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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 Como base puramente comparativa, el famoso terremoto de 1755 en Lisboa, cuya magnitud fue estimada en 9,

provocó una ola sísmica o maremoto denominada «tsunami», que arrasó la capital portuguesa y sus alrededores,

ocasionando 60 000 muertos. Se trata del seísmo más fuerte de la Historia Moderna. Hasta lago Lomond, Escocia, se

balanceó a causa del temblor. (N. del m.)

2 Uno de los testimonios más antiguos de que se dispone en la actualidad sobre seísmos en Israel procede de Flavio

Josefo. En su libro I, capitulo XIV, de la Guerra de los Judíos y bajo el titulo «De las asechanzas de Cleopatra contra

Herodes, y de la guerra de Herodes contra los Árabes, y un muy grande temblor de la tierra que entonces aconteció»,

el historiador dice: «... Persiguiendo (Herodes el Grande) a los enemigos le sucedió por voluntad de Dios otra desdicha

a los siete años de su reinado, y en tiempo que hervía la guerra Acciaca, porque al principio de la primavera hubo un

temblor de tierra, con el cual murió infinito ganado y perecieron treinta mil hombres, quedando salvo y entero todo su

ejército porque estaba en el campo.» El terremoto ocurrió, por tanto, hacia el año 35 antes de Cristo, justamente 64 o

65 años antes del seísmo que mencionan los Evangelios. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Juan siguió a la sombra del Gólgota, en unión de cuatro o cinco hebreas que se negaron a

regresar a Jerusalén.

Mientras ascendía nuevamente a lo alto del peñasco, me fijé en los saduceos. El pánico les

había paralizado. Pensé que, una vez consumada la muerte del «odiado impostor», se

retirarían. ¡Qué equivocado estaba...!

Cuando Jude y las mujeres se alejaban por el polvoriento sendero, Longino y Arsenius, que

se ocupaban con varios hombres en la comprobación de daños y en la estabilidad de las cruces,

se sobresaltaron nuevamente. La puerta de Efraím había empezado a vomitar un río de gente,

enloquecida y vociferante que, al parecer, huía de la ciudad. Ante la terrible posibilidad de un

nuevo seísmo, miles de ciudadanos y peregrinos, a quienes las dos sacudidas habían

sorprendido en Jerusalén, eligieron el inmediato abandono de las callejuelas de la ciudad santa,

en busca de terreno abierto. Cientos de hombres, mujeres y niños -muchos de ellos cargando

voluminosos bultos o tirando de caballerías y rebaños- empezaron a desfilar apresurada e

ininterrumpidamente junto al Calvario, rumbo a las cercanas lomas de Gareb. Los soldados

interrumpieron su inspección, reforzando la vigilancia periférica del peñasco. Pero, a decir

verdad, aquellos rostros desencajados por el miedo no repararon siquiera en Jesús y en los «

zelotas». Su verdadero problema era escapar, retirarse lo más rápido posible de los muros de la

ciudad. Poco antes de la puesta del sol, cuando, al fin, tuve oportunidad de entrar en Jerusalén,

consulté sobre los posibles daños ocasionados por los temblores. Según Elías Marcos y José de

Arimatea, las sacudidas habían provocado mucho más miedo que destrozos materiales. Las

edificaciones, casi todas de una o dos plantas y de materiales ligeros, habían aguantado las

acometidas. Se produjeron algunos pequeños derrumbes pero, afortunadamente, los lesionados

no eran muchos ni de consideración. Uno de los hechos que sí provocaría un sinfín de

comentarios -llegando a ser registrado, incluso, por los evangelistas- fue la ruptura de uno de

los dos grandes velos o cortinajes situados frente al Debir o «lugar santísimo» (también

llamado «oráculo») y al Hekal o «lugar santo», que precedía al primero. Al hallarse ambos en el

interior del Santuario me fue imposible verificar los rumores, aunque todas las noticias -

pronunciadas por los hebreos en voz baja y con una alta carga de superstición- hacían

referencia al primero y más importante1: el que cerraba el paso hacia la siempre misteriosa

estancia cúbica de 9 metros de lado, considerada la «morada de Dios» y en la que se

levantaban los dos querubines de 4,50 metros de altura, bellamente esculpidos en madera de

olivo y chapados en oro. ¡Cuánto hubiera dado por poder penetrar en dicho recinto y examinar

el interior del arca de la «alianza», depositada en el centro del piso y bajo las alas extendidas

de los «ángeles»! Pero éste también era un sueño imposible...

Cuando la patrulla se convenció que aquella multitud sólo intentaba poner tierra de por

medio y que ni siquiera se detenía a su paso junto a los jueces, el oficial y sus infantes

reanudaron la inspección ocular del patíbulo, tratando de hacer inventario de los posibles daños

originados por el terremoto.

Yo me uní a ellos, centrando mi atención en los crucificados. Las stipes habían soportado

bien las convulsiones de la roca, salvo la plantada hacia el Oeste y por detrás de los reos. Los

legionarios la apuntalaron de nuevo. Al concluir, el que se había responsabilizado de la recogida

de los trozos de la cántara de agua se fijó en algo y llamó a Longino. A pocos pasos de las

cruces, en dirección Sur, el peñasco aparecía abierto. Se trataba de una hendidura no muy

larga -de unos 25 centímetros- pero si bastante profunda. Quizá de dos o más metros. No

obstante, ninguno de los soldados pudo certificar si aquella brecha estaba allí antes del seísmo

o de si, por el contrario, se acababa de abrir. Ni el centurión ni el resto de los romanos le

concedieron demasiada importancia. Y cada cual volvió a lo suyo. Por mi parte, tampoco puedo

dar fe de que la resquebrajadura en lo alto del Gólgota fuera consecuencia del temblor. Lo que

sí es cierto es que la pequeña sima no seguía la dirección de la estratificación natural del

promontorio. Al contrario: cortaba la superficie de la roca transversalmente.

