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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 No puedo resistir la tentación de recordar al lector otro suceso que parece guardar una estrecha relación con éste:

el sol que «bailó» en Fátima en 1917. En cuanto al objeto que provocó las »tinieblas» sobre Jerusalén y su entorno, el

computador del módulo estimó que giraba geosincrónicamente sobre la ciudad santa (paralelo estimado para Jerusalén:

5 463 kilómetros). (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

308

en contemplar a su Maestro. Sus ojos se hallaban hundidos y el rostro, marcado por las largas

horas de insomnio y sufrimiento. Parecía un viejo...

Con voz temblorosa se dirigió a Longino, suplicándole que, aunque sólo fuera un instante,

permitiera a la madre de Jesús de Nazaret aproximarse a la cruz y dar el último adiós a su hijo

primogénito. Juan acompañó su petición dirigiendo su brazo derecho hacia el reducido número

de mujeres que esperaba a escasa distancia de los saduceos.

A pesar de cuanto llevaba vivido y sufrido en aquella misión, al oír al Zebedeo mis rodillas

temblaron. ¡María estaba allí!

Longino no tuvo valor para negarse. Y autorizó al discípulo a que acompañara a la madre del

Maestro hasta lo alto del patíbulo, con la condición de que el resto siguiera donde estaba y de

que la permanencia al pie de la cruz fuera lo más breve posible.

Juan agradeció el humanitario gesto del centurión y se apresuró a volver junto al grupo.

Intercambió unas palabras con las mujeres y, seguidamente, una de las hebreas comenzó a

subir por entre las rocas, asistida por Juan y el otro hombre.

Conforme se aproximaban, mi pulso se aceleró. A los pocos segundos tuve ante mi a la

madre terrenal de aquel gigante...

Los legionarios, algo más tranquilos, habían descendido por el segundo peñasco,

entregándose a la búsqueda de leña seca con la que poder encender una fogata. Ellos,

lógicamente, no podían prever la duración de la oscuridad y Arsenius, prudentemente, ordenó a

los infantes que se hicieran con una buena provisión de combustible. Faltaban cuatro horas

para el ocaso y la custodia de los condenados podía ser larga.

En el instante en que María llegaba al pie de la cruz central, dos de los soldados depositaron

sobre la roca sendos haces de ramas de la llamada retama «de escobas», muy ligera y de

excelente calidad para sus propósitos.

Apoyándose en los antebrazos de Juan y del segundo hombre (que resultó llamarse Jude o

Judas y que, según pude averiguar al día siguiente, era hermano carnal de Jesús), aquella

hebrea de rostro extremadamente pálido se detuvo a un metro del árbol en el que se hallaba

clavado su hijo. No era muy alta. Su cabeza, levantada hacia el Maestro, había quedado poco

más o menos a la altura de las rodillas del Nazareno. Posiblemente mediría entre 1,60 y 1,65

metros. Contaba alrededor de 50 años, aunque su figura frágil, algo encorvada y las arrugas

que nacían de sus hermosos ojos almendrados la hacían más venerable. A pesar de la

oscuridad me llamó la atención su frente alta y despejada, rematando un rostro ovalado en el

que apenas despuntaba una nariz pequeña y recta. Cubría su cabeza con un manto marrón

claro que no me permitió ver sus cabellos. Sin embargo, á juzgar por el color de sus cejas -

finas y ligeramente arqueadas-, debían ser de un negro azabache. La túnica, de una tonalidad

similar a la del manto, aunque algo más apagada, rozaba casi la superficie del Gólgota.

Nadie dijo nada. Juan rompió a llorar, aferrándose al brazo de la Señora. Longino,

conmovido, se retiró.

Sin embargo, ante mi sorpresa, María no derramó una sola lágrima. Sólo el temblor de sus

largas y encallecidas manos, bajo cuya piel serpenteaba una maraña de venas azules y

pronunciadas, reflejaba su aflicción.

Mis problemas se vieron aliviados cuando el oficial, en otro gesto que decía mucho en su

favor, regresó hasta nosotros, portando una tea recién encendida.

Cuando Longino aproximó la improvisada antorcha al cuerpo del Maestro, con el fin de que

su madre pudiera contemplarle mejor, el Galileo, alertado quizá por el resplandor rojizo del

fuego, despegó la barbilla del pecho, descubriendo a su familia. Su respiración volvió a agitarse

y su ojo derecho se abrió al máximo.

La mujer, al igual que Juan y el hermano de Jesús, no despegaron ya sus miradas del rostro

del crucificado.

