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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

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El pánico y el sofocante mareo fueron tales que -a pesar de necesitarlo- no supe o no pude

gritar ni pronunciar palabra alguna. Tumbado boca abajo y aferrado a las irregularidades de la

roca, sólo fui capaz de formular un pensamiento: ¡sobrevivir! Las sucesivas convulsiones del

terreno me golpeaban sin cesar, llegando, incluso, a levantarme en vilo a varios centímetros del

suelo.

Hoy, después de la amarga experiencia, recuerdo muy bien cómo las piedras sueltas del

peñasco saltaban como pelotas de goma, se desplazaban horizontalmente como proyectiles y

chocaban violentamente contra las bases de las cruces y contra mi cuerpo y el del oficial.

Sumergido en un pavor incontrolable e irracional, aquellos segundos no tuvieron tiempo ni

medida. Fueron, sencillamente, eternos. El trueno que parecía nacer de cada centímetro

cuadrado del suelo y la violenta agitación de la Naturaleza tuvieron, sin embargo, una duración

relativamente corta: 47 segundos, según el instrumental del módulo. A mí, aquellos 47

segundos se me antojaron siglos...

Al cabo de ese tiempo, todo volvió a serenarse. Y un silencio de muerte cayó sobre la peña y

sus alrededores.

Cuando acerté a levantarme tuve que apoyarme en la «vara de Moisés». Ahora era el

estómago el que me daba vueltas, con una angustiosa necesidad de arrojar. Un sudor frío llenó

mi cuerpo casi simultáneamente. Hoy sé que buena parte de ese malestar era consecuencia del

miedo...

Longino permaneció unos instantes de rodillas, con la vista fija en el suelo de la roca, como

esperando una tercera sacudida. Pero el sismo no se repetiría.

Al observar cómo el nuevo temblor no terminaba de llegar, el oficial se incorporó,

haciéndome un gesto con el brazo para que le siguiera. Creo que jamás he obedecido tan

ciegamente a una persona. A los pocos segundos, el centurión y yo, más que correr, volábamos

por el callejón del Calvario, saliendo a campo abierto y uniéndonos al pelotón. La casi totalidad

de las mujeres se hallaba caída en tierra, gimiendo y profiriendo unos gritos que terminaron de

erizarme los vellos.

Juan y Jude, tan aterrados como el resto, no sabían si correr hacia la campiña o regresar a la

ciudad. Pero, poco a poco, conforme el terremoto se fue distanciando en la memoria, los

ánimos empezaron a recobrarse y se impuso el sentido común. Al menos, por parte de los

oficiales romanos y del joven Zebedeo. La trágica realidad de los crucificados -olvidada durante

los temblores- se presentó en seguida a los ojos de los amigos y familiares del Maestro.

Pero, antes de seguir adelante, quiero reseñar un hecho, altamente misterioso, detectado

desde el módulo.

Según los datos recogidos en los registros permanentes o «sismogramas» de la «cuna", los dos

temblores habían sumado un total de 63 segundos. La primera onda, mucho más débil que la

segunda, correspondía al tipo «L», también llamadas «largas» o «superficiales». Los

sismógrafos detectaron un predominio de la variante «Love», más de acuerdo con la naturaleza

uniforme de los estratos superficiales de aquella zona geológica. La velocidad estimada fue de

3.3 kilómetros por segundo. Sin embargo, en este primer sismo cuya magnitud no fue

excesivamente importante: 4,1 en la escala de Richter-, los aparatos no recibieron, como

hubiera sido de esperar, las series de culebreos de las ondas «P» o «primarias» ni tampoco el

zizgagueo posterior de las ondas «S», más lentas que las «P»1

1 La energía liberada en un terremoto se desplaza por la roca en forma de ondas. Dicha roca actúa como un cuerpo

elástico. Las partículas individuales en los estratos rocosos vibran de una parte a otra con gran rapidez a medida que se

transmite el movimiento ondulatorio. Aunque sus patrones resultan sumamente complejos, constantemente

modificados por las propiedades de reflexión, difracción, refracción y dispersión de las ondas, internacionalmente han

sido divididas en tres grandes grupos: Onda »P» o «primaria», «de empuje«, «compresional» o «longitudinal», que

viaja por el interior de la Tierra a gran velocidad (entre 6 y 11,3 kilómetros por segundo), siendo la primera en llegar a

la estación registradora. Se transmite, como las ondas sonoras, por compresión y expansión alternas del volumen de la

roca a lo largo de la dirección de viaje de las ondas. Puede atravesar sólidos, líquidos y gases. Onda «S» o

«secundaria», «de sacudida», «de esfuerzo cortante», «distorsionales» o «transversales». Forman un cuerpo de ondas

más lento que las «P»,viajando entre 3,5 y 7,3 kilómetros por segundo. Son las segundas en llegar a los sismógrafos.

