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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

315

Mi compañero en el módulo se apresuró a confirmar lo que yo estaba viendo. Poco a poco,

sin prisas, como dejándose ver, el objeto se dirigió hacia Levante, desapareciendo por detrás

del monte de las Aceitunas.

Aquel singular «amanecer» fue acogido por los legionarios y por el escaso grupo de mujeres

y saduceos que seguían junto al peñasco con vivas muestras de alegría y asombro. Otro tanto

ocurrió en la ciudad. Sus habitantes estimaron esta «liberación» del sol como un signo de buen

augurio.

Fue entonces, mientras el gigantesco disco rompía su estacionario, alejándose, cuando el

centurión, volviéndose hacia la cruz en la que colgaba el Maestro, golpeó la coraza que protegía

su tórax con el puño derecho y, sosteniendo esta actitud de saludo, sentenció:

-¡Ciertamente era un hombre integro...! Realmente ha debido ser el Hijo de Dios...

Los soldados, inquietos, pidieron instrucciones al optio y al oficial. Pero ni Arsenius ni

Longino supieron qué hacer. Sencillamente, como medida de seguridad, doblaron la guardia.

Algo intuían aquellos hombres cuando actuaron así. Y no se equivocaban...

Al desaparecer la penumbra, la luz del sol iluminó a los crucificados, desvelando todo el

horror de aquellos cuerpos desangrados, grotescamente convulsionados y cubiertos de arena.

Los «zelotas» continuaban inconscientes y así siguieron -afortunadamente para ellos- hasta que

llegaron aquellos tres nuevos legionarios...

La piel del Galileo, a pesar de la gruesa película de polvo que se había adherido a sus

desgarros, cabellos, coágulos y manchas de sangre, pronto empezarla a resaltar con la típica

tonalidad marmórea de los cadáveres. El olor de las heces hacía insoportable la estancia junto a

la cruz y los infantes que no montaban guardia se retiraron hasta el filo del patíbulo. La

situación se hizo algo más llevadera cuando, nada más «salir» el sol, el viento volvió a soplar

desde el Este, aunque. mucho más debilitado que en las horas precedentes. Es ahora, con la

perspectiva del tiempo, cuando me he hecho una pregunta que entonces no llegué a intuir

siquiera: ¿Tuvo algo que ver la presencia de aquel formidable objeto con la extraña quietud que

sobrevino al mismo tiempo que las «tinieblas» y con el posterior recrudecimiento del viento? El

científico no tiene respuesta pero el hombre intuitivo que también llevo dentro me dice que sí...

Noté una lógica alarma entre las mujeres y en Juan y el hermano de Jesús. La absoluta

inmovilidad de su Maestro empezaba a extrañarles. Mi estado de ánimo era tan menguado que

me volví de espaldas, no deseando tropezar con la mirada del joven Zebedeo. Entonces, hacia

el Oeste, percibí una curiosa agitación entre las bandadas de pájaros que anidaban

generalmente en los muros de la ciudad. A pesar del viento, habían remontado el vuelo,

dispersándose en total desorden. Me encogí de hombros. Sin embargo, casi a la par, una

confusa algarabía me hizo volver la cabeza hacia la muralla. Lo que vi me dejó perplejo. Por la

puerta de Efraím había empezado a salir un tropel de perros, ladrando lastimeramente. Yo

sabía que había canes en Jerusalén, pero nunca creí que fueran tantos. Parecían nerviosos, muy

excitados y, sobre todo, atemorizados. Como si algo o alguien les hubiera puesto en fuga

repentinamente. Pero ¿quién?

Longino y yo nos miramos sin comprender e igualmente alarmados. ¿Qué estaba ocurriendo

en Jerusalén?

Los chuchos cruzaron a la carrera por delante del peñasco, en dirección a los campos del

norte y noroeste. Algunos, jadeantes y husmeando el terreno sin cesar, treparon a lo alto del

Gólgota, pero fueron rápidamente expulsados por los legionarios.

A los pocos segundos, una comunicación desde la «cuna» me estremecía, explicando en

parte el anómalo comportamiento de aquellos animales: los sensores de a bordo habían

empezado a detectar una serie de gases, con alto contenido de azufre, así como un ligero

incremento de la temperatura a nivel del suelo.

