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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

297

El cuerpo del Galileo se despegó finalmente de la roca y ahí dio comienzo la demoledora

«cuenta atrás» hacia una escalofriante agonía.

Al perder el apoyo de sus pies, los brazos del gigante se tensaron y los crujidos de sus

huesos se unieron durante algunos segundos al chirriar de la maroma sobre la horquilla del palo

vertical.

Al momento, las clavículas, esternón y costillas se dibujaron bajo la piel y regueros de

sangre, mientras los músculos pectorales, de los hombros, cuello y brazos se esculpían

embravecidos, a un paso de la dislocación. Pero la fortaleza de aquellos paquetes musculares

era aún grande y evitaron la luxación de los hombros y codos. Las fibras de los antebrazos,

especialmente los músculos extensores de las manos y de los dedos, se afilaron como sables y

cerré los ojos, temiendo que saltaran en alguno de aquellos tirones.

Jesús colgaba ya a medio metro del suelo. La fuerza de la gravedad hizo que, desde el primer

momento de la suspensión absoluta, los brazos girasen y, arrastrados por el peso del cuerpo,

se deslizaron hasta formar un ángulo de unos 65 grados con la stipe1.

El formidable peso que soportó el Nazareno en cada una de las grietas de las muñecas, unido

al desbocamiento de las heridas y a la suprema tensión de los ligamentos de hombros y codos

tuvo que multiplicar sus dolores (suponiendo que le quedara capacidad para ello) hasta el

enloquecimiento.

En varias ocasiones, acorralado por el sufrimiento, echó la cabeza atrás, buscando aire y,

sobre todo, un punto de apoyo. Pero esos puntos sólo podía encontrarlos en un lugar. Mejor

dicho, en dos: en los clavos que le atravesaban los carpos. Pero, ¿cómo elevarse sobre unas

piezas de metal, estando suspendido?

Las púas, en cada retroceso del cráneo, se incrustaban más y más en la región occipital,

haciendo desistir al Maestro. Estas sucesivas derrotas por ganar unos gramos de oxígeno

fueron transformando su respiración en un desacompasado y agitado tableteo del tórax, cada

vez menos efectivo. El fantasma de la asfixia había empezado a planear sobre el Hijo del

Hombre...

«¡Ey!... ¡ey!»

Cuando los soldados detuvieron el pesado avance de la cuerda, el cuerpo de Jesús se

balanceaba a unos 90 o 100 centímetros de tierra. Sus pies, chorreando sangre, palparon la

corteza del tronco vertical y se pegaron a él desesperadamente. Pero las hemorragias le

hicieron resbalar una y otra vez. Y en cuestión de minutos, la cara frontal del árbol se tiñó de

rojo, impregnada desde la zona de los omoplatos hasta los talones.

El legionario situado en el extremo superior de la súpe apretó los dientes y comenzó a jalar

de la lazada central. Pero el patibulum no se movió un solo centímetro. El peso del madero y

del reo (algo más de 110 kilos) era excesivo para el agotado infante. El centurión y Arsenius,

casi al unísono, le gritaron para que forzara el izado final. Fue inútil. El romano, jadeante, hizo

una señal de impotencia con su mano derecha, dejándose caer sobre la horquilla de la stipe.

Miré a Jesús y conté la frecuencia respiratoria: ¡Treinta y cinco cortísimas inspiraciones por

minuto! Las puntas de sus dedos habían empezado a tomar una coloración azulada. La cianosis

o deficiente oxigenación de la sangre había hecho acto de presencia. Examiné alarmado sus

labios. Pero la hipoxia (disminución de la cantidad normal de oxígeno en sangre) no se

manifestaba aún en la mucosa labial ni en las orejas.

El bombeo del cansado corazón del Maestro aumentó su ritmo, pero dudo que fuera

suficiente para irrigar las partes más periféricas del cuerpo. Si Longino y sus hombres no

actuaban con rapidez, la falta de riego y el consiguiente déficit de oxígeno en el cerebro podían

desembocar en la pérdida primero de la razón de Jesús y su fulminante fallecimiento. Y,

honestamente, en algunos de aquellos críticos segundos llegué a desearlo con todas mis

fuerzas. Aquella hubiera sido una forma de segar de plano sus torturas.

1 Un sencillo cálculo matemático nos proporciona la terrorífica imagen del peso que tuvo que soportar Jesús de

Nazaret durante este angustioso elevamiento. Repartiendo el peso total del Maestro entre ambos brazos (unos 40 kilos

para cada uno) la fuerza de tracción ejercida sobre cada uno de ellos es igual a 40/coseno de 65º = 40 : 0,4226 = 95

kilos, aproximadamente. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

298

Pero el oficial, sin perder los nervios, ordenó a los que permanecían al pie de la stipe que

colaborasen con el legionario encargado de encajar el patibulum. «Pero, ¿cómo? -pensé-, si

sólo hay una escalera de mano...» La solución llegó al momento.

