey que a César!

Pilato era consciente de aquella hipócrita afirmación, pero no se atrevió a replicar. Llamó a

Civilis y, después de intercambiar unas frases con su primer oficial, anunció a los judíos su

intención de soltar a Barrabás.

El populacho aplaudió la decisión del gobernador. Pero Poncio, ajeno a este reconocimiento,

pidió que le trajeran una jofaina con agua. El centurión, al oír a Poncio, mostró su extrañeza.

Pero obedeció, ordenando a uno de los legionarios que se diera prisa en cumplir los deseos del

procurador. Creo que, salvo Pilato y yo mismo, ninguno de los presentes sabía con qué

intención había solicitado el romano aquel recipiente.

Jesús, con la cabeza inclinada y víctima de la calentura, asistió en silencio a aquella última

parte del debate dialéctico entre los judíos y el representante del César.

Cuando el soldado regresó a la terraza, portando una ancha vasija de barro, rebosante de

agua, se situó frente a Poncio y esperó. El procurador introdujo sus regordetas manos en el

recipiente, frotándolas durante unos segundos. A continuación, ante la atónita mirada del

centurión, de sus legionarios y de la multitud, ordenó al soldado que se retirara. Y levantando

los brazos por encima de su cabeza, gritó de forma que todos pudieran oírle con nitidez:


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