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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

346

poco más de cuatro metros de los peldaños de acceso al panteón. Su trayectoria fue oblicua,

siguiendo una lógica vía de escape. En cierto modo me recordó una onda expansiva, pero

luminosa.

En décimas de segundo desapareció y todo quedó en el más absoluto silencio. Los soldados

yacían por tierra, como muertos.

Me revolví inquieto, intentando ver a alguien. Allí, por supuesto, había ocurrido algo anormal

e inexplicable a la luz de toda razón. Pero, por más que rastreé el lugar con la vista, el sepulcro

y su entorno seguían solitarios. La hoguera continuaba flameando y de la tumba -de eso doy fe-

no salió persona alguna. Pero, ¿quién podía aparecer por aquellos escalones, de no haber sido

el propio Jesús de Nazaret?

«¿Jesús de Nazaret?»

Sin saber cómo ni por qué, me senté en el suelo del palomar, pateando furiosamente la

trampilla. Tenía que salir. Tenía que entrar en el sepulcro y desvelar la tremenda duda que

acababa de asaltarme.

«¿Seguía allí el cadáver de Jesús de Nazaret?»

«¡Maldita puerta!... ¡Ábrete!»

Y en uno de aquellos violentos puntapiés, la trampilla saltó por los aires.

Me deslicé como un loco por la portezuela, seguido de un no menos enloquecido torbellino de

palomas. Recuperé mi vara y corrí, corrí sin aliento hasta el borde de los escalones. Los

legionarios, con los ojos muy abiertos, continuaban en tierra.

Y comencé a bajar los peldaños. Pero, hacia la mitad, de pronto, sentí miedo. Un pánico

irracional que me erizó los cabellos. Di media vuelta y salí de allí a la carrera, sofocado y con la

lengua endurecida como el cartón.

Pero, cuando me disponía a aventurarme por entre los árboles, sin rumbo fijo, algo me

detuvo. Es posible que fuera el bamboleo de mi corazón, acelerado por encima de las 180

pulsaciones por minuto. Tomé aliento, me recliné sobre el tronco de uno de los frutales y traté

de pensar. ¡Tenía que volver! ¡Era preciso!...

Pulsé la conexión auditiva y le rogué a Eliseo que no preguntara nada:

-Sólo háblame, háblame sin parar hasta que yo te avise.

Eliseo, bendito sea, no hizo preguntas pero, consciente de que algo grave me sucedía, trató

de animarme...

-Tengo un libro entre mis manos –comenzó- y quiero leerte algo: Mira al Oriente... Mira al

oriente de tu corazón... Está saliendo un nuevo sol...

Mientras aquellos versos sonaban en mi cerebro como una mano mágica (nunca supe quién

era el autor), desandé el camino, acercándome entre temblores al foso de la cripta.

-… Dicen que deja estelas de libertad... Dicen que es la esperanza... La esperanza dormida

hasta hoy en la otra orilla...

Uno, dos, tres, cuatro escalones... Sólo me faltaba uno. Inspiré varias veces y, a la luz de la

luna, me aproximé a la fachada de la tumba. Las dos piedras, efectivamente, habían sido

removidas hacia la izquierda, dejando al descubierto el oscuro hueco de la cueva. «Pero, si los

20 guardianes estaban allí arriba -me dije-, ¿quién ha hecho rodar estas moles?» El peso total

de las mismas tenía que ser superior a los 700 kilos...

Los sellos del procurador aparecían desgajados y tirados en el callejón. Empecé a sudar.

«¿Me asomaba?... ¿Y si no estuviera?...»

Mira al Oriente... Hacia el oriente de ti mismo...

«¡Tengo que hacerlo!» Y colocándome en cuclillas, asomé la cabeza. Pero la oscuridad en el

interior de la cripta era total; cerrada como boca de lobo.

«Es imposible -me dije-. Necesito una antorcha.»

Regresé a lo alto, tomando uno de los leños llameantes de la fogata. Los soldados, aunque

paralizados, vivían. Su pulso no ofrecía dudas.

Está amaneciendo en la costa de tu mirada... Ya brilla una nueva estrella...

Bajé las escalinatas y con el corazón al borde de la fibrilación introduje la tea por el hueco de

entrada. La luz rojiza del hacha inundó al instante la cámara sepulcral. Gateé un poco más y, al

levantar la mirada, una sacudida desintegró mi alma. La tea cayó al suelo y yo quedé allí, de

rodillas, con la boca abierta y los ojos fijos en aquel banco de piedra... ¡vacío!

-… Ya llega... Ya tienes mi señal entre tus manos...

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Y sin poder contenerme, las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. El miedo había

desaparecido. ¡Jesús de Nazaret no estaba!... Pero en mis oídos seguían repicando los últimos

versos de

Eliseo:

Ya llega... Ya tienes mi señal...

Dejé que el llanto cayera sobre el suelo de aquel lugar, mientras una paz infinita aliviaba mi

torturado corazón.

Sin pestañear, sin moverme, examiné los lienzos. La sábana mortuoria estaba en el lugar

que había ocupado el Nazareno. Y entre ambas caras del lienzo, en el lugar donde había

reposado la cabeza del Maestro, se distinguía el bulto del sudario o pañolón con el que

Nicodemo habla sujetado su maxilar inferior. ¡Era como si el cadáver hubiera sido absorbido

con una jeringuilla! ¡Como si aquel cuerpo de 1,81 metros se hubiera evaporado! La posición de

la sábana -«deshinchada» sobre si misma- no admitía lugar a dudas. Si alguien hubiera robado

o trasladado el cadáver, los lienzos jamás hubieran quedado en aquella impresionante posición.

«Pero ¿cómo?, ¿cómo?...», me repetía sin descanso.

Primero fueron las trepidaciones. Después las piedras que ruedan, empujadas por una fuerza

invisible y, por último, aquel «fuego» luminoso...

«¿Cómo?...»

Y ahora, como el más grande prodigio de todos los tiempos, una tumba vacía.

Sería preciso esperar a mi segundo «gran viaje» a la Palestina del año 30 para empezar a

intuir lo que había sucedido en el interior de aquel sepulcro. Fue el análisis de aquellos lienzos

lo que nos dio una pista. Como anticipo puedo decir que la resurrección del Galileo -el hecho

físico y milagroso de su resurrección- se produjo pocos minutos ANTES de la «desintegración»

de sus restos mortales. Nada tuvo que ver una cosa con la otra. El cadáver se había esfumado,

sí, pero ANTES, insisto, Jesús había hecho el gran prodigio.

Finalmente advertí a mi compañero que me disponía a emprender el camino de retorno a la

nave.

Y a las 03.30 horas, después de besar el suelo rocoso de la cripta, abandoné el huerto de

José de Arimatea. Los soldados de la fortaleza Antonia continuaban allí, desmayados, como

mudos testigos de la más sensacional noticia: la resurrección del Hijo del Hombre.

Y a las 05.42 horas de aquel domingo «de gloria», 9 de abril del año 30 de nuestra Era, el

módulo despegó con el sol. Y al elevarnos hacia el futuro, una parte de mi corazón quedó para

siempre en aquel «tiempo» y en aquel Hombre a quien llaman Jesús de Nazaret.

Enero de 1984.


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