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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 Nota de J. J. Benítez: El extenso relato del mayor sobre esta apasionante conversación con la madre de Jesús de

Nazaret, en la que aparecen infinidad de datos nuevos y fascinantes sobre la infancia, juventud y edad adulta del

Galileo, ha sido desgajado del mencionado diario e incluido -por razones de su extensión- en un próximo volumen.

Siento, de verdad, dejar al lector con la miel en los labios...

Caballo de Troya

J. J. Benítez

340

una comisión, encargada de visitar al procurador romano a primera hora de la mañana del

sábado. Pues bien, ese grupo de sanedritas acababa de entrevistarse con Poncio.

José, alertado por uno de sus confidentes, se había apresurado a acudir al Templo. Allí,

después de no pocas burlas e hirientes indirectas por parte de esta comisión -conocedora de su

vinculación con el Nazareno-, el propietario del huerto donde había sido sepultado el Maestro

conoció finalmente los pormenores de la conversación entre los sacerdotes y Pilato.

-Señor -manifestaron los jueces al gobernador-, te recordamos que Jesús de Nazaret, ese

falsario, dijo en vida: «Pasados tres días resucitaré.» Por consiguiente, nos presentamos ante ti

para rogarte que des las instrucciones necesarias para que el sepulcro sea debidamente

protegido contra sus discípulos hasta que hayan transcurrido esos tres días. Nos tememos que

sus fieles intenten robar el cuerpo durante la noche y, acto seguido, proclamen al pueblo que

ha resucitado de entre los muertos. Si lo consintiéramos, sería una falta mayor que si le

hubiéramos dejado con vida.

Y Poncio, después de escuchar este ruego, respondió:

-Os daré una escolta de diez soldados. Vayan y monten la guardia ante la tumba.

Prosiguió el de Arimatea:

-Esa escolta romana y otros diez levitas más, reclutados de entre una de las secciones

semanales del Templo, se encuentran ya frente a la tumba, tal y como he podido verificar antes

de venir a veros. Esas hipócritas bestias que rodean y adulan a Caifás no han tenido el menor

escrúpulo de violar el sagrado sábado y han invadido mi propiedad. Cuando intenté bajar hasta

la cripta, algunos de los guardianes del Santuario me salieron al paso, obligándome a salir del

huerto. ¡Es indigno!...

-Entonces -insinué-, nadie puede acercarse a la tumba.

-Nadie que no sea de la guarnición de Antonia o del cuerpo de levitas. Incluso, los muy

salvajes, han retirado la losa que cubría el pozo del hortelano, uniéndola a la roca que cierra la

cámara sepulcral. Después han estampado el sello de Pilato para que nadie pueda removerías.

Aquella noticia me dejó francamente preocupado. Los últimos minutos de mi misión en

Jerusalén debían transcurrir precisamente lo más cerca posible del sepulcro. Caballo de Troya

tenía especial interés, como es lógico, en averiguar si la pretendida resurrección del Maestro de

Galilea era o no una realidad objetiva o, por el contrario, una leyenda. ¿Cómo podía llevar a

cabo mi observación si el paso al sepulcro se hallaba prohibido por aquellos 20 centinelas?

Aún quedaban muchas horas y preferí no atormentarme con semejante dilema. Algo se me

ocurriría...

El cambio de conversación de José me ayudó a olvidar temporalmente el asunto.

Con gran desconcierto por mi parte, una de las máximas preocupaciones del anciano judío

era acertar con el epitafio que debía grabarse en la fachada rocosa del sepulcro donde reposaba

el cuerpo de su Maestro. José traía escritas, incluso, algunas frases, que dio a leer a Jude y a

Juan, respectivamente.

Con gesto grave, los tres hombres discutieron sobre el posible texto, llegando a la conclusión

de que la última era quizás la más adecuada. Le rogué a Juan que me pasara el trozo de

pergamino y, en arameo, leí lo siguiente:

Éste es Jesús, el Mesías.

No hay aquí oro ni plata,

sino sus huesos.

Maldito sea el hombre

que lo abra.

