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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Nazaret. Mi corazón volvió a estremecerse al distinguir unas sarcásticas sonrisas en algunos de

los rostros de los romanos.

Eran las 13 horas...

La súbita intervención de Eliseo me distrajo momentáneamente. El módulo detectaba el

«ojo» del «siroco» a poco más de 15 minutos de Jerusalén. La velocidad de «haboob» había

descendido ligeramente, pero el arrastre de arena era muy considerable, levantando lenguas de

partículas hasta 2 000 y 2 500 metros del suelo. Para mi compañero, lo más preocupante de

aquella tormenta seca era la posibilidad de que el viento arrastrase agentes biológicamente

activos que podrían afectarme.

Sinceramente, la advertencia de Eliseo no me preocupó. Mi corazón y mis cinco sentidos se

hallaban a cuatro metros de mí mismo: en la figura de aquel hombre de 1,81 metros de

estatura, ahora encorvado y maltrecho.

El Maestro fue levantado sin más dilaciones. Le fue retirado el manto púrpura que aún

conservaba sobre los hombros, amarrado a la altura del cuello, tocándole después el turno al

ropón. Al desenrollarlo quedó al descubierto la parte superior de la túnica. Y al verla cerré los

ojos. Era una mancha informe, sanguinolenta y encolada al cuerpo sobre las heridas de la

flagelación. Tragué saliva. ¿Qué ocurriría en el momento de desnudarle?

Pero ese angustioso trance se vio retardado por un problema con el que nadie había

contado: el casco espinoso.

Cuando uno de los soldados se disponía a retirar la túnica, otro de los guardianes reparó en

el trenzado de púas, haciendo notar que, o desgarraban la prenda o había que retirar primero el

yelmo.

Los infantes se enzarzaron en una discusión. Supongo que aquello se habría prolongado

indefinidamente de no haber sido por el optio. Con un sentido práctico bastante más acusado

que el de sus hombres se limitó a tocar el tejido y, al apreciar que se trataba de una túnica

inconsútil o sin costura, ordenó a los verdugos que le despojaran de la «corona». Al principio

me pareció absurdo que los legionarios discutieran por algo que podía haber tenido una fácil y

drástica solución: sencillamente, romper la vestidura. Después comprendí. Al parecer era

costumbre «no oficial » que los verdugos se repartieran la ropa del ajusticiado1.

Así que uno de los romanos se situó frente a Jesús, introduciendo lentamente sus dedos por

dos de los huecos del casco. Cuando las manos habían agarrado el haz de juncos a la altura de

las orejas dio un violento tirón hacia arriba.

El Galileo se estremeció. Pero el yelmo de espinas no terminó de desprenderse. Algunas de

las largas y afiladas púas estaban sólidamente incrustadas en la carne y aquel primer intento

sólo consiguió desgarrar aún más los tejidos, provocando el nacimiento de nuevos hilos de

sangre.

Arsenius movió la cabeza con impaciencia, recordando al infante que primero debería estirar

horizontalmente y después tirar hacia lo alto. El Nazareno apretó los labios y esperó el segundo

tirón.

Al jalar hacia los lados, en efecto, muchas de las espinas de las áreas parietales y frontal se

desprendieron. Y el verdugo repitió la maniobra. El empuje vertical fue tan violento que el

yelmo saltó, pero las púas ubicadas sobre las mejillas y nuca arañaron la piel y dos de las

espinas -clavadas en el tumefacto pómulo derecho y en el músculo elevador izquierdo- se

partieron, quedando alojadas en ambas regiones del rostro.

Un gemido acompañó aquella brutal retirada y los saduceos, pendientes del Maestro,

acogieron la maniobra con aplausos y aclamaciones.

Antes de que el rabí tuviera ocasión de recuperarse de los nuevos y agudos dolores, dos de

los soldados levantaron sus brazos, mientras un tercero procedía a desnudarle, recogiendo la

túnica desde el filo inferior.

Al descubrir las piernas sentí cómo mi corazón aceleraba su ritmo. Se hallaban cruzadas y

recorridas en todos los sentidos por regueros de sangre, coágulos, hematomas azulados o

reventados y una miríada de pequeños círculos, la mayoría abiertos por los clavos de las

sandalias romanas. En cuanto a las rodillas, la izquierda presentaba una considerable

1 A partir del emperador Adriano (117-138) se hace oficial esta costumbre, denominada pannicularia o "propina»,

por decreto recogido en el Digesto. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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hinchazón. La derecha, aunque menos deformada, se hallaba abierta en la cara anterior de la

rótula, con desgarros múltiples y pérdida del tejido celular subcutáneo, pudiendo apreciarse

incluso, parte del periostio del hueso. Era incomprensible cómo aquel ser humano había

conseguido caminar y arrastrarse sobre sus rodillas hasta la muralla. Las fuerzas -lo confieso-

empezaron a fallarme de nuevo.

