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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Pero, lejos de retroceder se encararon con la escolta, reclamando el cuerpo del Maestro.

Parte de los curiosos que se habían unido a los jueces, instigados y alentados por éstos,

clamaron también, insultando a los romanos y arrojándoles piedras: Los amotinados,

embravecidos, empezaron a avanzar hacia el Calvario. Pero el centurión, desenvainando su

espada, se colocó a la cabeza de los legionarios y dio la orden de cargar. En formación cerrada,

protegiéndose de los proyectiles con los escudos, los romanos comenzaron a caminar con paso

firme y decidido hacia los sanedritas que habían trepado hasta el peñasco. Sus rostros tensos,

rezumando una rabia mal contenida, me hicieron temblar. Aquellos legionarios parecían

dispuestos a todo. Pero los sacerdotes, intuyendo el peligro, dieron media vuelta, huyendo

atropelladamente. Uno o dos, en su precipitación, rodaron por el canal, siendo pisoteados sin

piedad por la patrulla que, en hilera, corría ya en dirección a los irritados hebreos.

La carga no tardó en surtir efecto. Cuando el populacho vio a los soldados con las espadas

en alto, dispuestos a masacrarlos si fuera preciso, retrocedieron, dispersándose en todas

direcciones.

Una vez restablecido el orden, el pelotón retornó a lo alto de la roca, formando un nuevo y

más numeroso cinturón de seguridad en torno a las cruces.

Juan y las mujeres, que se habían visto obligados a correr, huyendo de la furiosa carga,

contemplaron de lejos cómo el verdugo concluía su labor de desenclavamiento de Jesús. El

resto de los sacerdotes y judíos que se había rebelado desapareció por los campos o en el

interior de la ciudad. Sólo unos pocos, lejos y dispersos, se atrevieron a espiar los movimientos

de la guardia. Pero en ningún momento tuvieron valor para aproximarse a menos de cien

metros del patíbulo.

A pesar del forzado aislamiento del Calvario, Longino -tratando de obrar siempre con un

mínimo de justicia- se destacó hasta el borde del promontorio y, levantando la voz, dio lectura

a la orden de Poncio. Dudo mucho que los rabiosos jueces llegaran a escuchar al oficial.

A continuación, avanzando hacia José de Arimatea, le comunicó solemnemente:

-Este cuerpo te pertenece. Haz lo que consideres oportuno. Mis soldados te ayudarán para

que nadie se oponga a tu deseo.

El anciano, pálido aún por el susto, agradeció las palabras de Longino y, en compañía de

Nicodemo, se dirigió al lugar donde descansaba el cadáver de su Maestro. El patibulum había

sido retirado y también el yelmo espinoso, que fue arrojado con fuerza por el verdugo hacia el

pequeño peñasco situado al Oeste. Ni José ni su amigo, ni tampoco los soldados prestaron la

menor atención al citado casco de púas. Sencillamente, lo vi perderse entre las retamas del

accidentado terreno.

Mientras los soldados iniciaban el segundo descendimiento, el anciano José se arrodilló junto

a la maltrecha cabeza de Jesús y, tras contemplarle en silencio, extendió su mano, bajando el

párpado derecho del Señor. Al cabo de veinte o treinta segundos retiró los dedos, pero el ojo

del Galileo volvió a abrirse. José pasó de nuevo la mano sobre el párpado, sujetándolo durante

casi dos minutos. En este tiempo, una solitaria lágrima resbaló por la mejilla del amigo del

Nazareno.

Aunque el rigor mortis -que se vería indudablemente acelerado por la tetanización- no

empezaría hasta unas seis horas después del fallecimiento, lo cierto es que la caída del maxilar

inferior me hizo sospechar que los músculos de la boca, que había quedado abierta, no

tardarían en entrar en rigidez. Por otra parte, la pierna izquierda del Maestro se hallaba

flexionada, posiblemente por la forzada y sostenida postura de la cruz. Sus dedos -en garra- y

con los pulgares disparados hacia el centro de las palmas, se habían vuelto mucho más

azulados.

Una vez cerrado el ojo de Jesús, Nicodemo descargó en el suelo el par de saquetes que,

unidos por un cordel, colgaban de su hombro izquierdo y de los que no se había

desembarazado en todo el tiempo. Con la ayuda de José desplegó sobre la zona seca de la roca

un lienzo blanco que traía plegado bajo el brazo. (Según me confesaría esa misma noche en el

domicilio de Elías Marcos, el de Arimatea había adquirido aquellas seis varas de tela a un

comerciante de la vecina localidad de Palmira, al norte.)