Yo sabía que el saqueo de tumbas estaba a la orden del día en Israel, pero no podía encajar

la falta de fe de aquellos íntimos de Jesús de Nazaret, que no dudaban en calificar al Galileo de

Mesías, renunciando por completo a la idea de su resurrección. Era tan triste como

anacrónico...

Una vez decidido el epitafio, José mostró la frase elegida a la madre de Jesús. Pero María se

negó a leerlo. Y clavando sus ojos en cada uno de los presentes, les reprochó su desconfianza

con un lapidario comentario:

Caballo de Troya

J. J. Benítez

341

-El Mesías escribirá su epitafio con una sola palabra: ¡Resucitó!

Un silencio violento nos cubrió a todos durante algunos minutos. El de Arimatea movió la

cabeza negativamente y Jude y Juan se limitaron a bajar el rostro, manifestando así sus dudas.

Pero la Señora no insistió. Se recostó de nuevo sobre la pared y entornó los ojos.

El de Arimatea rasgó la embarazosa situación, intentando convencemos y convencerse a sí

mismo de que no nos hiciéramos falsas ilusiones...

-La noticia de la promesa de su resurrección –comentó- ha terminado por saltar a la calle y

toda Jerusalén se hace lenguas sobre el particular. Si el Maestro no cumple lo que prometió,

¿en qué situación quedarán sus discípulos y él mismo?

Desgraciadamente, aquella postura, propia de un hombre racional y con un probado sentido

común, era compartida por la casi totalidad de sus apóstoles, enclaustrados desde la noche del

jueves en diversas casas de Jerusalén y Betania, muertos de miedo y sin la menor esperanza

respecto a su futuro. Si aquellos rudos galileos hubieran disfrutado de la fe de David Zebedeo,

por poner un ejemplo, las cosas habrían sido muy distintas...

Aun a riesgo de repetirme, creo de suma importancia recalcar esta ingrata pero muy humana

disposición de los apóstoles y seguidores del Hijo del Hombre, en relación con el tema de la

resurrección. Están equivocados quienes puedan pensar que los discípulos esperaban

ilusionados el amanecer del tercer día. Nadie en su sano juicio podía aceptar que un cadáver,

después de 36 horas de su fallecimiento, fuera capaz de levantarse y vivir. Pero el sorprendente

rabí jamás hablaba en vano...

Media hora antes del ocaso -hacia las seis-, Jude y su hermana Ruth se pusieron en camino,

acompañando a su madre hacia la residencia de Lázaro, en Betania. Juan, obedeciendo la

consigna dada por Andrés, acudió hasta la casa de Elías Marcos, donde había sido prevista una

reunión de urgencia de todos los discípulos y fieles de Jesús que se hallaban en la ciudad santa.

Me brindé a acompañar a la familia del Nazareno y, de esta forma, pude ampliar mis

conocimientos sobre la vida de Jesús.

A las 19.30 horas, las hermanas del resucitado nos recibieron en su hogar, colmándonos con

sus atenciones.

Pero la noche empezaba a menguar y, tras despedirme de mis nuevos amigos, agradecí a

Marta y a María su generosa hospitalidad, anunciándoles que debía emprender un largo viaje y

que, casi con seguridad, regresaría pronto. Aquella piadosa mentira, que alivió quizás el afligido

corazón de Marta, llegaría a ser realidad. Una realidad que culminó las aspiraciones de este

cada vez menos incrédulo y escéptico oficial de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas.

La hermana mayor de Lázaro, con los ojos arrasados en lágrimas, me confió en secreto que

su hermano había tenido que refugiarse en Filadelfia y que ellas, en cuanto pudieran vender sus

tierras y hacienda, seguirían sus pasos. Yo conocía la primera parte de su información, pero -

¡torpe de mí!-, en aquellos instantes, mientras le decía adiós, no supe adivinar lo que

verdaderamente encerraba su confesión...

Poco antes de las doce de la noche, preocupado por lo avanzado de la hora y por encontrar

alguna fórmula que me permitiera observar la boca del sepulcro con un máximo de nitidez y

seguridad, inicié la ascensión del Olivete.

¿De verdad se produciría la gran «chazaña»? ¿De verdad tendría la grandiosa oportunidad de

comprobar con mis propios ojos el anunciado prodigio de la resurrección?


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