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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

302

Pero el Maestro no respondió. Silo hizo en cambio el otro guerrillero. Apoyado como estaba

con la punta de su pie izquierdo sobre la mitad del sedile, su mecánica respiratoria no resultaba

tan fatigosa como la de sus compañeros de cruz. Y con voz balbuceante le reprochó a su

amigo:

-¿No temes tú mismo a Dios?... ¿No ves que nuestros sufrimientos... son por nuestros

actos?...

Dismas hizo una pausa, luchando por una nueva inhalación y, al fin, continuó:

¡Pero... este hombre sufre injustamente!... ¿No sería preferible que buscáramos el perdón de

nuestros pecados... y la salvación... de nuestras... almas?

Los músculos de sus brazos se relajaron y el vientre volvió a inflarse como un globo.

Jesús de Nazaret, que había escuchado las palabras de ambos «zelotas», abrió los labios

unos milímetros, con evidente deseo de responder. Pero su cuerpo, despegado de la stipe y

muy caído sobre las extremidades inferiores, no le obedeció. Sin embargo, el gigante no se

rindió. Aceleró el número de inspiraciones bucales -llegué a sumar 40 por minuto, cuando el

ritmo normal e inconsciente de respiraciones de un ser humano es de 16- e intentó contraer los

potentes músculos de los muslos, en su afán de elevarse unos centímetros y hacer entrar aire

en los pulmones. Sin embargo, aquellos cinco o diez primeros minutos en la cruz habían ido

quemando el escaso potencial de todos 105 paquetes musculares de muslos y piernas -

utilizados por el Señor en el imprescindible apoyo sobre los clavos de los pies para tomar

oxígeno- y los bíceps, sartorios, rectos anteriores, vastos y gemelos se negaron a funcionar. La

rigidez de todas estas fibras musculares me llevó al convencimiento de que la temida

tetanización se había iniciado antes de lo previsto. (Este dolorosísimo cuadro -la tetanización-

se registra siempre al entrar los músculos en un proceso anaerobio o de falta de oxígeno. En

estas condiciones, el ácido láctico existente en las fibras musculares no puede metabolizarse,

cristalizando. El organismo se ve sometido entonces a un dolor lacerante, bien conocido por los

atletas.)

Al comprender que sus piernas habían empezado a fallar, el Maestro -presa de las primeras

convulsiones y espasmos musculares, propios de la incipiente pero irreversible tetanización-

forzó las articulaciones de los codos, al tiempo que, buscando apoyo!, en los clavos de las

muñecas, pedía a la musculatura de sus antebrazos que le sirviera de «puente» para elevar, a

su vez, la de los hombros.

Entre jadeos, inspiraciones y lamentos entrecortados -provocados por el roce o

aplastamiento de los nervios medianos de las muñecas con el metal que perforaba sus carpos-,

aquel ejemplar humano venció al fin la fuerza de la gravedad, izándose sobre si mismo y

relajando el diafragma. Los deltoides, duros como piedras, transformaron sus hombros en

«manos» y la boca del Nazareno se abrió temblorosa, ganando a medias la batalla de la

inspiración del aire polvoriento que nos azotaba.

Al observar el titánico esfuerzo de Jesús, el «zelota» que le había defendido volvió a

hablarle:

-iSeñor! -le dijo con voz suplicante-. ¡Acuérdate de mí... cuando entres en tu reino!

Y al tiempo que expulsaba parte del aire robado en la última inhalación, el Galileo, con las

arterias del cuello tensas como tablas, acertó a responderle:

-De verdad... hoy te digo... que algún día estarás junto a mi... en el paraíso...

Los músculos de los hombros, brazos y antebrazos se vinieron abajo y con ellos, toda la masa

corporal del Nazareno que quedó nuevamente doblado «en sierra» y sin esperanzas inmediatas

de repetir semejante y agotador «trabajo»1.

1 Los hombres de Caballo de Troya, en un informe posterior a este primer «gran viaje» y en base al peso de Jesús, a

las longitudes de sus brazos, a las distancias hombro-clavo y al ángulo de 30 grados que formaban sus miembros

superiores con la horizontal, expusieron, entre otras, las siguientes consideraciones teóricas: la distancia entre los

clavos de las muñecas y una línea horizontal (imaginaria) que pasara por el centro de ambas articulaciones de los

hombros, era de 26,5 centímetros, aproximadamente. Esta era, en suma, la escalofriante altura a la que debía elevarse

el Maestro cada vez que practicaba una de estas inspiraciones algo más profundas. Pensando que el músculo deltoides

(que se extiende desde la clavícula y el omoplato al húmero) está diseñado para elevar el citado miembro superior,

cuyo peso es de un kilo y pico, el esfuerzo a que se vio sometido en el caso del Galileo es sencillamente excepcional. Si

hacemos actuar el citado deltoides en forma inversa -haciendo fijas sus inserciones en el húmero, tirando hacia arriba

de los hombros para elevar el peso del cuerpo- comprobaremos las enormes dificultades que ello supone,

perfectamente patentes en ese ejercicio gimnástico, único, que se lleva a cabo con las anillas y que, popularmente, es

conocido como «hacer el Cristo». Al no contar con la ayuda de los músculos de las extremidades inferiores, la

musculatura del hombro tenía que elevar el peso correspondiente a la cabeza, tronco y vientre, hasta la raíz de los

Caballo de Troya

J. J. Benítez

303

Por mi parte, en vista de la acelerada degradación del organismo del gigante, me dispuse a

acoplar sobre mis ojos las «crótalos» e iniciar una de las más delicadas y vitales operaciones de

seguimiento médico de aquella misión.

