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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1.

Ante aquel cúmulo de pruebas negativas, mi impresión personal fue la siguiente: Judas

Iscariote no había fallecido por ahorcamiento, sino por precipitación.

Esta teoría se vio fortalecida al palpar las extremidades y el resto del cuerpo. Las piernas y

uno de los brazos sufrían fracturas cuádruples y las roturas internas eran generalizadas.

Pero lo que terminó de convencerme fue el sonido del cráneo, al agitarlo entre mis manos.

Aquel ruido -similar al de un «saco de nueces»- era típico de las personas que han sufrido una

de estas precipitaciones o caídas desde gran altura.

Aunque resultaba verosímil que el traidor, en su desesperación, no ajustara el nudo del cinto

convenientemente, cayendo al vacío antes de perecer por ahorcamiento, nunca pude

comprender cómo este sujeto -generalmente meticuloso- pudo cometer un error semejante.

Volví a depositar el cuerpo sobre las piedras y, tras cerrar sus ojos (o lo que quedaba de

ellos), permanecí unos minutos en pie y en silencio, contemplando a aquel desdichado. Me

pregunté si aquel Iscariote u «hombre de Carioth», hijo de Simón, un hombre ilustre y

adinerado de Judea, discípulo de Juan el Bautista y atormentado buscador de la Verdad,

merecía realmente un fin tan desolador...

Regresé junto a mi amigo, confirmándole la muerte de Judas. Juan Marcos había recuperado

el manto del renegado y, lentamente, en silencio, volvimos a Jerusalén.

Una vez en la ciudad, tras rogarle que me condujera hasta la casa de Juan Zebedeo, le pedí

que se pusiera en contacto con la familia de Judas, a fin de que levantaran sus restos antes de

que las ratas y las alimañas de la Géhenne terminaran por desfigurarle.

Con gran diligencia, como era su costumbre, el hijo de los Marcos cumplió mi nuevo encargo.

Juan Zebedeo no me esperaba. Pero me recibió con un entrañable abrazo. Disponía de una

casita de una planta, muy humilde y casi vacía, en la zona norte de la ciudad. En un barrio que,

por aquel entonces, empezaba a crecer y que era conocido por «Beza'tha».

Sorteé un caldero en el que ardían algunos pequeños troncos, y que se destinaba

generalmente para ahuyentar a los insectos y mosquitos, y crucé el umbral de la puerta. En el

interior de la única estancia, penosamente alumbrada por un lámpara de aceite, distinguí en

seguida a cuatro mujeres. Eran María, la madre de Jesús; su hermana Mirián; Salomé, madre

de Juan y la joven Ruth, hermana del Nazareno.

No había sillas ni taburetes y el Zebedeo me invitó a tomar asiento sobre una de las esteras

esparcidas sobre la tierra apisonada que formaba el pavimento. Me extrañó la singular

austeridad de aquella casa, con un liviano terrado a base de ramas cubiertas de tierra y arcilla y

sin una sola ventana o tronera. Después supe que aquélla no era la residencia habitual de los

Zebedeo. Esta se hallaba al norte, en Galilea.

Juan no me presentó a las mujeres. No era costumbre pero, además, tampoco 13

necesitaba. Todas las hebreas se mostraban especialmente solicitas con María. Una de ellas

acababa de ofrecerle un cuenco de madera con leche. Pero la madre del Galileo se resistía a

tomarlo. Cuando mis ojos fueron acostumbrándose a la penumbra, comprobé que la Señora

tenía la cabeza descubierta. Sus cabellos eran mucho más negros de lo que había supuesto. Se

peinaba con raya en el centro, recogiendo en la nuca una sedosa y azabache mata de pelo. Sus

ojeras, mucho más marcadas que en el momento de su encuentro con el crucificado, reflejaban

1 En Medicina Legal está perfectamente estudiado que, para producir el cierre total de las yugulares, se necesitan

unos cinco kilos de fuerza. En el caso de las carótidas, entre diez y quince kilos. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

339

una noche de vigilia y sufrimiento. Se hallaba sentada sobre una de aquellas gruesas esterillas

de palma y junco, con el cuerpo y la cabeza reclinados sobre el muro de adobe y los ojos

semicerrados. De vez en cuando, un profundo suspiro agitaba todo su ser y los hermosos ojos

rasgados se entreabrían. Por un momento, al captar la resignada amargura de aquella hebrea,

me sentí desfallecer. No tenía valor para interrogarla. Las fuerzas y el coraje parecían escapar

de mí, anonadado ante la angustia de una madre que acababa de perder a su hijo primogénito.

