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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

304

No fue necesario que el centurión diera demasiadas indicaciones. Cada hombre sabía cómo

debía comportarse ante aquella contingencia. Al comprobar la masiva retirada de los judíos,

Longino permitió a los centinelas que se agrupasen en el extremo sureste de la cima del

Gólgota, de cara a la tormenta. Juntaron los cuatro escudos, formando un parapeto, y clavaron

sus rodillas en la roca, sujetando esta improvisada defensa mediante las abrazaderas interiores

de cada escudo. El resto de la patrulla levantó la hilera de escudos que había sido dispuesta

sobre la superficie del patíbulo, formando un segundo «muro» defensivo. Y la totalidad del

pelotón -incluidos el oficial y Arsemus- se agazaparon dando la cara al cada vez más próximo

temporal.

Longino, al verme en pie e indeciso, me hizo una señal con la mano para que buscara refugio

junto a la piña que formaban sus hombres. Así lo hice sin pérdida de tiempo. Pero, en lugar de

acurrucarme como los legionarios, en dirección al «sirocco», me senté de espaldas a la patrulla,

sin perder de vista a los crucificados.

El viento, de pronto, se volvió más cálido y silbante. El primer torbellino del «haboob» se

precipitó sobre Jerusalén, y sobre el peñasco donde nos encontrábamos, con una estimable

violencia. En cuestión de segundos, una masa deshilachada y blanquecina, formada por

toneladas de arena y polvo en suspensión, arrasó el lugar, repiqueteando en su choque contra

las partes convexas de los escudos.

A pesar del manto que cubría mi cabeza, una minada de granos de una arena fina empezó a

acosarme, penetrando por todos los huecos de mis vestiduras e hiriendo la piel -especialmente

las piernas- como alfileres. El bramido de aquel tornado fue incrementándose con su velocidad.

Al poco, tanto los soldados como yo, nos vimos obligados casi con desesperación a cerrar los

ojos y proteger la boca, oídos y fosas nasales de aquella angustiosa polvareda.

Conforme el «siroco» fue arreciando, los gritos de los «zelotas» -encarados al viento y casi

desnudos- se hicieron más y más estentóreos. Las rachas habían empezado a ensañarse con

sus cuerpos indefensos, asaeteándoles con millones de partículas de tierra, añadiendo así un

nuevo e insoportable suplicio. Levanté la cabeza como pude y, entre las columnas de polvo,

más que ver, escuché a uno de los guerrilleros, pidiendo entre aullidos que le rematasen. En

cuanto a Jesús, casi no pude distinguir su figura, pero imaginé el sofocante tormento que

estaba soportando.

Dudo mucho que nadie en el Gólgota ni en sus alrededores, ni tampoco en la ciudad, pudiera

levantar la vista durante aquella pesadilla. Los sucesivos frentes del «haboob», cuyo «techo»

resultaba poco menos que imposible de fijar en semejantes condiciones, se elevaban -eso sí- a

una altitud suficiente como para difuminar el disco solar, al menos para cualquier observador

que se encontrase inmerso en el tornado. Sin embargo, yo no aprecié una oscuridad o

debilitamiento de la luz diurna suficiente como para clasificarlo de « tinieblas». Hubo,

naturalmente, un descenso de la visibilidad, como consecuencia del arrastre de arena y polvo,

pero no esa cerrada negrura que parece desprenderse de los textos evangélicos. Cualquiera

que haya vivido una de estas experiencias sabe que, por muy espeso que sea el fenómeno

meteorológico en cuestión, difícilmente desemboca en tinieblas. Fue después cuando ocurrió

«aquello» que sí «oscureció» un amplio radio...

Una vez alejados los tres o cuatro lóbulos «de cabeza», Eliseo abrió de nuevo la conexión

auditiva, anunciándome que la «cola» del «siroco», muy debilitada ya, necesitaría otros cinco o

diez minutos para cruzar la región. Las masas de tierra en suspensión eran menos consistentes,

aunque los vientos en superficie mantenían velocidades no inferiores a los 20025 nudos.

El centurión, al notar cómo el torbellino principal parecía decrecer, se incorporó

parcialmente, inspeccionando a los cuatro soldados que se resguardaban a escasos metros de

nuestra «empalizada». No debió observar demasiadas anomalías porque volvió a acurrucarse

de inmediato, en espera de los últimos coletazos del «haboob». Eliseo no estaba equivocado.

