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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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9 DE ABRIL, DOMINGO

Hacia la una de la madrugada, sin aire en los pulmones y chorreando sudor por los cuatro

costados, divisé al fin la cerca de madera de la finca de José de Arimatea. Todo se hallaba en

silencio. Solitario. Caminé nerviosamente arriba y abajo del vallado, buscando alguna fórmula

que me condujera, sano y salvo, al interior del huerto. Pero mi cerebro, encharcado por las

prisas, se negaba a trabajar. Eliseo, a mi paso sobre la cima del Monte de las Aceitunas, me

había recordado la imperiosa necesidad de contar con mi presencia antes de las 5.00 horas. Los

preparativos para el retorno exigían un mínimo de comprobaciones y al definitivo ajuste del

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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ordenador. Supongo que le prometí regresar mucho antes de esa hora. No lo recuerdo bien. Mi

ánimo se había ido excitando conforme corría ladera abajo, en dirección a la zona norte de la

ciudad.

Ahora, con la misión casi concluida, me sentía incapaz de coronar con éxito la que, sin duda,

podía ser la fase decisiva de todo el proyecto.

Inspiré profundamente y, sin meditarlo más, brinqué al otro lado de la propiedad. Podía

haber abierto la cancela pero lo pensé mejor. Aquellos oxidados e impertinentes goznes podían

delatarme.

Una vez entre los árboles frutales permanecí unos minutos en cuclillas, pendiente del más

mínimo ruido. Todo seguía en calma. Y animándome a mí mismo, fui arrastrándome sobre el

seco terreno arcilloso, ayudándome en cada tramo con los antebrazos y codos. Había saltado

por la izquierda de la puerta, con una intención inicial: tratar de alcanzar la parte posterior de

la casita del hortelano.

Una vez allí, si los guardias no me descubrían mucho antes, ya y pensaría algo...

Fui haciendo pequeñas pausas, ocultándome tras los endebles troncos de los frutales e

intentando perforar el bosquecillo con la vista. La luna, prácticamente llena, irradiaba una

claridad que, en aquellos decisivos minutos, podía traicionarme.

«Unos metros más -me dije- y casi lo habré logrado».

Resoplando y con la túnica enrojecida por la arcilla me oculté al fin detrás del muro de piedra

del pozo, situado a una decena de pasos de la casa del jardinero. Asomé lentamente la cabeza

por encima del brocal y comprobé con alivio que la puerta se hallaba, cerrada. No había luz

alguna en el interior y la chimenea aparecía inactiva.

«Quizá los soldados le hayan obligado a desalojar su vivienda», pensé. Y en ese instante,

una duda mortal me secó la garganta:

«¿Y si hubiera llegado demasiado tarde? ¿Y si la supuesta resurrección hubiera ocurrido

ya...?

El único indicio en este sentido aparece en el texto evangélico de Mateo (28,1-8). Si el autor

sagrado llevaba razón y el prodigio tenía lugar «al alborear del primer día» -es decir, del

domingo-, todo estaba perdido. El orto o aparición del limbo superior del sol sobre el horizonte

había sido fijado por Santa Claus con una precisión matemática: dada la latitud aproximada de

Jerusalén -32 grados Norte-, ese instante ocurriría a la 5 horas y 42 minutos. El ocaso, como ya

cité en su momento, se registraría, en consecuencia, a las 18 horas y 22 minutos.

Los planes del general Curtiss, al menos en este sentido, hubieran fallado. Mi reingreso en la

«cuna», como mencioné anteriormente, debía producirse, como muy tarde, hacia las cinco de

esa madrugada.

Pero un inesperado acontecimiento me sacó de estas elucubraciones, haciéndome temblar de

pies a cabeza. De pronto, los perros de José de Arimatea empezaron a ladrar furiosamente.

¡No había contado con aquel nuevo problema!

Me pegué a la pared del pozo, tratando de adivinar la posición de los canes. No tardaría en

averiguarlo. A los dos o tres minutos sentí a mis espaldas los gruñidos de los animales. Me

habían detectado, permaneciendo a dos o tres metros, con sus fauces abiertas y amenazantes.

Me revolví, dispuesto a golpearles y dejarles fuera de combate si era preciso. Se trataba en

realidad de dos pequeños ejemplares y supuse que no resultaría difícil amedrentarles o

golpearles con la «vara de Moisés». Lo que más me preocupaba es que la escolta romana o

levítica pudiera reaccionar y descubrirme.

Me preparé e, incorporándome, me dispuse a ahuyentarlos. Pero la sangre se congeló en mis

arterias: una mano ruda y pesada cayó sobre mi hombro derecho...

Al volverme, cuando consideraba que todo se hallaba perdido, encontré ante mí la silueta

inmensa del hortelano.

Antes de que pudiera explicarle se llevó el dedo índice a los labios, indicándome que

guardara silencio.