Eliseo no estaba seguro pero era posible que se avecinara un movimiento sísmico. Aquella

hipótesis sí podía aclarar en parte la inquietud de las aves y perros. (Los animales, y también el

hombre, aunque en una proporción menor, tienen capacidad para inhalar los gases que

frecuentemente preceden al estallido de un terremoto. Al registrarse las primeras

perturbaciones en el interior de la Tierra, los gases son expulsados a través de, las estrechas

fisuras del suelo y los animales pueden inhalarlos. Estos segregan al instante en sus cerebros

un volumen de serotoninas muy superior al normal y las citadas hormonas disparan los

mecanismos de excitabilidad del individuo. En el caso de los perros, habían salido huyendo,

retirándose de las peligrosas áreas de edificios de Jerusalén.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Sin embargo, los dos sismógrafos «Teledyne» y «Geotech», instalados por Caballo de Troya

para medir y valorar el terremoto a que hace alusión el evangelista Mateo en su texto sagrado

(27,51) -y del que yo, sinceramente, me había olvidado por completo- no registraban señal

alguna. Ambos, especialmente diseñados por los especialistas del Centro Nacional de

Terremotos y Meteorología de Tokio –y en los que colaboró decisivamente el profesor

Nagamune, jefe de Información de Pronósticos de Terremoto-, fueron ubicados por los expertos

en dos de los soportes o « trenes» de aterrizaje de la «cuna». En el delicado proceso de

miniaturización y adaptación a nuestra nave, uno de los aparatos fue convertido en sismógrafo

«horizontal», y el segundo en «vertical». Los pesados péndulos fueron sustituidos por sendos

haces de luz láser, capaces de registrar las ondas de sismos profundos (hasta 720 kilómetros)

y, naturalmente, las procedentes de movimientos intermedios o someros, con una profundidad

límite de 7 kilómetros bajo la superficie. En el «horizontal» -especialmente programado para los

movimientos de vaivén o de «rodillo» del terreno-, el espejo tradicional que sirve como registro

fotográfico había sido eliminado. Los impulsos del láser quedaban codificados al instante sobre

un papel especial, pudiendo ampliar las vibraciones por encima de las 100000 veces. En cuanto

al de «péndulo-láser» de conformación vertical, preparado para los movimientos de

comprensión, se hallaba en contacto con un papel térmico y un registro tradicional de cinta

magnética.

Fue poco después -a las 15.01 horas- cuando sentimos aquella primera sacudida. Recuerdo

un pequeño detalle que, en las primeras décimas de segundo, contribuyó aún más a duplicar mi

confusión. Uno de los legionarios, por orden del optio, había tomado entre sus manos la vasija

encerrada en la malla de cuerdas y se disponía a arrojar parte del agua de la misma sobre las

llamas de la hoguera. Y así lo hizo. Pero, en el instante en que vertía el líquido sobre la fogata,

el primer «tirón» del terreno le desequilibró y el chorro de agua fue a estrellarse sobre el rostro

de otro compañero, que permanecía sentado muy cerca del fuego.

El legionario cayó sobre la roca y también la cántara, que se quebró en pedazos.

Aquella oscilación del suelo produjo la fulminante incorporación de los soldados que se

hallaban sentados, quienes, aturdidos, no tuvieron tiempo ni de mirarse unos a otros. Aunque

en las comprobaciones posteriores se estimó que la primera onda sísmica apenas si tuvo una

duración de 16 segundos, el desplazamiento horizontal de los estratos -en forma de vaivén-,

llevaba una potencia suficiente como para derribar a varios de los infantes. En mi caso, lo que

más me consternó en aquellos segundos iniciales fue el agobiante mareo que empecé a

experimentar. Parecía como si una fuerza invisible estuviera agitando mi cerebro...

Al notar la sacudida, las mujeres rompieron a chillar, víctimas del mismo pánico que nos

inundaba a todos.

Pero, súbitamente, de la misma forma que había llegado, así desapareció aquel movimiento.

Longino y el suboficial, pálidos como la piel de Jesús, esperaron unos segundos. Sus miradas

estaban fijas en los extremos superiores de las cruces. Pero las stipes, al cesar el temblor,

habían quedado tan inmóviles como antes del sismo. Y el oficial, con muy buen criterio, se

dirigió a sus hombres, gritándoles:

-¡Abajo...! ¡Vamos, todos abajo...!

La patrulla, incluidos los centinelas, obedeció al momento, precipitándose por el canalillo de

acceso al Gólgota. En la atropellada huida del patíbulo, algunos de los soldados olvidaron sus

escudos y cascos. Cuando el oficial estaba a punto de descender hacia el camino, se detuvo, y,

girando sobre sus talones, regresó hasta la hoguera, apagándola a base de pisotones. En ese

momento, mi corazón se astilló por el miedo: un bramido sordo y lejano comenzó a levantarse

por el Este. Casi simultáneamente se dejó sentir la segunda y más vigorosa sacudida. Todo el

peñasco tembló y osciló -no estoy muy seguro de si sólo fue uno de estos movimientos o los

dos a un mismo tiempo- y me sentí violentamente desplazado, cayendo sobre la vibrante

superficie del Calvario. (Es curioso pero, al ver y sentir aquellas vibraciones de la roca, me vino

a la memoria la escena de los espasmos de la carne de vaca recién sacrificada...)

Desde el suelo, impotente para levantarme, distinguí cómo el centurión había caído también

y cómo las cruces acusaban aquella segunda réplica con una especie de traqueteo rapidísimo

que hizo estremecer los cuerpos de los judíos. Una de las stipes situada por detrás de los

crucificados -la que se hallaba ligeramente inclinada- se bamboleó como un junco agitado por el

viento, desplomándose.


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