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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

331

del año 30. Un día que, durante mucho tiempo, sería recordado, no por la crucifixión de Jesús

de Nazaret, sino por el «nefasto augurio» del oscurecimiento del sol y el posterior seísmo.

Nicodemo y Juan se despidieron a las puertas del domicilio de Marcos. El primero, dispuesto

a reunirse con los apóstoles que se habían refugiado en su casa y a celebrar con ellos la

obligatoria Pascua. El joven Zebedeo, a su vez, descorazonado y sumido en una tristeza infinita,

se alejó hacia su residencia, donde aguardaba María, la madre del Nazareno.

José aceptó acompañar a las mujeres hasta el interior de la mansión de los Marcos, donde se

hallaban las compañeras que Jude había conducido desde el patíbulo.

La familia, desolada por los acontecimientos, acogió al anciano y a las hebreas con gran

solicitud, rogándoles que les pusieran al corriente de todo lo sucedido a partir de la muerte del

Maestro. El eficacísimo servicio de mensajeros de David Zebedeo había mantenido informados

puntualmente a los núcleos principales de amigos y seguidores del rabí. Por medio de estos

«correos», Elías Marcos y el resto de los apóstoles, repartidos en Jerusalén, Betania y Betfagé,

supieron del fallecimiento del Galileo entre una y dos horas después de ocurrido el óbito.

Cuando el anciano hubo concluido su relato, la esposa de Elías volvió a llenar nuestros vasos

con aquel vino caliente y reconfortante. Y antes de que José tomara la decisión de abandonar a

los Marcos, le rogué me informara sobre lo ocurrido desde que le vi alejarse hacia el templo, en

pleno incidente con los jueces y judíos que intentaban variar el texto del «inri» del Nazareno.

José me miró con un profundo cansancio.

-¿Para qué recordar esa triste historia? -comentó sin entusiasmo.

Pero yo necesitaba averiguar lo sucedido en el interior del Santuario. ¿Qué había pasado en

la reunión del Sanedrín? ¿Qué había sido de Judas Iscariote? El hijo de Elías Marcos no se

hallaba en la casa o, al menos, yo no había acertado a verle y eso me preocupaba.

Le supliqué con una ansiedad tal que el bueno de José terminó por ceder.

-Desde los muros de la Torre Antonia -comenzó el anciano--me dirigí al Templo. Tal y como

comentamos, en mi corazón había una sospecha: los ciegos saduceos, leales al clan de Caifás y

de su suegro, podían conspirar también contra los íntimos del Maestro. Su temor a un

levantamiento por parte de los seguidores y amigos de Jesús no se había disipado con la

condena a muerte aprobada por Pilato. Todo lo contrarío. Precisamente a partir de esos

momentos -según ellos- la situación se hacia mucho más delicada. Y de la misma forma que

habían intentado capturar a Lázaro, adoptaron las medidas oportunas para prender y encarcelar

a los discípulos.

-¿Medidas?, ¿qué medidas? -le interrumpí.

-Nada más regresar a su cuartel general en el Santuario, los levitas, siguiendo instrucciones

del sumo sacerdote, formaron una escolta y salieron hacia la finca de Simón, «el leproso», en

Getsemaní. Gracias a la bondad infinita de Dios -¡bendito sea su nombre!-, poco antes de la

partida pude establecer contacto con uno de los emisarios de David Zebedeo. Al informarle de

lo que se proponía el Sanedrín corrió hasta el Olivete, dando la alerta. Pero, sobre la suerte de

los allí acampados no puedo añadir gran cosa. Sólo sé que a su regreso, el capitán de la

guardia del templo se mostró furioso: « Los seguidores del impostor -explicó a Caifás- han

huido como cobardes, pero hemos incendiado su campamento.. .»

»EI sumo sacerdote y la mayoría de los miembros del Sanedrín se tranquilizaron, estimando

que la desbandada de los hombres del Nazareno reducía considerablemente el riesgo de un

motín. Y Caifás, reunido con el Consejo en la sala de las «piedras talladas», prosiguió su

informe sobre todo lo ocurrido en la noche y madrugada, hasta el momento en que nuestro

Maestro fue introducido definitivamente en el Pretorio.

»EI cúmulo de mentiras, injurias y arbitrariedades esgrimidas por el yerno de Anás fue tal

que, asqueado, me retiré del tribunal.

»Pero, cuando me disponía a salir del Templo, apareció Judas. Nos miramos en silencio y el

traidor entró en la sala del Sanedrín. Regresé de nuevo al interior de la sede del Consejo,

dispuesto a hundir a aquel miserable. Pero no fue preciso. Al ver al Iscariote, Caifás y sus

hombres comenzaron a murmurar entre sí. Pero ninguno le dirigió la palabra. Al parecer, Judas

esperaba un recibimiento triunfal. Pensó, equivocadamente, que aquella ralea le colmaría de

honores, ensalzando su «gran servicio a la nación». Pobre desdichado!

