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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

295

En este segundo enclavamiento, el rabí no levantó siquiera la cabeza. Gruesas gotas de

sudor habían empezado a resbalar por las sienes, tropezando aquí y allá con los coágulos. Se

limitó a abrir la boca al máximo, emitiendo un ahogado e indescifrable sonido gutural.

-¿Qué sucede? -preguntó el centurión al ver cómo el clavo sobresalía más de 14 centímetros

por encima de la muñeca derecha.

El verdugo despegó el brazo y examinó la cóncava superficie del leño. Al pasar las yemas de

los dedos sobre la corteza movió la cabeza contrariado. Y dirigiéndose a Longino le explicó que

había dado con un nudo.

Sentí cómo me ardían las entrañas.

Sin perder la calma, el legionario depositó nuevamente la taladrada muñeca sobre el

patibulum y sujetando las aristas del clavo entre sus dedos índice y pulgar se dispuso a vencer

la resistencia del inoportuno obstáculo con un nuevo golpe.

El impacto fue tan terrorífico que la sección piramidal del clavo se quebró a escasos

centímetros de la ensangrentada piel del reo.

El nuevo contratiempo llegó aparejado con una soez imprecación del legionario.

Arrojó el mazo a un lado y ordenó a sus compañeros que sujetaran el antebrazo. Después,

aprisionando como pudo el extremo del metal, hizo fuerza, intentando sacar lo que quedaba del

clavo. Fue en vano. La punta había conseguido perforar el nudo y el metal se resistió.

Entre nuevas maldiciones, el enojado infante se incorporó. Pisó la zona cúbito-radial de Jesús

con su sandalia izquierda y comenzó a remover el clavo, haciéndolo oscilar a un lado y a otro.

Hasta Longino palideció a la vista de aquella nueva masacre. Los bruscos tirones del verdugo,

buscando la liberación del metal, ensancharon el orificio de la muñeca, desgarrando tejidos e

inundando de sangre sus propios dedos, el patibulum y la roca.

Es muy probable que el dolor se viera difuminado en parte por la profusa hemorragia. De lo

contrario, no puedo explicar el comportamiento del Galileo. A cada movimiento pendular del

soldado, en su afán por extraer la pieza, Jesús de Nazaret respondió con un lamento. Cinco,

seis..., ocho sacudidas y otros tantos gemidos, acompañados de algunos resoplidos y de varios

movimientos de cabeza. Pero aquel gigante no estalló; no protestó...

Al fin, después de una eternidad, el verdugo separó la punta del tronco. Y tras sacar la

enrojecida y goteante barrita metálica del carpo, se dirigió al saco de cuero, enredando en su

interior. Al volver junto al Nazareno observé que traía una especie de barrena corta, con una

manija de madera.

Retiró el brazo del Galileo y tras escupir sobre la mancha de sangre que cubría el madero,

limpió con la mano la zona donde se ubicaba el nudo. Tomó la herramienta e introdujo la rosca

en espiral en el orificio practicado por el clavo. Y apoyando todo el peso de su cuerpo sobre la

manija, hizo girar el vástago de hierro, taladrando la casi pétrea rugosidad con movimientos

lentos pero firmes.

La operación fue laboriosa. Mientras, la sangre del rabí siguió corriendo, formando un

extenso charco sobre la blanca superficie del Gólgota. A juzgar por la velocidad de escape del

torrente, no creo que las aristas en sierra del clavo llegaran a rasgar ninguna de las arterias o

venas principales. Sin embargo, aquella pérdida empezaba a ser dramática. Jesús palidecía por

minutos y temí que entrara en un nuevo estado de shock.

Cuando el soldado consideró que había barrenado el patibulum suficientemente, buscó en su

cinto y se hizo con otro clavo. Antes examinó la punta y la cabeza. Una vez satisfecho llevó el

antebrazo del reo a la posición inicial. Sin embargo, en contra de lo que suponía, antes de

tomar el mazo, atravesó la muñeca por el holgado orificio. Cuando la punta amaneció por la

cara dorsal, el verdugo la introdujo en el agujero que acababa de formar y sólo entonces repitió

el martillazo. Salvado el nudo, el clavo ingresó sin problemas en el leño. Con un segundo golpe,

el brazo derecho del Maestro quedó definitivamente fijado. La base del clavo, al igual que había

ocurrido con la de la muñeca izquierda, no llegó a tocar la carne. Ambas cabezas -horas

después comprendería por qué- sobresalían entre 8 y 10 centímetros.

