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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 Doscientos dólares de 1973, claro. (N. de J.. J. Benítez.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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retorno del módulo había sido establecido a las 7 de la mañana del domingo? Como creo haber

insinuado, este contratiempo vino a sumarse a la serie de «razones» que aconsejaron a Caballo

de Troya la repetición del gran «salto» al año 30.

Absorto por este inesperado incidente, casi no me di cuenta del paso del tiempo. La familia

de Marcos, ocupada en los preparativos de la cena pascual, apenas si reparó en mí.

Hacia las ocho de la noche, cuando el sueño empezaba a vencerme, alguien me sacó de mis

confusos pensamientos. Al levantar la vista encontré ante mi dos rostros bien conocidos. Uno,

sonriente -el del activo David Zebedeo- y otro, por el contrario, demacrado y afligido: el del

joven hijo de mis hospitalarios anfitriones. Aquello me despejó momentáneamente.

David, con una alegría que no terminaba de entender, puso en mis manos el manto de lino

blanco que yo había adquirido en la tarde del pasado jueves en la tintorería de Malkiyías y del

que, honestamente, me había olvidado.

-Te supongo enterado de todo lo ocurrido -habló al fin el jefe de los emisarios.

Asentí en silencio.

Al advertir mi decaimiento, David me zarandeó cariñosamente, exclamando con un

convencimiento que me dejó atónito:

-¡Resucitará! Lo prometió...

Escruté los cansados ojos de aquel hebreo y quedé maravillado. David Zebedeo creía

realmente lo que estaba diciendo. Era asombroso. Tenía ante mí al único que creía ciega y

firmemente en la promesa del Maestro. Ni en el audaz Juan, el Evangelista, ni en José de

Arimatea ni en ningún otro discípulo o amigo de Jesús había observado una fe como la de aquel

hombre. Y, paradójicamente, apenas si es citado en los textos evangélicos...

Ahora sí estaba clara la razón de su alegría.

Antes de su partida hacia la casa de Nicodemo, donde había trasladado su «centro» de

«correos», David me informó sobre sus últimas peripecias en el campamento de Getsemaní.

Efectivamente, al recibir el aviso de José, desmontó velozmente las tiendas de campaña,

trasladando su «puesto de mando» a lo más alto del Olivete. Desde allí, una vez superada la

amenaza de los levitas, siguió enviando mensajeros a todos los puntos donde él sabía que se

hallaban los apóstoles, amigos y familiares del Nazareno.

Nada más conocer por uno de sus agentes la orden de crucifixión, otros tantos y veloces

mensajeros corrieron hacia Pella, Bethsaíde, Filadelfia, Sidón, Damasco y Alejandría, con la

noticia de la inminente muerte de Jesús, por orden del procurador romano.

Durante buena parte de aquella jornada, David no cesó de mandar «correos» a Jerusalén y a

Betania, informando puntualmente a los discípulos y a la familia de Jesús de cuanto estaba

ocurriendo. De no haber sido por la pericia y valentía de este judío, la mayor parte de los

apóstoles, escondidos y temerosos, hubieran tardado algún tiempo en conocer el triste final de

su Maestro.

Por último, con el ocaso, este Zebedeo suspendió los «correos», permitiendo a sus

mensajeros que se retiraran a descansar y a celebrar la obligada fiesta pascual. Sin embargo,

su convencimiento sobre la resurrección del rabí era tan sólido que, antes de que partieran, les

comunicó en secreto la obligación de concentrarse en la casa de Nicodemo, a primeras horas de

la mañana del domingo. Su intención era transmitir la buena nueva en cuanto se produjese.

Mi admiración por aquel hombre no tuvo límites...

Y antes de que el hijo de los Marcos se uniera a su familia en el banquete de Pascua, mi

curiosidad se vio satisfecha al desvelar, al fin, la suerte del Iscariote.

Me costó trabajo persuadir al joven Juan Marcos de que hablase. En aquellas últimas diez

horas, su alma de niño se había consumido entre el dolor, la rabia y la impotencia. Jamás

olvidaría la ensangrentada figura de su ídolo y amigo: Jesús de Nazaret. Como tampoco podría

borrar la imagen de unos sacerdotes fanatizados y la de un populacho que, poco antes, había

aclamado las valientes y lúcidas intervenciones de su Maestro en la explanada del atrio de los

Gentiles y que, ahora, hubiese lapidado al Galileo en la mismísima fachada del Pretorio romano.

Intenté calmarle, recordándole las palabras que acababa de pronunciar David Zebedeo sobre

la resurrección. Pero Juan me miró sin comprender. Aquella expresión -«y resucitaré al tercer

día»- rebasaba su capacidad infantil.