Acto seguido me hizo señas para que le acompañara. Desconcertado obedecí como un

autómata. Los perros, al ver al inquilino de la casa, guardaron silencio, siguiéndonos dócilmente

hasta el interior de la vivienda.

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Una vez allí, el hortelano supo de mis intenciones. Me había reconocido y, como seguidor de

las enseñanzas del Maestro, se mostró complacido ante mi supuesta fe, prometiendo ayudarme

a encontrar el sitio adecuado y satisfacer así mi aparentemente insólito y loco deseo.

Muy despacio, midiendo cada paso, aquel hombre rodeo la casa, entrando en un pequeño

viñedo al oeste de la cripta y que yo había visto fugazmente durante mi primera visita al

huerto. En la linde más próxima al suave promontorio donde había sido sepultado el cuerpo del

Nazareno se levantaba una especie de enorme cajón, de unos dos metros de altura. Aquel

gigante se ocultó tras uno de los muros de tablas del misterioso «cubo» y yo hice lo propio.

-Desde aquí podrás observar sin peligro...

Y acto seguido entreabrió una trampilla existente al pie de aquel lado del cajón, haciéndome

señas para que me agachara y entrara.

Sin saber lo que me aguardaba, me puse de rodillas, penetrando en el interior. En mi

precipitación olvidé la «vara de Moisés» en el suelo. Para cuando quise retroceder, el hortelano

había bajado la trampilla. Empujé pero... ¡estaba cerrada por fuera! Desesperado, escuché los

pasos del jardinero, alejándose en dirección a la casita.

¿Qué podía hacer? Si gritaba, reclamando la presencia del guarda, los soldados se darían

cuenta. «Además -pensé con un nerviosismo desbocado-, ¿cómo voy a salir?»

Una serie de aleteos me devolvió al presente. Levanté el rostro, tratando de identificar

aquellos sonidos y, al incorporarme, las tinieblas de aquel cajón se convirtieron en un

bombardeo de pequeños cuerpos blancos, chocando entre sí, contra mi cabeza y contra las

paredes del cubículo. Instintivamente me cubrí con ambos brazos. Pero el aterrador y aterrado

ir y venir de aquellos seres prosiguió por espacio de varios minutos. Me agaché de nuevo y,

poco a poco, todo fue apaciguándose. El suelo de tierra se hallaba alfombrado de plumas. Al

examinarlas comprendí: estaba en un palomar!

A pesar del susto no pude evitar una apagada carcajada. El bueno del hortelano me había

metido en un palomar...

Si he de contar toda la verdad, durante más de media hora, mi preparación de años como

astronauta, mis estudios, investigaciones y aprendizaje para tan importante proyecto, no me

sirvieron de nada. Sencillamente, el general Curtiss no había previsto esta ridícula escena y,

por supuesto, yo no tenía ni la menor idea de cómo apaciguar a una treintena de palomas y

palomos, lógicamente asustados antes la súbita irrupción de un intruso en su morada.

Si no acertaba a tranquilizarlas seria muy difícil asomarse a la rejilla metálica existente en la

zona superior del cajón.

Por dos veces lo intenté, pero el resultado fue igualmente caótico. A pesar de mis dulces

silbidos, de la tiernas palabras y de mis gestos apaciguadores, las inquietas aves se alborotaron

en ambas ocasiones.

Rendido me dejé caer en el fondo del palomar. Llegué a pensar en matarlas. Pero la sola

idea me repugnó. Durante varios minutos, con la cabeza hundida sobre las rodillas, intenté

recordar cuanto sabía o había visto en relación con aquellos animales. En el escaso caudal de

recuerdos me vino a la memoria la figura de mi abuelo, viejo cazador de patos en las lagunas

de Baton Rouge, en Louisiana. Rememoré algunos amaneceres en su compañía durante mis

añoradas vacaciones de juventud, en las orillas de Lake Pontchartrain. Recordé las garzas y -

¡cielo santo!-, de pronto, como un milagro, en mi cerebro surgió la cara de mi abuelo, con una

ramita entre los dientes, chasqueando las mandíbulas y moviendo la cabeza de arriba abajo,

imitando a las garzas en celo. Aquella escena, que siempre me había divertido, podía encerrar

la solución...

Busqué pero no hallé una sola rama. Sin desanimarme, tomé la pluma más larga que había

en el suelo del cajón y, colocándola entre mis dientes, empecé a oscilar la cabeza, a razón de

ocho a diez veces por minuto. Muy despacio, con una lentitud que se me antojó desesperante,

fui elevándome hacia los travesaños y celdillas, procurando emitir algo parecido a un arrullo.

A medio camino me detuve, observándolas sin dejar de mover la cabeza. Aquel viejo sistema

para atraer la atención de las garzas hembras en América parecía bueno. Algunas aletearon

inquietas pero la mayoría siguió impasible. (Ignoro si absortas o desconcertadas -o ambas

cosas a un mismo tiempo- ante aquel pobre estúpido que pretendía hacerse pasar por un

palomo más.)


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