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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1. Y

una vez situada imploré a los dioses una señal...

Pilato, conteniendo la respiración, me animó a que prosiguiera. El cielo, estimado

procurador, se había vuelto sereno y

transparente como los ojos de una diosa. Afortunadamente -volví a mentirle-, el viento se

había detenido. Todo hacía presagiar una respuesta... Y súbitamente, las infernales aves

1 Afortunadamente para mí, yo había sido instruido en el arte de los antiguos augures y arúspices griegos y

romanos. Una vez en el templum o espacio del cielo que debía observarse, el augur tomaba su lituus y se volvía hacia

el sur, trazando una línea sobre el cielo -de norte a sur-, llamada cardo. Después hacia otro tanto de este a Oeste

(decumanus), repartiendo así en cuatro áreas la parte visible del cielo. Enseguida, tirando dos líneas paralelas a las dos

trazadas anteriormente, formaba un cuadrado que, proyectado sobre la tierra, constituía el citado prisma o templum.

La zona que quedaba delante de él se denominaba antica y la que quedaba atrás, postica. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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«inferae» surgieron por mi izquierda. Su vuelo rasante y la dirección de las mismas fueron

determinantes...

-Pero, ¿qué? -estalló Poncio-. ¿Qué quieres decir con esto?

Adopté una falsa calma y mirándole fijamente, le respondí, haciendo mía una sentencia de

Ennio:

-Entonces, en el colmo del infortunio, tronó a la izquierda, estando el cielo enteramente

sereno.

Pilato abrió sus grandes ojos, espantado. Él sabía bien el significado de aquellas patrañas,

maravillosamente criticadas en su día por el propio Cicerón. Y con la faz pálida me suplicó que

le descifrara el augurio.

-En mi humilde opinión -rematé-, Júpiter, y por razones que no alcanzo a comprender -le

mentí por tercera vez-, está desolado. Y es posible que manifieste su ira sin demasiada

tardanza. El cielo será testigo de cuanto te he revelado...

-¿Hoy mismo?

Asentí con rostro grave, al tiempo que desviaba mi mirada hacia el Nazareno. Poncio giró

también su cabeza, conmoviéndose. Después, olvidando la conversación y a mí mismo, regresó

junto a sus centuriones.

Me disponía a solicitar de Civilis que me autorizase a seguir a la comitiva y a presenciar las

ejecuciones cuando irrumpió en el patio, procedente de una de las múltiples puertas que se

abrían bajo las columnatas, el legionario que había medido la envergadura de Jesús. Para ello,

el soldado, muy acostumbrado a este menester a juzgar por su soltura, había tomado una de

las lanzas y, mientras otro compañero sostenía los brazos del Galileo en posición de cruz, el

portador del pilum se colocó a espaldas del reo, midiendo la distancia total entre las puntas de

ambas manos.

Ahora, una vez realizada la macabra medición, el romano había vuelto al patio central,

cargando un pesado madero; un tronco sumamente tosco, sin cepillar, con un grosero vaciado

u orificio en su mitad. Este burdo agujero, de unos 10 centímetros de diámetro, cruzaba el

madero de parte a parte, siguiendo el sentido de su espesor.

El legionario, que venía provisto de una larga y gruesa cuerda, hizo descansar el patibulum1,

apoyando una de sus caras -perfectamente aserrada- sobre el enlosado. Y esperó.

Al situar el madero en esta posición vertical pude comprobar que su longitud era casi de dos

metros (posiblemente, 1,90). En cuanto a su espesor, calculo que rondaría los 25 centímetros.

Era, en definitiva, un sólido leño, con un peso que no creo que bajase de los 30 kilos.

Simulando una gran curiosidad me aproximé al legionario, preguntándole para qué servía aquel

tronco. El soldado sonrió irónicamente y señalando primero a Jesús, me hizo después un

significativo signo con su dedo pulgar. Lo colocó hacia abajo, a la manera de los Césares

cuando decretaban el remate de los gladiadores.

Acaricié la rugosa superficie del patibulum y deduje que se trataba de una sección de un

árbol, de alguna de las especies de pino, tan frecuentes en Palestina o quizá importado de los

bosques del Líbano. (No estoy seguro, pero quizá fuese el denominado Pinus halepensis, de una

madera casi incorruptible.)

Ensimismado en el análisis no me percaté de la llegada de los dos «zelotas». El optio y los

legionarios los habían conducido, maniatados, hasta el procurador y los restantes centuriones.

Nada más verlos, Civilis ordenó que les arrancaran las mugrientas túnicas y que iniciaran el

obligado castigo previo a la crucifixión. Y cuatro legionarios se hicieron con otros tantos

flagrum, procediendo a azotar a los guerrilleros. Uno de ellos, casi un muchacho, se clavó de

rodillas frente a Poncio, gimiendo e implorando piedad. Pero el gobernador se apresuró a dar

media vuelta, alejándose del prisionero. En ese instante, mientras los látigos chasqueaban

nuevamente en mitad del recinto, el legionario que había desaparecido en el túnel abovedado

de la puerta Oeste de Antonia regresó a la carrera, entregando a Longino una tablilla de

madera de unos 60 x 20 centímetros, totalmente blanqueada a base de yeso o albayalde. El

1 El origen del patibulum se remonta a la viga que servia para atrancar las puertas en Roma. Al quitarse, se abría

dicha puerta. De ahí el nombre.(N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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centurión tomó la tablilla y una especie de pequeño tizón, pidiendo al soldado que consiguiera

dos nuevas planchas.