Dos de aquellos diestros soldados, ágiles y entrenados, se aferraron con sus manos al palo

vertical mientras otros dos se encaramaban a sus respectivos hombros, alcanzando así los

extremos del madero transversal. A una señal del que había vuelto a sujetar el nudo central,

empujaron el leño hasta que la afilada punta del árbol entró en el agujero central del

patibulum.

-¡Ahora! -gritó el infante situado en lo alto de la escalera. Los soldados saltaron sobre la

roca, al tiempo que el centurión y el resto dé los verdugos soltaban de golpe la maroma.

Y el palo horizontal se precipitó hacia tierra. Pero, a unos cuarenta centímetros de la

horquilla, quedó encajado en el grueso perímetro de la stipe.

El frenazo fue recibido por la muchedumbre con grandes vítores y aplausos. El Maestro acusó

el impacto con un lamento más fuerte. Su respiración se detuvo algunos segundos y las

brechas de las muñecas se hicieron ostensiblemente más grandes. Los dedos, agarrotados,

apenas si reaccionaron ante la bárbara tracción.

Longino alargó la tablilla al infante y éste procedió a clavarla por encima del patibulum.

Mientras remataba el ajuste del palo transversal, otro de los romanos tiró con fuerza de la

pierna derecha de Jesús, forzando el abajamiento del hombro y de toda esa mitad del cuerpo

del Nazareno. Jesús, al sentir el tirón, inclinó aún más la cabeza, separando el tronco y las

nalgas del madero. Su rodilla derecha se dobló involuntariamente, pero el verdugo que se

disponía a clavar el pie se la aplastó con un súbito mazazo. El compañero que había jalado de la

pierna obligó la superficie de la planta hasta que ésta -completamente plana- tocó la stipe. Y un

tercer clavo taladró el pie del Nazareno, entrando en el dorso por un punto próximo al pliegue

de flexión. (Al examinar de cerca la entrada y salida del clavo estimé que el legionario había

perforado el ligamento anular anterior del tarso. De esta forma, la pieza se deslizó entre el

tendón del músculo extensor propio del dedo grueso y los del extensor común de los dedos,

penetrando por fuerza entre los huesos calcáneo y cuboides y el astrágalo y escafoides por

dentro. Los cuatro huesos quedaron hábilmente separados y el clavo se dirigió hacia atrás y

hacia abajo, quedando más cerca del talón que de los dedos.)

En esta ocasión, a pesar de la destreza del verdugo, la punta o las aristas del clavo

desplazaron o aplastaron algunos de los ramales de las arterias digitales o de la vena safena

externa, causando una hemorragia que me atemorizó. La sangre brotó a borbotones, anegando

materialmente el metro escaso existente entre el citado pie derecho y el suelo del Gólgota. Es

de suponer que aquel destrozo pudo afectar también al nervio tibial anterior, lacerando pierna y

muslo, y provocando un insoportable dolor reflejo en las ramificaciones y de los nervios

denominados plexo sacro y lumbar, en pleno vientre.

A pesar de los horribles dolores, el Galileo siguió consciente. ¡No podía explicármelo!

El enclavamiento del pie derecho, aunque parezca mentira, alivió el ritmo respiratorio del

Nazareno, al menos durante los primeros minutos de su crucifixión. Al apoyar el peso del

cuerpo sobre el clavo, repartiendo así los puntos de sustentación, sus pulmones lograron

capturar un volumen mayor de aire, ventilando algo más los alvéolos. Pero, ¿a costa de qué

índice de sufrimiento se consiguió esta momentánea regularización respiratoria?

Aquella inspiración más profunda duró unas décimas de segundo. Casi instantáneamente, el

cuerpo del Galileo volvió a caer, hundiendo el diafragma y entrando en una nueva y angustiosa

fase de progresiva asfixia. Sus inhalaciones, siempre por la boca, se hicieron vertiginosas,

cortas y a todas luces insuficientes para llenar y ventilar los pulmones.

Algo más tranquilo, el verdugo situó el cuarto clavo sobre la zona delantera del pie izquierdo.

El golpe en los ligamentos posteriores de la rodilla, como dije, había hinchado y amoratado toda

la región donde se insertan el fémur, la tibia y el peroné. Y a pesar de la rigidez de dicha

pierna, el legionario la dobló violentamente, haciendo chasquear las masas óseas.

El clavo entró sin problemas, resaltando -como en el caso del pie derecho- entre cinco y seis

centímetros por encima del dorso. La sangre fluyó en menor cantidad, bien porque el metal no

llegó a tocar vasos importantes o porque, sencillamente, la volemia del Nazareno había

descendido notablemente.

La pierna izquierda había quedado flexionada, formando con el palo vertical un ángulo de

unos 120 grados y abierta hacia la izquierda de la cruz,


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