Viajan también a través del interior de la Tierra, siendo transmitidas -al igual que las ondas de luz- por vibraciones

perpendiculares a la trayectoria en que viajan las ondas en las rocas. Su velocidad es proporcional a la rigidez del

material que atraviesan, no pudiendo cruzar los líquidos.

Por último, las ondas «L», también conocidas por los nombres de «largas o superficiales». Son lentas -alrededor de

3,5 kilómetros por segundo-, variando su desplazamiento con la elasticidad de la roca. Tienen una naturaleza

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Ante el desconcierto general, solamente surgieron las ondulantes, lentas y superficiales

«Love» (que de «amorosas» no tuvieron nada).

En la segunda sacudida, en cambio, sí aparecieron las ondas «P» y «S» y, por último, las «L».

Los científicos, a la vista de los datos acumulados por los sismógrafos, cifraron este segundo y

más intenso sismo en una magnitud de 6,81.

Hasta aquí, todo casi «normal», dentro de lo que es y supone un cuadro sísmico, excepción

hecha de la ya mencionada ausencia de las ondas «de empuje» y de las «secundarias». Pero el

desconcierto de los hombres de Caballo de Troya llegó al límite cuando, muy por detrás del

segundo temblor y de los correspondiente «paquetes» de ondas, el módulo entero se

estremeció y crujió por tercera vez. En esta ocasión, sin embargo, los sismógrafos ya habían

enmudecido. Lo que hizo vibrar la «cuna» -según los datos del instrumental de a bordo- fue

¡una onda expansiva! Y lo más increíble es que aquella onda expansiva -viajando a razón de

300 metros por segundo- tenía su «nacimiento» en la misma área donde los expertos en

Sismología habían ubicado el epicentro del terremoto: a unos 750 kilómetros al sur-sureste de

Jerusalén, en pleno desierto, muy cerca del actual limite entre Jordania y Arabia y al sur de la

actual población de Sakaka.

Cuando se ultimaron las comprobaciones, el general Curtiss y todos nosotros nos vimos

desbordados por los resultados: aquel tipo de onda expansiva y parte de las ondas sísmicas

obedecían a los efectos de una explosión nuclear subterránea. Sinceramente, quedamos mudos

por la sorpresa...

Al hecho incuestionable de la escasa sismicidad de Palestina -muy inferior a las de Grecia,

Italia y España, por poner algunas comparaciones (en el período comprendido entre 1901 y

1955, por ejemplo, se registraron en Israel y zonas limítrofes del actual Líbano y Siria un total

de 13 seísmos2. Según Karnik, que hizo públicos los datos en 1971, de éstos, 10 fueron de una

magnitud comprendida entre 4,1 y 5,1, siempre según la escala de Richter. Dos oscilaron entre

5,2 y 5,6 y sólo uno rozó los 6,2 grados de intensidad- tuvimos que añadir este nuevo e

inesperado factor. Si ya resultaba improbable que un seísmo «coincidiera» casi con la muerte

de Jesús de Nazaret, el problema se agudizó cuando, como digo, los instrumentos captaron la

enigmática explosión nuclear subterránea. (No quiero, ni debo extenderme más en este

fascinante suceso por la sencilla razón de que éste, justamente, fue otro de los motivos que

impulsó a Caballo de Troya a programar y ejecutar el segundo «gran viaje».)

A los diez o quince minutos del seísmo, Longino y los soldados regresaron a lo alto del

Gólgota, reanudando la custodia de los crucificados. Minutos antes, el joven Juan se había

aproximado al centurión, interrogándole acerca de la suerte de su Maestro. Al verle mover la

cabeza negativamente y bajar los ojos, el apóstol comprendió que no había nada que hacer.

Pero en su corazón no quedaban lágrimas y, simplemente, se limitó a rogar a las mujeres que

se retiraran de aquel lugar. En medio de un estallido de dolor, la mayor parte del grupo -que

creía firmemente que Jesús obraría un prodigio y se salvaría- obedeció al Zebedeo, retirándose

en compañía de Judas hacia la casa de Elías Marcos, «cuartel general» de los más allegados al

Maestro desde la definitiva dispersión de David Zebedeo y sus «correos» ante la llegada de los

levitas del Templo. Pero trataré de no adelantar acontecimientos, ajustándome al más estricto

orden cronológico de los hechos.

ondulante, moviéndose fundamentalmente bajo la superficie terrestre. Se conocen dos clases principales: las ondas

«Love», en sólidos uniformes, y las «Raleigh», en sólidos no uniformes. (N. del m.)


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