Al igual que había sucedido con los guerrilleros, al registrarse el enclavamiento de las

muñecas, los pulgares del Cristo se doblaron, saltando y colocándose hacia el centro de las

palmas de las manos, en dirección opuesta a la de los cuatro dedos, ligeramente flexionados.

Mientras la herida de la muñeca izquierda -de forma oval- apenas si alcanzaba los 15 x 19

milímetros, la de la derecha era mucho más espectacular, con casi 25 milímetros de longitud,

en el sentido del eje del antebrazo.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

296

Aquella holgura me hizo temer incluso por la estabilidad del Maestro una vez que fuera

levantado sobre la stipe. ¿Se produciría un desgarramiento de los tejidos?

Los soldados obedecieron al oficial. Aquello se estaba demorando en exceso. Así que,

ayudados por el optio, izaron el patibulum al crucificado con él, actuando con ligereza a la hora

de enroscar al prisionero en la soga que debería servir para auparlo hasta lo alto del árbol.

Al pasar la maroma por la ranura del extremo de la stipe y empezar a tensaría, el madero -

controlado por los legionarios para que no perdiera su posición horizontal- inició un lento y

exasperante ascenso. Pero las fuertes ráfagas de viento, acuchillando el

cuerpo del Nazareno con sucesivas cargas de polvo y tierra, empezó a poner en dificultades

el levantamiento.

El centurión reclamó a gritos la presencia de dos de los hombres que mantenían la seguridad

del Gólgota, distribuyéndolos al pie de la escalera de mano en apoyo del soldado que tiraba

desde lo alto.

Mientras el Galileo conservó sus pies sobre la roca, la posición de sus brazos pudo

mantenerse más o menos en el eje del patibulum. Poco a poco, su cabeza recuperó la

verticalidad, cayendo en ocasiones sobre el mango o extremo superior del esternón.

En uno de aquellos tirones, tras inhalar una fuerte bocanada de aire, Jesús levantó

fugazmente la cabeza y dirigiendo la mirada hacia el turbulento cielo, exclamó:

-¡Padre!..., ¡perdónales!... ¡No saben lo que hacen!

Los infantes, al escuchar la quebrantada voz, se detuvieron. El Maestro había hablado en

arameo. Creo que, salvo uno o dos legionarios, el resto no le entendió. Pero, lamentablemente,

preguntaron el significado. La pareja que sí había comprendido se miró de hito en hito y antes

de que tradujeran las frases del reo, uno de los soldados cruzó el rostro de Jesús con una

bofetada.

-¡Maldito hebreo! -masculló el que le había abofeteado-... ¡Ni muertos ni vivos son dignos de

piedad!

La versión del traductor fue correcta, pero los incultos legionarios interpretaron sus frases

erróneamente.

-Así que no sabemos lo que hacemos... -le gritó el que había practicado las perforaciones-.

¡Pues espera y verás!

Y dirigiéndose al centro del Calvario recogió del suelo el yelmo de espinas, regresando en el

acto ante el Galileo.

El centurión tampoco había acertado a comprender el sentido de la expresión y vaciló ante la

irritada postura de sus hombres. Supongo que no se atrevió a intervenir. En el fondo, él

también se sintió ofendido por lo que parecía una burla hacia su profesionalidad.

El verdugo separó el cráneo del Maestro del patibulum y de un golpe le encasquetó el

capacete de púas en la cabeza. El ajuste, quizás por temor a herirse con las espinas, no fue

excesivamente violento, y la masa espinosa quedó medio bailando sobre las sienes del

prisionero.

La multitud, que en aquellos momentos debía oscilar alrededor de las 2 000 o 3 000

personas, aulló de placer al ver el gesto del romano.

El Maestro permaneció con la cabeza baja y sus torturadores continuaron con el izado del

tronco.

La gran estatura y el peso de Jesús -posiblemente alrededor de los 80 kilos- fueron otro

«handicap» para los sudorosos verdugos, que no tardaron en animarse mutuamente,

acompasando cada tirón a otros tantos «¡ey!»...

Palmo a palmo, la soga fue jalando del crucificado, en un ascenso interminable y

sobrecogedor. Para colmo, el gentío -cada vez más excitado- se unió a las interjecciones de los

legionarios. animándoles con sus «¡ey!».

Pero los poderosos brazos de los tres soldados que tiraban desde el suelo y en lo alto de la

escalera no eran suficientes. Temiendo que reo y madero se precipitaran a tierra, Longino y

Arsenius no tuvieron otra opción que formar con los soldados, añadiendo sus fuerzas al

levantamiento.

«¡Ey!... ¡ey!...»


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