Pero dos hechos -uno de ellos absolutamente imprevisto y desconcertante- retrasarían esta

nueva exploración del cuerpo del Galileo...

Hacia las 13.40 horas, la voz de Eliseo se escuchó "5 x 5" en mi oído. Con una cierta

excitación me adelantó algo que, tanto los hebreos como el pelotón de vigilancia en el Gólgota

y yo mismo, teníamos a la vista y que no tardaría en convertir la ciudad santa y aquel paraje en

un infierno. El primer frente del «haboob» acababa de caer como una negra y tenebrosa niebla

sobre la falda oriental del monte Olivete. La «cuna», como medida precautoria, había activado

su «cinturón» de defensa. Las rachas de viento, a su paso sobre el módulo, alcanzaban los 35

nudos.

El gentío, al distinguir los sucios lóbulos de la tempestad, avanzando por el Este como una

«ola» y gigantesca, empezó a movilizarse, huyendo precipitadamente hacia la muralla. Muchos

de ellos se perdieron por la puerta de Efraím y otros, buenos conocedores de esta especie de

«siroco», buscaron refugio al pie del alto muro que cercaba Jerusalén por aquel punto. El sol

seguía brillando en lo alto, en mitad de un cielo azul y transparente. Creo que esta matización

resulta sumamente interesante: en contra de lo que dicen los evangelistas, aquella

muchedumbre no se retiró de las proximidades del Calvario como consecuencia de las

«tinieblas» a las que aluden los escritores sagrados. Éstas, sencillamente, aún no se habían

producido. Y hay más: en aquellos momentos tampoco detecté miedo. El fenómeno -no me

cansaré de insistir en ello- era molesto, incluso peligroso, pero frecuente en aquellas latitudes.

Los judíos, por tanto, estaban acostumbrados a tales tormentas de polvo y arena. En principio

no era lógico que cundiera el pánico. Sin embargo, ese terror que citan Mateo, Marcos y Lucas

se produjo. Pero, tal y como pasaré a narrar seguidamente, el origen de dicho miedo no estuvo,

repito, en el «siroco»...

A los pocos minutos, de aquellos cientos de personas que contemplaban a los crucificados

sólo quedó un mínimo contingente de sacerdotes y curiosos. Quizá medio centenar. La mayoría,

como si se tratase de una medida habitual de protección, empezó a sentarse sobre el terreno,

cubriendo sus cabezas con los pesados y multicolores mantos. Aquel pequeño grupo, en

definitiva, era una prueba más de lo que afirmo. Sabían que se echaba encima una tempestad

seca y, sin embargo, se tomaron el asunto con filosofía. Por supuesto, eligieron y apostaron por

el macabro espectáculo de los reos, debatiéndose entre la vida y la muerte.

Tentado estuve de aprovechar aquellos instantes para extraer mis lentes especiales de

contacto y proceder al chequeo del cuerpo del Maestro. Pero la inminente llegada de los densos

y negruzcos penachos me hizo desistir. A semejante velocidad -unos 70 kilómetros a la hora-,

las partículas de tierra y los gránulos de arena hubieran dañado la delicada superficie de las

«crótalos», arruinando aquella fase de la misión e, incluso, poniendo en peligro la integridad

física de mis ojos. Así que opté por aplazar el registro ultrasónico y tele-termográfico. Según

Eliseo, el hocico del «haboob » y los dos o tres lóbulos que corrían detrás no eran muy

profundos, estimándose su duración en unos 15 a 20 minutos.

miembros inferiores. Es decir, suponiendo que la masa total de Cristo fuera de unos 82 kilos, la mencionada

musculatura debía correr con la elevación de los 2/3 del peso corporal. En otras palabras: con unos 54,6 kilos. De

acuerdo con la expresión peso = masa x gravedad, se obtuvo que 54,6 x 9,8 = 535,73 julios. Al cronometrar el referido

ascenso de 26,5 centímetros (0,265 metros) en unos 1,5 segundos, Caballo de Troya dedujo que la aceleración sufrida

por Jesús de Nazaret fue de aproximadamente, 0,2355 metros por segundo en cada segundo. (Se tuvo en cuenta,

obviamente, los siguientes parámetros: «e» = espacio o distancia recorrida; «V0» = velocidad inicial, en este caso cero;

«a» = aceleración y «t» = tiempo invertido.

O, lo que es lo mismo: e = V0 + 1/2 a t2. Esto significaba lo siguiente: 0,265 = 1/2 a. 1,52.)

También fue calculada la fuerza que tuvo que hacer el Maestro en cada una de estas violentas elevaciones en

vertical: peso-fuerza = masa X aceleración. Es decir, 535,73- F = 54,6 x 0,2355. El resultado fue de F = 522,87 julios.

En cuanto al «trabajo» desarrollado, he aquí la escalofriante cifra: trabajo = fuerza x distancia (T = 522,87 x 0,265

= 138,56 newtons). Ello arrojó una potencia de ¡92,37 watios! (potencia = trabajo/t¡empo o 138,56/1,5).

Si comparamos esos 92,37 watios con los 2,5 que normalmente realiza la misma musculatura para elevar

simplemente el brazo, empezaremos a intuir el gigantesco y dolorosísimo esfuerzo que, como digo, desarrolló Jesús de

Nazaret en la cruz. (N. del m.)


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