¿Cómo podía iniciar la conversación? ¿Con qué valor me enfrentaba a aquella mujer, rota por el

dolor, para pedirle que me hablara de su Hijo, de su infancia y de su no menos ignorada

juventud?

Fue Juan quien, sin proponérselo, alisó tan arduo trabajo, previsto por Caballo de Troya

como uno de los últimos objetivos de aquella misión.

Después de sacudir un viejo y renegrido pellejo de cabra, el discípulo llenó otro cuenco de

madera con una leche espesa y agria, rogándome que aceptase aquel humilde refrigerio.

-No te inquietes por el olor -me dijo-. Sacia mejor la sed...

No quise desairarle y apuré el pestilente cuenco, procurando cerrar los ojos y contener la

respiración.

Al terminar, el Zebedeo recogió el recipiente y señalando el manto de lino blanco que

colgaba de mi ceñidor, exclamó:

-Veo que no has olvidado tu regalo...

Bajé la vista y comprendí. Y aunque aquella especie de «chal» había sido comprado para

Marta, la hermana de Lázaro, la genial sugerencia del discípulo hizo variar mis planes. En

efecto: aquél podía ser el medio ideal para ganarme la estima y confianza de Maria... ¿Cómo no

se me había ocurrido antes?

Lo tomé en mis manos y, levantándome, me acerqué al rincón donde descansaba la Señora.

Me arrodillé frente a ella y extendiendo el rico presente le rogué que se dignara aceptarlo.

María y las mujeres que le rodeaban me miraron y se miraron entre si. Pero, al fin, la madre

del rabí, apartándose de la pared, tomó el manto, llenándome con una mirada intensa. Una

mirada que me recordó la de su Hijo.

Juan, atento y solícito, aproximó la lucerna de barro, con el fin de que María pudiera

contemplar mejor la finísima textura del lino. Entonces, a la luz de la lámpara de aceite, los

ojos de aquella mujer surgieron ante mí en toda su hermosura: ¡eran verdes!

Después de acariciar el tejido, María levantó de nuevo sus ojos hacia mí, y mostrándome una

dentadura blanca y perfecta, exclamó:

-¡Gracias, hijo!

Era la primera vez que escuchaba aquella voz gruesa y, sin embargo, cálida y segura.

A partir de aquellos instantes -las ocho de la mañana, aproximadamente- y después que

Juan Zebedeo le explicara quién era y por qué estaba allí, María accedió gustosa a hablarme de

Jesús, de sus primeros años en Nazaret, de sus viajes por el Mediterráneo y de la muerte en

accidente de trabajo de su esposo, el constructor y carpintero llamado José.

Intentando poner orden en mis ideas y en los miles de temas que se agitaban en mi mente,

empecé por preguntarle sobre el nacimiento del gigante...1

Hacia las 11.30 horas, nuestra conversación se vio interrumpida con la llegada de Jude y

José de Arimatea. Traían noticias de última hora.

Una vez finalizada la cena de Pascua, los sanedritas habían vuelto a reunirse, esta vez en la

casa de Caifás. Según el anciano, el único tema debatido fue la profecía hecha por Jesús de

resucitar al tercer día. Los sacerdotes, en especial los seduceos, no concedían demasiado

crédito a las palabras del ajusticiado. Pero los intrigantes miembros del Sanedrín estimaron que

lo más prudente sería vigilar la tumba. «Según afirmaron -prosiguió José-, cabía la posibilidad

de que los amigos y creyentes de Jesús robaran el cadáver, propagando después la mentira de

su resurrección.» Con el fin de abortar cualquier intento de robo, el sumo sacerdote designó


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