La boca del gigante se abrió ligeramente, intentando hablar, pero sus pulmones -disminuidos

en su capacidad vital por las múltiples lesiones de los músculos respiratorios y por la angustiosa

falta de apoyo- se hallaban ante una gravísima insuficiencia ventilatoria restrictiva. (Pocos

minutos más tarde, al ajustar los ultrasonidos a su tórax, Caballo de Troya recibiría información

sobre esa delicada situación, certificando mis sospechas: la capacidad vital de Jesús se hallaba

muy por debajo del 80 por 100 del valor teórico normal, estimado -como se sabe- en 5,50

litros.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

309

A pesar de ello, el Nazareno, en un titánico esfuerzo, contrajo los músculos abdominales y,

casi al unísono, la agotada musculatura de los antebrazos y hombros comenzó a palpitar,

buscando la energía necesaria para elevar la parte superior del cuerpo esos imprescindibles y

kilométricos 26,5 centímetros. Pero las reservas del Cristo estaban casi agotadas y su voluntad

no fue suficiente. En esos dramáticos momentos sucedió algo casi insignificante, poco menos

que imperceptible para los que se hallaban al pie de la cruz, pero que para mi, como médico,

me heló el corazón. Jesús arqueó el diafragma por segunda vez y tensó de nuevo los músculos

elevadores y extensores, haciéndolos vibrar. Al mismo tiempo, su muñeca izquierda giró apenas

un centímetro sobre el eje del antebrazo. Aquel movimiento del carpo sobre el clavo colaboró

decisivamente en la elevación de los hombros. La cabeza del rabí se clavó en el patibulum y su

barba apuntó hacia el cielo, mientras el violento dolor provocado por el mínimo giro de la

muñeca izquierda hacía latir con precipitación las paredes de la vena yugular externa,

marcando las fosas supraclaviculares y los músculos del cuello como jamás he visto en ser

humano. Al instante, de la semicegada herida de la muñeca izquierda surgieron dos reguerillos

de sangre, finísimos y divergentes, que corrieron hacia el codo.

El Maestro -a qué precio- había logrado su propósito. Al elevarse, su boca se abrió al máximo

y una bocanada de aire fresco penetró en sus pulmones, al tiempo que el hundimiento del

vientre dejaba al descubierto la cresta ilíaca de la cadera derecha.

El cuerpo del crucificado volvió a caer y Jesús, bajando el rostro, esbozó una sonrisa extraña.

Aquel rictus me alarmó: no se trataba en realidad de una sonrisa, sino de otro síntoma de la

tetanización que le acosaba y que en Medicina se conoce por «sonrisa sardónica»: labios

apretados, con las comisuras hacia afuera y hacia abajo.

María, al contemplar el desesperado esfuerzo de su hijo, bajó la cara y sus piernas

flaquearon. Pero Juan y Judas la sostuvieron. Sus labios, apenas sombreados por la luz de la

antorcha, empezaron a aletear y las profundas ojeras que corrían por encima de sus altos y

afilados pómulos se confundieron con la oscura e insondable amargura de unos ojos que, a

pesar de todo, conservaban una singular belleza.

-¡Mujer...!

La renqueante voz del Maestro hizo que María y todos los demás levantaran el rostro. Y el

semblante de aquella hebrea se iluminó.

-¡Mujer -repitió Jesús-, he aquí a tu hijo!

Juan se secó las lágrimas con la palma de su mano derecha, mirando a su Maestro sin

acertar a comprender.

Después, desviando el rostro hacia el apóstol exclamó, casi sin fuerzas:

-¡Hijo mío..., he aquí a tu madre!

La menguada inhalación del crucificado estaba casi agotada. Su respiración entró en déficit y

apurando sus últimas posibilidades, ordenó entre jadeos:

-Deseo..., que abandonéis este... lugar.

Su abdomen había vuelto a deformarse y su cabeza, al igual que los músculos de los brazos

y hombros, se desplomaron.

Los hombres hicieron intención de dar media vuelta y retirarse, pero María, siempre en

silencio, avanzó un paso hacia el crucificado. Se inclinó muy lentamente y besó la rodilla

derecha de Jesús. Después, ocultando su rostro entre las manos, abandonó el peñasco,

prácticamente sostenida por Juan y su hijo.

Creo que, tanto el centurión como yo quedamos impresionados por la entereza de aquella

mujer. Una hebrea a la que tendría oportunidad de volver a ver y de cuya conversación

obtendría una magnífica y sensacional información.

La pequeña, casi insignificante, sombra de María, la madre del Maestro, no tardó en

difuminarse en la penumbra. Juan y Jude la acompañaron en su camino de regreso a Jerusalén.

Pero el resto de las mujeres continuó a corta distancia, pendiente del agonizante crucificado.

Allí estaban, entre otras seguidoras y creyentes, Ruth, también hermana carnal del Nazareno;

Salomé, la madre de Juan; Mirián, esposa de Cleopás y hermana de la madre de Jesús; Rebeca

y María, la de Magdala, más conocida hoy por «Magdalena».

Hacia las 14.25, el optio autorizó al que hacía las veces de intendente a que repartiera la

cena entre los hombres de la patrulla: cerdo salado, queso, pan y una ración de agua con

vinagre, conocido por el nombre de «posca». Todos los soldados, a excepción de los que

montaban guardia, se reunieron en torno a la hoguera, dando buena cuenta de las viandas.


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