Alrededor de las 14 horas, la fuerza del tornado disminuyó, así como el polverío.

Afortunadamente el cuerpo principal del «siroco» había ido despedazándose desde su

nacimiento en los desiertos arábigos, alcanzando las tierras de Palestina con una «cabeza» cuya

longitud fue valorada por los instrumentos del módulo en unos 20 kilómetros y un frente de casi

125. Las ráfagas, sin embargo, no cesarían hasta bien entrada la tarde.

Cuando la tormenta cesó, el espectáculo que se ofreció a mi alrededor era sencillamente

dantesco. Todos los legionarios, y yo mismo, naturalmente, aparecíamos cubiertos de arena. El

polvo había blanqueado las cejas, cabellos y ropajes de los soldados, así como los mantos de

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los cincuenta escasos judíos que habían preferido aguantar el azote del viento al pie del

Gólgota.

En cuanto a los crucificados, al verlos mudos y con las cabezas inmóviles sobre el pecho, lo

primero que pensé es que habían perecido por asfixia. Longino debió imaginar lo mismo porque

se precipitó hacia las cruces, palmoteando sobre sus ropas y sacudiéndose la tierra acumulada.

Sin embargo, al situarnos bajo los condenados, comprobamos -yo, al menos, con alivio-

cómo seguían vivos. Las costillas flotantes de Jesús registraban esporádicas oscilaciones, señal

de una débil ventilación pulmonar. Las heridas y regueros de sangre se hallaban acribillados por

infinidad de partículas de tierra y arena, llegando a taponar las profundas brechas de los

costados y el desgarro de la rótula. Los cabellos de su cabeza, axilas y pubis, así como el del

pecho, eran irreconocibles. Se habían convertido en masas encanecidas. Su cabellera, sobre

todo, encharcada por las hemorragias, era ahora, con el polvo, un viscoso y ceniciento colgajo.

Quedé aturdido al ver su barba y bigote cargados de polvo y sus labios, con una costra terrosa

que desdibujaba las mucosas e, incluso, las profundas fisuras.

Las heridas de los clavos, tanto en el Maestro como en los «zelotas», habían sido poco

menos que taponadas por el «haboob». Aquel viento infernal, que acababa de atentar contra el

hilo de vida que aún flotaba en lo alto de aquellos árboles, había logrado lo que parecía un

milagro: detener la pérdida de sangre del Nazareno (aunque, sinceramente, a aquellas alturas

de la crucifixión ya no sé qué hubiera sido mejor). De todas formas, el destino es muy

extraño...

Los guerrilleros y Jesús de Nazaret se hallaban sin conocimiento. En el fondo era lo mejor

que les podía haber ocurrido.

Y sucedió. A las 14.05 horas, mi compañero en el módulo -con una excitación similar a la

que había experimentado durante mi permanencia en la finca de Getsemaní- abrió súbitamente

la conexión, anunciándome algo que hizo tambalear mis esquemas mentales.

¡Ahí está otra vez...! ¡Jasón, lo tengo en pantalla...! El radar registra un eco... ¿Dirección...?,

afirmativo: procede del Este. ¡Esto es de locos!

Me volví hacia el lugar, pero, una vez más, no observé nada anormal. Era lógico. Aunque la

«ola» de polvo se había extinguido, aquel objeto se hallaba aún, según el «Gun Dish» de a

bordo, a 135 millas del «punto de contacto» donde reposaba la «cuna».

No viene muy fuerte -prosiguió Eliseo, que debía tener la nariz pegada a la pantalla del

radar-. Calculo que a unos 400 nudos... oh...!

La voz de mi hermano se cortó. Rodeado como estaba por los 12 legionarios y los dos jefes

no pude pulsar mi conexión y dirigirme a él. ¿Qué demonios pasaba en el módulo?

-… ¡Jasón, nunca nos creerán...! El eco acaba de hacer una ruptura de casi 90 grados... Lo

tengo en rumbo 190... Si sigue así pasará casi sobre tu vertical... Pero, ¿cómo ha podido...?,

¿qué clase de «cosa» puede hacer un giro así...? Jasón, entiendo que no puedes hablarme.

Seguiré informando... ¡Reduce, afirmativo, reduce su velocidad! ¡Y también el nivel...! A ver...,

en electo... ¡Roger!, pasa de 400 nudos a 275... ¿Nivel...? 300 y sigue bajando... Te doy

«pegeons»


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