Hacia las 15.35, la salida de hebreos de la ciudad santa empezó a menguar

considerablemente. La calma fue restableciéndose y aquellas gentes, acampadas en los

alrededores de Jerusalén, empezaron a deambular, indecisas y acosándose mutuamente a

1 De las dimensiones de este gran vacío nos da idea cl siguiente dato del escrito rabínico Middot (III, 8): «si el velo

del Templo ha sido manchado, se debe arrojar en un baño que necesita la presencia de 300 sacerdotes». (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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preguntas. Entiendo que el paulatino regreso de las aves a las murallas del Templo y de la

ciudad contribuyó decisivamente a sosegar los temblorosos ánimos. Muchos recibieron con

alborozo este masivo retorno de palomas y golondrinas a Jerusalén y se animaron a cruzar de

nuevo el umbral del portalón de Efraím. El centurión, Arsenius, sus hombres y yo mismo

respiramos también con alivio cuando, de repente, un puñado de aquellas palomas grisazuladas

hizo un alto en su vuelo hacia la ciudad santa, posándose en los maderos

transversales de las cruces. ¡Qué triste y significativa me pareció aquella imagen! Tres o cuatro

pacíficas aves descansaron sobre el patibulum de Jesús de Nazaret, remontando el vuelo

segundos más tarde.

La vuelta de la espantada muchedumbre a Jerusalén fue mucho más tranquila. En esta

ocasión sí llegaron a detenerse frente al patíbulo, observando en silencio o interrogando a los

saduceos. Estos aprovecharon la oportunidad para anunciar a los cuatro vientos que el Galileo

había muerto y que, «casi con seguridad, el responsable de aquel terremoto era Jesús, aliado

de Belcebú...» La mayoría no prestó demasiada atención a semejante palabrería, pero algunos

-arrastrados por la vehemencia de los sacerdotes-volvieron a insultar al Maestro, engrosando el

número de los curiosos que permanecía al borde de la gran roca.

La atención del oficial y de los legionarios se vio súbitamente desviada por la llegada al

patíbulo de tres soldados procedentes de la fortaleza Antonia. Después de saludar a Longino le

explicaron el motivo de su presencia en la roca: traían órdenes expresas del procurador de

rematar a los condenados y trasladar los cuerpos a la fosa común abierta en el valle de la

Géhenne, al sur de la ciudad.

El oficial interrogó a los legionarios sobre la razón que había impulsado a Poncio a tomar una

decisión tan aparentemente precipitada. Según explicaron, poco antes del seísmo, un grupo de

sanedritas había visitado de nuevo al gobernador, exponiéndole lo que ellos denominaron «el

deseo del pueblo de Jerusalén»; a saber: que los cuerpos de los ejecutados fueran descolgados

antes de la caída del sol, tal y como ordenaba la Ley, ya que aquél, como es sabido, era el día

de la Preparación. Pilato -cuyo estado de ánimo se hallaba fuertemente impactado por las

«tinieblas»- accedió, cursando las órdenes oportunas a Civilis para que enviara algunos

hombres.

Longino no disimuló su extrañeza. Si aquellos mensajeros, en lugar de ser legionarios,

hubieran sido sanedritas, probablemente no habría aceptado. A él, en el fondo, las costumbres

judías le traían sin cuidado. Por un lado, aquel cambio de planes le molestaba profundamente.

Apenas habían transcurrido dos horas y media desde que iniciaron los laboriosos trabajos de

izado y enclavamiento de los «zelotas» y se le exigía la no menos engorrosa y desagradable

tarea de desclavarlos y transportarlos a la tumba común de los criminales...

Claro que, por otra parte, aquella contraorden también presentaba un cierto atractivo. Si las

operaciones se desarrollaban con presteza, aquella noche no transcurriría al raso, expuestos a

nuevas tormentas ni al rigor de la vigilancia.

Así que, dispuestos a terminar con el caso, el oficial y Arsenius ordenaron el descendimiento

de los «zelotas» y del Galileo. Longino advirtió a los recién llegados que el prisionero del centro

ya había muerto. Y los tres legionarios, que venían provistos de sendos bastones, idénticos a

los que yo había visto utilizar en el apaleamiento del soldado romano, tomaron posiciones. Dos

frente a Dismas y el tercero a la derecha del segundo guerrillero, también, como sus

compañeros, a medio metro escaso de las extremidades inferiores de Gistas. Un cuarto

legionario, espada en mano, completó el cuadro, apostándose frente a la pierna izquierda del

«zelota» más viejo.

No hubo señal alguna. Los cuatro romanos asentaron bien sus sandalias en la dura costra de

la roca y, blandiendo los bastones y la espada, descargaron cuatro secos y tremendos golpes

sobre las piernas de los infelices. El crujido de las tibias, pulverizadas a la altura del tercio

inferior, fue seguido de una serie de cortas y violentas convulsiones. Los « zelotas » habían sido

« despertados» por el dolor. Probablemente, los mazazos habían afectado también al peroné

porque, al instante, las piernas se inflamaron y los cuerpos, sin el arduo consuelo siquiera del

apoyo de los clavos de los pies, se desplomaron unos centímetros, mientras los desgraciados,

entre aullidos, abrían sus bocas desesperadamente, en pleno e irreversible proceso de asfixia.

Gistas, en esta ocasión, había llevado la peor parte. La espada del soldado le había seccionado

la pierna. En cuestión de segundos el shock traumático y una posible embolia aceleraron la

muerte por asfixia.


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