Pero aquel martirio no había empezado siquiera...

El crujido de la túnica al ser despegada del tronco de Jesús me hizo palidecer.

El legionario, al comprobar que el tejido se hallaba pegado a las brechas, no lo dudó. Giró la

cabeza y, sonriendo maliciosamente a sus compañeros, fue elevando la túnica con lentitud. El

lino fue desgajándose de las heridas, arrastrando grandes plastones de sangre. Enrojecí de ira.

Y me aferré a la «vara de Moisés» hasta casi estrujarla. Unas gruesas gotas de sudor

empezaron a rodar por mis sienes y tuve que morder una de las mangas de mi manto para no

saltar sobre aquellos sádicos.

Al fin, cuando la túnica estuvo replegada a la altura de la cara del Nazareno, los soldados

bajaron los brazos y la cabeza del rabí, retirando su última vestimenta.

Y el Hijo del Hombre quedó totalmente desnudo, ligeramente inclinado y bañado por nuevas

hemorragias. Al ver aquella espalda abrasada por los hematomas y desgarros, Longino quedó

perplejo. El refinado desencolamiento de la túnica había abierto muchas de las heridas,

haciendo estallar otra aparatosa sangría. A pesar de la indudable protección de los dos mantos

y de la túnica, el madero había erosionado la zona superior de la espalda, ulcerando las áreas

de la paletilla derecha y la piel situada sobre el paquete muscular izquierdo del «trapecio». En

esta última región observé un abrasamiento de unos nueve por seis centímetros, con bordes

irregulares y arrollamiento de la piel, producido posiblemente en alguna de las violentas caídas

(quizás en la segunda, al desplomarse de espaldas en el túnel de la fortaleza Antonia).

Los codos se hallaban también prácticamente destruidos por los golpes y caídas. En cuanto

al antebrazo izquierdo, la fricción con la corteza del patibulum había deshilachado el plano

muscular, con pérdida de sustancia y amplias áreas amoratadas.

Pero la visión más terrorífica la ofrecían los costados. Las patadas habían reventado algunos

de los hematomas y masacrado muchas de las fibras musculares vitales en la función

respiratoria.

La sangre corría de nuevo por aquella piltrafa humana, que, al ser desposeída de sus ropas,

había empezado a tiritar, acusando los duros embates del viento y del polvo.

La indefensión, abandono y amargura de aquel hombre alcanzaron en aquellos instantes uno

de sus puntos culminantes.

Los curiosos y transeúntes que habían ido engordando el grupo inicial de testigos rompieron

aquellos dramáticos momentos, burlándose y acogiendo con largas risotadas la desnudez del

Galileo. Los sacerdotes, sobre todo, fueron los más corrosivos. Algunos, incluso, llegaron a

saltar sobre las peñas inferiores del Gólgota, gesticulando e imitando a Jesús, quien, humillado

y con la cabeza baja, ocultaba con ambas manos su región pubiana.

Libres de la tenaza del yelmo de espinas, sus cabellos empezaron a flotar al viento,

descubriendo las huellas de los latigazos de Lucilio sobre sus orejas. A pesar de los 17,5 grados

centígrados que registraba el módulo en aquella hora en Jerusalén, el Maestro seguía

temblando de frío. Al quedar sin la protección de sus ropas, amplias zonas de sus brazos, tórax,

vientre y piernas ofrecían el conocido aspecto de «piel de gallina». La fiebre, en lugar de ceder,

seguía acosándole.

¡Qué lejos había quedado la majestuosa figura del Galileo! Aunque sus discípulos y amigos

no se hallaban presentes, estoy convencido que muy pocos le habrían reconocido. Los dolores,

el agotamiento y la sed debían ser insufribles; sin embargo, al contemplarle allí, solo, ultrajado

y sin el más fugaz respiro. o muestra de amistad o aliento, estimo que su verdadera y más

profunda tortura no eran los padecimientos físicos, sino, como digo, esa sensación de

aniquilamiento moral que invade siempre a un hombre injustamente condenado. Pero éstas

sólo son reflexiones personales de un mero observador. ¿Quién hubiera podido adivinar los

pensamientos de Jesús de Nazaret en aquellas circunstancias? Lo cierto es que su fin se hallaba

muy próximo.

Mientras los soldados disponían el patibulum cerca de la stipe central, Longino se dirigió al

grupo de mujeres y les invitó a que repitieran con el rabí el suministro de hiel y vino. Y las


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