Tanto Juan Marcos como su familia sabían que yo había permanecido al pie de la cruz y,

como reconocimiento a lo que ellos consideraron un gesto de amor y valentía hacia el rabí, el

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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muchacho terminó por narrarme lo que había visto y oído desde que yo le encomendase el

seguimiento de Judas.

Este fue su entrecortado y ceñido relato:

-Cuando el traidor vio cómo los legionarios terminaban de atravesar los pies de Jesús, con la

cabeza cubierta por el manto se alejó del patíbulo. Tú lo viste...

Le animé a continuar.

-Entonces, Judas fue directamente al Templo. No pude verle la cara porque siempre fui

detrás de él pero, viendo sus grandes zancadas y los empujones con que se abrió paso en la

explanada del Santuario, yo diría que estaba furioso.

»Caminó hasta las puertas de la Sala del Consejo de Justicia pero, al intentar abrirlas, el

portero se le interpuso. Judas, con una maldición que no me atrevo a repetir, le golpeó en

pleno rostro, derribándole y dejándole como muerto.

(Aquella reacción encajaba, desde luego, en la violencia que, en ocasiones, estalla en los

grandes tímidos. Y el Iscariote lo era.)

-… Abrió la gran puerta de la sala de las «piedras talladas» y, descubriéndose, irrumpió en el

Tribunal. Yo no me atreví a moverme del quicio de la puerta. Si alguien me hubiera puesto la

mano encima, seguro que me azotan...

Correspondí con una sonrisa de gratitud y Juan Marcos prosiguió:

-Sólo pude ver a Caifás y a alguno de los saduceos, escribas y fariseos, sentados en sus

bancas de madera. Cuando el Iscariote avanzó hasta las gradas, los jueces enmudecieron. En

sus rostros habla sorpresa. Por lo visto no esperaban al traidor. Y Judas, jadeando y en un tono

que casi me dio lástima, les dijo:

»-He pecado en el sentido de haber traicionado una sangre inocente... Me ofrecisteis dinero

por este servicio -el precio de un esclavo- y, con ello, me habéis insultado...

»Los sanedritas, atónitos, parecían no dar crédito a lo que estaban viendo. Y Judas concluyó

así:

»-... Me arrepiento de mi acto. He aquí vuestro dinero.

»Entonces sacó una bolsa de su faja y la mostró al Consejo. Por último, exclamó con voz

imperiosa:

»-¡Quiero liberarme de esta culpa!

»Las carcajadas no tardaron en llenar la gran sala. Aquellos hipócritas, dando fuertes

palmadas sobre los asientos, se mofaron y le ridiculizaron cruelmente. Uno de los que ocupaba

un puesto cercano a Judas se levantó y acercándose a él le invitó con la mano a que se retirara.

Pero antes manifestó en alta voz:

»-TU Maestro ha sido condenado por los romanos. En cuanto a tu culpabilidad, ¿en qué nos

concierne? ¡Ocúpate tú de ello y vete!

»El Iscariote dio media vuelta y con la cabeza baja se alejó del Tribunal, mientras las

risotadas e insultos arreciaban de nuevo.

»Cuando pasó a mi lado, su cara me dio miedo. Llevaba la bolsa en su mano izquierda y los

ojos fijos en el suelo. Creo que ni siquiera me vio.

»A grandes pasos se perdió en dirección al atrio de las Mujeres, entrando en la sala de los

«cepillos». Con gran calma tomó un puñado de monedas, lanzándolas a boleo. Después volvió a

meter la mano en la bolsa, estrellando el resto de los siclos contra las baldosas. Cuando

comprobó que ya no quedaban monedas, arrojó la bolsa sobre el pavimento pisoteándola con

furia.

»Entonces, abriéndose paso violentamente entre los atónitos hombres que allí se

encontraban, salió en dirección al atrio de los Gentiles.

Estimo que esta aparentemente insólita acción de Judas Iscariote, desembarazándose de las

30 monedas de plata, merece un comentario. Las palabras del traidor ante el Tribunal -«he aquí

vuestro dinero» y «quiero liberarme de esta culpa»- no fueron una simple y humana reacción

de arrepentimiento. Judas sabía, como todos los judíos, que la Ley protegía a los «vendedores»

de algo o de alguien. La Misná, en su Orden Quinto: «Votos de Evaluación» (arajin), establece

en un total de nueve capítulos las disposiciones en torno a los llamados votos de evaluación; es

decir, aquellos por los que una persona se compromete a entregar al Templo el valor de una

determinada persona, tal y como viene determinado en el Levítico (27, 1-8) en relación con la

edad y sexo. Además abarca una minuciosa normativa sobre la compra y dedicación de tierras

heredadas y de casas como, asimismo, sobre su rescate y los votos de «exterminio». Pues


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