»A una señal del sumo sacerdote, uno de los servidores se dirigió a Judas y, tocándole la

espalda, le invitó a que le siguiera. Visiblemente confundido y decepcionado, el traidor obedeció

y ambos salieron de la sala.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

332

»Entonces, el siervo, entregándole un bolsa, le dijo:

»-Judas, he sido encargado de pagarte por traicionar a Jesús, el Galileo. He aquí tu

recompensa.

»EI Iscariote, pálido, abrió la bolsa y con una sangre fría que aún me aterra, contó las

monedas...

José hizo una pausa y, cuando daba por sentado que aclararía el importe de la citada

recompensa, esquivó el asunto. Me vi en la obligación de interrumpirle otra vez e interesarme

por la suma.

-Treinta monedas... -replicó el anciano con repugnancia.

-¿Denarios de plata? -presioné.

José, molesto por mi insistencia, aclaró:

-No, 30 «seqel».

(Esta moneda de plata, conocida popularmente como «siclo de Tiro», constituía, como ya dije,

el dinero habitual en el pago de los tributos del Templo. Era, en definitiva, una pieza usada

comúnmente por los sacerdotes en la mayor parte de sus transacciones comerciales. Su

equivalencia, en aquella época, era de unos cuatro denarios de plata por «seqel». Una suma,

por tanto, «moderada». Hay que tener en cuenta que, según el testimonio evangélico de Mateo

(27,9), los sacerdotes compraron un campo con el dinero que había rechazado Judas. Hoy, esos

120 denarios de plata podrían equipararse a unos 200 dólares.)1

El de Arimatea prosiguió:

-Cuando el traidor se cercioró del valor de la bolsa, lívido y mudo de estupor se lanzó hacia

la puerta del Consejo, dispuesto –supongo- a protestar. Pero el portero le cortó el paso,

prohibiéndole la entrada.

»Derrotado, Judas pasó de la cólera a su habitual frialdad. Dejó caer la bolsa en su bolsillo,

alejándose de la sala de las «piedras talladas». Desde entonces no he vuelto a verle...

Fue inútil que insistiera. José de Arimatea, en efecto, había perdido la pista del traidor.

Ignoraba su suerte y, por supuesto, no podía conocer el incidente del Templo y el gesto

desesperado del Iscariote, arrojando las monedas al tesoro del Santuario. Yo estaba al tanto de

esta última acción de Judas por la lectura previa de Mateo, pero ¿habían sucedido las cosas tal

y como lo describe el autor sagrado?

La fortuna quiso que pudiera desvelar esta incógnita poco después de la marcha del anciano

de la casa de Elías Marcos. Había dos asuntos que me obligaban a permanecer en aquel

domicilio y que, sin proponérmelo, fueron una magnífica excusa para averiguar otro dato.

Caballo de Troya me había asignado la ineludible misión de rescatar el micrófono que había

camuflado en el farol situado en la sala donde había tenido lugar la última cena de Jesús. Una

de las normas básicas del proyecto especificaba que los «astronautas» no podían dejar en el

área de exploración ningún resto, señal o indicio de su paso. Tampoco era lícito trasladar a

«nuestro tiempo real» nada que pudiera pertenecer a dicha época. La recuperación de esta

pieza, en consecuencia, era obligatoria.

Por otra parte, resultaba imprescindible que hablase con el joven Juan Marcos. Pero el

adolescente no terminaba de comparecer. Así que, invocando un sentimental deseo de ver por

última vez el cenáculo, convencí a la esposa de Elías para que me acompañara al piso superior.

Cuando entramos en la estancia, mi corazón casi se detuvo: ¡El farol había desaparecido!

La hebrea notó mi palidez, confundiendo mi angustia con una supuesta y honrosa emoción al

pisar de nuevo el recinto donde había cenado el Maestro. Tratando de no perder los nervios

paseé la mirada por la sala, buscando afanosamente el maldito farol. Pero, evidentemente,

alguien lo había sacado de la habitación.

Al borde del colapso, interrogué a la señora de la casa sobre el paradero de la hermosa

pieza. La mujer. desconcertada, me explicó sin conceder importancia al asunto que se había

hecho añicos durante el temblor. Uno de los sirvientes lo había llevado a un taller de Jerusalén

con el propósito de que fuera reparado.

Agradecí su gentileza por permitirme ver el cenáculo y, desarbolado, regresé a la planta

baja. Yo sabía que, a partir del toque de las trompetas, y tratándose de una fiesta tan solemne

como aquélla, las actividades artesanales y de cualquier otro tipo cesaban automáticamente. Y

ya no se reanudarían hasta finalizada la Pascua. ¿Cómo podía recuperar el micrófono si el


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