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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

344

A los diez o quince minutos, Caballo de Troya entraba en deuda con mi desaparecido y

ocurrente abuelo: la palomas, sosegadas, terminaron por aceptarme u olvidarme. (Porque este

detalle nunca lo he tenido muy claro...)

Sin dejar de mover la cabeza, con el cañón de la pluma entre los dientes, me asomé al fin a

la red de metal.

Mi posición, tal y como había sentenciado el hortelano, era privilegiada. Me hallaba a unos

ocho o diez metros del final del estrecho sendero que conducía a las escalinatas del sepulcro. La

luna iluminaba sobradamente la parte superior de la peña, así como a los soldados que

montaban guardia en el filo mismo del callejón o antesala de la cripta. Habían encendido una

hoguera, formando dos grupos perfectamente diferenciados y distanciados entre sí unos tres o

cuatro metros. Poco a poco fui reconociendo a los centinelas. Los que se reunían alrededor de la

fogata eran legionarios romanos. Pero no vi a ningún oficial. El segundo pelotón, también de 10

hombres, estaba integrado por levitas. Era curioso: durante más de media hora, ninguno de los

guardianes del Templo se dirigió a sus supuestos compañeros de servicio. O mucho me

equivocaba o se ignoraban mutuamente. Aquella situación era perfectamente verosímil,

teniendo en cuenta el odio compartido de ambos pueblos...

A pesar de mi proximidad, la boca de la cámara funeraria no era visible desde aquel

improvisado observatorio. Al encontrarse por debajo del nivel del terreno, resultaba poco

menos que imposible divisarla. A lo sumo, e incorporándome hasta el techo del palomar,

alcanzaba a ver un trecho de la zona superior de la fachada sepulcral.

Aquello me inquietó. Pero opté por serenarme. Después de todo, si ocurría «algo», los

primeros en advertirlo serían los propios guardianes. Bastaba con no perderles de vista. El

hecho de que estuvieran allí, apaciblemente sentados o tumbados sobre el terreno, era señal de

que, de momento, nada extraño había ocurrido.

Y a las 02.30 horas, tal y como había programado Caballo de Troya, Eliseo efectuó la

primera de las llamadas «conexiones en cadena». Hasta las 03.30 horas de esa madrugada, mi

compañero en el módulo iría recordándome el horario cada media hora. A partir de ese

momento -y hasta las 05.00 horas-, las « llamadas», porque de eso se trataba, se efectuarían

cada 15 minutos. El proyecto había previsto -y así fue aceptado por todos los componentes de

la misión- que, en caso de «alta emergencia», el módulo despegaría, incluso, con uno solo de

los astronautas. (A estas alturas de la operación, «alta emergencia» sólo significaba una cosa:

que yo no hubiera podido acudir a la cita con la «cuna» antes del despegue automático.)

Por supuesto, no quise intranquilizar a mi hermano, explicándole que me hallaba encerrado

en un palomar...

Y a las 2.40 horas ocurrió lo inexplicable.

Cuando vigilaba los movimientos de la guardia, noté algo raro... No sabría cómo explicarlo.

Fue como una sacudida. No, quizá la palabra más exacta sería «vibración»... Pero una vibración

seca. Casi instantánea. Sin ruido.

Cesó en cuestión de décimas de segundo.

Mi primera impresión fue confusa. Pensé que quizá el palomar había oscilado como

consecuencia de alguna racha de viento. Pero en seguida caí en la cuenta de dos hechos

importantes. En primer lugar, no había viento. Y, segundo, las palomas también habían

acusado aquella especie de descarga eléctrica... por llamarlo de alguna manera. Esta vez, estoy

seguro, no fui yo el causante del revuelo de las palomas, que abrieron sus alas y empezaron a

emitir un sonido parecido al glúteo de los pavos.

Si se trataba de un nuevo seísmo, Eliseo lo registraría al instante y me daría aviso de

inmediato. Pero la voz de mi compañero siguió muda.

Me aferré con fuerza a la reja metálica y concentré mis cinco sentidos en los soldados. Dos o

tres de los legionarios se habían levantado, pero, a excepción de esto, todo parecía tranquilo.

No habían transcurrido ni dos minutos cuando una nueva sacudida o vibración o descarga -

juro que no sé cómo calificarla-, azotó el palomar y, a juzgar por el desconcierto de los

centinelas, el entorno del sepulcro. Las aves comenzaron a revolotear. Las vibraciones parecían

encadenadas. Se sucedían casi sin interrupción y con una fuerza que hizo temblar la frágil

estructura de tablas en la que me hallaba prisionero. Al mismo tiempo, y creo que esto fue lo

peor, un zumbido agudísimo -infinitamente más potente y afilado que el de un generador- me

taladró los oídos, perforando mis tímpanos.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

345

Creí enloquecer. Traté de proteger los oídos con las manos, pero fue inútil. Aquel pitido

seguía clavado en mi cerebro con una frecuencia muy próxima a los 16000 Herz.