Examiné el tejido y comprobé que se trataba de un paño de lino. Lo medí disimuladamente

con la ayuda de la «vara de Moisés» y deduje que tenía unos 4,30 metros de longitud por algo

más de un metro. (En nuestra segunda «aventura», los análisis verificados en el interior del

módulo sobre dicho paño arrojarían asombrosos y desconcertantes datos sobre lo que pudo

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acontecer en el sepulcro y que, sin lugar a dudas, coronaron nuestra misión. En dicha análisis

comprobamos, por ejemplo, que las dimensiones exactas de la tela eran 4,36 x 1,10 metros,

con un peso de 234 gramos por metro cuadrado. Es decir, el peso total de aquellos 4,80 metros

cuadrados se elevaba a 1123 gramos. La fibra, en efecto, era de lino y en las ampliaciones de

hasta 5000 veces apareció una estructura denominada «4 en espiga» o en «cola de pescado».

Este tejido en sarga, tal y como me había dicho Nicodemo, procedía de los telares de Palmira.

Curiosamente, este tipo de confección no irrumpiría en Europa hasta bien entrado el siglo XIV.

Pero no deseo extenderme ahora sobre nuestros fascinantes descubrimientos en la sábana que

cubrió el cadáver del Cristo durante aquellas históricas 36 horas...)

José de Arimatea comprobó la posición del sol y apremió a Nicodemo para que le ayudara a

trasladar el cadáver hasta el recién extendido lienzo. El anciano se situó a la cabeza del Maestro

y el amigo, a su vez, a los pies. Ambos se inclinaron a un mismo tiempo. José introdujo sus

manos por debajo de los hombros del Galileo, sujetándolo por las axilas. Nicodemo hizo otro

tanto, haciendo presa por los tobillos del gigante. Intercambiaron una mirada y, cuando

consideraron que se hallaban dispuestos, trataron de levantar el pesado cuerpo. Y digo que

«trataron» porque, por supuesto, sólo el de Arimatea consiguió levantarlo unos centímetros.

Lo intentaron por segunda vez, pero resultó igualmente estéril. Los forenses y aquellas

personas que se han visto alguna vez en la obligación de mover un cadáver saben por

experiencia que no resulta nada fácil. Y, mucho menos, silos puntos de sustentación no son los

adecuados. Este era el caso de Nicodemo...

Absolutamente impotentes para levantar al Nazareno, José no tuvo más remedio que

solicitar el concurso del oficial. Longino, comprendiendo la delicada situación de los hebreos,

suspendió el desclavamiento de Dismas, que quedó colgado del patibulum. Uno de los

legionarios, más joven y robusto que José, se hizo cargo de la parte superior del Maestro. Pasó

sus brazos por las axilas, levantando el tronco del cadáver. Al mismo tiempo, otro soldado

flexionó al máximo las rodillas del rabí, abrazando ambas piernas a la altura de las corvas. El

cuerpo del Galileo formó entonces una «V» y, con la ayuda de otros dos infantes -que situaron

sus manos en los riñones y espalda de Jesús- los ochenta u ochenta y dos kilos del Hijo del

Hombre pudieron ser izados y trasvasados al lienzo.

El cuerpo fue depositado a unos 20 centímetros del extremo de la sábana más cercano a las

cruces, con la cabeza casi en el centro del lienzo. En aquel traslado, de apenas cinco metros, la

intensa flexión del tronco comprimió las vísceras torácicas y abdominales, dando lugar a una

nueva hemorragia. Sin duda, la presión vació una de las venas cavas (posiblemente la inferior),

y un ancho reguero de sangre brotó por la herida de la lanza, chorreando por el costado

derecho y deslizándose a lo largo de toda la espalda, a la altura de la cintura.

Nicodemo intentó bajar la rodilla izquierda del Maestro pero, aunque la hizo descender unos

centímetros, los hematomas, desgarros de las articulaciones y la rigidez de la pierna hicieron

imposible su abajamiento total. El de Arimatea puso fin a los esfuerzos de su compañero,

cubriendo el cadáver con los dos metros largos de lino que habían quedado libres.

El oficial, que seguía atentamente la maniobra, comprendió de inmediato que los apuros de

aquella voluntariosa pareja de sanedritas no terminaban ahí. Nicodemo y José, aturdidos al

darse cuenta que el traslado de Jesús requería la colaboración de, al menos, cuatro hombres,

se volvieron implorando hacia Longino. Y éste, sonriendo, encomendó a su lugarteniente el

remate del descendimiento de los «zelotas», señalando seguidamente a cuatro de sus hombres

más fornidos para que acompañaran a él y a los «propietarios» del cadáver hasta la tumba

elegida.

Nicodemo y José rogaron al oficial que les permitiera ayudar en el traslado del improvisado

féretro. Y así se hizo. A las 16.30 horas el propio centurión, otro legionario y los dos amigos de

Jesús despegaron el lienzo del frío suelo del patíbulo, cargando los restos mortales del Hijo del

Hombre. Detrás, los tres soldados restantes, con las espadas desenvainadas y yo, con el alma

tan descarnada como aquella funesta roca que nunca olvidaré.

Debí suponerlo. Aunque Juan habla en su relato de un sepulcro situado en el mismo lugar

donde su Maestro había sido crucificado, por más que miré durante mi permanencia en lo alto

del Gólgota no logré descubrir un solo punto -próximo al peñasco- que reuniera las principales


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