A continuación llamó la atención del gobernador, mostrándole la tablilla y el afilado trozo de

carbón, recordándole que la escolta debería situar sobre las cruces la identidad de cada uno de

los condenados y la naturaleza de sus crímenes.

La emoción volvió a sacudirme. Estaba a punto de asistir a la redacción del llamado «INRI».

También en este asunto, y aunque sólo fuera en el aspecto circunstancial de la redacción, los

cuatro evangelistas se habían manifestado discrepantes. ¿Cuál de ellos había acertado en el

texto?

Marcos había dicho: «el Rey de los Judíos» (Mc. 15,26). Mateo, por su parte, añade: «Este

es Jesús, el Rey de los Judíos» (Mt. 27,37). En cuanto a Lucas, su «INRI» dice así: «Este es el

Rey de los Judíos» (Lc. 23,38). Por último, Juan Zebedeo, llamado «El Evangelista», reprodujo

el siguiente texto: «Jesús Nazareno el Rey de los Judíos» (Jn. 19,19).

¿Quién tenía la razón?

Discretamente me asomé por encima del hombro del procurador y noté cómo su mano

temblaba. Tenía la tablilla en posición horizontal y firmemente apoyada sobre la reluciente

coraza. Había tomado el carboncillo con la derecha pero su rostro se había desviado de la

superficie del encalado rectángulo de madera. Me di cuenta que miraba a Jesús por el rabillo del

ojo. El Maestro, que no despegó los labios en todo el tiempo, había conseguido regularizar su

ritmo respiratorio, pero continuaba encorvado y tembloroso. La sangre, aunque en menor

proporción, seguía goteando por los bajos de su túnica, formando un cerco alrededor de sus

pies.

Uno de los guerrilleros -el más adulto- se retorcía sobre las losas, aullando a cada latigazo.

Los legionarios habían desgarrado su túnica, dejando al descubierto la totalidad del tronco. Y a

pesar de hallarse con las manos amarradas a la espalda y controlado por otro soldado, que

sostenía entre sus manos el extremo de la maroma con la que había sido maniatado, el

«zelota», en su desesperación y dolor, se revolcaba sobre el pavimento, poniendo en apuros a

este último infante.

El más joven, con las vestiduras igualmente rasgadas, se había enroscado sobre sí mismo,

tratando de cubrir la cabeza entre sus piernas. Pero los golpes eran tan violentos y seguidos

que no tardó en situarse de rodillas, ofreciendo la espalda a los verdugos y emitiendo unos

alaridos que hicieron asomarse al cuerpo de guardia a numerosos legionarios.

De pronto, Pilato -cada vez más nervioso- comenzó a escribir con su característica letra

cuadrada...

«Jesús de Nazaret...»

Aquellas primeras palabras fueron trazadas en arameo, de derecha a izquierda. Tenían unos

30 milímetros de altura y ocupaban toda la parte superior de la tablilla.

Poncio volvió a dudar. Parecía no saber qué añadir. En realidad, él era consciente de la

falsedad de aquellas acusaciones y, lógicamente, acababa de tropezar con un serio problema.

El «zelota» más joven levantó la cabeza y con el rostro sudoroso y descompuesto buscó a

Jesús. Después, a pesar de los tirones de su guardián, se arrastró sobre sus rodillas hasta el

rabí. Y al llegar a sus pies, en medio de una lluvia de furiosos latigazos, hundió la cara en los

goterones de sangre que se escapaban por el filo de la túnica del rabí, exclamando entre

sollozos:

-¡Maestro...! ¡Ten misericordia de nosotros...! ¡No nos dejes morir!

Jesús entreabrió sus inflamados y amoratados ojos, mirando a aquel desdichado con una

infinita ternura. Pero, antes de que pudiera responderle, el soldado que sujetaba la cuerda de

este reo, propinó al Maestro un violento empujón, haciéndole retroceder y tambalearse. Uno de

los sayones dirigió entonces su flagrum hacia Cristo, dispuesto a herirle, pero Civilis, atento a

cuanto ocurría, se interpuso, sosteniendo al Nazareno por las axilas y evitando que se

desplomase.

A continuación se volvió hacia el pelotón, ordenándoles que no flagelasen al «rey de los

judíos».

-Este ha recibido ya su castigo -manifestó.

Los verdugos prosiguieron su despiadado ataque, abriendo nuevas heridas sobre las

espaldas, piernas y costados de los «zelotas». Mientras el que se había aproximado al Galileo

seguía de rodillas, con la cabeza clavada sobre las losas, su compañero, en un arranque de


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