Caí al suelo, medio inconsciente y, cuando pensaba que mi cabeza iba a estallar, todo cesó.

Las vibraciones y el zumbido desaparecieron drásticamente. Al levantar el rostro vi algunas

'palomas en el suelo, muertas o con los espasmos de la agonía.

Me incorporé como impulsado por un resorte. ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba pasando?...

Al asomarme al exterior vi a los soldados medio tumbados en tierra, gritando y sujetándose

el cráneo con las manos. El zumbido, indudablemente, también les había afectado.

Llamé a Eliseo, pidiéndole información sobre la hora y un posible registro en los sismógrafos.

Eran los 2.44. Y, tal y como sospechaba, el instrumental de a bordo no detectaba oscilación

alguna del terreno. Sin poder contenerme relaté a Eliseo lo ocurrido, manifestándole mi

preocupación por lo que estaba sucediendo.

Durante los minutos siguientes, la calma fue completa. Los soldados fueron recuperándose,

entablando una encendida polémica sobre lo ocurrido. Unos los atribuían a un nuevo terremoto.

Otros, en cambio, hablaron de una tormenta eléctrica. «¿Tormenta?», me pregunté a mí

mismo. Observé el cielo, pero seguía transparente, sin el menor asomo de nubes.

«¡Imposible!», comenté para mi. «No conozco una tormenta que sea capaz de desarrollar un

zumbido como aquél. Además, ¿cómo explicar las sacudidas?»

Algunos levitas insinuaron que debían avisar a sus jefes, pero, finalmente, ante la falta de

argumentos, desistieron y volvieron a sentarse.

A las 03.00 horas Eliseo efectuó la segunda llamada. Me preguntó si todo seguía en orden y,

al responderle afirmativamente, me sugirió que no me descuidara. «A las cinco –comentó-

tomaremos el té...»

Agradecí la broma de mi hermano. Lo necesitaba. Aquella tensión me estaba destrozando.

Cuando empezaba a creer que todo aquello podía haber sido fruto de mi imaginación, un

nuevo suceso vino a empañar este paréntesis.

A los siete u ocho minutos desde la última conexión con el módulo, un silencio extraño y

anormal -muy similar al que ya había sentido en Getsemaní- cayó sobre la zona. Observé a las

palomas. Inexplicablemente se habían acurrucado en el fondo de las pequeñas celdas del

palomar, visiblemente asustadas.

Agucé los oídos. Nada. No se percibía ni el más leve ruido.

Los soldados romanos, intrigados por el silencio, se habían puesto en pie.

A las 03.10 horas, en mitad de aquel espeso silencio, un calambre me recorrió de pies a

cabeza. Como un rugido, como una mano de hierro que se arrastrase sobre una roca, así

empecé a oír el lento, muy lento, deslizamiento de una piedra sobre otra.

De no haber asistido al cierre de la enorme losa que taponaba la tumba del Nazareno,

supongo que no habría asociado aquel bramido con el ruido de la muela al rodar por el fondo de

la ranura. Mi presentimiento se vio confirmado cuando, súbitamente, uno de los levitas se

asomó al callejón del sepulcro, lanzando un alarido estremecedor. Sus compañeros y también

los legionarios acudieron a su lado. A los pocos segundos empezaron a retroceder, gimiendo y

tropezando los unos con los otros.

-¡Las piedras! -gritaban en plena confusión-. ¡Las piedras se están moviendo solas!... ¡Las

piedras!

Los guardianes del Templo, sobrecogidos por un pánico indescriptible, salieron huyendo en

todas direcciones, aullando y chocando contra las ramas más bajas de los árboles frutales. En

cuanto a la escolta romana, algunos retrocedieron hasta la fogata, desenfundando las espadas.

Dos de ellos, no sé si paralizados por el terror o más audaces que sus compañeros, aguantaron

al borde de los escalones que conducían al panteón. Durante segundos que me parecieron

siglos, el rugido de la piedra circular, rodando y arañando la fachada del sepulcro, lo llenó todo.

Los levitas habían desaparecido del huerto. En cuanto a los legionarios, aunque seguían a

escasos metros de la boca de la tumba, sus rostros se hallaban bañados por un sudor frío.

De pronto, el ruido de la losa cesó. Y casi simultáneamente, del callejón brotó una llamarada

de luz. No fue fuego. Y tampoco podría definirlo como una explosión. Entre otras razones

porque no escuché estampido alguno. Sólo puedo decir que se trató de luz. Una lengua o

burbuja o radiación luminosa, de un blanco azulado inenarrable.

Aquella «explosión» lumínica -no encuentro palabras para describirlo- salió del sepulcro. De

eso sí estoy seguro. Y se prolongó instantáneamente hasta los árboles más cercanos, situados a


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